La insoportable acción pacífica

giancarlo

 

Me he dejado seducir, de nuevo, por la primera temporada de la serie The Leftovers. No es de las mejores. El guión, el ritmo… no es de las que recomendaría. Pero me atrae el enfoque general de las dos cuestiones básicas alrededor de las cuales se entrelazan las historias de sus protagonistas. Una es la aceptación de un hecho inimaginable del que no hay culpables, tanto por cada persona, como socialmente. La segunda, y en la que me voy a centrar, es la resistencia pasiva.

De un día para otro el 2% de la población mundial desaparece, se esfuman del lugar que ocupaban en ese momento:hijos, amantes, esposos, vecinos, bebés en el vientre de la madre… Tres años después, el pueblo en el que transcurre la acción sobrevive a su manera, con incredulidad, con resignación, con dolor, con rabia, tratando de seguir el día a día, casi como si no hubiera pasado nada. En medio de la recuperada normalidad, que es aparente, algunos vecinos se han unido en un grupo que no quiere que se olvide a los desaparecidos, que se niegan a glorificarlos porque es una manera de normalizar su ausencia y sobreponerse a ello en falso. Son los Guilty Remnant (los remanentes culpables). Quieren que haya una reflexión general sobre el significado real del drama que todos han vivido.

Lo que hacen es simple: visten de blanco, fuman, se niegan a hablar, pero están presentes en medio de las carreteras (sin parar el tráfico pero haciéndose visibles), al salir del trabajo, en los supermercados, miran a los ojos de la gente con ojos inquisitivos, sin pronunciar palabra, con su ropa sencilla, sin arreglarse y con sus cigarros en la boca, sosteniendo carteles con mensajes claros y simples: «¿Por qué les olvidas?», «No mires a otro lado», y cosas así. Nada ofensivo. Nada insultante. Y, sin embargo, tras tanto tiempo haciéndose presentes, la gente no se ha acostumbrado y les odia, les insulta, les ataca. Ellos no se defienden, mantienen su actitud, sin pronunciar palabra. Retiran a los heridos, se visten sus uniformes blancos, siguen fumando, emprendiendo acciones concretas y eficientes. Cada vez más personas se les unen, huyendo de una sociedad hipócrita que no sabe curar sus heridas.

Cuando alguien pregunta a los vecinos del pueblo qué es lo que tienen en contra de los Guilty Remnant, no saben qué decir. Su presencia es una provocación: fuman, un gesto de lo más transgresor; no hablan, en un mundo donde todo el mundo opina, se explica, dice, considera. Su mirada culpabiliza la actitud evasora de la sociedad, y de cada uno de los vecinos, que prefieren pasar la página.

Es una actitud poderosa. No se presentan a la alcaldía, no dependen de los logros de sus campañas. Y sin embargo, consiguen remover conciencias, cuestionar a cada individuo, atrapan la mirada, y  fuerzan un cambio de actitud o un posicionamiento en la gente.

Cuando alguien me cuestiona qué hacemos los liberales más radicales, los que decidimos no votar, pero sí participar opinando, escribiendo, leyendo, pienso en los Guilty Remnants y su resistencia pasiva, en sus acciones pacíficas y en su éxito. Y también pienso en la actitud de la gente que se siente agredida solamente con la presencia de un disidente que cuestiona lo políticamente correcto, como bajar el gasto público, devolver el dinero a los bolsillos de la gente, permitir que los padres elijan la educación de sus hijos, impedir que los políticos manipulen la moneda directamente o a través del banco central. Y sobre todo, con quienes miramos inquisitivamente a quienes votan la sumisión.

Y cierro esta reflexión con la cita que Edward López trajo a Facebook. Son palabras de Giancarlo Ibargüen, quien hará un año que se fue el próximo 9 de marzo:

«No dejes que nadie te robe la pasión por lo que haces, y menos aún por la vida. Camina con dignidad y la cabeza bien alta sabiendo que vives una vida consistente con tus valores morales y tus principios. No dejes que nadie te impida construir un mundo mejor».

 

Elogio de lo privado

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«Una de las señales más claras de la degradación de los valores de la libertad es el recelo ante lo privado«.

Con esa frase me despierta la newsletter de Carlos Rodríguez Braun este lunes por la mañana.

