Deporte nacional: el perro se comió los apuntes.

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El ejercicio de imaginación de buscar excusas peregrinas y, a veces, disparatadas es uno de los deportes nacionales en los que merecemos un oro olímpico. Entre estas falsas disculpas me atrae especialmente porque me dedico a la docencia la de «Seño, es que el perro se comió los apuntes» cuando uno no quiere hacer un examen porque no tiene ni idea de la asignatura.

Nuestro «perro que se come los apuntes» más característico es la conspiración. Nos gusta una teoría conspiranoica más que una buena fiesta. Y es perfecto para mantener alto el listón de crítica mordaz y negativa, y al tiempo, la más absoluta inactividad. Es esa actitud de juzgar, decidir y pontificar, apoyado en la barra de un bar, con el aplomo de quien tiene una autoridad indiscutible, pero si hay que hacer algo más que eso, ya me lo pienso. Retuitear peticiones de ayuda (sea para distribuir comida entre quienes lo necesitan como hace Ayudar a Quien Ayuda, o para salvar a un perrito que van a sacrificar, o para donar médula que es tan necesario y es indoloro), poner banderitas, y hacer declaraciones como si fuéramos el portavoz de nuestro propio reino, son cosas que sí estamos dispuestos a hacer, pero ya.

¿Por qué nos tragamos tan fácilmente cualquier conspiración? Primero porque quienes las promueven dicen medias verdades. Además, las medias mentiras se pueden demostrar pero hay que moverse, trabajar, hacer una búsqueda en internet, leer… nos come la pereza. Segundo, porque la conspiración es liberadora. Si hay un complot secreto, entonces no hay nada que hacer, puedo permanecer mirando al techo meciéndome en mi propia desidia.

Ahora mismo, yo creo que no tenemos gobierno porque cada partido cree que los otros partidos están conspirando, así que tratan de «desenmascararlos». Los del ranking de universidades son odian y por eso no hay ni una universidad española entre las primeras doscientas. El árbitro de fútbol siempre va con el equipo contrario. Los de la tribu de enfrente (liberal, libertaria, o mediopensionista) está a sueldo de un contubernio que pretende dominar el mundo. Como los reptilianos. Hay casi tantos complots como españoles.

Y mientras denunciamos todo este mal que nos acecha, abrimos otra cervecita en el campo, la playa, o después del trabajo, en este agosto tan caluroso, y seguimos dominados por tanta conspiración.

Mira, pues la próxima va a tu salud, David, que es tu cumpleaños.

La entrega irreversible

Dicen los que saben de esto que con el surgimiento de la agricultura o domesticación de las especies vegetales apareció la exclusividad del uso de las cosas. Es decir, apareció la propiedad privada. Al principio consistía en la propiedad exclusiva de un grupo sobre cosechas y herramientas pero manteniendo la propiedad comunal dentro del clan. Un día, hace millones de años, nuestros ancestros se dieron cuenta de que todos no podían hacer todo: cultivar, eventualmente cazar y proteger las cosechas no era eficiente. Así que de alguna manera que nos es desconocida unos cuantos recibieron las armas de la tribu junto con el encargo de velar por la seguridad del grupo. Mi teoría personal y fantástica es que sucedió tras un brutal ataque de otro grupo que dejó a la tribu maltrecha y aterrada. Lo demás es historia.
Hoy nuestros líderes de gomaespuma nos explican que tras el terrible ataque de los mercados, los especuladoees y los ricos, en general, la solución es «más Europa»: políticas fiscles, monetarias y bancarias comunes. No sé si han decidido ya si el largo de la falda debe ser como mínimo cuatro dedos por encima de la rodilla y que de ahñi para arriba se considerará ataque especulativo, pero a mi esto me huele a chamusquina.
Dónde ha quedado la libertad de movimiento de personas, bienes y capitales. O dicho de otra forma… ¿dónde ha quedado la libertad?

La estafa del estímulo estatal

Una de las profesiones que más me atraían cuando estudiaba bachillerato era Psiquiatría. Me faltaron dos décimas en el examen de Selectividad para ingresar en Medicina. Pero, además de esa circunstancia que marcó mi profesión, hubo otra razón que me llevó a desechar la Psiquiatría del abanico de opciones: estaba segura de que me iba a desesperar y a deprimir encontrarme con enfermedades mentales recalcitrantes, irresolubles.

Ahora de economista, reconozco la frustración que siento cuando compruebo que eso «casos reclacitrantes e irresolubles» no son exclusivos de algunas patologías de la mente, en la ciencia económica tenemos para parar trenes.

