Elogio de lo privado

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Una de las señales más claras de la degradación de los valores de la libertad es el recelo ante lo privado“.

Con esa frase me despierta la newsletter de Carlos Rodríguez Braun este lunes por la mañana.

El recelo no es una condena. No es una espada clavada en el corazón a plena luz del día. Es mucho más sutil. Es una jeringa rellena de veneno que no deja rastro, es la sospecha de que algo no está bien. Hablamos de conjeturas fundadas en  meras apariencias. Es esa sensación de que, no sé, pero fíjate que me parece que esta gente no es de fiar. No llega a prejuicio, no hemos afirmado nada, es un aroma que no reconocemos pero que, por si las moscas, condenamos. Mejor no confiar. Y que venga lo que sea.

En este caso, si apartamos lo privado, contra todo pronóstico, no nos sobreviene lo público, que suena a pueblo, con esos aires silvestres, frescos, sociales y bondadosos, como el mito del buen salvaje. Nos sobreviene lo estatal, pautado por iluminados, impuesto por salvapatrias, con o sin formación. Nos llega un campo abonado para que florezca el riesgo moral en todas sus modalidades. La corrupción no es solamente lo que falta cuando alguien roba, no se ciñe simplemente al servicio no prestado o al bien no provisto por desviación de los fondos destinados a la prestación de uno y la provisión del otro. La corrupción es la lepra de la conducta. Una vez la acaricias te impregna y ya todo vale, porque total, qué más da, todos lo hacen. ¿Quién no ha mentido alguna vez? ¿quién no ha copiado en un examen? ¿quién no ha omitido? Y se equipara la naturaleza imperfecta con una manera de actuar podrida, que se generaliza, que se esconde detrás de las pantallas más fantásticas e irresistibles: lo sagrado, la patria, el bien común, la salud, los débiles, los menos favorecidos. De manera que el corrupto usa la compasión ajena, se disfraza y se mezcla con la inocencia del “buenista”, el tonto útil, que solo quiere que haya paz en el mundo, como las jóvenes candidatas a Miss Universo.

El recelo, la mirada impregnada de sospecha hacia lo privado, como dice Carlos Rodríguez Braun, es una de las señales más claras, no la única pero sí de las más claras, de que estamos asistiendo a una grave transgresión de los valores de la libertad.

Recuperar la dignidad de lo privado implica, para quienes creemos en ello, una reflexión que necesariamente ha de hacerse desde la más profunda humildad. Y la reflexión es la siguiente. ¿A qué atribuimos la pérdida de esa dignidad? ¿Solo las palabras son capaces de arruinar la evidente bondad de lo privado? ¿o acaso no hemos sido ejemplares o no hemos señalado a quienes no lo han sido? Porque si la libertad implica responsabilidad, el abuso, las malas artes, el engaño bajo la mesa, deberían tener consecuencias, y deberíamos ser nosotros quienes lo señalaran. Usted roba. Usted compadrea con el gobierno. Usted acepta prebendas. Usted tiene privilegios. Usted estafa al mercado. Usted hace mal uso del término “privado”, proque “privado” no es sinónimo de trapicheo, de mercadillo, de casino con ruletas trucadas.

En el ámbito privado, el repudio es una acción honorable, y repudiar lo inmoral a cara descubierta debería estar a la orden del día, aunque sea políticamente muy incorrecto. Sin embargo, a menudo nos preocupa que vayan a decir que, siendo liberales bloqueamos o silenciamos en twitter, o que siendo liberales no debatimos con neonazis, o que siendo liberales no admitimos a todo el mundo. Y, lo cierto, es que no lo hacemos porque somos libertarios y valoramos el ámbito de lo privado. Otra cosa es que el debate intelectual tienda a ser amplio, limpio, total. Pero sin olvidar que hay límites. Y que lo privado es el foso que salvaguarda el castillo de los valores de la libertad. Si se deteriora lo privado, si la mirada hacia lo privado se tiñe de temor, será muy difícil restaurar esos valores.

  • NOTA: Yo tampoco debato con neonazis ni con personas que defienden las bases del pensamiento neonazi, es decir, la supremacía basada en la raza. Como éste:
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No es ningún trofeo noble

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Por la espalda. Si me apuñalas. Sin testigos. Así, no es ningún trofeo noble. Eso dice la canción. Me viene a la cabeza cuando, a pesar de intentar desconectar, sigo recibiendo información de todos los colores sobre Donald Trump, lo que dijo, lo que no va a cumplir, lo que unos temen y lo que otros esperan.