El recelo no es una condena. No es una espada clavada en el corazón a plena luz del día. Es mucho más sutil. Es una jeringa rellena de veneno que no deja rastro, es la sospecha de que algo no está bien. Hablamos de conjeturas fundadas en  meras apariencias. Es esa sensación de que, no sé, pero fíjate que me parece que esta gente no es de fiar. No llega a prejuicio, no hemos afirmado nada, es un aroma que no reconocemos pero que, por si las moscas, condenamos. Mejor no confiar. Y que venga lo que sea.

En este caso, si apartamos lo privado, contra todo pronóstico, no nos sobreviene lo público, que suena a pueblo, con esos aires silvestres, frescos, sociales y bondadosos, como el mito del buen salvaje. Nos sobreviene lo estatal, pautado por iluminados, impuesto por salvapatrias, con o sin formación. Nos llega un campo abonado para que florezca el riesgo moral en todas sus modalidades. La corrupción no es solamente lo que falta cuando alguien roba, no se ciñe simplemente al servicio no prestado o al bien no provisto por desviación de los fondos destinados a la prestación de uno y la provisión del otro. La corrupción es la lepra de la conducta. Una vez la acaricias te impregna y ya todo vale, porque total, qué más da, todos lo hacen. ¿Quién no ha mentido alguna vez? ¿quién no ha copiado en un examen? ¿quién no ha omitido? Y se equipara la naturaleza imperfecta con una manera de actuar podrida, que se generaliza, que se esconde detrás de las pantallas más fantásticas e irresistibles: lo sagrado, la patria, el bien común, la salud, los débiles, los menos favorecidos. De manera que el corrupto usa la compasión ajena, se disfraza y se mezcla con la inocencia del «buenista», el tonto útil, que solo quiere que haya paz en el mundo, como las jóvenes candidatas a Miss Universo.

El recelo, la mirada impregnada de sospecha hacia lo privado, como dice Carlos Rodríguez Braun, es una de las señales más claras, no la única pero sí de las más claras, de que estamos asistiendo a una grave transgresión de los valores de la libertad.

Recuperar la dignidad de lo privado implica, para quienes creemos en ello, una reflexión que necesariamente ha de hacerse desde la más profunda humildad. Y la reflexión es la siguiente. ¿A qué atribuimos la pérdida de esa dignidad? ¿Solo las palabras son capaces de arruinar la evidente bondad de lo privado? ¿o acaso no hemos sido ejemplares o no hemos señalado a quienes no lo han sido? Porque si la libertad implica responsabilidad, el abuso, las malas artes, el engaño bajo la mesa, deberían tener consecuencias, y deberíamos ser nosotros quienes lo señalaran. Usted roba. Usted compadrea con el gobierno. Usted acepta prebendas. Usted tiene privilegios. Usted estafa al mercado. Usted hace mal uso del término «privado», proque «privado» no es sinónimo de trapicheo, de mercadillo, de casino con ruletas trucadas.

En el ámbito privado, el repudio es una acción honorable, y repudiar lo inmoral a cara descubierta debería estar a la orden del día, aunque sea políticamente muy incorrecto. Sin embargo, a menudo nos preocupa que vayan a decir que, siendo liberales bloqueamos o silenciamos en twitter, o que siendo liberales no debatimos con neonazis, o que siendo liberales no admitimos a todo el mundo. Y, lo cierto, es que no lo hacemos porque somos libertarios y valoramos el ámbito de lo privado. Otra cosa es que el debate intelectual tienda a ser amplio, limpio, total. Pero sin olvidar que hay límites. Y que lo privado es el foso que salvaguarda el castillo de los valores de la libertad. Si se deteriora lo privado, si la mirada hacia lo privado se tiñe de temor, será muy difícil restaurar esos valores.

  • NOTA: Yo tampoco debato con neonazis ni con personas que defienden las bases del pensamiento neonazi, es decir, la supremacía basada en la raza. Como éste:

Qué cosas no son malas de Trump.

(No se trata de cosas buenas. Se trata de cosas que pueden gustar o no pero son irrelevantes. Inquietan, le hacen desagradable, pero no justifican que se considere como un peligro al nuevo presidente de Estados Unidos).

