La insoportable acción pacífica

giancarlo

 

Me he dejado seducir, de nuevo, por la primera temporada de la serie The Leftovers. No es de las mejores. El guión, el ritmo… no es de las que recomendaría. Pero me atrae el enfoque general de las dos cuestiones básicas alrededor de las cuales se entrelazan las historias de sus protagonistas. Una es la aceptación de un hecho inimaginable del que no hay culpables, tanto por cada persona, como socialmente. La segunda, y en la que me voy a centrar, es la resistencia pasiva.

De un día para otro el 2% de la población mundial desaparece, se esfuman del lugar que ocupaban en ese momento:hijos, amantes, esposos, vecinos, bebés en el vientre de la madre… Tres años después, el pueblo en el que transcurre la acción sobrevive a su manera, con incredulidad, con resignación, con dolor, con rabia, tratando de seguir el día a día, casi como si no hubiera pasado nada. En medio de la recuperada normalidad, que es aparente, algunos vecinos se han unido en un grupo que no quiere que se olvide a los desaparecidos, que se niegan a glorificarlos porque es una manera de normalizar su ausencia y sobreponerse a ello en falso. Son los Guilty Remnant (los remanentes culpables). Quieren que haya una reflexión general sobre el significado real del drama que todos han vivido.

Lo que hacen es simple: visten de blanco, fuman, se niegan a hablar, pero están presentes en medio de las carreteras (sin parar el tráfico pero haciéndose visibles), al salir del trabajo, en los supermercados, miran a los ojos de la gente con ojos inquisitivos, sin pronunciar palabra, con su ropa sencilla, sin arreglarse y con sus cigarros en la boca, sosteniendo carteles con mensajes claros y simples: “¿Por qué les olvidas?”, “No mires a otro lado”, y cosas así. Nada ofensivo. Nada insultante. Y, sin embargo, tras tanto tiempo haciéndose presentes, la gente no se ha acostumbrado y les odia, les insulta, les ataca. Ellos no se defienden, mantienen su actitud, sin pronunciar palabra. Retiran a los heridos, se visten sus uniformes blancos, siguen fumando, emprendiendo acciones concretas y eficientes. Cada vez más personas se les unen, huyendo de una sociedad hipócrita que no sabe curar sus heridas.

Cuando alguien pregunta a los vecinos del pueblo qué es lo que tienen en contra de los Guilty Remnant, no saben qué decir. Su presencia es una provocación: fuman, un gesto de lo más transgresor; no hablan, en un mundo donde todo el mundo opina, se explica, dice, considera. Su mirada culpabiliza la actitud evasora de la sociedad, y de cada uno de los vecinos, que prefieren pasar la página.

Es una actitud poderosa. No se presentan a la alcaldía, no dependen de los logros de sus campañas. Y sin embargo, consiguen remover conciencias, cuestionar a cada individuo, atrapan la mirada, y  fuerzan un cambio de actitud o un posicionamiento en la gente.

Cuando alguien me cuestiona qué hacemos los liberales más radicales, los que decidimos no votar, pero sí participar opinando, escribiendo, leyendo, pienso en los Guilty Remnants y su resistencia pasiva, en sus acciones pacíficas y en su éxito. Y también pienso en la actitud de la gente que se siente agredida solamente con la presencia de un disidente que cuestiona lo políticamente correcto, como bajar el gasto público, devolver el dinero a los bolsillos de la gente, permitir que los padres elijan la educación de sus hijos, impedir que los políticos manipulen la moneda directamente o a través del banco central. Y sobre todo, con quienes miramos inquisitivamente a quienes votan la sumisión.

Y cierro esta reflexión con la cita que Edward López trajo a Facebook. Son palabras de Giancarlo Ibargüen, quien hará un año que se fue el próximo 9 de marzo:

“No dejes que nadie te robe la pasión por lo que haces, y menos aún por la vida. Camina con dignidad y la cabeza bien alta sabiendo que vives una vida consistente con tus valores morales y tus principios. No dejes que nadie te impida construir un mundo mejor”.