Hay hasta una lista de las mejoras que supuestamente pretende poner en marcha, y gente en las redes eligiendo cuál preferiría y cual no. Algunos de ellos rechazaban a Trump como candidato abiertamente pero asumen que esto es lo que hay, estas son las cartas con las que hay que jugar. Incluso se traza una linea que une el Brexit, el triunfo de Trump y casi, la salvación de Occidente. ¡Bravo! ¡Hay vida más allá del establishment! ¡Hay algo no previsible en nuestra sociedad!¡Llega el cambio! ¡El que sea!

Yo no compro esa idea.

En primer lugar, estamos cebando la mentira política, supuestamente “necesaria” en campaña electoral. Si el programa de los candidatos es lo que los electores tienen como dato de partida, especialmente cuando ninguno de los candidatos ha gobernado con anterioridad (obviamente en un sistema bipartidista ambos partidos llevan turnándose toda la vida), y están autorizados a mentir, no se puede pedir voto responsable. Ante la falta de coherencia entre palabras en campaña y actos tras ella, el votante solamente puede fiarse de los medios, de su intuición, de lo que dice el vecino, y de aspectos que no tienen nada que ver con la política internacional o la economía del país, como por ejemplo, si es el KKK o Hollywood quien sale en los medios apoyando al candidato. ¿Cómo sabemos que nadie ha pagado al KKK para que apoye a éste o al otro para destrozar su reputación? ¿o que no hay promesas a determinados artistas para que apoyen al partido que sea? Tengo que aclarar que, en el caso de Trump, yo habría salido en todos los medios rechazando el apoyo del KKK. Por si las moscas.

El problema de Occidente que explica, entre otras cosas, que se estén produciendo estas decisiones populares inesperadas para muchos reside en el hartazgo unido a la disonancia cognitiva de los medios. Aquí toca un saludito a José Benegas quien a veces me invita a su programa JB Talks y con quien hablo precisamente de la disonancia cognitiva en la política.

Pero más allá de este tema, la elevación a los altares de un candidato indeseable que toma medidas correctas significa sancionar el utilitarismo como filosofía de vida de nuestra civilización. Todo vale. No, señores. No para mí. El utilitarismo es un motor de destrucción de los principios morales del liberalismo. En el momento en que todo vale, estamos dispuestos a sacrificar parte de nuestros valores en pos de otra parte que tenga más popularidad, que nos proporcione más focos, más éxito o que lave más nuestras conciencias.

Si Trump el Populista decide no cobrar su sueldo de presidente, bajar los impuestos, o incluso, si tomara medidas económicas que pusieran a Estados Unidos en lo más alto de la economía internacional, seguiría siendo Trump el Populista.

Trump sigue siendo tan despreciable, imprevisible y capaz de cualquier cosa como les parecía antes de ganar las elecciones. Que tome algunas medidas aceptables, incluso si merecieran un trofeo, no sería un trofeo noble. (Un beso, Noemí).

La cirrosis populista

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Populismo. Si tomamos la definición de la Real Academia, el liberalismo es lo más populista del mundo. Defiende como nadie los intereses del pueblo, de todos y, en especial, de cada uno de los miembros de ese pueblo. Y persigue que cada cual obtenga lo que considere sin violencia de por medio. Sí, mediante el mercado. Allá donde no queremos balas, intercambiemos bienes. Pero eso ya no es más el populismo. Ahora, el populismo del siglo XXI es la pretendida ideología que persigue el poder sobre el pueblo para, en lugar de dejar que éste persiga sus propios intereses, conseguir que un puñado de salvapatrias no logren esos intereses, pero sí el favor popular repartiendo estratégicamente, de manera que su permanencia en el poder se alargue hasta el infinito y más allá. Se maneja con cuatro slogans sin solidez, del tipo “el rico es malo”, repetidos desde las residencias presidenciales o las poltronas de los parlamentos, por gente que se enriquece. Y cuando ya son los más ricos y se les apunta, entonces aclaran, “¡No! el otro rico es el malo…” un poco como Les Luthiers y su “pobre desgraciado”.

