Sobre refugios y fronteras

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El refugio es el antónimo del desamparo. ¿Quién, sino alguien que nunca se sintió desamparado, puede negar el refugio a un ser humano? ¿Y qué persona no se ha sentido al menos una vez, siquiera en un grado mínimo, sin protección? La fragilidad, si no se sabe hacer de ella una compañera de viaje, e incluso, una fuente de fortaleza, deja un triste sabor a soledad en el corazón. Por eso es fácil reconocerse en las lágrimas del padre que, cargando con un niño de corta edad en brazos, busca refugio en alguna tierra donde poder empezar una nueva vida en la que, al menos, haya paz para su hijo.

Siria. Pero no solamente Siria. Moisés y sus liberados buscaban refugio. En el códice mexica conocido como “Tira de la Peregrinación Azteca” se relata la búsqueda del pueblo originario de México desde Aztlán hasta encontrar el lugar donde fundarían la ciudad de Tenochtitlán. Desde entonces hasta hoy, los pueblos de uno y otro continente se han visto obligados a buscar la acogida del prójimo, más o menos lejano, por motivo de guerra, catástrofes naturales, epidemias…

¿Qué hacer con los sirios sino abrirles la puerta de casa y darles cobijo? La respuesta no es tan directa. Yo no sé qué responder cuando un padre de cuatro hijos, desempleado desde hace año y medio, me cuenta que se tiene que ir del país y dejar a la familia repartida con los abuelos y tíos, para buscar trabajo fuera, y quiere saber si el cobijo no empieza por el prójimo más cercano. ¿Es la guerra una circunstancia que confiere un derecho mayor al amparo que las consecuencias de la crisis y la recesión? Ahí lo dejo.

¿Es Siria el único lugar de la tierra donde hay guerra y donde miles de refugiados necesitan ayuda? No, pero son los que llaman a la puerta aquí y ahora. Pues, nada, compartamos.

Y entonces aparece la cara B del asunto. En primer lugar, los refugiados no llevan duchas ni WC portátiles, y por donde van, dejan el rastro de la pobreza y la miseria, como cuenta Ilana Mercer respecto a cómo está quedando la frontera austro-húngara. Los que solamente vean la parte romántica del asilo a refugiados deben conocer la realidad del asunto. En segundo lugar, se empiezan a conocer historias de refugiados que prefieren ir a Alemania que a Uruguay, porque, una vez allí, son conscientes de la dificultad de trabajar y darle un futuro a sus hijos. ¿Pueden elegir los refugiados a dónde irse? ¿Pueden los países de acogida disponer de ellos de cualquier manera y hacinarlos en campos demasiado similares a prisiones?

En tercer lugar, se descubren pasaportes sirios falsificados y gentes de otras nacionalidades que se hacen pasar por refugiados para entrar en los países europeos. Unos para trabajar. Pero otros no tanto. Ya se ha desenmascarado a un terrorista de ISIS en un refugio de Stuttgart (Alemania). Y se ha descubierto una red de traficantes de pasaportes sirios robados para falsificar.

¿Se le puede pedir a la gente que hoy, 11 de septiembre, revive la tragedia de las Torres Gemelas, abra las puertas de sus casas a alguien con pasaporte sirio sabiebndo esto? Creo que tampoco. Quienes conocen el SSPT (Síndrome de Stress Postraumático) causado por terrorismo, que afecta no solamente a víctimas supervivientes sino a quienes pasaban por allí, saben que no es posible pedirles eso. La psicología social nos dice que la alarma ante la amenaza extranjera es inconsciente.

Más allá de todo esto, leo especulaciones de todo tipo. La más sofisticada es la que explica cómo los terroristas del ISIS son enviados y financiados bajo cuerda por estados Unidos para desestabilizar Europa. No llego a tanto, me parece un poquito enrevesado. Ya bastante complejo es el tema.

