El liberalismo en peligro

¿En peligro? ¿Quién lo dice?

Pues lo dice Pedro Schwartz, catedrático de Historia del Pensamiento Económico, ex presidente de la Mont Pelerin Society, que ha estudiado el tema durante toda su vida.

¿Dónde?

Lo explica en su MOOC, que ha sido patrocinado, desarrollado, apoyado por la Fundación Rafael del Pino, lugar de tantos encuentros de liberales, y que marca con su sello de calidad todo lo que hace. Tengo la suerte de pertenecer al equipo académico de este curso gratuito, en el que Pedro Schwartz analiza desde su particular punto de vista, los orígenes del liberalismo, el presente, los peligros que amenazan la libertad y su futuro. Todo ello, de la mano de los gigantes intelectuales que sostienen el pensamiento liberal.

La inscripción está abierta y es gratuito. Hay que entrar en esta página https://www.frdelpinoenred.com/cursos/pensamiento-lideres-pedro-schwartz/  registrarse e inscribirse.

El curso comienza el lunes 15 de enero y habrá gran traca final en el último módulo. La flexibilidad de horarios, el seguimiento en los foros, la interactividad hacen de este curso una oportunidad fantástica para convencidos pero también para quienes simplemente son curiosos o tienen interés en conocer qué hay detrás de lo que se etiqueta como liberalismo.

El propio Pedro os lo cuenta:

 

 

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El codazo amigo

wink

Este post está dedicado a Alejandro Chafuén, un amigo a quien leí, por primera vez, la expresión “liberales progresistas” refiriéndose a los libertarios que no son conservadores, según deduje de su explicación.

De ese momento hace ya unos días, pero están pasando muchas cosas dolorosas en mi país y no he encontrado el momento de escribir estas ideas sugeridas por mi amigo Alex.

Recuerdo que su comentario en Facebook venía a propósito de una noticia sobre la inmigración. Mi única reacción fue responderle “Liberal progresista… ¡vaya!“. Y su explicación incluía a Hayek y la religión. Como sé que él emplea las redes sociales como distracción, traigo su artículo publicado en el Acton Institute donde argumenta en el mismo sentido que lo hizo en Facebook. Básicamente, parece que los estudiosos de Hayek, que aprueban sus ideas libertarias, deben necesariamente también aceptar sus puntos de vista de todo lo demás. Para Hayek, tal y como lo cita Chafuén, es “el racionalismo intolerante y feroz” el responsable “del abismo que, sobre todo, en el continente europeo ha llevado durante varias generaciones a la mayoría de las personas religiosas del movimiento liberal a posiciones verdaderamente reaccionarias en las que se sentían cómodas. Estoy convencido de que, a menos que se pueda llenar esta grieta entre las verdaderas convicciones liberales y religiosas, no hay esperanza de un resurgimiento de las fuerzas liberales”. Las personas religiosas del movimiento liberal deberían reflexionar sobre esto. Yo soy partidaria de abandonar aquello que nos lleva a ser intolerantes de manera más o menos feroz. El racionalismo puede ser intolerante y feroz, pero no es lo único que nos puede llevar a mostrar esa intolerancia. La radicalización de las creencias incluidas las religiosas también.

Pero, sea como fuere, lo que me llama la atención es el aparente imperativo que plantea Chafuen respecto a aceptar todo o nada de Hayek. Se diría que si te cuestionas las leyes anti inmigración, mencionas la discriminación de la mujer, o si te cuestionas cualquier otra cosa, eres un liberal progresista, o marxista cultural, o cualquier otro insulto, o apelativo descalificador que tus propios compañeros de trinchera tienen a bien regalarte, solamente por desarrollar tu pensamiento crítico. ¡Qué oportunidad perdida de aprender unos de otros! Yo, por mi parte le agradezco a Chafuen que glose a Hayek quien afirma: “Creo que es importante que comprendamos plenamente que el credo liberal popular, más en el continente y en América que en Inglaterra, contenía muchos elementos que, por una parte, llevaban a muchos de sus partidarios directamente a las puertas del socialismo o del nacionalismo y, por otra parte, convertía en adversarios a muchos que compartían los valores básicos de la libertad individual, pero que eran rechazados por el racionalismo agresivo, que no reconocía más valores que aquellos cuya utilidad (para un propósito último que nunca fue revelado) podría ser demostrada por la razón individual, y que suponía que la ciencia era competente para decirnos, no sólo lo que es sino también lo que debería ser”.