Leo en Facebook que Borges dijo una vez que los peronistas son gente que se hacen pasar por peronista para sacar ventaja. Esa sería la definición de populista moderno. Tal vez añadiría, con permiso del maestro, “para sacar ventaja del hígado de la clase media a base de impuestos”. Pero lo cierto es que, nos guste o no, es un mensaje que ha calado y que viene ya en el ADN de las nuevas generaciones. Incluso si sucede lo imposible y populismo retrocede, de verdad, quedarán supuestos populistas en las venas de la política, como residuos nucleares imposibles de eliminar del todo. Imaginemos el escenario. La presidenta del nuevo gobierno, pongamos, Gloria Álvarez, (con todo mi cariño, Gloria), se hace cargo del gobierno de nuestro país imaginario. Nunca le dejarían poner en marcha un paquete de medidas de política económica liberal el tiempo necesario para que funcionase (al estilo Balcerovic), por razones clarísimas: vamos a morir todos, el cielo se va a desplomar sobre nuestras cabezas, nos van a invadir los marcianos… Por el contrario, vamos a pedirle a Gloria que haga alguna cosita para abrir los mercados, algo aceptable, que quede bien, y que además, mantenga todo el sistema de corsés anti-libertad que no dejan respirar a los mercados y que explican que no nos llegue la sangre económica al cerebro político. Y a continuación, Gloria sería destituída y todo el mundo diría “¿Ves? Solamente funciona el populismo”. Porque le puedes añadir agua al vino, que sigue siendo vino. Y el populismo aguado con retoques de libre mercado es populismo. Y diría más. Las medidas liberales que se aplican de mala manera y sin cuidado para sacar ventaja también es populismo. Disfrazado de seda, pero populismo.

Y, hay que tener esto muy claro, se trata de gobernar de una manera diferente, no populista, a una sociedad que lo es y no quiere dejar de serlo. Ese es el reto. En Latinoamérica y en la Europa Mediterránea, claramente. Y cada vez más en el resto del mundo. Parece que a la gente le sigue mereciendo la pena no hacerse responsable ni de sus actos ni de su patrimonio. ¿Hasta cuando?

La esperanza de vida del populismo es variable y está directamente relacionado con el aguante del hígado de la clase media.

El amo del castillo (dedicado a Rafael Correa)

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“Para tener enemigos no hace falta declarar una guerra; solo basta con decir lo que se piensa”. Martin Luther King

 

Nada más bajar del avión encendí el móvil y conecté la recepción de datos. Esperaba mensajes de familiares, alguna mención en Facebook de amigos latinoamericanos con los que acababa de compartir un seminario en Cuernavaca, y poco más.

Pero resultó que el presidente de Ecuador, Rafael Correa, tuvo a bien mandarme este comentario en Twitter:  Por favor, lea bien mis declaraciones para que no haga el ridículo. Un abrazo desde la tierra de la esperanza, Latinoamérica.

E inmediatamente después una horda de correístas me dedicaban todo tipo de improperios (el que más me gustó fue sátrapa internacional) aludiendo a mi ignorancia, entre otras cosas. No es extraño, solamente es una muestra de la cantidad de lamebotas que hay también en Ecuador.

El presidente, a diferencia de sus fanboys, con toda educación me instaba a leer sus declaraciones. Todo empezó porque yo había hecho un comentario acerca de una fotografía que ilustraba el siguiente titular: @MashiRafael asegura que decisión de la OPEP pretende perjudicar a #Ecuador, #Rusia y #Vzla►ow.ly/VwEnP pic.twitter.com/fhwOJ0tlhh

En vista de lo cual, decidí buscar la noticia, no fuera a ser que Rafael tuviera razón, el titular malinterpretara las declaraciones y yo estuviera en un error. Tampoco habría pasado nada: me enseñaron a disculparme desde niña. Pero no es el caso. Porque esto es lo que dicen todos los periódicos en entrecomillado, es decir, transcribiendo las declaraciones de Correa en Francia:

“Lo de la OPEP es incomprensible. Sólo se puede entender desde un punto de vista geopolítico. Perjudicar a Irán, perjudicar a Rusia, perjudicar a Venezuela, probablemente a Ecuador, y beneficiar a Estados Unidos, que está en año preelectoral”, señaló el mandatario a su vuelta de su viaje oficial a Francia.

