La muerte y yo, querido Ricardo

UGUI

¿Te acuerdas, Ricardo, que te escribí hace años sobre mi problema con los grupos? Hoy te voy a contar lo que me pasa con la muerte. Me da miedo.

Me da miedo la muerte, pero no por lo que cualquiera podría pensar: el fin de la vida tal y como la conozco. Eso no me asusta. Mis hijos hace tiempo que son mucho mejores personas que yo y tienen las herramientas adecuadas para ser felices y buenos, para elegir y salir adelante con sus aciertos y equivocaciones.

Lo que me da miedo de la muerte es lo que van a hacer conmigo.

Quienes me quieren van a exprimir mi recuerdo para retenerme, o para superar mi ausencia. Van a contar en voz alta cosas que nunca hice, o que sí hice pero no con tan buena intención, van a resaltar esos aciertos sin querer que todos a veces tenemos.

Quienes no me quieren se van a ocupar de lo contrario, o bien van a disimular haciendo como que siempre me apoyaron. Los peores esconderán su mezquindad bajo la mullida alfombra de la lisonja y de la alabanza falsa. Y quienes sepan de esa hipocresía no serán capaces de denunciarlo por respeto, tal vez, a la propia muerte o a mí. Un respeto mal entendido pero comprensible, desde mi punto de vista, que sale del corazón de las personas nobles que no se enzarzan en barros ajenos aunque les pese la injusticia y la maldad de los demás.

La oficialidad reina siempre en la posteridad de quienes se han ido. Y, de repente, quienes nunca estuvieron vinculados a ti, más que por lazos diplomáticos y sociales, esas lianas con las que la sociedad occidental nos anuda y, a menudo, nos ahoga, aparecen y se sientan en la cabecera de la mesa, justo cuando te vas, a pesar de que, en vida, hayas logrado aflojar los nudos para respirar, incluso si te has desvinculado de corazón pero no lo has proclamado a los cuatro vientos. Tras la lápida llegan los “titulados” con papeles. Y tú, que siempre consideraste absurdo todo ese entramado, que entregas el corazon sin mirar más, te ves manipulado, mal interpretado, desdibujado ante los demás mortales que esperan su turno. Y ya sé que quienes hacen esas cosas no siempre lo hacen por aprovecharse de la situación. A veces simplemente reaccionan cuando ya te has ido porque no tuvieron valor de tratar la desconexión cuando estabas. O mitigan el dolor que sienten de verdad por el cariño histórico que te han tenido. Tengo una lista con nombres y apellidos de gente que lo va a hacer cuando me toque irme. No, no me mires así, no los voy a decir en alto. Pero ¿te parece justo? Lo observo cada vez que alguien nos deja, querido Ricardo. Y no quiero que pase eso conmigo.

La muerte es la excusa para la hipocresía. Como las buenas intenciones. Hieren pero siempre se perdonan.

(Esta entrada está dedicada a mi amigo Ricardo Basurto, porque hace mucho que no le dedico nada y ya va siendo hora).

 

Entre el ruido y el silencio

the_art_of_conversation_by_rttmsdag-d32q8oc

 

Decía Henry David Thoreau que hay muchas cosas hermosas que no podemos decir si tenemos que gritar. Explicaba, en su obra Walden, que el pensamiento necesita su espacio antes de salir de la mente, como la bala lo necesita para encontrar el rumbo a la diana. Y ese espacio es silencioso, personal e íntimo.

Cualquier cosa menos lo que vivimos en nuestra sociedad. La protesta es sin argumentos, a gritos, ofensiva, mal encarada. No solamente se trata de las falacias lógicas que entorpecen la comprensión del argumento, es que a veces solo existen falacias entorno a la nada, porque no hay razones o ideas que aportar. Es una lucha en el barro, grito a grito, sofisma a sofisma, y en España, autobús a autobús. Gastar el dinero de tus patrocinadores en fletar un autobús con un slogan que dice lo que tienen o no unos y otros entre las piernas es patético. Si esa es “la lucha” merecemos exactamente lo que tenemos.