  • Su espantoso flequillo. Yo también espero que el viento se lo levante.
  • Su cara naranja. Tal vez cambió el color de las cortinas del Despacho Oval de rojo a dorado para que no desentonara.
  • Su mal gusto, en general. Esa foto con Nigel Farage en el ascensor dorado, lo dice todo.
  • Su mirada altanera. Qué le vamos a hacer. Es un chulito. Pero es más importante su visión como estadista.
  • Su manera exagerada de gesticular. Gesticula más que yo, que ya es decir. Y peor. Su lenguaje no verbal es el paradigma de lo que no hay que hacer.
  • Sus salidas de tono tan poco elegantes. Y encima, en comparación con Obama, que siempre ha sido muy escrupuloso con las formas, le hace un patán.
  • Sus formas con su esposa no son corteses. Es parte del personaje. Lo genial es que sean las mujeres progres las que le afean la conducta y señalan lo galante que es Obama. Que a mí me parece fenomenal, pero son las mismas que hace dos días fulminaban con la mirada si un hombre les abría la puerta.
  • Melania, su esposa, posó desnuda para una revista y trabajó ilegalmente de modelo en Estados Unidos. No depende de él. Cada cual se casa con quien le da la gana.
  • Su mujer no tiene estudios. ¿Y qué?
  • Sus hijas parecen Paris Hilton. Sí, han heredado el sentido del gusto del padre, pero eso no tiene por qué afectar a su mandato.
  • Su hijo de 9 años tiene siempre gesto torcido, como disgustado. He leído esta crítica en twitter. Es de vergüenza ajena que se critique al niño para desprestigiar al padre.

Dicho todo esto, Trump es un verdadero peligro por otras razones: nacionalismo, proteccionismo, imprevisibilidad, mercantilismo, gasto militar… Razones económicas de momento, que pueden ir acompañadas de razones políticas, como restricción a la libertad de prensa, etc., pero eso está por llegar. O no llegar.

 

El 2017: sin intenciones

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Dicen que el infierno está lleno de buenas intenciones que se quedaron en eso, proyectos de acción sin materializarse. Uno de los males del 2016, que casi es un mal de nuestro tiempo, consiste en adivinar las intenciones de unos y de otros. Los más osados, que son mayoría, los profesionales de barra de bar y juicio rápido, que suelen poblar nuestras universidades y nuestras televisiones, han pasado al nivel siguiente en el que la gracia está en atribuir intenciones al gusto y elaborar argumentos conspiranoicos contra el otro.

Hay una conspiración para destruir la familia, a la mujer, al hombre, la democracia, esta religión, la otra religión, Occidente, Oriente, la civilización, la naturaleza, el planeta Tierra y la galaxia entera. Los podemitas, las feminazis, los fachas, los machistas, los masones, los moros, los ateos, los católicos, los homosexuales, los heterosexuales… cuando dos o más personas afines se reúnen es para montar una conspiración contra algo. Y todos esos grupos son contra los que hay que combatir con las armas que sean: la mentira, la difamación, el insulto y lo que haga falta. Para el tipo de a pie que mira (y vota, y paga impuestos, y sale adelante como puede) es muy difícil no caer en la credulidad de aceptar que vienen contra nosotros y hay que hacer algo. Es un instinto humano sobrevivir, y se tienen más posibilidades de que no te coma el león si te pones en lo peor que si te pones en lo mejor. Así que las conspiraciones vienen con el refuerzo extra del «no vaya a ser que sea verdad».

Una de las miles de lecciones que le debo a Juan Carlos Cachanosky, que nos falta desde hace 365 días y no hay remplazo, es la que pone por delante de las intenciones el poder aplastante de la acción. Lo que te avala es lo que haces. No lo que dices, lo que la sociedad supone,  lo que tu círculo necesita creer, lo que parece, o lo que se te atribuye, sino lo que efectivamente haces. Él era un hombre de acción: en positivo y en negativo. Se apartaba de las personas tóxicas y avanzaba paso a paso por el camino de lo que él creía que era coherente. Proponía acciones, te animaba a perseguir lo que te hiciera feliz, a escribir, a estudiar, a seguir adelante. Y eso es lo que he visto en quienes continúan con su legado, de quienes aprendo cada día y con quienes me siento orgullosa de trabajar: Wenceslao, Alejandra y el equipo entero de CMT GROUP. No han desfallecido bajo el peso de la pena o los problemas de la transición, no han dejado de tomar iniciativas, de dar pasos, de actuar.

En el 2017, para seguir honrando a Juan Carlos, con mis limitaciones humanas como frontera, no voy a desplegar un abanico de intenciones ni malas ni buenas. Voy a hacer. Para que sea un feliz año y nada perturbe mi paz interior.