Señor presidente, ¿me podría aclarar a qué declaraciones se refiere? No espero, desde luego, que sus esbirros, se disculpen. Pero sí creo que usted o su community manager, deberían ser más rigurosos con la verdad. Porque lo cierto es que usted ha escandalizado a la opinión internacional por su ataque contra la libertad de expresión, juega con la idea de acabar con la dolarización para poder devaluar (y seguir gastando), muy a pesar suyo ha tenido que posponer la idea de que su permanencia en el poder sea aprobado por la Constitución, y es un dictador con vestiduras democráticas, con más formación que los demás presidentes bolivarianos, pero imponiendo las mismas políticas populistas.

Le insto a que observe lo que ha pasado en Argentina y Venezuela (¿ha felicitado ya al pueblo de cada uno de esos países por la liberación?). Sobre todo, fíjese la pobreza en que han quedado fruto de unas políticas populistas como las suyas. Dé una oportunidad a la libre empresa ecuatoriana. Haga de Ecuador el país que los ecuatorianos se merece: rico, libre, abierto. ¿Por qué no?

Yo entiendo que usted llegó al poder a hombros de corruptos, y me refiero a los gobiernos corruptos anteriores al suyo que hartaron al pueblo y le encumbraron a usted como alternativa. Es curioso que sea el mismo caso que en otros países bolivarianos. ¿Por qué no ser el primer caso en el que un presidente populista decirde aplicar políticas diferentes y devolver las riendas de su vida a los ecuatorianos, y dejar que el gobierno asuma la responsabilidad subsidiaria con los más necesitados? Sería un ejemplo para todos, empezando por España. Y desde luego, Latinoamérica se configuraría, como usted sugiere, como la tierra de la esperanza, que ya empieza a ser después de la caída de Cristina y Maduro.

Yo le deseo libertad y prosperidad a su país y a toda Latinoamérica.

Incitar al odio, el caso de Barbijaputa

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“¡Qué tipo tan detestable! (NO INCITA AL ODIO). Tiene una manera de hablar tan altiva que dan ganas de matarle (SÍ INCITA AL ODIO)”.

Si opino de alguien no incito al odio, si sugiero una agresión contra él, sí. A la bloguera más odiada por unos y más seguida por otros, le parece que en Paracuellos hay poca gente. Todos supusimos que se refería a que tenían que haber matado más gente, no parecía querer decir nada de la demografía del pueblo de Belén Esteban. Lo que dijo es una barbaridad. Y la gente que tenga muertos en Paracuellos no estará muy contenta con esa frase.

También es anti-sionista. Yo no soy judía, ni pro, ni contra, ni me defino en función de los países a los que apoyo. Adorar a Estados Unidos o a Mozambique me parece una estupidez. Puedo estar de acuerdo con lo que hacen las personas, los presidentes de esos países, puedo estudiar la eficiencia de las leyes que se aprueban, parecerme bien o mal el resultado de una elecciones aunque no sean mis elecciones… pero Estados Unidos no tiene alma. La tienen los estadounidenses. Ser anti sionista implica no estar de acuerdo con la aparición del Estado de Israel. Hasta ahí no veo nada reprobable (tanto si discrepo como si no). Desear que el Holocausto hubiera sido aún más masivo o dudar de su existencia es ofensivo para las víctimas, sus familiares, para los simpatizantes, amigos y demás. A mí me repugna. Pero no sé si merece la cárcel alguien por un delito consistente en pensar, en tener una opinión. Yo puedo desear la muerte de alguien, expresarlo en alto y no hacerlo jamás, ni tener intención REAL de hacerlo. No creo que hayan aumentado los crímenes contra judíos sionistas por sus tuits, ni ningún comunista ha pensado abrir otra fosa para llenarla con gente de ideología diferente. No creo que se hayan formado comandos por su culpa.

Finalmente, hay que contar con el efecto “soy la que más epato y mis casi 180 mil seguidores están encantados siendo escandalizados o viendo cómo los demás se sienten escandalizados”. Se llama provocación. Y como dice Gabriela Bustelo, la derecha siempre ha sido experta en crear sus Frankensteins, sin querer, además.Ya hay que ser torpe.

No tiene cargo público, tiene perfil anónimo y su nombre y lema dejan claro qué se va a encontrar uno si la sigues.

Pues no la sigas.

De puestos y butacas laborales

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Un amigo de Twitter me pregunta qué me parece que se pueda despedir sin más. Que un día encuentres una carta sobre tu mesa en la que se te comunica la decisión de no contar más contigo. Y me da la sensación de que el tono de mi amigo no es neutral, hay cierto olor a crítica en su frase: “Es curioso que los liberales nunca, nunca condenen los despidos arbitrarios de trabajadores… “.