Yo soy partidaria de eliminar fronteras. Soy libertaria. Pero no tonta. Y eso me lleva a pensar y repensar acerca de los conflictos de seguridad que todo este problema acarrea (ven que dejo el tema económico de lado). Reconozco que tengo miedo al comprobar los incentivos perversos que se despliegan a mi alrededor, la mala fe de quienes aprovechan todo este laberinto para sembrar odio, sea por resentimiento personal o por intereses de grupo (político, normalmente).  Y me quedo con la propuesta de José María, mi “pobrólogo”, que me decía: “Primero que los gobiernos que proponen acoger refugiados dejen de vender armas y municiones a los pueblos en conflicto. Luego hablamos”.

(En la foto refugiados de Corea del Norte).

La economía política del riesgo moral en Grecia

 

 

Dice Jorg Guido Hülsmann en un artículo publicado en el año 2009 en la página del Mises Institute que el riesgo moral se define básicamente como el incentivo de una persona A, a usar más recursos de los que hubiera utilizado en otro caso, porque cree saber o sabe, que otra persona B proveerá algunos o todos esos recursos, sin su consentimiento.

Las claves del riesgo moral son, entre otras, la asimetría de la información, por un lado, y la separación entre propiedad y control, por otro. Es decir, quienes financian recursos extraordinarios contra su voluntad, desconocen parte de los datos necesarios, no saben que con su dinero se está financiando esa actividad sin su aprobación. Tal vez, de haberlo sabido, habrían elegido no destinar ese dinero o esos recursos a esa actividad, o tal vez sí. Esto lleva al segundo punto: la separación de la propiedad y el control. Los propietarios de los medios de financiación, o de los recursos no son quienes lo gestionan, ni quienes los controlan. Y ahí está la clave del tema. Es el gestor el que puede verse tentado a usar más recursos de lo necesario sin la aprobación del propietario.

Se trata de un problema que se da en la empresa privada, en el sector público, en la vida cotidiana. Pero en la empresa privada el incentivo se reduce porque el mal gestor, cuando es descubierto, pone en riesgo su puesto de trabajo. Además, los propietarios vigilan la gestión, las contabilidad, con mucho más prurito que en el sector público, son más conscientes de su propiedad y más responsables de ella. En el caso del sector publico, la confusión es enorme. Primero, en lo que se refiere al coste. Existe la leyenda de que los bienes y servicios provistos por el Estado son gratuítos. Es un error. Curiosamente, lo normal es que este error no se dé cuando se trata de un ayuntamiento, y menos si se trata de una comunidad de vecinos. Es decir, el número de personas propietarias importa. Cuando se trata del presupuesto nacional, la gente olvida que esos servicios, las subvenciones, los bienes públicos, los paga con sus impuestos. El Estado no es altruista, los son las personas que financian las acciones altruistas del Estado. Es nuestra responsabilidad controlar la gestión de nuestro dinero.

En Grecia se ha dado la tormenta perfecta: falta de datos, falseamiento de las cuentas, poco control sobre la propiedad, mala gestión del dinero ajeno, falsa creencia por el pueblo griego de que Europa regala cosas. Y, sobre todo, eso que diferencia a la empresa privada de la pública: no ha habido rendición de cuentas de los malos gestores. Y ahora resulta que, cuando los contribuyentes de los países europeos nos hemos dado cuenta de lo que se hacía con nuestro dinero, y queremos que se nos devuelva lo prestado, estamos aplastando al pobre pueblo griego.

Mi duda es si los ciudadanos somos inocentes por ignorantes. ¿No sabíamos de verdad nada? El escollo es, de nuevo, de nçumero. El tamaño de la población, la abundancia de datos que hay que tener en cuenta (qué hacen en la Comisión con mis euros), el número de países involucrados… todo eso no es fácil de controlar para el ciudadano medio europeo. Para eso estás nuestros representantes. Estamos pagando un sueldo a los eurodiputados para que se ocupen de estas cuestiones. Tenemos reresentantes en las diferentes Comisiones, en el BCE, en el FMI. ¿Dónde estaban mirando mientras se empleaban nuestros recursos de manera irresponsable en Grecia? ¡Ah! ¡que el gasto público de los estados miembros es un tema soberano!