Uno de ellos es la ignorancia, muchas veces adrede, de lo que los economistas conocemos como la Ley de Say. Básicamente, el economista francés del siglo XIX Jean Baptiste Say rechazaba la posibilidad de que se diera una sobreproducción general en la economía. Si hay exceso de oferta, bajarán los precios. Pero su contemporáneo inglés, Thomas R. Malthus, su principal oponente en este tema, creía que sí podría darse una insuficiencia de la demanda de manera que solamente un estímulo externo podría solucionar el problema.

La relevancia del debate se debe a otro economista, seguramente mucho más conocido que Jean Baptiste Say y Thomas R. Malthus: se trata de John Maynard Keynes. Basándose en el argumento de la insuficiencia de demanda y como refutación a la «Ley de Say» Keynes consideró que en épocas de recesión el gobierno debía intervenir estimulando la demanda, inyectando dinero para estimular el consumo. De ahí en adelante, la historia es conocida. Las recetas keynesianas han fracasado una vez tras otra. Y sin embargo, aquí estamos, con la recesión encima y con muchos economistas asegurando que lo que hay que hacer es estimular la demanda, el consumo, inyectar dinero…

¿Cuál es la razón? Claramente, vende mucho más pedir ayuda a un pequeño dios estatal que se haga cargo de nosotros que predicar que el sistema de precios ha de funcionar libremente para que la factura que nos pasen las crisis y recesiones sea menor. Pero yendo más allá ¿por qué el Estado no puede estimular la economía? Pues porque, a menos que posea los medios de producción, no puede producir, generar rentas de la producción, «crear demanda». Porque, como dijo Say «la producción abre mercados». Son los oferentes, las empresas quienes sí pueden hacerlo. Por eso hay que favorecer el ahorro que desemboque en inversión, que genere medios de pago, puestos de trabajo, rendimientos del capital… ¡lucro! (Al infierno me voy por nombrarlo).

La necesidad del Estado de perpetuarse y de los gobiernos de controlar una mayor porción de la vida de los ciudadanos explica la perversión keynesiana de la economía. Como decían en una discusión deTwitter: Keynes le dijo a los gestores de las políticas lo que querían oir. Vamos, que abrió la caja de Pandora. No le hizo falta desbarrar más de lo necesario. Con dejar la puerta entreabierta fue suficiente. Por eso es tan popular incluso entre gente de bien, como Pepe García Domínguez.

¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?

El pasado domingo publiqué en Voz Pópuli un artículo sobre el 15-O, «La moral de la indignación: en el nombre del padre«. En él sustentaba mis argumentos en algunas de las ideas de Ayn Rand:

A mitades del siglo pasado la filósofa y escritora Ayn Rand explicaba que lo que hace del capitalismo el único sistema económico moral en contraposición con el socialismo es que el capitalismo es un sistema social basado en el reconocimiento de los derechos de los individuos, incluyendo derechos de propiedad; es el sistema en el que la única función del gobierno es proteger los derechos individuales, es decir, proteger a los hombres de aquellos que intenten iniciar el uso de la fuerza física contra ellos. Por el contrario, el socialismo de izquierdas y de derechas incentiva a los hombres a vivir a costa del esfuerzo de los demás.

(…/…)

La raíz de esta estafa no es evidente sino que ha consistido en la promesa del “bien de la mayoría”. Como explicaba Ayn Rand, ese concepto es una ilusión, un espejismo porque significa la entrega de la mayoría desprotegida al poder de una banda que se auto proclaman “la voz de la sociedad”, y que procede a gobernar empleando la fuerza física, hasta que es depuesta por otra banda que emplea los mismos medios.

La última frase del artículo es una cita de Barry Goldwater:

Un gobierno suficientemente grande para darte todo lo que necesitas es lo suficientemente grande para quitarte todo lo que tienes.

Una amiga de Facebook me recrimina el anacronismo de basarme en autores tan antiguos:

«T’as mu fuera de onda tú: Aynd Rand y ahora Barry Goldwater… Aynd Rand nació en 1906 en Rusia aunque pronto emigró a los Estaods Unidos y escribió su novela autobiográfica («Los que vivimos») en el año 36, es decir, 19 años después de la implantación del régimen soviético. Hace 25 años que murió. Barry Goldwater, uno de los políticos republicanos más derechistas, es contemporáneo de la anterior, ya que nació en 1909 y se le conoce, sobre todo, porque como candidato del Partido Republicano perdió de manera estrepitosa las elecciones presidenciales estadounidenses frente a Lyndon B. Johnson creo que en el 64. Anda, adelanta tu calendario hasta aquí y ahora».

¿Hay que basar los argumentos de uno en autores recientes necesariamente? ¿No hay pensamiento atemporal? ¿Las grandes obras filosóficas, aunque sean marginales o menos conocidas, ya no valen de nada?

Bienvenidos a la era de Belén Esteban.