 

Qué cosas no son malas de Trump.

(No se trata de cosas buenas. Se trata de cosas que pueden gustar o no pero son irrelevantes. Inquietan, le hacen desagradable, pero no justifican que se considere como un peligro al nuevo presidente de Estados Unidos).

  • Su espantoso flequillo. Yo también espero que el viento se lo levante.
  • Su cara naranja. Tal vez cambió el color de las cortinas del Despacho Oval de rojo a dorado para que no desentonara.
  • Su mal gusto, en general. Esa foto con Nigel Farage en el ascensor dorado, lo dice todo.
  • Su mirada altanera. Qué le vamos a hacer. Es un chulito. Pero es más importante su visión como estadista.
  • Su manera exagerada de gesticular. Gesticula más que yo, que ya es decir. Y peor. Su lenguaje no verbal es el paradigma de lo que no hay que hacer.
  • Sus salidas de tono tan poco elegantes. Y encima, en comparación con Obama, que siempre ha sido muy escrupuloso con las formas, le hace un patán.
  • Sus formas con su esposa no son corteses. Es parte del personaje. Lo genial es que sean las mujeres progres las que le afean la conducta y señalan lo galante que es Obama. Que a mí me parece fenomenal, pero son las mismas que hace dos días fulminaban con la mirada si un hombre les abría la puerta.
  • Melania, su esposa, posó desnuda para una revista y trabajó ilegalmente de modelo en Estados Unidos. No depende de él. Cada cual se casa con quien le da la gana.
  • Su mujer no tiene estudios. ¿Y qué?
  • Sus hijas parecen Paris Hilton. Sí, han heredado el sentido del gusto del padre, pero eso no tiene por qué afectar a su mandato.
  • Su hijo de 9 años tiene siempre gesto torcido, como disgustado. He leído esta crítica en twitter. Es de vergüenza ajena que se critique al niño para desprestigiar al padre.

Dicho todo esto, Trump es un verdadero peligro por otras razones: nacionalismo, proteccionismo, imprevisibilidad, mercantilismo, gasto militar… Razones económicas de momento, que pueden ir acompañadas de razones políticas, como restricción a la libertad de prensa, etc., pero eso está por llegar. O no llegar.

 

Podemos: el síndrome de las campanas

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Dice el refrán que no se puede estar en la procesión y repicando las campanas. Podemos no lo sabe. O al menos, su política de macarra de la moral (un concepto que explicaba ya aquí en el 2013) nos muestra su intención de “estar en la procesión y a la vez repicando”. Es decir, en todos sitios.

La primera muestra nos la ofrecieron cuando pisaron el Congreso por primera vez y Pablo Iglesias se dedicó a tocar el sonajero del bebé de Bescansa cada vez que iba a hablar Albert Rivera, o a llamar la atención de cualquier manera. Llevando un bebé y abriendo una polémica alternativa para centrar sobre Podemos los focos, y quitarle protagonismo al acto que les convocaba. La segunda muestra nos la ofrecieron durante la apertura de la legislatura por el rey Felipe VI. La cara de Letizia era inenarrable. Estaba descompuesta al ver que el partido supuestamente objeto de sus simpatías (aquí lo sugiere él mismo Pablo) no se levantaba ante la Corona ni aplaudía las palabras de su marido. Y en el mismo acto, en el que no estaban asignados los escaños, reclamaron sentarse en “sus” escaños aunque habían llegado más tarde que quienes los habían ocupado. La tercera muestra la hemos vivido esta mañana cuando Pablo y sus muchachos se han salido del hemiciclo para no guardar un minuto de silencio por la muerte de Ritá Barberá, apenas horas antes, argumentando que eso es homenajear a una persona corrupta.