En mi opinión, el “deber ser” es un tema demasiado delicado como para que se establezca como el criterio que debe unir o no a las personas en la defensa de la libertad. Porque de lo contrario ningún ateo podría ser libertario, ningún agnóstico tendría nada que aportar, y sé que Alex conoce a muchos ateos y agnósticos que han sido y son amigos suyos y le han aportado mucho en su trayecto intelectual. Insisto que la intolerancia respecto a cómo se configura el “deber ser” del prójimo causa, normalmente, tremendas grietas en todos los grupos sociales (familias, amigos, compañeros de ideología…). Jalear a las estrellas de las redes que fácilmente caen en la búsqueda de su propio lucimiento situándose “contra” los otros, porque vende menos el buscar zonas comunes, es peligroso porque trae consecuencias no deseadas, como la fractura dentro del liberalismo. Y no me importaría si no fuera porque los enemigos de la libertad son cada vez más, y más fuertes.

Muy importante me parece el daño que el utilitarismo está causando, especialmente en quienes se acercan al poder con ideas utilitaristas de “colocar a alguno de los nuestros por el bien de la causa“. Eso sí que es tremendo. Un caso muy cercano porque está habitualmente en las portadas de los periódicos es el supuesto “liberalismo” de Trump. La proximidad de pensadores libertarios a alguien como Donald Trump con la justificación de “infiltrar ideas buenas” es muy poco convincente. Otra cosa es que si baja los impuestos me parezca bien, como aplaudo el que el socialista Felipe González comenzara el proceso de privatización en España, sin hacerme por ello en absoluto socialista. Y en el caso de Trump no hay ningún tipo de rechazo al supuesto conservadurismo del presidente (que, desde mi punto de vista, no es ni conservador, ni progresista, ni libertario ni nada). Entiendo que el hostigamiento de la prensa demócrata es como una apisonadora. Pero eso no hace mejor a Trump, sino peor (aún!) a los demócratas.

Es en estos momentos en los que hemos de aferrarnos a los principios de la libertad y la responsabilidad individuales, como decían José Benegas y Gabriel Zanotti en su particular Declaración de los Derechos Humanos: “Las personas privadas tienen derecho a cruzar las fronteras políticas con fines pacíficos“. Gracias a eso, el propio Alex pudo llegar a Estados Unidos desde su Argentina natal, formar una familia feliz y trabajar en una empresa estadounidense. Si, en vez de cerrar fronteras, luchamos por acabar con la “llamada” del estado de bienestar, solucionaremos el problema sin conclucar libertades de nadie. Es más largo el camino. Bueno. Nadie dijo que esto fuera fácil.

#youtoo

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El pasado 14 de octubre la Academia de Hollywood expulsaba al productor Harvey Weinstein debido al escándalo en el que se ha visto envuelto tras ser acusado por diversas actrices de acoso y abuso sexual.

A partir de ahí se puso en marcha una campaña para visibilizar el acoso y el abuso sexual a mujeres que durante décadas han permanecido en silencio. La respuesta a la campaña ha sido espectacular. Muchísimas mujeres, con el hashtag #metoo (yo también, en español) han contado la terrible experiencia que sufrieron hace años, o meses, o ayer. Mujeres del mundo del cine, de la moda, mujeres conocidas y anónimas han participado abiertamente. Incluso otras muchas que no sufrieron abusos han puesto el hashtag #metoo y han manifestado su apoyo. Lo he visto hasta en hombres cuya intención era aportar su granito de arena y sumarse a la causa.