No desayune huevos con bacon

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¿Usted desayuna huevos con bacon? ¿Merienda bocadillo de chistorra? ¿Le hinca el diente a un buen asado? Es usted cómplice de una catástrofe natural que nos va a sobrevenir. Y usted llorará cuando los medios le muestren la destrucción del planeta.

¿Usted le ha regalado a su hija una muñeca y a su hijo un coche de juguete? Es usted cómplice del heteropatriarcado y, no lo sabe, pero esa actitud le va a costar mucho a las mujeres, porque vamos a permanecer oprimidas por los siglos de los siglos. Y no me diga si su hijo plancha o no, lo de los juguetes es el principio del fin y su varoncito, por su apatía cómplice va a reproducir los esquemas de siempre y usted llorará cuando los medios le muestren el dolor que usted ha producido con su complicidad.

¿Usted cree que el machismo es una actitud despreciable, que existe, en unos sitios menos y más en otros, pero que es palpable, y que es un atraso considerar a alguien superior por su raza, sexo, coeficiente intelectual, y todas esas cosas que no nos hacen mejores ni peores, que no nos ganamos a pulso, que vienen «de fábrica»? ¿Cree usted que hay campo para mostrar una manera distinta de mirarse los hombres y las mujeres, sin negar lo que existe, pero sin abanderar el odio? ¿Cree que no hay que exagerar datos o aturdir a la gente con palabras demasiado grandilocuentes que no reflejan la realidad, pero sin embargo, que no hay que negar el maltrato, la terrible situación de muchas mujeres, tal vez no tan lejos, y está dispuesta a ponerse a ello?  Es usted cómplice de las feminazis excluyentes. Forma usted parte del marxismo intelectual y será vapuleada, menospreciada (por detrás, por delante aún no han osado), y usted llorará cuando vengan los malos a ponerle un burka.

¿Usted tiene un sentido del humor inadecuado, macarra, incorrecto, como el de Gurruchaga y la Orquesta Mondragón cuando cantaba «soy el hombre sin brazos del circo» o como el de Gabinete Caligari cuando cantaban al amor masoquista? Bueno, entonces su complicidad es máxima y merece usted el escarnio en redes sociales. Y usted llorará porque está permitido insultarle, llamarle terrorista, pedir el cese de sus actividades, la censura, y quién sabe si no llegaremos a mentar la celda de castigo.

¿Le espanta a usted ver niños que viven situaciones de guerra, sin mirar qué guerra, o de dónde son los niños, y se atreve a decirlo y a pedir que cesen las guerras, el uso de los niños como mercancía de la pena, el bombardeo de hospitales, etc? Es usted cómplice de los medios que difunden noticias falsas, es usted cómplice de la desaparición de países, es usted cómplice de la invasión por terroristas, y llorará cuando vea por televisión tal catástrofe.

¿Está usted mirando? También es cómplice. Cómplice y culpable. Llore, pida perdón, baje la cabeza y cállese.

(Como siempre hay alguien que no lo percibe,  noten que hay cierto sarcasmo en todo esto, pero también bastante realidad. Es un post dedicado a Carlota. Y para ella añado el video de Gabinete y el de la edificante balada de Siniestro Total «Ayatollah no me toques la pirola», con Germán Coppini, que me ha parecido aún más incorrecto)

La niebla como estado civil

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Dice Denzel Washington que si lees la prensa estás mal informado y si no la lees estás desinformado. ¿Qué elegir? Le recrimina el actor a la periodista que su labor como profesional es contar noticias, no contar lo que sea antes que nadie. No es ser el primero en tuitear a toda costa sino informar con hechos verdaderos.

Cierto. Tal vez van a protestar quienes creen que, además, el periodista-analista ha de ofrecer su opinión, su interpretación de los hechos, de las entrevistas, analizar al personaje, al ministro, al diputado, al sindicalista. Y no digo que no. Sin embargo, de ahí hemos pasado demasiado rápido al insulto, a la tergiversación, a sacar de contexto una frase, una palabra, un gesto, para que el entrevistado diga lo que quiero y así poder despellejarle. Demasiado rápido y demasiado a menudo.

Hasta el punto que si cuelgas un video donde un señor que dice que es maestro en Aleppo pide llorando que acabe la guerra y que espera que pase algo antes de las masacres que se esperan, siempre llega alguien, bien intencionado, probablemente bien informado (o tal vez no) y te cuenta que el medio es sesgado, que el tipo es simpatizante de terroristas que hicieron cosas terribles, que te están tomando el pelo y que sufrir, sufrir, donde sufren los rigores de la guerra es en tal otra ciudad.