Como si el tema de la identidad fuera tan simple. Como si todos esos que se sienten tan graciosos porque su campaña de marketing ha funcionado, en un sentido o en otrom, tuvieran la más remota idea de qué te hace ser quien eres y no otro. Tras las funciones que desempeñamos, los roles, las sonrisas de plástico (o de verdad), muchos de nosotros, a veces, nos hemos sentido perdidos y hemos pensado ¿quién soy yo? ¿quién es esa persona que se levanta automáticamente al oir el despertador y cumple su tarea diaria como un robot sin alma?. (Yo además pienso ¿qué hago aquí? Pero esa pregunta solamente la entienden personas como Gabriel Zanotti, que esperan conmigo la llegada de la nave).

Ya no hay “deja que te explique”. De lo que se trata es de ser virales. Absurdos, pero virales. Insustanciales, pero virales. Ofensivos gratuitamente, pero virales. Sin preocuparnos lo más mínimo por toda la filosofía y los valores que arrastran nuestras palabras, los conceptos que usamos y tiramos, pisoteando siglos de civilización.

Pero, además del grito en twitter o facebook, está la sociedad del silencio pasmado, que lee y calla. Gente que asiente sin convicción, que se traga lo que dice la tele, retuitea sin pensar, y que asiste, sin poder creerlo, al desmoronamiento de la realidad, ahora que unos y otros se acusan de mentirosos. La manipulación mediática via intravenosa tiene este problema. De repente, la serie de unos y ceros se descompone y todo desaparece como en Matrix. Era verdad lo de basar tu vida en principios sólidos y no en informativos, tuits y programas basura. Era verdad que el periodismo de todo a cien tiene consecuencias más graves de lo previsto, porque tu mente, capaz de la mayor de las genialidades, se amolda a la más simple de las mediocridades, y se atocina.

En las universidades, centros de conocimiento y excelencia, los alumnos impiden que profesores invitados den su charla y agreden a los profesores del centro que intentan frenarles*. ¿En qué país? ¿De qué bando? En el país de la libertad y del bando que se erige en autoridad moral. Resistencia, dicen. Se resisten ante la victoria electoral del otro. No resisten frente a una invasión enemiga. No se trata de un ejército de aliens que viene a devorarnos vivos.

Es la frustración ante un fracaso inesperado. Obviamente, no es un tema geográfico. Podría pasar en cualquier país. Y los del otro bando también se erigen en autoridad moral y practican otro tipo de violencia, no física (afortunadamente), pero sí la agresión de la sordera pertinaz de quien no dialoga, la de quienes atosigan, mienten, juzgan y condenan sin más, al aluvión.

Entre el grito y el silencio pasmado queda el diálogo, la reflexión silenciosa, la escucha, el asistir como espectadores a lo que el otro tiene que contar, y como actores ofrecer lo que nosotros pensamos. Claro que es un esfuerzo. La conversación es un arte. Porque no se trata de mostrar al mundo lo que sabes, ni de torturar al otro con tu vida, ni de tomar cada charla como un ring de boxeo en el que hay que salir victorioso a cualquier precio. Es un arte en peligro de extinción que require considerar a la persona que tienes enfrente, saber escuchar, saber expresarte sin herir. Vamos, convivir. Y eso, a día de hoy, es lo menos importante. Lo importante son los autobuses.

 

  • Se trata del incidente sufrido por el profesor Charles Murray en el Middleton College (Vermont).

La insoportable acción pacífica

giancarlo

 

Me he dejado seducir, de nuevo, por la primera temporada de la serie The Leftovers. No es de las mejores. El guión, el ritmo… no es de las que recomendaría. Pero me atrae el enfoque general de las dos cuestiones básicas alrededor de las cuales se entrelazan las historias de sus protagonistas. Una es la aceptación de un hecho inimaginable del que no hay culpables, tanto por cada persona, como socialmente. La segunda, y en la que me voy a centrar, es la resistencia pasiva.

De un día para otro el 2% de la población mundial desaparece, se esfuman del lugar que ocupaban en ese momento:hijos, amantes, esposos, vecinos, bebés en el vientre de la madre… Tres años después, el pueblo en el que transcurre la acción sobrevive a su manera, con incredulidad, con resignación, con dolor, con rabia, tratando de seguir el día a día, casi como si no hubiera pasado nada. En medio de la recuperada normalidad, que es aparente, algunos vecinos se han unido en un grupo que no quiere que se olvide a los desaparecidos, que se niegan a glorificarlos porque es una manera de normalizar su ausencia y sobreponerse a ello en falso. Son los Guilty Remnant (los remanentes culpables). Quieren que haya una reflexión general sobre el significado real del drama que todos han vivido.