 

Mentar a los muertos

 

Todos tenemos muertos. Unos nos dejaron desde su cama, otros en un accidente de tráfico, en una guerra… pero todos tenemos los nuestros. Y a la mayoría nos duele que nos los nombren. Mentar a los muertos me parece una cobardía. Es eficaz pero poco noble.

La semana pasada se montó un revuelo enorme en internet porque Nacho Vigalondo, haciéndose el gracioso, bromeó con el Holocausto y con la bala que mató a Kennedy (“ahora que tengo nosecuantos miles de seguidores y me he tomado dos copas de vino, puedo decirlo: la bala que mató a Kennedy sigue por ahí y el Holocausto es mentira” fue más o menos su gracieta). La familia del presidente de EEUU no se ha pronunciado sobre el particular, pero los defensores de mantener la memoria viva del Holocausto, sí. Especialmente a través de Twitter. Tanto que El País ha dejado de contar con él y hasta han eliminado el blog de Vigalondo de la plataforma virtual de El País. De nada ha servido que Vigalondo haya dejado claro que no tenía intención y que no cuestiona nada de nada.

Y entonces se ha vuelto a montar un revuelo enorme en internet por parte de quienes defienden el sentido del humor de Vigalondo. Incluso hay un manifiesto de apoyo con recogida de firmas, en el que se habla de tergiversación, de acoso y se recuerda la frase de Woody Allen quien afirmaba que cuando oía a Wagner le daban ganas de invadir Polonia.

A los pocos días César Calderón (@netoraton) criticaba a las señoras con el abrigo de visón de cuello vuelto y los señores de bigotito, de la manifestación de la Asociación de Víctimas del Terrorismo del 5 de febrero, y proponía escribirle un musical tipo Sweeney Todd (el subtítulo es «el barbero diabólico de la calle Fleet«) al «peluquero» para hacerle famoso. El «peluquero» es Francisco José Alcaraz, convocante de la manifestación, ex presidente de la AVT y hermano y tío de asesinados por ETA.

Mientras que Vigalondo claramente no tenía intención de otra cosa más que escandalizar, Netoratón atacaba con rebaba macarrónica a quienes se manifiestan contra los asesinatos del grupo terrorista que forma parte de nuestra vida política y, lamentablemente de nuestras instituciones, desde la época del dictador de bigotito.

Sin embargo, nadie dice ni pío, es más, los mismos que le pasan la mano por el lomo al gurú mediático son quienes aplauden que se meta en la cárcel para siempre jamás y se cierre el negocio de gente como Pedro Varela.

El conocido como “el último neonazi” era propietario de la liberaría Europa, en la que se distribuía propaganda negacionista: libros y carteles. En la sentencia condenatoria se explica que no se puede exaltar un régimen que admite el uso de la violencia indiscriminada ni la distribución de libros que nieguen el Holocausto y consideren que los judíos son los culpables de todos los males de la Humanidad. Y está justificado en este caso la supresión de la libertad de expresión. No voy a entrar en el apoyo políticamente correcto a Obiang o a quien haga falta si hay petróleo, o lo que sea, por medio. Me centro en los límites de la libertad de expresión. Para mi, el límite es la mentira, no la intención. La intención es interpretable, los hechos no. El problema del Holocausto y el negacionismo o revisionismo es el mismo que aparece en cualquier investigación histórica. Pero para mi, el Holocausto lo será sean cien personas menos o más asesinadas. Un genocidio es lo que es. Igual que te puede caer mal Alcaraz, te puede parecer que la gente que acude a sus manifestaciones es poco moderna, e incluso rancia, pero los muertos de ETA siguen ahí, esperando justicia.

Yo defiendo la libertad de Varela y la de César Calderón. Incluso si Pedro Varela paga con la cárcel defender esas ideas (que para mi son aberrantes) a las que no reniega, y César Calderón dice esas barbaridades mientras cobra por dar clase en ICADE a los nietos de las señoras del abrigo de visón (@O’Mullony dixit). Es más, le animo a que le eche narices y le monte al peluquero un musical tipo Sweeney Todd. Seguro que Público se lo financia y sus amigos van a verlo encantados. Hasta puede sacar un sobresueldo.

La verdad de las mentiras.