O, de repente, un niñato con media neurona, que se ha hecho influencer porque muchos otros le ríen las gracias de niñato, suelta por su boca una barbaridad que me apuesto lo que sea a que no es ni suya. Y afirma, entre otras cosas, que hay más violaciones a hombres que a mujeres (ya he tenido la discusión acerca de las cárceles de Estados Unidos, por favor, abstenerse). Todo para «defenderse» de un gag de video donde tres tipos, ante una joven borracha que salía de una discoteca «se la pedían», como quien se pide asiento de ventanilla en el tren.  Igual para él y sus seguidores es una escena graciosa. En ese caso debería defender su posición. Y sin embargo, se defiende negando.

Y ahí está la cosa. Negamos y renegamos. Tanto y tan habitualmente que uno no sabe ya si leer o no la prensa, Twitter, Facebook. Porque es posible que el video del maestro de Aleppo sea mentira. Es posible que haya mujeres que se lancen a por los jóvenes borrachos para aprovecharse de su embriaguez. Es posible que los medios falseen imágenes, que los gobiernos falseen estadísticas, los periodistas entrevistas, que los lobbies manipulen a las víctimas que dicen representar por poder o por una subvención, o simplemente para sentirme mejor y reducir su impotencia. Todo eso es mucho más que posible. Pero no siempre y no en el mismo grado. No miente todo el mundo. No existe una cultura de la violación (aunque sí haya más abusos a mujeres y aunque sea verdad que la borrachera no hace a nadie merecedora del abuso). No es verdad que no se sufra en Aleppo o que simpatizar con alguien te haga merecedor de una masacre (tu muerte y la de todo tu pueblo). Y rizando el rizo, me encuentro cuestionada por los seguidores del imbécil del video y por las mujeres que defienden que existe una cultura de la violación; estoy en medio de quienes llevan las cosas al extremo hacia A y quienes lo hacen hacia B. No solamente eso. En cuanto dudas, caes en el abismo y eres acusada, insultada, señalada.

Hemos perdido el matiz. No vemos todo el pantone de colores, tenemos el contraste al máximo y solo hay blanco y negro. Si yo soy buena, tú eres malo. Si yo pierdo, tú ganas. Si uno está arriba, otro está abajo. Están desapareciendo de las mentes un abanico de posibilidades, toda una gama de sonidos. Tendemos a la estupidez. Al revés que los niños, cuyo aprendizaje consiste en diferenciar cada vez más formas y colores, y trabajar con bloques más pequeños y diversos, la sociedad va hacia atrás, caminando hacia lo más básico, colocando con torpeza los bloques grandes, mientras la tecnología avanza y nos hace creer que somos dioses.

En este diciembre complicado, Madrid ha amanecido con niebla. Como yo, que no veo nada. Y, como sucede con la niebla, lo más seguro es mirar tus pasos y tratar de no chocar con nadie. La niebla nos pone en nuestro sitio: nos quita de golpe la soberbia y la apariencia de lucidez. Así vamos por la vida, como en medio de la niebla, sin saber muy bien si esa sombra es una persona o una farola.

Por qué creo que la culpa es de Walt Disney.

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Se acerca el final de algo. No sé exactamente el final de qué. Pero este año 2016 nos ha traído (además de terribles pérdidas personales irreparables) una serie de señales inequívocas. Y como cada vez que sobreviene el apocalipsis y se acaba el mundo (que ya van unas cuantas) brotan como capullos en primavera los profetas apocalípticos. La misión de este personaje tan popular en la historia es, básicamente, anunciar lo que está por llegar (el fin del mundo) y señalar a los culpables, que inevitablemente somos usted y yo, es decir, la gente normal.