Lo que hacen es simple: visten de blanco, fuman, se niegan a hablar, pero están presentes en medio de las carreteras (sin parar el tráfico pero haciéndose visibles), al salir del trabajo, en los supermercados, miran a los ojos de la gente con ojos inquisitivos, sin pronunciar palabra, con su ropa sencilla, sin arreglarse y con sus cigarros en la boca, sosteniendo carteles con mensajes claros y simples: “¿Por qué les olvidas?”, “No mires a otro lado”, y cosas así. Nada ofensivo. Nada insultante. Y, sin embargo, tras tanto tiempo haciéndose presentes, la gente no se ha acostumbrado y les odia, les insulta, les ataca. Ellos no se defienden, mantienen su actitud, sin pronunciar palabra. Retiran a los heridos, se visten sus uniformes blancos, siguen fumando, emprendiendo acciones concretas y eficientes. Cada vez más personas se les unen, huyendo de una sociedad hipócrita que no sabe curar sus heridas.

Cuando alguien pregunta a los vecinos del pueblo qué es lo que tienen en contra de los Guilty Remnant, no saben qué decir. Su presencia es una provocación: fuman, un gesto de lo más transgresor; no hablan, en un mundo donde todo el mundo opina, se explica, dice, considera. Su mirada culpabiliza la actitud evasora de la sociedad, y de cada uno de los vecinos, que prefieren pasar la página.

Es una actitud poderosa. No se presentan a la alcaldía, no dependen de los logros de sus campañas. Y sin embargo, consiguen remover conciencias, cuestionar a cada individuo, atrapan la mirada, y  fuerzan un cambio de actitud o un posicionamiento en la gente.

Cuando alguien me cuestiona qué hacemos los liberales más radicales, los que decidimos no votar, pero sí participar opinando, escribiendo, leyendo, pienso en los Guilty Remnants y su resistencia pasiva, en sus acciones pacíficas y en su éxito. Y también pienso en la actitud de la gente que se siente agredida solamente con la presencia de un disidente que cuestiona lo políticamente correcto, como bajar el gasto público, devolver el dinero a los bolsillos de la gente, permitir que los padres elijan la educación de sus hijos, impedir que los políticos manipulen la moneda directamente o a través del banco central. Y sobre todo, con quienes miramos inquisitivamente a quienes votan la sumisión.

Y cierro esta reflexión con la cita que Edward López trajo a Facebook. Son palabras de Giancarlo Ibargüen, quien hará un año que se fue el próximo 9 de marzo:

“No dejes que nadie te robe la pasión por lo que haces, y menos aún por la vida. Camina con dignidad y la cabeza bien alta sabiendo que vives una vida consistente con tus valores morales y tus principios. No dejes que nadie te impida construir un mundo mejor”.

 

Elogio de lo privado

gafas_google

 

Una de las señales más claras de la degradación de los valores de la libertad es el recelo ante lo privado“.

Con esa frase me despierta la newsletter de Carlos Rodríguez Braun este lunes por la mañana.

El recelo no es una condena. No es una espada clavada en el corazón a plena luz del día. Es mucho más sutil. Es una jeringa rellena de veneno que no deja rastro, es la sospecha de que algo no está bien. Hablamos de conjeturas fundadas en  meras apariencias. Es esa sensación de que, no sé, pero fíjate que me parece que esta gente no es de fiar. No llega a prejuicio, no hemos afirmado nada, es un aroma que no reconocemos pero que, por si las moscas, condenamos. Mejor no confiar. Y que venga lo que sea.

En este caso, si apartamos lo privado, contra todo pronóstico, no nos sobreviene lo público, que suena a pueblo, con esos aires silvestres, frescos, sociales y bondadosos, como el mito del buen salvaje. Nos sobreviene lo estatal, pautado por iluminados, impuesto por salvapatrias, con o sin formación. Nos llega un campo abonado para que florezca el riesgo moral en todas sus modalidades. La corrupción no es solamente lo que falta cuando alguien roba, no se ciñe simplemente al servicio no prestado o al bien no provisto por desviación de los fondos destinados a la prestación de uno y la provisión del otro. La corrupción es la lepra de la conducta. Una vez la acaricias te impregna y ya todo vale, porque total, qué más da, todos lo hacen. ¿Quién no ha mentido alguna vez? ¿quién no ha copiado en un examen? ¿quién no ha omitido? Y se equipara la naturaleza imperfecta con una manera de actuar podrida, que se generaliza, que se esconde detrás de las pantallas más fantásticas e irresistibles: lo sagrado, la patria, el bien común, la salud, los débiles, los menos favorecidos. De manera que el corrupto usa la compasión ajena, se disfraza y se mezcla con la inocencia del “buenista”, el tonto útil, que solo quiere que haya paz en el mundo, como las jóvenes candidatas a Miss Universo.

