Sobre feminismo libertario en La ContraTV

El día 16 de mayo pasado se publicó mi libro “Afrodita desenmascarada” publicado por DEUSTO con Roger Domingo. Desde entonces me ha reseñado el libro Carlos Rodríguez Braun en La Razón y Manel Manchón en Economía Digital, me han entrevistado en Capital Radio, El Español, en El Confidencial, en Womenalia, en esRadio, en L de Libros,  en un montón de medios (otras no has salido o no me han avisado si han salido), he presentado el libro en la Fundación Rafael del Pino de la mano de Carlos Rodríguez Braun y Juan Ramón Rallo, prologuista y director del IJM y he firmado libros en la Feria del Libro. Aún no he conseguido cuajar una fecha con el Instituto Juan de Mariana, por razones mías (Raquel tiene una paciencia infinita para estas cosas), y estoy cerrando fechas para ir a León con Students for Liberty en breve, a Sevilla en septiembre, a Barcelona, a Galicia muy posiblemente también en septiembre, y donde me llamen.

Pero el otro día vino a mi universidad Fernando Díaz Villanueva para hacerme una entrevista sobre el libro, para el programa que comparte con Gonzalo Altozano, en la ContraTV. Y no hablamos del libro. Hablamos de esto:

La insoportable acción pacífica

giancarlo

 

Me he dejado seducir, de nuevo, por la primera temporada de la serie The Leftovers. No es de las mejores. El guión, el ritmo… no es de las que recomendaría. Pero me atrae el enfoque general de las dos cuestiones básicas alrededor de las cuales se entrelazan las historias de sus protagonistas. Una es la aceptación de un hecho inimaginable del que no hay culpables, tanto por cada persona, como socialmente. La segunda, y en la que me voy a centrar, es la resistencia pasiva.

De un día para otro el 2% de la población mundial desaparece, se esfuman del lugar que ocupaban en ese momento:hijos, amantes, esposos, vecinos, bebés en el vientre de la madre… Tres años después, el pueblo en el que transcurre la acción sobrevive a su manera, con incredulidad, con resignación, con dolor, con rabia, tratando de seguir el día a día, casi como si no hubiera pasado nada. En medio de la recuperada normalidad, que es aparente, algunos vecinos se han unido en un grupo que no quiere que se olvide a los desaparecidos, que se niegan a glorificarlos porque es una manera de normalizar su ausencia y sobreponerse a ello en falso. Son los Guilty Remnant (los remanentes culpables). Quieren que haya una reflexión general sobre el significado real del drama que todos han vivido.

Lo que hacen es simple: visten de blanco, fuman, se niegan a hablar, pero están presentes en medio de las carreteras (sin parar el tráfico pero haciéndose visibles), al salir del trabajo, en los supermercados, miran a los ojos de la gente con ojos inquisitivos, sin pronunciar palabra, con su ropa sencilla, sin arreglarse y con sus cigarros en la boca, sosteniendo carteles con mensajes claros y simples: “¿Por qué les olvidas?”, “No mires a otro lado”, y cosas así. Nada ofensivo. Nada insultante. Y, sin embargo, tras tanto tiempo haciéndose presentes, la gente no se ha acostumbrado y les odia, les insulta, les ataca. Ellos no se defienden, mantienen su actitud, sin pronunciar palabra. Retiran a los heridos, se visten sus uniformes blancos, siguen fumando, emprendiendo acciones concretas y eficientes. Cada vez más personas se les unen, huyendo de una sociedad hipócrita que no sabe curar sus heridas.

Cuando alguien pregunta a los vecinos del pueblo qué es lo que tienen en contra de los Guilty Remnant, no saben qué decir. Su presencia es una provocación: fuman, un gesto de lo más transgresor; no hablan, en un mundo donde todo el mundo opina, se explica, dice, considera. Su mirada culpabiliza la actitud evasora de la sociedad, y de cada uno de los vecinos, que prefieren pasar la página.