Incumplir los objetivos europeos de deuda y déficit año sí y año también solamente implica una llamada de atención, los malos gestores nacionales no se ven afectados en sus países y no pasa nada. Nadie defiende a los propietarios reales de esos recursos despilfarrados. Nadie defiende a los posibles beneficiados por la aplicación de esos recursos si no hubieran sido despilfarrados. Y ahora, todos pensamos en el pueblo griego, y acusamos a los políticos que sí miran por su pagadores de impuestos. Por supuesto que creo que hay que dejarles crecer para que puedan devolver lo prestado por sus conciudadanos europeos. Pero, sobre todo creo que este sistema era la crónica de una muerte anunciada, un error con preaviso. Se votó que sí. Pues a disfrutar de lo votado.

De puestos y butacas laborales

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Un amigo de Twitter me pregunta qué me parece que se pueda despedir sin más. Que un día encuentres una carta sobre tu mesa en la que se te comunica la decisión de no contar más contigo. Y me da la sensación de que el tono de mi amigo no es neutral, hay cierto olor a crítica en su frase: “Es curioso que los liberales nunca, nunca condenen los despidos arbitrarios de trabajadores… “.

Es una pregunta que agradezco porque me hace pensar. ¿Por qué habríamos de condenar un despido arbitrario por una empresa privada? La respuesta inmediata, que no es la de mi amigo, pero sí la de otros muchos, varía de la maldición trapera (“Ojalá te pase a ti y te mueras de hambre”) a la acusación (“Eres insolidaria, egoísta, no tienes corazón…”). Pero más allá de lo obvio, es decir, del hecho de que me puede pasar mañana, y de que si soy egoísta o no no será por aprobar que una empresa pueda despedir arbitrariamente, pocas personas se plantean qué sustenta el derecho de una empresa a despedir arbitrariamente, de contratar arbitrariamente y, por darle un hervor más al guiso neuronal, en qué se basa la reclamación del trabajador ante un despido arbitrario.

Y eso que no se ve y que está en el fondo del razonamiento es el síndrome de las butacas numeradas. Uno va a la cafetería de siempre y se dirige a “su” mesa sin mirar apenas. Cuando alguien la ha ocupado, casi se siente con derecho a mirar mal al camarero de toda la vida que simplemente se encoge de hombros y te dice solícito “La de allí es mejor porque tiene más luz”. Y te vas a sentar pensando si el ser cliente habitual no te da derecho a conservar tu sitio. Es más fácil en los cines. Allí uno paga una butaca numerada y sabe que tiene derecho a ver la película y a hacerlo en ese sitio concreto, en la décima fila, butaca seis. En algunos cines, por un poco más, puedes disfrutar de asientos más amplios, sitio para estirar las piernas, y una vista de la pantalla mejor.

Cuando nos contratan en una empresa no nos hacemos con una butaca de cine. Al igual que en la cafetería, puedes o no,  ocupar ese sitio, y lo que establece las condiciones está reflejado en el contrato. Por eso es tan importante leerlo. La idea de que hay muchos más trabajadores como tú en la fila del paro, con mejor formación, y una oferta más favorable para la empresa debería hacernos pensar en flexibilizar nuestra idea de “puesto de trabajo”. Repetirnos a nosotros mismos “después de todo lo que le he dado a la empresa”, “cómo pueden hacerme esto a mí” y cosas así, que seguro que son cosas que pensaríamos todos, no contribuyen más que a expresar la sorpresa y la poca previsión. Si no está establecido en el contrato que han de avisarte con un tiempo determinado, no puedes hacer nada. Excepto exigirlo en el contrato al principio o bien tenerlo presente siempre. No digo que todos necesariamente seamos lo suficientemente versátiles como para que esas sorpresas no nos afecten o nos afecten menos. Claro que no. Hay jornadas laborales que te dejan sepultada en un cansancio mental y físico que solamente superas para hacer la cena a los niños y caer redonda en la cama. Pero tampoco me parece centrado asumir que una vez que te contratan tienes derecho a permanecer. Ni siquiera si llevas muchos años. La antigüedad suele estar contemplada en los contratos y se paga en dinero.