«Arrepentíos pecadores que habéis votado a este tipo, o aquella opción, y habéis arruinado la moral». La moral, que no cualquier moral. La moral que él nos ha enseñado, la de verdad-verdad. La neta (que dirían los mexicanos). Esa que te cuentan en la tele, que los periodistas más pomposos y falsos nos enseñan con paciencia (porque somos tan cabeza dura…). Ahora se lleva mucho eso. Todo se basa en los valores, nos dicen, mientras faltan al respeto y la educación más básica. Igual hacen eso para que aprendamos por oposición, lo que no hay que hacer. El caso es que la marca de calidad, el ejemplo pata negra de los valores, es el programa Gran Hermano y el resto de los realities (nadie los ve y son siempre record de audiencia, misterios de la vida). Los nuevos coachers en valores son los pseudo-intelectuales al servicio del establishment, los periodistas del hígado, los tertulianos de todo a cien, encaramados a la fama faltando al otro y faltando a la verdad, interrumpiendo y gritando, escuchando por el pinganillo (o el chicharro) lo que le dicen desde producción solamente a él, para hacer sangre, o provocar confusión, esta gentuza de la secta «todo por la audiencia» tan serviles al poder. Pero, por encima de todos ellos, los políticos. La superioridad moral de esta gente es tal que la población humilde, honrada, de bien, se calla y mira, paralizada. Muchos, por falta de personalidad, por miedo, o por lo que sea, solo mascullan «Pues debe ser verdad, cuando sale en la tele, algo hay». Y de esa manera se escribe una parodia de la realidad a la medida de mangantes, pretenciosos ingnorantes y mucho ser vacío, sin escrúpulos de conciencia.

¿Y Walt Disney? Disney provocó que padres adultos hicieran adictos a sus hijos a fantasías en las que los elefantes volaban porque un ratón vestido de rojo les regalaba una pluma. Disney pintó un mundo donde no hay dolor que dure 90 minutos, donde la vida está dibujada en colores pastel, y en donde el bien y el mal supuestamente se identifican perfectamente, uno no tiene que ser muy perspicaz, no tiene que estar alerta, no tiene que pensar, te lo dicen. No es que no haya pensamiento crítico, es que no hay pensamiento. No solamente en los años 50 o 60, en nuestro siglo XXI, todos somos hijos del universo de los dibujos animados que acabo de describir.

El resultado es, por ejemplo, que en las universidades estadounidenses se está reclamando retrasar los exámenes para superar el triunfo de Trump, pero la abstención fue próxima al 50%. Y algunos jóvenes y no tanto se tiran a la calle a quemar coches, defecan en público (qué diría Freud), lloran como bebés y se rasgan las vestiduras. Los demócratas no se plantean qué hicieron mal. No se plantean por qué casi la mitad de la población no se ha acercado a las urnas. No he visto estudios, encuestas, investigaciones de campo en ningún canal, preguntando a los abstencionistas «¿Y usted por qué no votó?«, no para insultar o recriminar, sino para entender qué está fallando en una sociedad civil como la estadounidense. Se quejan de los colegios electorales, diseñados por los fundadores para proteger a las minorías. El propio Obama ha dado una lección de madurez democrática, a diferencia de la perdedora Clinton que no tuvo a bien dar la cara. Del 55% de votantes, el 47%, es decir, apenas el 25% de la sociedad americana, llora. Patalea. No puede vivir con lo que el otro 29% de la población votó. Se acaba el mundo. Que se hunda todo. Resulta que en nuestro mundo no hay elefantes que vuelan. Y no es porque el ratoncito no le dio la pluma. Es que no son reales. ¡Desgraciado Walt Disney!

La empresa y la Teoría de Sistemas

Éste es el video de la conferencia que dicté para el VI Congreso de Econía Austriaca de Rosario (Argentina), organizado por la Fundación Bases. En breve, esta charla mejorada, será parte de un libro muy especial, del que daré cuenta adecuadamente más adelante.

Gracias de corazón a los organizadores, a la Fundación Bases, a la UCA en Rosario, a RELIAL, a CMT-Group, a la Fundación Naumann, a las editoriales y a todas las organizaciones que pusieron su granito de arena para que este congreso tuviera lugar. Todo el congreso, no solamente el panel especial en el que tuve el honor de formar parte, fue un merecido y siempre limitado homenaje a Juan Carlos Cachanosky, un maestro para todos, amigo personal, y gran persona, al que nunca vamos a olvidar por todas las razones del mundo. Y de la galaxia (añadiría él).

El miedo

                                                  
 
El miedo es, sin duda, el enemigo a batir.

Te lleva a creer que amas, por miedo a la soledad, o a creer que no amas,  por miedo a la sociedad. Te empuja a que cumplas tus peores predicciones, a que irrumpas en los peores escenarios e inspira tus peores actos. El miedo a saber, o a no saber, nos lleva a tapar lo que percibimos, a negar esos momentos de lucidez disruptiva, a renegar de la intuición, a quedarnos con la explicación de todo el mundo, con la guía turística de la vida que te cuenta lo que hay que ver a grandes rasgos, pero no te deja saborear de los lugares y las gentes más puros, únicos, auténticos. 