Pero me pregunto cuál es esa causa. Porque si se trata de evitar que sigan sucediendo esas situaciones, en silencio, con la complicidad de hombres y mujeres, en el trabajo o en la familia, creo que esta campaña no lo va a lograr. ¿Por qué? Porque el culpable queda en la sombra. No fue el caso de Weinstein, quien fue señalado por actices concretas que contaron lo que pasó y cuándo. Eso es efectivo. Eso permite que se tomen medidas, que haya repudio social contra personas concretas. Pero ¿de qué sirve levantar la mano y decir que abusaron de ti o te acosaron pero no dices quién? Sirve para seguir dándole poder al que te hizo eso. Sirve para perpetuar el silencio. Sirve para trasnmitir el mensaje de que no hay que avergonzarse pero el culpable no va a pagar por ello. Desde mi punto de vista es una manera de dar un paso hacia adelante pero no se soluciona lo que se pretendía.

Entiendo que ante un hecho semejante, una persona está en su perfecto derecho de, por las razones que sean, decidir no contarlo. Puede ser que no sea bueno para su recuperación. O no de momento. Hay infinidad de razones en las que no voy a entrar porque no es ese el tema, y sobre las que nadie tiene derecho a hacer un juicio de valor. Y entonces decide solucionar las consecuencias por su cuenta, acudir a terapia, contarlo a personas concretas sin hacerlo público. Todo eso me parece más que respetable. Pero si decides denunciar el silencio cómplice,  decir #youtoo (tú también) señalando a quien abusó, es mucho mejor que #metoo y seguir permitiendo que el silencio y el miedo sean la garantía de inmunidad de quien te hirió.

Sobre feminismo libertario en La ContraTV

El día 16 de mayo pasado se publicó mi libro “Afrodita desenmascarada” publicado por DEUSTO con Roger Domingo. Desde entonces me ha reseñado el libro Carlos Rodríguez Braun en La Razón y Manel Manchón en Economía Digital, me han entrevistado en Capital Radio, El Español, en El Confidencial, en Womenalia, en esRadio, en L de Libros,  en un montón de medios (otras no has salido o no me han avisado si han salido), he presentado el libro en la Fundación Rafael del Pino de la mano de Carlos Rodríguez Braun y Juan Ramón Rallo, prologuista y director del IJM y he firmado libros en la Feria del Libro. Aún no he conseguido cuajar una fecha con el Instituto Juan de Mariana, por razones mías (Raquel tiene una paciencia infinita para estas cosas), y estoy cerrando fechas para ir a León con Students for Liberty en breve, a Sevilla en septiembre, a Barcelona, a Galicia muy posiblemente también en septiembre, y donde me llamen.

Pero el otro día vino a mi universidad Fernando Díaz Villanueva para hacerme una entrevista sobre el libro, para el programa que comparte con Gonzalo Altozano, en la ContraTV. Y no hablamos del libro. Hablamos de esto:

La insoportable acción pacífica

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Me he dejado seducir, de nuevo, por la primera temporada de la serie The Leftovers. No es de las mejores. El guión, el ritmo… no es de las que recomendaría. Pero me atrae el enfoque general de las dos cuestiones básicas alrededor de las cuales se entrelazan las historias de sus protagonistas. Una es la aceptación de un hecho inimaginable del que no hay culpables, tanto por cada persona, como socialmente. La segunda, y en la que me voy a centrar, es la resistencia pasiva.