Es una actitud poderosa. No se presentan a la alcaldía, no dependen de los logros de sus campañas. Y sin embargo, consiguen remover conciencias, cuestionar a cada individuo, atrapan la mirada, y  fuerzan un cambio de actitud o un posicionamiento en la gente.

Cuando alguien me cuestiona qué hacemos los liberales más radicales, los que decidimos no votar, pero sí participar opinando, escribiendo, leyendo, pienso en los Guilty Remnants y su resistencia pasiva, en sus acciones pacíficas y en su éxito. Y también pienso en la actitud de la gente que se siente agredida solamente con la presencia de un disidente que cuestiona lo políticamente correcto, como bajar el gasto público, devolver el dinero a los bolsillos de la gente, permitir que los padres elijan la educación de sus hijos, impedir que los políticos manipulen la moneda directamente o a través del banco central. Y sobre todo, con quienes miramos inquisitivamente a quienes votan la sumisión.

Y cierro esta reflexión con la cita que Edward López trajo a Facebook. Son palabras de Giancarlo Ibargüen, quien hará un año que se fue el próximo 9 de marzo:

“No dejes que nadie te robe la pasión por lo que haces, y menos aún por la vida. Camina con dignidad y la cabeza bien alta sabiendo que vives una vida consistente con tus valores morales y tus principios. No dejes que nadie te impida construir un mundo mejor”.

 

Elogio de lo privado

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Una de las señales más claras de la degradación de los valores de la libertad es el recelo ante lo privado“.

Con esa frase me despierta la newsletter de Carlos Rodríguez Braun este lunes por la mañana.

El recelo no es una condena. No es una espada clavada en el corazón a plena luz del día. Es mucho más sutil. Es una jeringa rellena de veneno que no deja rastro, es la sospecha de que algo no está bien. Hablamos de conjeturas fundadas en  meras apariencias. Es esa sensación de que, no sé, pero fíjate que me parece que esta gente no es de fiar. No llega a prejuicio, no hemos afirmado nada, es un aroma que no reconocemos pero que, por si las moscas, condenamos. Mejor no confiar. Y que venga lo que sea.

En este caso, si apartamos lo privado, contra todo pronóstico, no nos sobreviene lo público, que suena a pueblo, con esos aires silvestres, frescos, sociales y bondadosos, como el mito del buen salvaje. Nos sobreviene lo estatal, pautado por iluminados, impuesto por salvapatrias, con o sin formación. Nos llega un campo abonado para que florezca el riesgo moral en todas sus modalidades. La corrupción no es solamente lo que falta cuando alguien roba, no se ciñe simplemente al servicio no prestado o al bien no provisto por desviación de los fondos destinados a la prestación de uno y la provisión del otro. La corrupción es la lepra de la conducta. Una vez la acaricias te impregna y ya todo vale, porque total, qué más da, todos lo hacen. ¿Quién no ha mentido alguna vez? ¿quién no ha copiado en un examen? ¿quién no ha omitido? Y se equipara la naturaleza imperfecta con una manera de actuar podrida, que se generaliza, que se esconde detrás de las pantallas más fantásticas e irresistibles: lo sagrado, la patria, el bien común, la salud, los débiles, los menos favorecidos. De manera que el corrupto usa la compasión ajena, se disfraza y se mezcla con la inocencia del “buenista”, el tonto útil, que solo quiere que haya paz en el mundo, como las jóvenes candidatas a Miss Universo.

El recelo, la mirada impregnada de sospecha hacia lo privado, como dice Carlos Rodríguez Braun, es una de las señales más claras, no la única pero sí de las más claras, de que estamos asistiendo a una grave transgresión de los valores de la libertad.