La pauta es la misma. Ellos piensan: “Somos parlamentarios elegidos y por eso merecemos el mismo respeto que cualquier otro“. Y a la vez: “Somos los dueños de la moral, los revolucionarios que venimos a cambiar todo y tenemos derecho a saltarnos las reglas y modos institucionales porque el status quo es la casta“. Si tanto repelús les da mantener un minuto de silencio, que no homenajea los actos de Rita Barberá (sin condena judicial, es decir, presunta inocente, no presunta culpable) sino que muestra respeto por una senadora electa (como tú, Pablo), no formes parte del juego, abandona el Parlamento por intolerancia a la corrupción. Pero si entras, asume dónde estás. Como quien se cubre la cabeza al entrar en una mezquita o en una sinagoga sin que importe si respeta personalmente o no ambas religiones, si es ateo, o qué. Simplemente, te cubre y entras o no te cubres y no entras.

Cuando seas presidente del gobierno, Pablo, cambias las normas, los estatutos, la Constitución y lo que haga falta. Pero si cuando entra el juez en un juicio te levantas aunque creas que la justicia está perdida e incluso que ese juez está comprado, guardas el silencio adecuado cuando muere una persona presuntamente inocente que es parlamentaria c0mo tú.

Pero, yendo más allá, si hacemos un mannequin challenge político y vemos qué está pasando, nos daremos cuenta de que este intento de estar sin estar es una estrategia ganadora en términos políticos: un win-win. Porque ya están en las redes preguntando por el minuto de silencio de Labordeta que antes de morir llevaba tiempo retirado por cáncer de próstata. No es que falleciera justo antes de abrir la sesión parlamentaria de manera inesperada como Barberá. Y se están planteando cuestiones tan peregrinas como la interpretación del silencio, las razones por las que una institución guarda ese minuto, etc.

Y mientras tanto, Pablo, utilizando como nadie la desgracia ajena cuando le preguntan por la muerte de Rita, desvía la atención y habla de las víctimas de la corrupción y de la miseria energética. (Nota: ha nacido un nuevo término a explotar, apunten: la pobreza energética y sus víctimas. En breve, manifestaciones nocturnas con velas y todo tipo de desvaríos). Y mientras tanto, la prensa, que nos azuza a unos y otros alimentando el linchamiento ahí está sacando tajada en forma de tertulias, páginas y audiencias. Y mientras tanto, la gente cayendo en el juego perverso y sin saber exactamente a quién hay que odiar ahora. Y mientras tanto, la corrupción reinando en las instituciones políticas y no políticas. Y mientras tanto, la casa sin barrer.

Lealtad institucional (o el truco del almendruco)

 

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Leo de pasada que Soraya Sáenz de Santamaría pide lealtad institucional a Cataluña para lograr una buena armonía. Y me  resuena esa palabra en la cabeza.

Es la misma que exhibe Iceta hacia Susana Díaz. O la que Susana Díaz no encuentra en la Junta de Andalucía. O la que se le asocia a los jugadores con su equipo. O la que reclaman los dictadores hacia su gobierno.

Trump de hecho, está calibrando la lealtad de unos y otros, para componer su gobierno. Y es normal. ¿Quién delegaría un cargo importante en el que las decisiones a tomar son determinantes del futuro de la nación a un tipo en quien no confías y que no te ha mostrado ningúna evidencia de que sus objetivos y los tuyos están alineados? Yo no.

Claro que en China, donde están recogiendo datos de la ciudadanía a mansalva y sobre todo tipo de cuestiones para, mediante técnicas de big data, “calcular” la lealtad de la gente, creo que se lo han tomado demasiado a pecho. Como en Venezuela o Cuba donde la deslealtad es penada con cárcel y tortura, vejación a los familiares y escupitajo al respeto por la dignidad humana.

Por eso me ha sorprendido tanto esta frase de Soraya. Y no es la única que usa ese témino con tintes demagógicos. Por lealtad institucional hay que aceptar los presupuestos, no dar mucha tabarra, no criticar demasiado, no manifestarse en la calle, no ser muy tocapelotas. No por afinidad ideológica sino por lealtad institucional. Y, claro, me quedo con las ganas de decirle a Soraya que no, que ella nos debe lealtad a nosotros, al pueblo español. Ella y Montoro, con su sablazo a nuestras carteras. Lealtad sería que no nos atracaran impuesto tras impuesto y rebajaran el gasto político, por ejemplo. Que revisaran los derroches en dietas, las subvenciones a amiguetes a nivel nacional, autonómico y local, por todos los partidos, empezando por los anti-casta.