Tampoco ayuda compararte con lo que gana el accionista o el C.E.O. Tú no tienes implicado patrimonio, tuyo o de tu familia, no tomas decisiones que afectan a tanta gente, no tienes la misma responsabilidad. Eres trabajador. Si crees que el sistema de empresa es injusto, monta una cooperativa. Y al cabo de unos años, cuando veas que no funciona excepto en ámbitos determinados, entenderás porqué la estructura organizativa que funciona es la que hay, y que un grupo de colegas no es una empresa, es un grupo de colegas. Intenta sacar adelante un proyecto en el que inviertes lo que te ha venido dado, y también tu propia energía, y piensa si alguien tiene derecho a imponer qué decisiones tomas.

Imagina que el panadero al que compras el pan te impone comprar allí porque toda tu vida lo has hecho. Incluso si han abierto una tienda donde el pan es mejor, más barato. O incluso si estás a dieta, si ya no comes pan. O si no puedes permitirte comprarlo, y entonces el panadero te exige que no comas otras cosas para comprar su pan, después de todo lo que ha hecho por ti, la de bocadillos que te has comido de niño con el pan elaborado allí.

Tu butaca numerada en la vida te la da tu comportamiento, tu valía como persona. Nada más.

El que resiste, gana

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Esta frase la oí por primera vez mientras preparaba mi tesis y mis cursos de doctorado. La persona que la pronunció era mi director de tesis entonces y actualmente es mi amigo y mi maestro. Mi manera de ser impulsiva, ansiosa de resultados inminentes hizo que me cayera fatal el consejo. ¡Pues vaya una manera de conseguir las cosas! ¡Por agotamiento!

Pero lo cierto es que es uno de esos consejos que vas asimilando cuando pasan los años y la realidad lima las aristas de la impaciencia. Hoy es el lema que podría definir la situación en Venezuela.

Ya sé que llevo unas dos semanas como obsesionada con el tema y que no hago más que escribir y comentar las novedades que nos llegan de ese país. Pero estamos ante un caso que puede marcar un sendero, una encrucijada, para la política latinoamericana. Gana la Democracia con D mayúscula o gana la manipulación y la perversión del sistema democrático. Una vez que los venezolanos deciden seguir los pasos de los estudiantes, a pesar de las bandas de boicoteadores, los que se aprovechan de la situación para robar y matar, y ese tipo de situaciones que lamentablemente se dan en cada revuelta política, exigen a Maduro que se vaya por conducir al colapso la economía del país. Podemos analizar si Maduro es la culminación del régimen chavista o su caricatura, pero lo importante es que la gente se ha lanzado a las calles y está siento reprimida con violencia oficial. ¿Eso es legítimo?

Al lado de ese fenómeno nos encontramos las reacciones de los países vecinos, menos vecinos, compañeros de lengua, amigos, y simplemente observadores distantes. Y lo más grande de todo es que no hay respuestas contundentes y claras, ninguna misiva llamativa. La tibieza con la que pronuncian ante los micrófonos mirando al papel escrito “Pedimos que acabe la violencia” suena en el aire de las calles de Tachira como el deseo de paz en el mundo de una miss regional de tres al cuarto. Son palabras vacías, dichas por compromiso, por no mojarse. Es la elocuencia de la cobardía emitida en los informativos de televisión. En resumen: un asco.

Dejen de matar civiles” en un tono imperativo habría sido una buena manera de definir la posición de cualquier persona con cierta humanidad. Los líderes de derecha y de izquierda en España se miran unos a otros y ponen excusas del tipo “Te están manipulando, no lo sabes, pero hay intereses americanos detrás de los estudiantes” o bien “¡Pero si los venezolanos llevan protestando así por años!“.  Ah, bien. Qué tranquila me quedo. Debe ser que no hay intereses cubanos detrás de Maduro. O que nadie sabe que hay petróleo en Venezuela, monopolizado por el Estado y utilizado como silenciador. ¡Y funciona! Todos callan o hacen declaraciones blandengues, porque todos temen qué pueda hacer Maduro con los contratos que se están firmando mientras caen los estudiantes. Y luego están la derecha más radical y la izquierda más radical posicionándose una frente a la otra, más pendientes de estar bien enfrentados que de analizar qué pasa en Venezuela. Les da igual los excelentes análisis de Juan Ramón Rallo y Manuel Llamas acerca de las causas y consecuencias económicas de lo que sucede, les interesa saber dónde está su oponente para ponerse al otro lado. Y esa actitud me cansa mucho.

