La muerte y yo, querido Ricardo

UGUI

¿Te acuerdas, Ricardo, que te escribí hace años sobre mi problema con los grupos? Hoy te voy a contar lo que me pasa con la muerte. Me da miedo.

Me da miedo la muerte, pero no por lo que cualquiera podría pensar: el fin de la vida tal y como la conozco. Eso no me asusta. Mis hijos hace tiempo que son mucho mejores personas que yo y tienen las herramientas adecuadas para ser felices y buenos, para elegir y salir adelante con sus aciertos y equivocaciones.

Lo que me da miedo de la muerte es lo que van a hacer conmigo.

Quienes me quieren van a exprimir mi recuerdo para retenerme, o para superar mi ausencia. Van a contar en voz alta cosas que nunca hice, o que sí hice pero no con tan buena intención, van a resaltar esos aciertos sin querer que todos a veces tenemos.

Quienes no me quieren se van a ocupar de lo contrario, o bien van a disimular haciendo como que siempre me apoyaron. Los peores esconderán su mezquindad bajo la mullida alfombra de la lisonja y de la alabanza falsa. Y quienes sepan de esa hipocresía no serán capaces de denunciarlo por respeto, tal vez, a la propia muerte o a mí. Un respeto mal entendido pero comprensible, desde mi punto de vista, que sale del corazón de las personas nobles que no se enzarzan en barros ajenos aunque les pese la injusticia y la maldad de los demás.

La oficialidad reina siempre en la posteridad de quienes se han ido. Y, de repente, quienes nunca estuvieron vinculados a ti, más que por lazos diplomáticos y sociales, esas lianas con las que la sociedad occidental nos anuda y, a menudo, nos ahoga, aparecen y se sientan en la cabecera de la mesa, justo cuando te vas, a pesar de que, en vida, hayas logrado aflojar los nudos para respirar, incluso si te has desvinculado de corazón pero no lo has proclamado a los cuatro vientos. Tras la lápida llegan los “titulados” con papeles. Y tú, que siempre consideraste absurdo todo ese entramado, que entregas el corazon sin mirar más, te ves manipulado, mal interpretado, desdibujado ante los demás mortales que esperan su turno. Y ya sé que quienes hacen esas cosas no siempre lo hacen por aprovecharse de la situación. A veces simplemente reaccionan cuando ya te has ido porque no tuvieron valor de tratar la desconexión cuando estabas. O mitigan el dolor que sienten de verdad por el cariño histórico que te han tenido. Tengo una lista con nombres y apellidos de gente que lo va a hacer cuando me toque irme. No, no me mires así, no los voy a decir en alto. Pero ¿te parece justo? Lo observo cada vez que alguien nos deja, querido Ricardo. Y no quiero que pase eso conmigo.

La muerte es la excusa para la hipocresía. Como las buenas intenciones. Hieren pero siempre se perdonan.

(Esta entrada está dedicada a mi amigo Ricardo Basurto, porque hace mucho que no le dedico nada y ya va siendo hora).

 

La ONU son los padres, Ricardo.

Cinco de enero. Millones de niños pensando que tres tipos con vestimentas exóticas, antiguas, extrañas, vienen de algún lugar ignorado y se deslizan por nuestras ventanas, o atraviesan las paredes, o hacen nosequé, y entran en nuestras casas. Son reyes, y son magos, de los que hacen magia Borrás. Y sabios. Los mismos que persiguieron la estrella hace dos mil años vienen hoy a traer juguetes a los niños. Noche de ilusión y esperanza, de fe en que te van a traer lo que les has pedido.

Pero, Ricardo, has de saber que los reyes magos no existen, son los padres. Como la ONU. Tu vota, pide, con toda tu ilusión, tu bondad. Pide desde ese guindo (que compartimos, todo sea dicho) al que andas encaramado. Pide que, seguro, seguro, que la ONU te va a traer el coche teledirigido, la cometa, el mecano, el Chiminova, la tabla de surf y todo lo demás. Tan seguro como que los reyes magos vienen cada cinco de enero. Misma probabilidad.

La ONU, que no está claro para qué sirve, a quién sirve, pero sí quiénes pagamos, nos pide que votemos porque están (de repente) muy interesados en saber cuáles son nuestros tormentos, preocupaciones, nuestras prioridades para lograr un mundo mejor. Oiga, qué gente tan buena, qué majos todos y qué esforzados.

Pues yo se lo digo: mi preocupación es que exista la ONU. Mi tormento es ver cómo la ONU se reúne y manipula las vidas de miles de millones de personas, vía esos representantes que no nos representan, con nuestro dinero. Mi prioridad es que dejen que las personas nos organicemos de otra forma, esa que está por descubrir y que ustedes mandatarios de la ONU temen tanto porque es la manera de esquivarles a ustedes, su hipocresía, su corrupción, su status quo y sus mangoneos.

Que son los padres, Ricardo. O peor, son los carceleros.

I Loff.it

 

La culpa de todo la tiene Ricardo. Un día me llamó y como quien te pide algo me regaló una portada en una revista digital de esas que te hacen soñar. Y durante un día fui una chica ONE en Loff.it (que es como ser chica Bond pero mola más).

Meses antes, Ricardo me había preguntado como quien te pregunta si llevas el reloj en la muñeca derecha o en la izquierda si conocía el proyecto que habían sacado hacía poco, una revista digital que se llamaba Loff.it. ¿Love it? No, se juega con el sonido de la frase, es como me gusta en inglés pero… ¿Y de qué va? De cosas que me gustan, de lujo, compras, viajes… Y al poco tiempo, Berta y yo ya comentábamos “es muy loff.it ¿no?” Y aparecieron canciones loff.it, días loff.it, gente loff.it, del sombrero de copa de Twitter.

Aún más meses antes, quedamos a comer en un japonés de Madrid Ricardo, Berta, Melchor y yo, como quien queda con los amigos de la universidad y en ese tono hablamos de mil cosas y nos contamos verdades sobre el trabajo, los niños, los sueños, los proyectos…  Luego se unieron Adolfo, César, It, y una vez al mes, o esa es la intención, quedamos los que podemos, a comer y mirarnos, achucharnos, contarnos, reirnos…

Hace un año, más o menos, fue cuando empecé a twittear con Ricardo. Le conocí a través de Melchor. Empezamos a charlar como quien no quiere la cosa, casi sin querer. Y a través de ambos conocí a Berta. Y a Adolfo… y a Marta… ¡y a tantos! Era un tipo que expresaba sus sentimientos de amistad sin cortarse ni un pelo. A mi eso me desconcertaba bastante. Y aún más cuando comprobé en vivo y en directo que es así al natural. Y me dejé llevar por esa manera de no perder el tiempo en disimulos y expresar lo que aprecias del otro al protagonista en cuestión y mirándole a los ojos.

Creo que esa sensibilidad ricardiana que contagia, impregna su proyecto Loff.it, que ya no es suyo sino de todos los amigos que escriben (Marta, Berta, Ana, Pau, Jaime, Lily y los demás, incluyendo el imprescindible Botón Naranja), nos enseñan relojes, vestidos, botas, lugares, músicas, gentes… Y también es mío. Es mío cuando me trasladan, en medio de mi huracán particular diario, a un mundo Loff.it, donde solamente se disfruta. LIFE LOOKS GOOD!

Acaban de cumplir un año, ni más ni menos. Me alegro con ellos y por ellos. Y lo celebro humildemente con mis palabras y mi amistad.