Pero que Cataluña haga esto o lo otro no es lealtad institucional, ni debe Cataluña lealtad al gobierno, sino a los catalanes, muchos de los cuales están sometidos a una tiranía lingüística consentida por la leal Soraya.

Si quiere lealtad que haga algo para merecerla. Despolitizar el día a día de la gente, por ejemplo: la justicia y la educación sería un buen comienzo

 

 

 

No es ningún trofeo noble

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Por la espalda. Si me apuñalas. Sin testigos. Así, no es ningún trofeo noble. Eso dice la canción. Me viene a la cabeza cuando, a pesar de intentar desconectar, sigo recibiendo información de todos los colores sobre Donald Trump, lo que dijo, lo que no va a cumplir, lo que unos temen y lo que otros esperan.

Hay hasta una lista de las mejoras que supuestamente pretende poner en marcha, y gente en las redes eligiendo cuál preferiría y cual no. Algunos de ellos rechazaban a Trump como candidato abiertamente pero asumen que esto es lo que hay, estas son las cartas con las que hay que jugar. Incluso se traza una linea que une el Brexit, el triunfo de Trump y casi, la salvación de Occidente. ¡Bravo! ¡Hay vida más allá del establishment! ¡Hay algo no previsible en nuestra sociedad!¡Llega el cambio! ¡El que sea!

Yo no compro esa idea.

En primer lugar, estamos cebando la mentira política, supuestamente “necesaria” en campaña electoral. Si el programa de los candidatos es lo que los electores tienen como dato de partida, especialmente cuando ninguno de los candidatos ha gobernado con anterioridad (obviamente en un sistema bipartidista ambos partidos llevan turnándose toda la vida), y están autorizados a mentir, no se puede pedir voto responsable. Ante la falta de coherencia entre palabras en campaña y actos tras ella, el votante solamente puede fiarse de los medios, de su intuición, de lo que dice el vecino, y de aspectos que no tienen nada que ver con la política internacional o la economía del país, como por ejemplo, si es el KKK o Hollywood quien sale en los medios apoyando al candidato. ¿Cómo sabemos que nadie ha pagado al KKK para que apoye a éste o al otro para destrozar su reputación? ¿o que no hay promesas a determinados artistas para que apoyen al partido que sea? Tengo que aclarar que, en el caso de Trump, yo habría salido en todos los medios rechazando el apoyo del KKK. Por si las moscas.

El problema de Occidente que explica, entre otras cosas, que se estén produciendo estas decisiones populares inesperadas para muchos reside en el hartazgo unido a la disonancia cognitiva de los medios. Aquí toca un saludito a José Benegas quien a veces me invita a su programa JB Talks y con quien hablo precisamente de la disonancia cognitiva en la política.

Pero más allá de este tema, la elevación a los altares de un candidato indeseable que toma medidas correctas significa sancionar el utilitarismo como filosofía de vida de nuestra civilización. Todo vale. No, señores. No para mí. El utilitarismo es un motor de destrucción de los principios morales del liberalismo. En el momento en que todo vale, estamos dispuestos a sacrificar parte de nuestros valores en pos de otra parte que tenga más popularidad, que nos proporcione más focos, más éxito o que lave más nuestras conciencias.

Si Trump el Populista decide no cobrar su sueldo de presidente, bajar los impuestos, o incluso, si tomara medidas económicas que pusieran a Estados Unidos en lo más alto de la economía internacional, seguiría siendo Trump el Populista.

Trump sigue siendo tan despreciable, imprevisible y capaz de cualquier cosa como les parecía antes de ganar las elecciones. Que tome algunas medidas aceptables, incluso si merecieran un trofeo, no sería un trofeo noble. (Un beso, Noemí).

Por qué creo que la culpa es de Walt Disney.