Recuperar la dignidad de lo privado implica, para quienes creemos en ello, una reflexión que necesariamente ha de hacerse desde la más profunda humildad. Y la reflexión es la siguiente. ¿A qué atribuimos la pérdida de esa dignidad? ¿Solo las palabras son capaces de arruinar la evidente bondad de lo privado? ¿o acaso no hemos sido ejemplares o no hemos señalado a quienes no lo han sido? Porque si la libertad implica responsabilidad, el abuso, las malas artes, el engaño bajo la mesa, deberían tener consecuencias, y deberíamos ser nosotros quienes lo señalaran. Usted roba. Usted compadrea con el gobierno. Usted acepta prebendas. Usted tiene privilegios. Usted estafa al mercado. Usted hace mal uso del término “privado”, proque “privado” no es sinónimo de trapicheo, de mercadillo, de casino con ruletas trucadas.

En el ámbito privado, el repudio es una acción honorable, y repudiar lo inmoral a cara descubierta debería estar a la orden del día, aunque sea políticamente muy incorrecto. Sin embargo, a menudo nos preocupa que vayan a decir que, siendo liberales bloqueamos o silenciamos en twitter, o que siendo liberales no debatimos con neonazis, o que siendo liberales no admitimos a todo el mundo. Y, lo cierto, es que no lo hacemos porque somos libertarios y valoramos el ámbito de lo privado. Otra cosa es que el debate intelectual tienda a ser amplio, limpio, total. Pero sin olvidar que hay límites. Y que lo privado es el foso que salvaguarda el castillo de los valores de la libertad. Si se deteriora lo privado, si la mirada hacia lo privado se tiñe de temor, será muy difícil restaurar esos valores.

  • NOTA: Yo tampoco debato con neonazis ni con personas que defienden las bases del pensamiento neonazi, es decir, la supremacía basada en la raza. Como éste:

La niebla como estado civil

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Dice Denzel Washington que si lees la prensa estás mal informado y si no la lees estás desinformado. ¿Qué elegir? Le recrimina el actor a la periodista que su labor como profesional es contar noticias, no contar lo que sea antes que nadie. No es ser el primero en tuitear a toda costa sino informar con hechos verdaderos.

Cierto. Tal vez van a protestar quienes creen que, además, el periodista-analista ha de ofrecer su opinión, su interpretación de los hechos, de las entrevistas, analizar al personaje, al ministro, al diputado, al sindicalista. Y no digo que no. Sin embargo, de ahí hemos pasado demasiado rápido al insulto, a la tergiversación, a sacar de contexto una frase, una palabra, un gesto, para que el entrevistado diga lo que quiero y así poder despellejarle. Demasiado rápido y demasiado a menudo.

Hasta el punto que si cuelgas un video donde un señor que dice que es maestro en Aleppo pide llorando que acabe la guerra y que espera que pase algo antes de las masacres que se esperan, siempre llega alguien, bien intencionado, probablemente bien informado (o tal vez no) y te cuenta que el medio es sesgado, que el tipo es simpatizante de terroristas que hicieron cosas terribles, que te están tomando el pelo y que sufrir, sufrir, donde sufren los rigores de la guerra es en tal otra ciudad.

O, de repente, un niñato con media neurona, que se ha hecho influencer porque muchos otros le ríen las gracias de niñato, suelta por su boca una barbaridad que me apuesto lo que sea a que no es ni suya. Y afirma, entre otras cosas, que hay más violaciones a hombres que a mujeres (ya he tenido la discusión acerca de las cárceles de Estados Unidos, por favor, abstenerse). Todo para “defenderse” de un gag de video donde tres tipos, ante una joven borracha que salía de una discoteca “se la pedían”, como quien se pide asiento de ventanilla en el tren.  Igual para él y sus seguidores es una escena graciosa. En ese caso debería defender su posición. Y sin embargo, se defiende negando.