A mí me preocupa cuándo van a recuperar la libertad (tal vez entregada en forma de votos) los venezolanos. Me interesa saber si quienes dicen aquí “ellos votaron” creen que nosotros nos merecemos, por tanto, la corrupción y la degradación política que tenemos en España porque, queridos, “ustedes también votaron“.  Me pregunto si ese clamor en forma de susurro, ese grito en voz baja, de los líderes internacionales pidiendo el fin de la violencia no significa más bien: “Ay, dejen ya de pelearse que me van a obligar a cuestionarme mi propia hipocresía. Pacten, por favor”. Yo estoy en contra de la violencia y a favor de los venezolanos. A favor de quienes piden por twitter que abran los wi-fi para que los manifestantes puedan comunicarse, quienes nos enseñan la sangre derramada, quienes tratan de organizar un poquito el caos, que intentan saltarse de alguna manera la censura informativa, y que luchan, nada más que reclamando seguridad, abastecimiento, y libertad.

El fin del régimen de Maduro implicaría que hay una esperanza para la libertad. El triunfo de Maduro mostraría de qué somos capaces los arrogantes países democráticos por nuestros semejantes, nosotros a quienes nos están pidiendo ayuda explícitamente  los venezolanos, por no mover un dedo amparándonos en la constitucionalidad, y de ese modo putrefactando ese mismo concepto, tan importante para el desarrollo político de nuestra civilización.

Y para que gane la libertad, es imprescindible que los venezolanos se crean ese consejo tan simple que me dio Carlos Rodriguez Braun hace ya mucho tiempo: El que resiste, gana.

#VenezuelaResiste #Venezuelanoestasola

Los macarras de la moral

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Hablaba Joan Manuel Serrat en su canción Los Macarras de la Moral de los chulapos del gazapo. Denunciaba a quienes atemorizan a la gente para asegurar una supuesta virtud, que en realidad no es tal. Esa gente que manipula nuestros sueños y nuestros temores, sabedores de que el miedo nunca es inocente.

Curiosamente, esos versos, dedicados a la ranciedumbre de una moral puritana y estrecha de una época que no es la actual, encajan, hoy en día, en un ámbito completamente diferente. Ya no es que viene el coco, sino que vienen los “troikos”, o que viene Merkel. Ni una feminazi le ha echado narices y se ha atrevido a decir que es un ataque a una mujer porque es mujer. Tampoco lo hicieron con Thatcher. Al revés. Es notable el afán por masculinizar a Merkel de muchas supuestas “guerrilleras de la mujer”. Yo, feminista individualista, me río de ellas en su cara y expreso desde aquí mi más profundo desprecio. Hipócritas. Macarras de la moral de género, se os llena la boca atacando los anuncios de Dolce & Gabbana y lanzáis al aire en twitter preguntas cargadas de bilis como “¿No os habéis preguntado por qué Angela Merkel no tiene hijos?“. Pero, si se cuestiona la profesionalidad de alguna de vuestras gurús de pacotilla que viven de las subvenciones, entonces montáis en cólera y acusáis al que se ponga por delante de lo que haga falta. Falsas y cobardes. No merecéis la libertad que tenéis, por la que lucharon mujeres que no ataban sus bragas al poder político, sino que reclamaban igualdad de oportunidades.

El otro día presencié en un bar de La Latina, en Madrid, una situación que me recordó a lo que sucede en Europa. Seis de la tarde. Un grupo de exaltados futboleros mazados, medio borrachos, entran en el bar y piden cervezas. Uno se erige  en portavoz. Eran como quince: “¿Pido pinchos?” “Sí, sí, pinchos de tortilla para todos”. Los que estábamos tranquilamente tomando café aguantamos estoicamente la invasión. Sábado, fútbol, buen tiempo, fiesta.