El miedo al dolor, a extrañar la mano, la mirada y la presencia, te susurra al oído «déjalo ir, no mires, no escuches, no sientas». Palabras que en realidad significan «no vivas» o tal vez, no vivas tanto, no del todo. Como si solo lo amable fuera aceptable, como si lo feo no fuera también parte de la hermosura de la vida, como si las lágrimas derramadas fueran menos amor torrencial que la pasión y la felicidad compartida. Ese miedo que nos lleva a gritar «deja ya de manar» a la sangre que brota incesante de la herida. Para, que no puedo más. Para, que tengo miedo a dejar de sentir, anestesiada por el propio dolor.

Ese terrible enemigo del ser humano es como el veneno, que te salva la vida cuando se administra en pequeñas dosis, pero resulta letal de otra manera. En general, no estamos acostumbrados a manejarlo. Por eso nos inventamos a Thor, dios del rayo, para que explique lo que no alcanzamos a entender. Porque la incertidumbre y la ignorancia da vértigo. Y es más fácil identificar nuestra ignorancia con un dios cruel o bondadoso que aceptar que, sencillamente, no sabemos, que todo puede ser, que tal vez la tierra es como la veo, según donde me sitúe, y puede hasta ser plana. Esa sensación tan incómoda que tenemos ante lo que ignoramos, como si cualquier cosa pudiera valer y te tocara elegir tu propia respuesta, con la responsabilidad que eso implica. Esa elección que quienes tienen fe han resuelto de un plumazo (eso dicen ellos): «Mi fe me ayuda en estas ocasiones». Y se agarran al relato religioso de la trascendencia o de cualquier otra cosa fuera como si fuera el árbol para el koala y así se eliminara la humanidad del misterio que nos impone nuestra condición limitada. 

Como la hiedra, el miedo echa raíces y, si no lo extirpas de cuajo y dejas pasar el tiempo, levanta tus cimientos y toma posesión.

Combatir el miedo es asumir las limitaciones y tener fe en algo que no está fuera sino dentro de ti. Una fe en algo que no vemos pero que asimilamos como algo cierto, incluso sin que medie una teoría científica demostrada, aceptada. Es columpiarte en el trapecio sin red y saltar al vacío esperando tu mano, la que no veo pero está.

La ausencia

ausencia

Se me ocurre una idea para una entrada en el blog. Y en lo que lo abro… se va… ¿dónde se va? al mismo sitio que los calcetines que se traga la lavadora… al mismo sitio que los momentos perdidos… al mismo sitio que las horas no dormidas, los sueños no recordados y la cordura cuando se pierde aunque sea por un instante….

Es el lugar que algunos llaman eternidad. Porque cuando uno pierde la cordura por un instante ya no se olvida ese momento. Incluso una vez recuperada la sensatez y el equilibrio, el recuerdo de la espiral oscura en la que entra la mente, la visión tenebrosa de uno mismo al otro lado del espejo del dolor, permanece dentro de nosotros para siempre.

En esa eternidad, ese plano en el que no existe tiempo ni espacio, compuesto por algo que ignoramos, que intuimos, pero que no conocemos, algo en lo que solo se puede tener fe, religiosa o no, no encontramos un sitio, no nos sentimos a gusto. Casi nos aterra. Nos agarramos a los calcetines que se quedaron, al recuerdo de los momentos vividos y al equilibrio ficticio que nos rodea. Y lo sancionamos con totems que muestren a los demás que fue real. Guardamos cartas, fotografías, contratos, anillos… nos apresuramos a seguir las pautas que hacen de nosotros gente normal… escribimos los sueños para que no caigan en el olvido. ¿Pero qué pasa con lo que no es registrable?

La ausencia que duele tanto deja paso al olvido suavemente. Se desdibujan los rostros, se pierden las palabras, se modifican los recuerdos, y un día, sin darte cuenta, ya no lo recuerdas más. Solamente a veces, cuando un pequeño detalle, un olor, una canción, te sacuden la memoria, aparece de nuevo el recuerdo, deslucido, en medio de la bruma del tiempo, inoportuno, para decirte que has olvidado aquello que en un instante de tu vida era el presente.