Y ahí está la cosa. Negamos y renegamos. Tanto y tan habitualmente que uno no sabe ya si leer o no la prensa, Twitter, Facebook. Porque es posible que el video del maestro de Aleppo sea mentira. Es posible que haya mujeres que se lancen a por los jóvenes borrachos para aprovecharse de su embriaguez. Es posible que los medios falseen imágenes, que los gobiernos falseen estadísticas, los periodistas entrevistas, que los lobbies manipulen a las víctimas que dicen representar por poder o por una subvención, o simplemente para sentirme mejor y reducir su impotencia. Todo eso es mucho más que posible. Pero no siempre y no en el mismo grado. No miente todo el mundo. No existe una cultura de la violación (aunque sí haya más abusos a mujeres y aunque sea verdad que la borrachera no hace a nadie merecedora del abuso). No es verdad que no se sufra en Aleppo o que simpatizar con alguien te haga merecedor de una masacre (tu muerte y la de todo tu pueblo). Y rizando el rizo, me encuentro cuestionada por los seguidores del imbécil del video y por las mujeres que defienden que existe una cultura de la violación; estoy en medio de quienes llevan las cosas al extremo hacia A y quienes lo hacen hacia B. No solamente eso. En cuanto dudas, caes en el abismo y eres acusada, insultada, señalada.

Hemos perdido el matiz. No vemos todo el pantone de colores, tenemos el contraste al máximo y solo hay blanco y negro. Si yo soy buena, tú eres malo. Si yo pierdo, tú ganas. Si uno está arriba, otro está abajo. Están desapareciendo de las mentes un abanico de posibilidades, toda una gama de sonidos. Tendemos a la estupidez. Al revés que los niños, cuyo aprendizaje consiste en diferenciar cada vez más formas y colores, y trabajar con bloques más pequeños y diversos, la sociedad va hacia atrás, caminando hacia lo más básico, colocando con torpeza los bloques grandes, mientras la tecnología avanza y nos hace creer que somos dioses.

En este diciembre complicado, Madrid ha amanecido con niebla. Como yo, que no veo nada. Y, como sucede con la niebla, lo más seguro es mirar tus pasos y tratar de no chocar con nadie. La niebla nos pone en nuestro sitio: nos quita de golpe la soberbia y la apariencia de lucidez. Así vamos por la vida, como en medio de la niebla, sin saber muy bien si esa sombra es una persona o una farola.

USA: los “despreciables ignorantes”, marca ACME

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Gana Trump. Contra los pronósticos de los medios, con el desprecio de artistas, intelectuales, comunicadores, creadores de opinión, con la indignación de la comunidad internacional. Gana Trump.

Inmediatamente salen de las bocas de los nuevos indignados la palabra mágica: ignorantes. Muchas personas inteligentes, cultivadas y nada ignorantes explican que el votante de clase trabajadora de un Estado mediano de EEUU no tiene ni idea de la importancia de tener acceso a las claves de lanzamiento de los misiles nucleares, ni de la estrategia que más puede favorecer a su nación en cuestiones de política internacional, no del complejo equilibrio internacional que afecta a cuestiones energéticas… Y tienen toda la razón.

Y el caso es que a mí todo esto me suena mucho. Hace muy poco, eran los trabajadores del Reino Unido quienes votaban de manera ignorante un NO al modelo de la Unión Europea actual. Veo las mismas caras avergonzadas entre compatriotas, la misma incredulidad en la mirada de todos. Y la misma explicación: la ignorancia. Y, de nuevo, por supuesto que un trabajador de una pequeña ciudad o de un pueblo de la Inglaterra profunda no tiene por qué saber las implicaciones para la Balanza Comercial de su voto.

Lo sorprendente es que el análisis de muchos se queda en eso: vota la ignorancia, ¿qué hacemos? ¿prohibimos el voto a los ignorantes?  ¿exigimos estudios de economía internacional y de estrategia militar al votante? Y no se llegan a preguntar qué falla.

La ignorancia del votante está garantizada por el sistema, tiene la marca estatal. Leo a Patri Friedman, nieto de Milton, hijo de David, líder del Seasteading Institute, contrario a Trump:

It’s always easy to blame Those Despicable Others, but if we let people, cities, and regions govern themselves then Otherness would matter far less. There would be political diversity and refuges for each cultural group rather than the fragility of handing Leviathan over to whoever can make the most believable empty promises.