El recelo, la mirada impregnada de sospecha hacia lo privado, como dice Carlos Rodríguez Braun, es una de las señales más claras, no la única pero sí de las más claras, de que estamos asistiendo a una grave transgresión de los valores de la libertad.

Recuperar la dignidad de lo privado implica, para quienes creemos en ello, una reflexión que necesariamente ha de hacerse desde la más profunda humildad. Y la reflexión es la siguiente. ¿A qué atribuimos la pérdida de esa dignidad? ¿Solo las palabras son capaces de arruinar la evidente bondad de lo privado? ¿o acaso no hemos sido ejemplares o no hemos señalado a quienes no lo han sido? Porque si la libertad implica responsabilidad, el abuso, las malas artes, el engaño bajo la mesa, deberían tener consecuencias, y deberíamos ser nosotros quienes lo señalaran. Usted roba. Usted compadrea con el gobierno. Usted acepta prebendas. Usted tiene privilegios. Usted estafa al mercado. Usted hace mal uso del término “privado”, proque “privado” no es sinónimo de trapicheo, de mercadillo, de casino con ruletas trucadas.

En el ámbito privado, el repudio es una acción honorable, y repudiar lo inmoral a cara descubierta debería estar a la orden del día, aunque sea políticamente muy incorrecto. Sin embargo, a menudo nos preocupa que vayan a decir que, siendo liberales bloqueamos o silenciamos en twitter, o que siendo liberales no debatimos con neonazis, o que siendo liberales no admitimos a todo el mundo. Y, lo cierto, es que no lo hacemos porque somos libertarios y valoramos el ámbito de lo privado. Otra cosa es que el debate intelectual tienda a ser amplio, limpio, total. Pero sin olvidar que hay límites. Y que lo privado es el foso que salvaguarda el castillo de los valores de la libertad. Si se deteriora lo privado, si la mirada hacia lo privado se tiñe de temor, será muy difícil restaurar esos valores.

  • NOTA: Yo tampoco debato con neonazis ni con personas que defienden las bases del pensamiento neonazi, es decir, la supremacía basada en la raza. Como éste:

El 2017: sin intenciones

eu-vat-action-take-action-now

 

Dicen que el infierno está lleno de buenas intenciones que se quedaron en eso, proyectos de acción sin materializarse. Uno de los males del 2016, que casi es un mal de nuestro tiempo, consiste en adivinar las intenciones de unos y de otros. Los más osados, que son mayoría, los profesionales de barra de bar y juicio rápido, que suelen poblar nuestras universidades y nuestras televisiones, han pasado al nivel siguiente en el que la gracia está en atribuir intenciones al gusto y elaborar argumentos conspiranoicos contra el otro.

Hay una conspiración para destruir la familia, a la mujer, al hombre, la democracia, esta religión, la otra religión, Occidente, Oriente, la civilización, la naturaleza, el planeta Tierra y la galaxia entera. Los podemitas, las feminazis, los fachas, los machistas, los masones, los moros, los ateos, los católicos, los homosexuales, los heterosexuales… cuando dos o más personas afines se reúnen es para montar una conspiración contra algo. Y todos esos grupos son contra los que hay que combatir con las armas que sean: la mentira, la difamación, el insulto y lo que haga falta. Para el tipo de a pie que mira (y vota, y paga impuestos, y sale adelante como puede) es muy difícil no caer en la credulidad de aceptar que vienen contra nosotros y hay que hacer algo. Es un instinto humano sobrevivir, y se tienen más posibilidades de que no te coma el león si te pones en lo peor que si te pones en lo mejor. Así que las conspiraciones vienen con el refuerzo extra del “no vaya a ser que sea verdad”.