Es una pregunta que agradezco porque me hace pensar. ¿Por qué habríamos de condenar un despido arbitrario por una empresa privada? La respuesta inmediata, que no es la de mi amigo, pero sí la de otros muchos, varía de la maldición trapera (“Ojalá te pase a ti y te mueras de hambre”) a la acusación (“Eres insolidaria, egoísta, no tienes corazón…”). Pero más allá de lo obvio, es decir, del hecho de que me puede pasar mañana, y de que si soy egoísta o no no será por aprobar que una empresa pueda despedir arbitrariamente, pocas personas se plantean qué sustenta el derecho de una empresa a despedir arbitrariamente, de contratar arbitrariamente y, por darle un hervor más al guiso neuronal, en qué se basa la reclamación del trabajador ante un despido arbitrario.

Y eso que no se ve y que está en el fondo del razonamiento es el síndrome de las butacas numeradas. Uno va a la cafetería de siempre y se dirige a “su” mesa sin mirar apenas. Cuando alguien la ha ocupado, casi se siente con derecho a mirar mal al camarero de toda la vida que simplemente se encoge de hombros y te dice solícito “La de allí es mejor porque tiene más luz”. Y te vas a sentar pensando si el ser cliente habitual no te da derecho a conservar tu sitio. Es más fácil en los cines. Allí uno paga una butaca numerada y sabe que tiene derecho a ver la película y a hacerlo en ese sitio concreto, en la décima fila, butaca seis. En algunos cines, por un poco más, puedes disfrutar de asientos más amplios, sitio para estirar las piernas, y una vista de la pantalla mejor.

Cuando nos contratan en una empresa no nos hacemos con una butaca de cine. Al igual que en la cafetería, puedes o no,  ocupar ese sitio, y lo que establece las condiciones está reflejado en el contrato. Por eso es tan importante leerlo. La idea de que hay muchos más trabajadores como tú en la fila del paro, con mejor formación, y una oferta más favorable para la empresa debería hacernos pensar en flexibilizar nuestra idea de “puesto de trabajo”. Repetirnos a nosotros mismos “después de todo lo que le he dado a la empresa”, “cómo pueden hacerme esto a mí” y cosas así, que seguro que son cosas que pensaríamos todos, no contribuyen más que a expresar la sorpresa y la poca previsión. Si no está establecido en el contrato que han de avisarte con un tiempo determinado, no puedes hacer nada. Excepto exigirlo en el contrato al principio o bien tenerlo presente siempre. No digo que todos necesariamente seamos lo suficientemente versátiles como para que esas sorpresas no nos afecten o nos afecten menos. Claro que no. Hay jornadas laborales que te dejan sepultada en un cansancio mental y físico que solamente superas para hacer la cena a los niños y caer redonda en la cama. Pero tampoco me parece centrado asumir que una vez que te contratan tienes derecho a permanecer. Ni siquiera si llevas muchos años. La antigüedad suele estar contemplada en los contratos y se paga en dinero.

Tampoco ayuda compararte con lo que gana el accionista o el C.E.O. Tú no tienes implicado patrimonio, tuyo o de tu familia, no tomas decisiones que afectan a tanta gente, no tienes la misma responsabilidad. Eres trabajador. Si crees que el sistema de empresa es injusto, monta una cooperativa. Y al cabo de unos años, cuando veas que no funciona excepto en ámbitos determinados, entenderás porqué la estructura organizativa que funciona es la que hay, y que un grupo de colegas no es una empresa, es un grupo de colegas. Intenta sacar adelante un proyecto en el que inviertes lo que te ha venido dado, y también tu propia energía, y piensa si alguien tiene derecho a imponer qué decisiones tomas.

Imagina que el panadero al que compras el pan te impone comprar allí porque toda tu vida lo has hecho. Incluso si han abierto una tienda donde el pan es mejor, más barato. O incluso si estás a dieta, si ya no comes pan. O si no puedes permitirte comprarlo, y entonces el panadero te exige que no comas otras cosas para comprar su pan, después de todo lo que ha hecho por ti, la de bocadillos que te has comido de niño con el pan elaborado allí.

Tu butaca numerada en la vida te la da tu comportamiento, tu valía como persona. Nada más.