En un momento dado, una vez bebidas las cervezas, piden la cuenta para irse. Pero les parece mucho. Ninguno de ellos contaba con los pinchos de tortilla que el portavoz había pedido en su nombre y que estaban saliendo de la cocina. Y se van sin pagar. La camarera, sale detrás de ellos. Al cabo de un rato, vuelve con tres de los quince, uno de los cuales, sereno, parece dispuesto a hacerse cargo de la factura. Aparecen cuatro más, de los más chulos, mazados y exaltados. Se le encaran. “¡Puta!”. Ella les hace una peineta. “¡Pagad lo que habéis pedido!”. “¡Ladrona! Nos quieres cobrar de más, porque yo no he pedido esos pinchos”. Y ella, sin arredrarse: “Yo vivo de mi trabajo y si no has sabido calcular es tu problema, te he puesto lo que has pedido. Paga”.

Nadie se plantearía si ese tipo, musculitos o no, alto o bajo, es del sur o del norte, si trabaja en una mina o es dependiente de El Corte Inglés. Ese, si se va sin pagar, es un jeta y un ladrón. Todos los presentes entendimos que si uno, en nombre de todos, pide algo, todos se hacen responsables, o bien, en última instancia, paga el que pide. Nadie pensó que los camareros eran unos aprovechados porque habían preguntado “¿queréis algo de picar?” o por cumplir la comanda y preparar quince pinchos de tortilla. Nadie se planteó si la camarera era cruel por exigir el pago de la factura. Nadie pensó que ella debería pensar en el grupo de quince, en vez de limitarse a servir lo demandado.

Pero la cosa cambia cuando nos ponemos en el papel de quienes consumen crédito. Alemania “se aprovechó” de los tipos bajos españoles. Eso es lo que hace un inversor ¿no? ¡No! Lo hace un especulador, que es en sí mismo un ser malvado. Y un consumidor ¿”se aprovecha de” Cortefiel, Mango o H&M cuando tienen los precios bajos?. O los franceses que cruzan la frontera para comprar tabaco en España ¿abusan?. O los españoles. No. Nosotros no nos aprovechamos de nadie, aprovechamos la oportunidad. El resto del mundo se aprovecha de nosotros. Sutil diferencia.

Cuando una mujer sola se enfrenta a los insultos de cinco personas para reclamar lo que le corresponde es valiente. Merkel es una desalmada que no tiene hijos porque la naturaleza es sabia. O como decía José Carlos Díez en su charla en TED Retiro, es la peor desgracia que le ha pasado a Europa. Nos quiere hacer pagar lo adeudado. Un espanto.

 

No tomar el nombre de Basilea en vano

Nunca he estado. Pero no me importaría ir a verla. Trifronteriza, visitada por el Rin, con ese sabor antiguo que tanto me gusta olfatear en paseos interminables, es un buen destino. Pero si yo fuera la ciudad, si yo fuera Basilea, montaba un lío monumental. ¿A santo de qué nos permitimos el lujo de ensuciar el nombre de tan bello lugar con una serie de Tratados que valen tanto como la trilogía de Grey?

Lo último, fresquito de esta mañana, es la relajación de una de las medidas que el nuevo Tratado de Basilea (el III) pretendía poner en marcha. De momento, eso de que antes de que entre en vigor empecemos a relajar requisitos, suena fatal. Es que es para solucionar futuras crisis, me dice Miquel Roig desde Bruselas. Y le adivino la sonrisa picarona bajo la barba. No hemos salido de Málaga y pensamos ya en Malagón. Pero la noticia, servida en Twitter por el mismo @miquelroig es ésta:

Basilea ha decidido flexibilizar una de sus medidas estrella para prevenir crisis como ésta: el colchón de liquidez mensual. Esta medida obliga a la banca a tener un colchón para financiarse si el mercado entra en modo pánico y nadie presta a nadie en un mes. Basilea retrasa el cumplimiento de la medida desde su imposición total en 2015 a una imposición gradual (60% en 2015 + 10% anual). Además, Basilea amplía el abanico de activos válidos para montar ese colchón de liquidez (incluye deuda corporativa y acciones, por ejemplo). Y Basilea también cambia el modo de calcular el capital necesario para ese colchón, lo que, en la práctica, hará que sea más pequeño.