Una de las miles de lecciones que le debo a Juan Carlos Cachanosky, que nos falta desde hace 365 días y no hay remplazo, es la que pone por delante de las intenciones el poder aplastante de la acción. Lo que te avala es lo que haces. No lo que dices, lo que la sociedad supone,  lo que tu círculo necesita creer, lo que parece, o lo que se te atribuye, sino lo que efectivamente haces. Él era un hombre de acción: en positivo y en negativo. Se apartaba de las personas tóxicas y avanzaba paso a paso por el camino de lo que él creía que era coherente. Proponía acciones, te animaba a perseguir lo que te hiciera feliz, a escribir, a estudiar, a seguir adelante. Y eso es lo que he visto en quienes continúan con su legado, de quienes aprendo cada día y con quienes me siento orgullosa de trabajar: Wenceslao, Alejandra y el equipo entero de CMT GROUP. No han desfallecido bajo el peso de la pena o los problemas de la transición, no han dejado de tomar iniciativas, de dar pasos, de actuar.

En el 2017, para seguir honrando a Juan Carlos, con mis limitaciones humanas como frontera, no voy a desplegar un abanico de intenciones ni malas ni buenas. Voy a hacer. Para que sea un feliz año y nada perturbe mi paz interior.

No desayune huevos con bacon

cupcake-de-bacon-y-huevo

¿Usted desayuna huevos con bacon? ¿Merienda bocadillo de chistorra? ¿Le hinca el diente a un buen asado? Es usted cómplice de una catástrofe natural que nos va a sobrevenir. Y usted llorará cuando los medios le muestren la destrucción del planeta.

¿Usted le ha regalado a su hija una muñeca y a su hijo un coche de juguete? Es usted cómplice del heteropatriarcado y, no lo sabe, pero esa actitud le va a costar mucho a las mujeres, porque vamos a permanecer oprimidas por los siglos de los siglos. Y no me diga si su hijo plancha o no, lo de los juguetes es el principio del fin y su varoncito, por su apatía cómplice va a reproducir los esquemas de siempre y usted llorará cuando los medios le muestren el dolor que usted ha producido con su complicidad.

¿Usted cree que el machismo es una actitud despreciable, que existe, en unos sitios menos y más en otros, pero que es palpable, y que es un atraso considerar a alguien superior por su raza, sexo, coeficiente intelectual, y todas esas cosas que no nos hacen mejores ni peores, que no nos ganamos a pulso, que vienen “de fábrica”? ¿Cree usted que hay campo para mostrar una manera distinta de mirarse los hombres y las mujeres, sin negar lo que existe, pero sin abanderar el odio? ¿Cree que no hay que exagerar datos o aturdir a la gente con palabras demasiado grandilocuentes que no reflejan la realidad, pero sin embargo, que no hay que negar el maltrato, la terrible situación de muchas mujeres, tal vez no tan lejos, y está dispuesta a ponerse a ello?  Es usted cómplice de las feminazis excluyentes. Forma usted parte del marxismo intelectual y será vapuleada, menospreciada (por detrás, por delante aún no han osado), y usted llorará cuando vengan los malos a ponerle un burka.

¿Usted tiene un sentido del humor inadecuado, macarra, incorrecto, como el de Gurruchaga y la Orquesta Mondragón cuando cantaba “soy el hombre sin brazos del circo” o como el de Gabinete Caligari cuando cantaban al amor masoquista? Bueno, entonces su complicidad es máxima y merece usted el escarnio en redes sociales. Y usted llorará porque está permitido insultarle, llamarle terrorista, pedir el cese de sus actividades, la censura, y quién sabe si no llegaremos a mentar la celda de castigo.

¿Le espanta a usted ver niños que viven situaciones de guerra, sin mirar qué guerra, o de dónde son los niños, y se atreve a decirlo y a pedir que cesen las guerras, el uso de los niños como mercancía de la pena, el bombardeo de hospitales, etc? Es usted cómplice de los medios que difunden noticias falsas, es usted cómplice de la desaparición de países, es usted cómplice de la invasión por terroristas, y llorará cuando vea por televisión tal catástrofe.

¿Está usted mirando? También es cómplice. Cómplice y culpable. Llore, pida perdón, baje la cabeza y cállese.

(Como siempre hay alguien que no lo percibe,  noten que hay cierto sarcasmo en todo esto, pero también bastante realidad. Es un post dedicado a Carlota. Y para ella añado el video de Gabinete y el de la edificante balada de Siniestro Total “Ayatollah no me toques la pirola”, con Germán Coppini, que me ha parecido aún más incorrecto)

La niebla como estado civil

niebla

Dice Denzel Washington que si lees la prensa estás mal informado y si no la lees estás desinformado. ¿Qué elegir? Le recrimina el actor a la periodista que su labor como profesional es contar noticias, no contar lo que sea antes que nadie. No es ser el primero en tuitear a toda costa sino informar con hechos verdaderos.