De un día para otro el 2% de la población mundial desaparece, se esfuman del lugar que ocupaban en ese momento:hijos, amantes, esposos, vecinos, bebés en el vientre de la madre… Tres años después, el pueblo en el que transcurre la acción sobrevive a su manera, con incredulidad, con resignación, con dolor, con rabia, tratando de seguir el día a día, casi como si no hubiera pasado nada. En medio de la recuperada normalidad, que es aparente, algunos vecinos se han unido en un grupo que no quiere que se olvide a los desaparecidos, que se niegan a glorificarlos porque es una manera de normalizar su ausencia y sobreponerse a ello en falso. Son los Guilty Remnant (los remanentes culpables). Quieren que haya una reflexión general sobre el significado real del drama que todos han vivido.

Lo que hacen es simple: visten de blanco, fuman, se niegan a hablar, pero están presentes en medio de las carreteras (sin parar el tráfico pero haciéndose visibles), al salir del trabajo, en los supermercados, miran a los ojos de la gente con ojos inquisitivos, sin pronunciar palabra, con su ropa sencilla, sin arreglarse y con sus cigarros en la boca, sosteniendo carteles con mensajes claros y simples: “¿Por qué les olvidas?”, “No mires a otro lado”, y cosas así. Nada ofensivo. Nada insultante. Y, sin embargo, tras tanto tiempo haciéndose presentes, la gente no se ha acostumbrado y les odia, les insulta, les ataca. Ellos no se defienden, mantienen su actitud, sin pronunciar palabra. Retiran a los heridos, se visten sus uniformes blancos, siguen fumando, emprendiendo acciones concretas y eficientes. Cada vez más personas se les unen, huyendo de una sociedad hipócrita que no sabe curar sus heridas.

Cuando alguien pregunta a los vecinos del pueblo qué es lo que tienen en contra de los Guilty Remnant, no saben qué decir. Su presencia es una provocación: fuman, un gesto de lo más transgresor; no hablan, en un mundo donde todo el mundo opina, se explica, dice, considera. Su mirada culpabiliza la actitud evasora de la sociedad, y de cada uno de los vecinos, que prefieren pasar la página.

Es una actitud poderosa. No se presentan a la alcaldía, no dependen de los logros de sus campañas. Y sin embargo, consiguen remover conciencias, cuestionar a cada individuo, atrapan la mirada, y  fuerzan un cambio de actitud o un posicionamiento en la gente.

Cuando alguien me cuestiona qué hacemos los liberales más radicales, los que decidimos no votar, pero sí participar opinando, escribiendo, leyendo, pienso en los Guilty Remnants y su resistencia pasiva, en sus acciones pacíficas y en su éxito. Y también pienso en la actitud de la gente que se siente agredida solamente con la presencia de un disidente que cuestiona lo políticamente correcto, como bajar el gasto público, devolver el dinero a los bolsillos de la gente, permitir que los padres elijan la educación de sus hijos, impedir que los políticos manipulen la moneda directamente o a través del banco central. Y sobre todo, con quienes miramos inquisitivamente a quienes votan la sumisión.

Y cierro esta reflexión con la cita que Edward López trajo a Facebook. Son palabras de Giancarlo Ibargüen, quien hará un año que se fue el próximo 9 de marzo:

“No dejes que nadie te robe la pasión por lo que haces, y menos aún por la vida. Camina con dignidad y la cabeza bien alta sabiendo que vives una vida consistente con tus valores morales y tus principios. No dejes que nadie te impida construir un mundo mejor”.

 

Elogio de lo privado

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Una de las señales más claras de la degradación de los valores de la libertad es el recelo ante lo privado“.

Con esa frase me despierta la newsletter de Carlos Rodríguez Braun este lunes por la mañana.

El recelo no es una condena. No es una espada clavada en el corazón a plena luz del día. Es mucho más sutil. Es una jeringa rellena de veneno que no deja rastro, es la sospecha de que algo no está bien. Hablamos de conjeturas fundadas en  meras apariencias. Es esa sensación de que, no sé, pero fíjate que me parece que esta gente no es de fiar. No llega a prejuicio, no hemos afirmado nada, es un aroma que no reconocemos pero que, por si las moscas, condenamos. Mejor no confiar. Y que venga lo que sea.