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Se acerca el final de algo. No sé exactamente el final de qué. Pero este año 2016 nos ha traído (además de terribles pérdidas personales irreparables) una serie de señales inequívocas. Y como cada vez que sobreviene el apocalipsis y se acaba el mundo (que ya van unas cuantas) brotan como capullos en primavera los profetas apocalípticos. La misión de este personaje tan popular en la historia es, básicamente, anunciar lo que está por llegar (el fin del mundo) y señalar a los culpables, que inevitablemente somos usted y yo, es decir, la gente normal.

“Arrepentíos pecadores que habéis votado a este tipo, o aquella opción, y habéis arruinado la moral”. La moral, que no cualquier moral. La moral que él nos ha enseñado, la de verdad-verdad. La neta (que dirían los mexicanos). Esa que te cuentan en la tele, que los periodistas más pomposos y falsos nos enseñan con paciencia (porque somos tan cabeza dura…). Ahora se lleva mucho eso. Todo se basa en los valores, nos dicen, mientras faltan al respeto y la educación más básica. Igual hacen eso para que aprendamos por oposición, lo que no hay que hacer. El caso es que la marca de calidad, el ejemplo pata negra de los valores, es el programa Gran Hermano y el resto de los realities (nadie los ve y son siempre record de audiencia, misterios de la vida). Los nuevos coachers en valores son los pseudo-intelectuales al servicio del establishment, los periodistas del hígado, los tertulianos de todo a cien, encaramados a la fama faltando al otro y faltando a la verdad, interrumpiendo y gritando, escuchando por el pinganillo (o el chicharro) lo que le dicen desde producción solamente a él, para hacer sangre, o provocar confusión, esta gentuza de la secta “todo por la audiencia” tan serviles al poder. Pero, por encima de todos ellos, los políticos. La superioridad moral de esta gente es tal que la población humilde, honrada, de bien, se calla y mira, paralizada. Muchos, por falta de personalidad, por miedo, o por lo que sea, solo mascullan “Pues debe ser verdad, cuando sale en la tele, algo hay”. Y de esa manera se escribe una parodia de la realidad a la medida de mangantes, pretenciosos ingnorantes y mucho ser vacío, sin escrúpulos de conciencia.

¿Y Walt Disney? Disney provocó que padres adultos hicieran adictos a sus hijos a fantasías en las que los elefantes volaban porque un ratón vestido de rojo les regalaba una pluma. Disney pintó un mundo donde no hay dolor que dure 90 minutos, donde la vida está dibujada en colores pastel, y en donde el bien y el mal supuestamente se identifican perfectamente, uno no tiene que ser muy perspicaz, no tiene que estar alerta, no tiene que pensar, te lo dicen. No es que no haya pensamiento crítico, es que no hay pensamiento. No solamente en los años 50 o 60, en nuestro siglo XXI, todos somos hijos del universo de los dibujos animados que acabo de describir.

El resultado es, por ejemplo, que en las universidades estadounidenses se está reclamando retrasar los exámenes para superar el triunfo de Trump, pero la abstención fue próxima al 50%. Y algunos jóvenes y no tanto se tiran a la calle a quemar coches, defecan en público (qué diría Freud), lloran como bebés y se rasgan las vestiduras. Los demócratas no se plantean qué hicieron mal. No se plantean por qué casi la mitad de la población no se ha acercado a las urnas. No he visto estudios, encuestas, investigaciones de campo en ningún canal, preguntando a los abstencionistas “¿Y usted por qué no votó?“, no para insultar o recriminar, sino para entender qué está fallando en una sociedad civil como la estadounidense. Se quejan de los colegios electorales, diseñados por los fundadores para proteger a las minorías. El propio Obama ha dado una lección de madurez democrática, a diferencia de la perdedora Clinton que no tuvo a bien dar la cara. Del 55% de votantes, el 47%, es decir, apenas el 25% de la sociedad americana, llora. Patalea. No puede vivir con lo que el otro 29% de la población votó. Se acaba el mundo. Que se hunda todo. Resulta que en nuestro mundo no hay elefantes que vuelan. Y no es porque el ratoncito no le dio la pluma. Es que no son reales. ¡Desgraciado Walt Disney!