Cierto. Tal vez van a protestar quienes creen que, además, el periodista-analista ha de ofrecer su opinión, su interpretación de los hechos, de las entrevistas, analizar al personaje, al ministro, al diputado, al sindicalista. Y no digo que no. Sin embargo, de ahí hemos pasado demasiado rápido al insulto, a la tergiversación, a sacar de contexto una frase, una palabra, un gesto, para que el entrevistado diga lo que quiero y así poder despellejarle. Demasiado rápido y demasiado a menudo.

Hasta el punto que si cuelgas un video donde un señor que dice que es maestro en Aleppo pide llorando que acabe la guerra y que espera que pase algo antes de las masacres que se esperan, siempre llega alguien, bien intencionado, probablemente bien informado (o tal vez no) y te cuenta que el medio es sesgado, que el tipo es simpatizante de terroristas que hicieron cosas terribles, que te están tomando el pelo y que sufrir, sufrir, donde sufren los rigores de la guerra es en tal otra ciudad.

O, de repente, un niñato con media neurona, que se ha hecho influencer porque muchos otros le ríen las gracias de niñato, suelta por su boca una barbaridad que me apuesto lo que sea a que no es ni suya. Y afirma, entre otras cosas, que hay más violaciones a hombres que a mujeres (ya he tenido la discusión acerca de las cárceles de Estados Unidos, por favor, abstenerse). Todo para “defenderse” de un gag de video donde tres tipos, ante una joven borracha que salía de una discoteca “se la pedían”, como quien se pide asiento de ventanilla en el tren.  Igual para él y sus seguidores es una escena graciosa. En ese caso debería defender su posición. Y sin embargo, se defiende negando.

Y ahí está la cosa. Negamos y renegamos. Tanto y tan habitualmente que uno no sabe ya si leer o no la prensa, Twitter, Facebook. Porque es posible que el video del maestro de Aleppo sea mentira. Es posible que haya mujeres que se lancen a por los jóvenes borrachos para aprovecharse de su embriaguez. Es posible que los medios falseen imágenes, que los gobiernos falseen estadísticas, los periodistas entrevistas, que los lobbies manipulen a las víctimas que dicen representar por poder o por una subvención, o simplemente para sentirme mejor y reducir su impotencia. Todo eso es mucho más que posible. Pero no siempre y no en el mismo grado. No miente todo el mundo. No existe una cultura de la violación (aunque sí haya más abusos a mujeres y aunque sea verdad que la borrachera no hace a nadie merecedora del abuso). No es verdad que no se sufra en Aleppo o que simpatizar con alguien te haga merecedor de una masacre (tu muerte y la de todo tu pueblo). Y rizando el rizo, me encuentro cuestionada por los seguidores del imbécil del video y por las mujeres que defienden que existe una cultura de la violación; estoy en medio de quienes llevan las cosas al extremo hacia A y quienes lo hacen hacia B. No solamente eso. En cuanto dudas, caes en el abismo y eres acusada, insultada, señalada.

Hemos perdido el matiz. No vemos todo el pantone de colores, tenemos el contraste al máximo y solo hay blanco y negro. Si yo soy buena, tú eres malo. Si yo pierdo, tú ganas. Si uno está arriba, otro está abajo. Están desapareciendo de las mentes un abanico de posibilidades, toda una gama de sonidos. Tendemos a la estupidez. Al revés que los niños, cuyo aprendizaje consiste en diferenciar cada vez más formas y colores, y trabajar con bloques más pequeños y diversos, la sociedad va hacia atrás, caminando hacia lo más básico, colocando con torpeza los bloques grandes, mientras la tecnología avanza y nos hace creer que somos dioses.

En este diciembre complicado, Madrid ha amanecido con niebla. Como yo, que no veo nada. Y, como sucede con la niebla, lo más seguro es mirar tus pasos y tratar de no chocar con nadie. La niebla nos pone en nuestro sitio: nos quita de golpe la soberbia y la apariencia de lucidez. Así vamos por la vida, como en medio de la niebla, sin saber muy bien si esa sombra es una persona o una farola.