En este caso, si apartamos lo privado, contra todo pronóstico, no nos sobreviene lo público, que suena a pueblo, con esos aires silvestres, frescos, sociales y bondadosos, como el mito del buen salvaje. Nos sobreviene lo estatal, pautado por iluminados, impuesto por salvapatrias, con o sin formación. Nos llega un campo abonado para que florezca el riesgo moral en todas sus modalidades. La corrupción no es solamente lo que falta cuando alguien roba, no se ciñe simplemente al servicio no prestado o al bien no provisto por desviación de los fondos destinados a la prestación de uno y la provisión del otro. La corrupción es la lepra de la conducta. Una vez la acaricias te impregna y ya todo vale, porque total, qué más da, todos lo hacen. ¿Quién no ha mentido alguna vez? ¿quién no ha copiado en un examen? ¿quién no ha omitido? Y se equipara la naturaleza imperfecta con una manera de actuar podrida, que se generaliza, que se esconde detrás de las pantallas más fantásticas e irresistibles: lo sagrado, la patria, el bien común, la salud, los débiles, los menos favorecidos. De manera que el corrupto usa la compasión ajena, se disfraza y se mezcla con la inocencia del “buenista”, el tonto útil, que solo quiere que haya paz en el mundo, como las jóvenes candidatas a Miss Universo.

El recelo, la mirada impregnada de sospecha hacia lo privado, como dice Carlos Rodríguez Braun, es una de las señales más claras, no la única pero sí de las más claras, de que estamos asistiendo a una grave transgresión de los valores de la libertad.

Recuperar la dignidad de lo privado implica, para quienes creemos en ello, una reflexión que necesariamente ha de hacerse desde la más profunda humildad. Y la reflexión es la siguiente. ¿A qué atribuimos la pérdida de esa dignidad? ¿Solo las palabras son capaces de arruinar la evidente bondad de lo privado? ¿o acaso no hemos sido ejemplares o no hemos señalado a quienes no lo han sido? Porque si la libertad implica responsabilidad, el abuso, las malas artes, el engaño bajo la mesa, deberían tener consecuencias, y deberíamos ser nosotros quienes lo señalaran. Usted roba. Usted compadrea con el gobierno. Usted acepta prebendas. Usted tiene privilegios. Usted estafa al mercado. Usted hace mal uso del término “privado”, proque “privado” no es sinónimo de trapicheo, de mercadillo, de casino con ruletas trucadas.

En el ámbito privado, el repudio es una acción honorable, y repudiar lo inmoral a cara descubierta debería estar a la orden del día, aunque sea políticamente muy incorrecto. Sin embargo, a menudo nos preocupa que vayan a decir que, siendo liberales bloqueamos o silenciamos en twitter, o que siendo liberales no debatimos con neonazis, o que siendo liberales no admitimos a todo el mundo. Y, lo cierto, es que no lo hacemos porque somos libertarios y valoramos el ámbito de lo privado. Otra cosa es que el debate intelectual tienda a ser amplio, limpio, total. Pero sin olvidar que hay límites. Y que lo privado es el foso que salvaguarda el castillo de los valores de la libertad. Si se deteriora lo privado, si la mirada hacia lo privado se tiñe de temor, será muy difícil restaurar esos valores.

  • NOTA: Yo tampoco debato con neonazis ni con personas que defienden las bases del pensamiento neonazi, es decir, la supremacía basada en la raza. Como éste:

La niebla como estado civil

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Dice Denzel Washington que si lees la prensa estás mal informado y si no la lees estás desinformado. ¿Qué elegir? Le recrimina el actor a la periodista que su labor como profesional es contar noticias, no contar lo que sea antes que nadie. No es ser el primero en tuitear a toda costa sino informar con hechos verdaderos.