Sobre el lobby médico

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Escribir negativamente sobre médicos no es fácil. Es la gente que te cura a ti, a tus niños, a tus padres y a los tuyos. Tienen en sus manos muchas cosas. Las personas con cierto miedo a las batas blancas nos damos cuenta de lo importante que es la mirada del médico. La dura, la comprensiva, la tranquilizadora, la fría. Cambia mucho tu percepción de la enfermedad en función de cómo sea esa mirada, o el tono de la voz. 

Es muy fácil lanzar mensajes populistas de lo más zafio y que la gente de la calle, la buena gente que odia ver sufrir a los demás, los compren todos. “Estos señores quieren matar a los viejecitos“, y se lo creen. “Estos señores quieren hacer dinero con la salud de los más desfavorecidos“, y se lo creen. “Estos señores quieren que los pobres se mueran de cáncer”, y se lo creen. “Estos señores portan tridente y echan fuego por la boca“, y lo mismo.

Pero lo cierto es que los médicos son un lobby poderoso no siempre bienintencionado. Pero voy a dejar de lado mi habitual desconfianza hacia los lobbies. En realidad, creo (con la Escuela de Public Choice) que estamos infectados de buscadores de rentas. Vamos a suponer que esos buscadores de rentas las quieren para beneficiar a la ciencia médica y no a ellos mismos. 

Cualquiera que trabaje con estadísticas sabe que una de las claves de las medidas de impacto y del éxito de determinado tipo de estudios es que exista un número suficiente de datos. La medicina, cuyos avances se basan en el éxito de los experimentos, es uno de esos campos. Un especialista en riñón que trata de avanzar en la curación de una enfermedad mediante un tipo de práctica (inyección, radiación o lo que sea), necesita, una vez aceptada legalmente esa solución, poder aplicarla en el mayor número posible de pacientes. Así, al cabo de un tiempo, podrá presentar su experiencia en un congreso internacional y afirmar, de tantos miles de casos, el porcentaje de éxito es del 95%, o del 80%, y los efectos secundarios son: en un 0.01% dolores de cabeza, etc. Así avanza la medicina. Ese médico adquiere prestigio y sube en el escalafón. Acaba siendo Jefe de Nefrología en un hospital público. Es un tanto a favor de ese hospital que un experto internacional se ocupe de ese departamento. 

Cuando este sistema lleva mucho tiempo, es muy difícil de cambiarlo. Cada hospital tiene sus estrellas, sus vicios y sus virtudes. Así las cosas, sobreviene una crisis y hay que racionalizar el gasto. Que sí, que yo habría empezado por los sueldos de los políticos, o por las pensiones vitalicias a ex-presidentes y el gasto político, en general. Pero con la misma benevolencia que supongo que la intención de los médicos es buena, voy a suponer que hay que racionalizar el gasto sanitario. Eso no quiere decir necesariamente recortar, sino redistribuir el gato y, si es necesario, recortar. ¿Cómo hacerlo? Pues ahorremos mediante la especialización. Y cuando se plantea que éste hospital se va a especializar, pongamos, en geriatría, y va a desviar los pacientes de nefrología a ese otro hospital, el médico experto internacional, que no quiere moverse y no quiere dejar de investigar, protesta. Su equipo se va a ver reducido, su presupuesto probablemente también y, sobre todo, no va a tener un número de pacientes suficientes como para presentar en el congreso sus conclusiones.

¿Es la medicina una ciencia sacrosanta? No. Como ninguna. Ni la Física, ni la Matemática… ninguna. Todas están teñidas con los vicios y defectos del científico que es humano, y de la política, cuando depende de un presupuesto público.

Pero la población ha recibido una dosis de aloe vera sobre la castigada piel. “Hemos ganado“, “Podemos“, “Si protestamos nos hacen caso“. Pues no. Ha dimitido el consejero (¡un político español dimite, señores, paren las máquinas!) pero no me queda claro que los pacientes que pagamos impuestos hayamos ganado. Veamos: ¿se están utilizando nuestros euros, con lo que cuesta ganarlos, de la mejor manera posible en sanidad? Yo creo que no. Lo que sí tengo claro es que cualquier intento de mejora de la medicina pública habrá de ser sometida al dictado de las batas blancas, que si ya me daban miedo por esa pequeña fobia, ahora mucho más. En sus manos encomiendo mi salud… y mis dineros.