USA: los “despreciables ignorantes”, marca ACME

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Gana Trump. Contra los pronósticos de los medios, con el desprecio de artistas, intelectuales, comunicadores, creadores de opinión, con la indignación de la comunidad internacional. Gana Trump.

Inmediatamente salen de las bocas de los nuevos indignados la palabra mágica: ignorantes. Muchas personas inteligentes, cultivadas y nada ignorantes explican que el votante de clase trabajadora de un Estado mediano de EEUU no tiene ni idea de la importancia de tener acceso a las claves de lanzamiento de los misiles nucleares, ni de la estrategia que más puede favorecer a su nación en cuestiones de política internacional, no del complejo equilibrio internacional que afecta a cuestiones energéticas… Y tienen toda la razón.

Y el caso es que a mí todo esto me suena mucho. Hace muy poco, eran los trabajadores del Reino Unido quienes votaban de manera ignorante un NO al modelo de la Unión Europea actual. Veo las mismas caras avergonzadas entre compatriotas, la misma incredulidad en la mirada de todos. Y la misma explicación: la ignorancia. Y, de nuevo, por supuesto que un trabajador de una pequeña ciudad o de un pueblo de la Inglaterra profunda no tiene por qué saber las implicaciones para la Balanza Comercial de su voto.

Lo sorprendente es que el análisis de muchos se queda en eso: vota la ignorancia, ¿qué hacemos? ¿prohibimos el voto a los ignorantes?  ¿exigimos estudios de economía internacional y de estrategia militar al votante? Y no se llegan a preguntar qué falla.

La ignorancia del votante está garantizada por el sistema, tiene la marca estatal. Leo a Patri Friedman, nieto de Milton, hijo de David, líder del Seasteading Institute, contrario a Trump:

It’s always easy to blame Those Despicable Others, but if we let people, cities, and regions govern themselves then Otherness would matter far less. There would be political diversity and refuges for each cultural group rather than the fragility of handing Leviathan over to whoever can make the most believable empty promises.

(Traducción aproximada: “Siempre es fácil culpar a Esos Otros Despreciables, pero si dejamos que la gente, que las ciudades se gobiernen a sí mismos, entonces la Alteridad (los Otros) importaría mucho menos. Habría diversidad política y refugio para cada grupo cultural más que la fragilidad de poner a Leviathan en manos de quienquiera que haga las promesas más creíbles y vacías”).

No puedo estar más de acuerdo. El trabajador de Wisconsin, o de un pequeño pueblo del Reino Unido, con toda seguridad, saben de lo suyo, de sus propias circunstancias, de qué alcalde es mejor, quién protege mejor sus intereses, quién se preocupa de verdad por los ciudadanos  en su entorno y quién le intenta engañar. Y solo sabe de eso. ¿Por qué exigirle más? El tamaño de las unidades de gestión política son inmanejables. Pero reducirlas, adecuarlas a una dimensión sensata implicaría que los políticos verían reducido su poder en la misma medida. Así que lo más fácil es destacar la ignorancia y ocultar la adicción al poder cada vez más absoluto. Siempre es preferible, para ellos, ser el Presidente de la Federación Terrícola que el presidente de tu comunidad de vecinos.

La soberanía que defiendo es la individual, entendiendo por “individual” la del animal social que es el ser humano. La soberanía nacional es un concepto político, no un valor, que debe estar al servicio nuestro y no al revés. Estoy por la diversidad política y la posibilidad de refugio para todos los grupos culturales de Patri Friedman. Y para mí no hay más Despictable Others que los que acusan de ignorantes a los votantes y a la vez les fuerzan a votar en una situación de ignorancia normal, generada por ellos mismos, en virtud de un entramado sistema en el que desde los servicios secretos hasta la prensa, están a su servicio.

La ignorancia del votante tiene el sello y la garantía del Estado