Éste es el título de una de las obras de Mario Vargas Llosa (se puede leer online). Para quienes padecemos la procrastinación casi como patología o más bien como forma de vida es muy fácil engancharse en la lectura de los textos de Vargas Llosa (padre). Y para una persona como yo a quien no le gusta la novela en términos generales, este libro es especialmente atractivo. Se trata de un ensayo en el que el novelista habla de la novela, examina algunas novelas que a él le han gustado y te lleva a darte cuenta de lo maravilloso que es el mundo de la literatura.
Casi al comienzo, el autor reflexiona de la mano de Karl Popper y su «sociedad abierta» acerca de la frontera entre la verdad histórica y la verdad literaria. Para Vargas Llosa esta diferencia es prerrogativa precisamente de las sociedades abiertas:
«… autónomas y diferentes, la ficción y la historia coexisten, sin invadir ni usurpar la una los dominios y funciones de la otra.»
En cambio, nos hace notar cómo en las sociedades cerradas el poder se arroga el privilegio de controlar hasta la memoria de los ciudadanos, y desde la autoridad política se manipula el pasado, en uno u otro sentido, para justificar el presente. Así nace la historia oficial, la organización de la memoria colectiva:
«… protagonistas que aparecen o desaparecen sin dejar rastro, según sean redimidos o purgados por el poder, y acciones de los héroes y villanos del pasado que cambian, de edición en edición, de signo, de valencia y de sustancia, al compás de los acomodos y reacomodos de las camarillas gobernantes del presente».
Qué lamentable y dolorosamente cercanas me resultan las palabras de Mario. Ya no hay neutralidad. Te tienen que caer bien determinados personajes o de lo contrario te señalan con el dedo y te etiquetan de roja, facha, progre, retrógrada, inmoral o ignorante. Una ya no tiene la posibilidad de enamorarse de los personajes o de deplorarlos de forma subjetiva y seguramente injusta. A mí Isabel la Católica siempre me cayó fatal y creo que tuvo algo que ver en la enfermedad mental de su hija Juana. Me caía bien Aníbal, mal Colón, bien Viriato, mal los Borbones en general, y así, desde pequeña me he creado un universo paralelo y maniqueo de personajes históricos, supongo que como la mayoría de los colegiales.
Pues ahora ya no vale. Hay no una, sino dos historias contrapuestas que no admiten duda ni interrogación. Si analizas críticamente la historia de Lincoln, si recuerdas los muertos de Paracuellos, o si , por otro lado, recuerdas que Franco no fue un angelito y que las mujeres no podíamos abrir cuentas corrientes sin la firma de un hombre, te miran con los ojos desencajados y te marcan.  Sacan sus toneladas de datos manipulados, de escritores de cuarta a sueldo, de historias escritas por doctores en historia que consiguieron su título bajándose los pantalones o, con suerte, en una tómbola de feria, y te argumentan que no, que no fue  así, estás terriblemente contaminada por el enemigo.
Pero lo peor de lo peor es cuando la ficción se instala en el presente. Entonces es cuando, además de cerrada, nuestra sociedad está gravemente enferma.Y eso, desde luego, es obra de nuestro sin par presidente (sin par, por fortuna; agradezco desde aquí a quien rompiera el molde).

No solamente no hay crisis, nuestro sistema financiero va como un cohete, las cajas de ahorro no tienen apenas problemas, estamos saliendo ya mismito de la recesión («en cualquier momento», palabras textuales), hay una conspiración para machacar en general a la zona euro y en concreto a los países mediterráneos, vamos a enseñar a los americanos de míster Marshall a fabricar «en verde», y a los europeos lo que es el coche eléctrico (los coches de choque de las ferias, imagino) y a crear puestos de trabajo. Además de todo eso, resulta que Roldán, perfectamente redimido y reinsertado se va a pirar a las Antillas francesas en unos meses a vivir de su fortuna y sin pagar ni un 9% de lo que le corresponde. Y eso es justicia democrática. Los actores fotografiados apoyando al gobierno reciben dinero que el gobierno recauda coactivamente de todos los españoles, y cuando hay protestas en la entrega de los premios de cine, se dicen a sí mismos (y en la tele del gobierno) que están atacando a la cultura (es decir… ellos son la cultura). El mismo gobierno que negó la crisis durante meses para ganar las elecciones, que no tomó las medidas enérgicas que necesitábamos una vez ganadas, para no soliviantar a su amo (los sindicatos), y tras la caída en picado de nuestra situación, exige un pacto para que todos los demás ayuden a resolver su papeleta y, sobre todo, para que no critiquen. El Jefe del Estado, que jamás se mete en nada, excepto para hacer callar al gorila rojo haciendo alarde de su falta de diplomacia, le cuenta a la prensa que lleva ya un tiempo moviendo hilos por debajo de cuerda para propiciar un pacto de Estado, y el gobierno niega la mayor y dice que no, que el Rey no está mediando. El Estado rompe el supuesto pacto social con los ciudadanos y sigue defendiendo que todo lo que te quita, lo que te manda, la responsabilidad arrebatada… es por tu bien. Una niña de 15 años no puede fumar, comprar vino, votar a sus representantes, conducir un coche, o entrar a una discoteca, pero puede ir a abortar solita porque es mayor, es su cuerpo y su responsabilidad.

Y para remate: todo sin complejos. En los medios. A la vista. Y todos mirando cómo nos engañan y haciendo «como si» a sabiendas en lo más íntimo de nuestro ser que eso no es así. Todos mirando el abismo que se nos viene.