(Traducción aproximada: “Siempre es fácil culpar a Esos Otros Despreciables, pero si dejamos que la gente, que las ciudades se gobiernen a sí mismos, entonces la Alteridad (los Otros) importaría mucho menos. Habría diversidad política y refugio para cada grupo cultural más que la fragilidad de poner a Leviathan en manos de quienquiera que haga las promesas más creíbles y vacías”).

No puedo estar más de acuerdo. El trabajador de Wisconsin, o de un pequeño pueblo del Reino Unido, con toda seguridad, saben de lo suyo, de sus propias circunstancias, de qué alcalde es mejor, quién protege mejor sus intereses, quién se preocupa de verdad por los ciudadanos  en su entorno y quién le intenta engañar. Y solo sabe de eso. ¿Por qué exigirle más? El tamaño de las unidades de gestión política son inmanejables. Pero reducirlas, adecuarlas a una dimensión sensata implicaría que los políticos verían reducido su poder en la misma medida. Así que lo más fácil es destacar la ignorancia y ocultar la adicción al poder cada vez más absoluto. Siempre es preferible, para ellos, ser el Presidente de la Federación Terrícola que el presidente de tu comunidad de vecinos.

La soberanía que defiendo es la individual, entendiendo por “individual” la del animal social que es el ser humano. La soberanía nacional es un concepto político, no un valor, que debe estar al servicio nuestro y no al revés. Estoy por la diversidad política y la posibilidad de refugio para todos los grupos culturales de Patri Friedman. Y para mí no hay más Despictable Others que los que acusan de ignorantes a los votantes y a la vez les fuerzan a votar en una situación de ignorancia normal, generada por ellos mismos, en virtud de un entramado sistema en el que desde los servicios secretos hasta la prensa, están a su servicio.

La ignorancia del votante tiene el sello y la garantía del Estado

 

 

 

 

Deporte nacional: el perro se comió los apuntes.

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El ejercicio de imaginación de buscar excusas peregrinas y, a veces, disparatadas es uno de los deportes nacionales en los que merecemos un oro olímpico. Entre estas falsas disculpas me atrae especialmente porque me dedico a la docencia la de “Seño, es que el perro se comió los apuntes” cuando uno no quiere hacer un examen porque no tiene ni idea de la asignatura.

Nuestro “perro que se come los apuntes” más característico es la conspiración. Nos gusta una teoría conspiranoica más que una buena fiesta. Y es perfecto para mantener alto el listón de crítica mordaz y negativa, y al tiempo, la más absoluta inactividad. Es esa actitud de juzgar, decidir y pontificar, apoyado en la barra de un bar, con el aplomo de quien tiene una autoridad indiscutible, pero si hay que hacer algo más que eso, ya me lo pienso. Retuitear peticiones de ayuda (sea para distribuir comida entre quienes lo necesitan como hace Ayudar a Quien Ayuda, o para salvar a un perrito que van a sacrificar, o para donar médula que es tan necesario y es indoloro), poner banderitas, y hacer declaraciones como si fuéramos el portavoz de nuestro propio reino, son cosas que sí estamos dispuestos a hacer, pero ya.

¿Por qué nos tragamos tan fácilmente cualquier conspiración? Primero porque quienes las promueven dicen medias verdades. Además, las medias mentiras se pueden demostrar pero hay que moverse, trabajar, hacer una búsqueda en internet, leer… nos come la pereza. Segundo, porque la conspiración es liberadora. Si hay un complot secreto, entonces no hay nada que hacer, puedo permanecer mirando al techo meciéndome en mi propia desidia.

Ahora mismo, yo creo que no tenemos gobierno porque cada partido cree que los otros partidos están conspirando, así que tratan de “desenmascararlos”. Los del ranking de universidades son odian y por eso no hay ni una universidad española entre las primeras doscientas. El árbitro de fútbol siempre va con el equipo contrario. Los de la tribu de enfrente (liberal, libertaria, o mediopensionista) está a sueldo de un contubernio que pretende dominar el mundo. Como los reptilianos. Hay casi tantos complots como españoles.