Cierto. Tal vez van a protestar quienes creen que, además, el periodista-analista ha de ofrecer su opinión, su interpretación de los hechos, de las entrevistas, analizar al personaje, al ministro, al diputado, al sindicalista. Y no digo que no. Sin embargo, de ahí hemos pasado demasiado rápido al insulto, a la tergiversación, a sacar de contexto una frase, una palabra, un gesto, para que el entrevistado diga lo que quiero y así poder despellejarle. Demasiado rápido y demasiado a menudo.

Hasta el punto que si cuelgas un video donde un señor que dice que es maestro en Aleppo pide llorando que acabe la guerra y que espera que pase algo antes de las masacres que se esperan, siempre llega alguien, bien intencionado, probablemente bien informado (o tal vez no) y te cuenta que el medio es sesgado, que el tipo es simpatizante de terroristas que hicieron cosas terribles, que te están tomando el pelo y que sufrir, sufrir, donde sufren los rigores de la guerra es en tal otra ciudad.

O, de repente, un niñato con media neurona, que se ha hecho influencer porque muchos otros le ríen las gracias de niñato, suelta por su boca una barbaridad que me apuesto lo que sea a que no es ni suya. Y afirma, entre otras cosas, que hay más violaciones a hombres que a mujeres (ya he tenido la discusión acerca de las cárceles de Estados Unidos, por favor, abstenerse). Todo para “defenderse” de un gag de video donde tres tipos, ante una joven borracha que salía de una discoteca “se la pedían”, como quien se pide asiento de ventanilla en el tren.  Igual para él y sus seguidores es una escena graciosa. En ese caso debería defender su posición. Y sin embargo, se defiende negando.

Y ahí está la cosa. Negamos y renegamos. Tanto y tan habitualmente que uno no sabe ya si leer o no la prensa, Twitter, Facebook. Porque es posible que el video del maestro de Aleppo sea mentira. Es posible que haya mujeres que se lancen a por los jóvenes borrachos para aprovecharse de su embriaguez. Es posible que los medios falseen imágenes, que los gobiernos falseen estadísticas, los periodistas entrevistas, que los lobbies manipulen a las víctimas que dicen representar por poder o por una subvención, o simplemente para sentirme mejor y reducir su impotencia. Todo eso es mucho más que posible. Pero no siempre y no en el mismo grado. No miente todo el mundo. No existe una cultura de la violación (aunque sí haya más abusos a mujeres y aunque sea verdad que la borrachera no hace a nadie merecedora del abuso). No es verdad que no se sufra en Aleppo o que simpatizar con alguien te haga merecedor de una masacre (tu muerte y la de todo tu pueblo). Y rizando el rizo, me encuentro cuestionada por los seguidores del imbécil del video y por las mujeres que defienden que existe una cultura de la violación; estoy en medio de quienes llevan las cosas al extremo hacia A y quienes lo hacen hacia B. No solamente eso. En cuanto dudas, caes en el abismo y eres acusada, insultada, señalada.

Hemos perdido el matiz. No vemos todo el pantone de colores, tenemos el contraste al máximo y solo hay blanco y negro. Si yo soy buena, tú eres malo. Si yo pierdo, tú ganas. Si uno está arriba, otro está abajo. Están desapareciendo de las mentes un abanico de posibilidades, toda una gama de sonidos. Tendemos a la estupidez. Al revés que los niños, cuyo aprendizaje consiste en diferenciar cada vez más formas y colores, y trabajar con bloques más pequeños y diversos, la sociedad va hacia atrás, caminando hacia lo más básico, colocando con torpeza los bloques grandes, mientras la tecnología avanza y nos hace creer que somos dioses.

En este diciembre complicado, Madrid ha amanecido con niebla. Como yo, que no veo nada. Y, como sucede con la niebla, lo más seguro es mirar tus pasos y tratar de no chocar con nadie. La niebla nos pone en nuestro sitio: nos quita de golpe la soberbia y la apariencia de lucidez. Así vamos por la vida, como en medio de la niebla, sin saber muy bien si esa sombra es una persona o una farola.