Y mientras denunciamos todo este mal que nos acecha, abrimos otra cervecita en el campo, la playa, o después del trabajo, en este agosto tan caluroso, y seguimos dominados por tanta conspiración.

Mira, pues la próxima va a tu salud, David, que es tu cumpleaños.

Wendy, la guerrera y la cultura de la violación

 

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Wendy McElroy no tiene pelos en la lengua. Cuando quiere decir histeria, dice histeria. Cuando quiere apretar la herida para sacar la pus, la aprieta. Y el lector puede entender el mensaje o escandalizarse y permanecer en su nube de algodón.

Ella no suele hablar lanzando flores, ni consignas, ni su intención es ser presidente, o presidenta, ni ser la primera mujer en la historia que hace esto o lo otro. Tiene esa extraña necesidad de expresar sus ideas, partiendo de sus estudios, pero también de sus vivencias. Y es entonces cuando su mensaje descarnado es tanto más necesario. A mí me hablaron de ella hace muchos años dos hombres a los que les estaré siempre agradecida: Manuel Lora y Juan Fernando Carpio. Desde entonces la leo y la sigo. Y finalmente por la aproximación tan parecida que tenemos de temas muy importantes para nosotras, es una persona mucho más cercana a mí de lo que podría pensarse. Me ha escrito para contarme que tiene un nuevo libro. Esta vez sobre la histeria que existe en Estados Unidos acerca de la cultura de la violación. Nada fácil.

Denuncia que, de alguna manera, la ficción de una supuesta “cultura de la violación” se ha instalado en la realidad, por obra y gracia de quienes están utilizando el drama de los abusos sexuales para sacar votos. No es nuevo: politizaron la pobreza, la enfermedad, la educación… ¿por qué no seguir con este tema tan delicado? Wendy no pasa por alto rebatir los fundamentos teóricos de este nuevo mal, causado por políticos y Estado. Y en concreto desenmascara los tres mitos en los que se sostiene la “cultura de la violación”: la violación es un hecho cotidiano en el día a día, está facilitada por el entorno social y el hombre ha creado una psicología de masas de la violación. A partir de ahí explica cómo los “convencidos” (true believers) crean noticias de violaciones en grupo en universidades, manipulan, mienten en los datos, y explica en qué consiste la dinámica de esta nueva histeria.

No solamente es un libro de denuncia. Wendy también estudia el daño psicológico individual a las víctimas de violación, que les impide sobreponerse a un drama tan duro, porque ser víctima no es victimizarse; a los hombres, etiquetados como violadores potenciales; y a la sociedad, en especial a los niños que son nuestro futuro. Y aporta soluciones y esperanza a quienes miramos desde afuera y somos afectados pasivamente por esta locura. Se trata de tratar la violación como un delito criminal, por un lado, y demandar cordura social, por el otro.

Hay que resaltar dos cosas. La primera que el libro trata de una realidad concreta: la de Estados Unidos. Y segundo: además de su formación y su honestidad impecable a lo largo de muchos años, a Wendy McElroy le avala el hecho de ser una superviviente a una violación. Por eso sabe de lo que habla cuando señala la importancia de superar y sobrevivir al trauma en lugar de enquistarse en la autovictimización y la victimización social, y menos aún por razones políticas.

Y acabo con una frase suya: Defiéndete a ti misma y sus hijos contra los fanáticos de la cultura violación. Demanda cordura”.

Es muy interesante escucharla explicar el argumento en este video de 12 minutos:

El libro se puede adquirir en papel o digital aquí:

Print:
https://www.amazon.com/Rape-Culture-Hysteria-Fixing-Damage/dp/1533629404/

E-book:
http://www.amazon.com/Rape-Culture-Hysteria-Fixing-Damage-ebook/dp/B01EENF4HW

Y ésta es su biografía en su página web.