Que es como decir… que aunque no hemos salido de esta crisis que no sabemos cómo va a acabar, si sobrevivirá el euro, o qué, para las próximas veces, relajamos los requisitos de liquidez de la banca, a la que los Estados están salvando con el dinero de la gente por motivos políticos, y ya si eso después vemos lo que hacemos.

De verdad, parecen españoles.

Desahucios y misterios

Pregunta Ricardo Basurto:

A ver, que estaba yo leyendo el periódico (sí, el de papel) y cabe que no lo esté entendiendo bien.

Si pagas años de una hipoteca y en un momento dado no puedes pagar una letra, como la casa garantiza que el banco cobre lo prestado, éste se queda con la casa, claro, pero te devuelve lo que ya le habías pagado de amortización; y si la casa vale más en ese momento, incluso la diferencia. ¿Verdad?

Vamos, que si te va mal en un momento dado, nuestras Leyes (* Precepto dictado por la autoridad competente, en que se manda o prohíbe algo en consonancia con la justicia y para el bien de los gobernados) no permitirían jamás que el banco se quedara con lo que ya le has pagado, lo que garantizaba eso que ya le has pagado, el resto de la vivienda y lo que se haya revalorizado y que además le sigas debiendo el resto. ¿No?

Claro, esto no puede pasar. No puede ser así. No es posible. Porque en qué cabeza cabe que así fuera. Al fin y al cabo esto es la Europa del XXI. Y los bancos los dirigen personas, ciudadanos, vecinos, padres, hijos, amigos, primos, que ni participarían jamás de algo así ni te recomendarían que te metieras en semejante mal negocio. Digo yo.

Ya. Ya me siento mejor. Mucho más tranquilo sabiendo que todo está en orden. Gracias.

Buenos días.

Y yo, que no tengo hipoteca ni conozco el tema a fondo, me puse a preguntar. Ayer, en la tertulia de la noche con John Müller y Alejandro Vara, me confirmaron que efectivamente,  lo que teme Ricardo es palabra-de-dios-te-alabamos-señor, tan cierto como que hay sol.
Además, parece que la ley es del año de Maricastaña. Pero al buscar, me encuentro que aunque se trata de una ley de 1946, hay unas nueve modificaciones de la Ley Hipotecaria General, la última del 2007.
Pero lo que de verdad me pasma es que cuando uno va a firmar un contrato de hipoteca lo hace ante un notario quien está obligado a explicar el significado concreto de las cláusulas de manera que las entienda hasta alguien como yo, que en temas jurídicos soy un desastre. De manera que no es cuestión de refugiarse en la ignorancia de una o lo complejo de la jerga jurídica. Tu vas al notario y éste te dice: “¿Sabe usted que si no paga tres plazos asume una deuda por el total más intereses, el banco se queda con la casa independientemente de lo que haya pagado y la deuda sigue viva?” “Sí, claro, pero ¡cómo me va a pasar a mi eso!”. Y pasa.
Pasa porque en veinte años uno no puede asegurar que va a obtener ese dinero al mes.  Se tienen hijos que crecen, como los gastos fijos de la familia, y los ingresos del trabajo no necesariamente mejoran al ritmo que aumenta ese gasto familiar. Pero, claro, todo el mundo sabe que las casas nunca bajan de valor, ya lo sabía Scarlett O’Hara cuando agarraba la tierra de Tara. Y hoy Tara en España vale ná-y-menos.
¿Qué lleva a una persona sensata a firmar un contrato leonino pudiendo vivir de alquiler (como yo)? ¿Ese mito de “tener dónde caerse muerto”? ¿La imitación del otro? ¿La obsesión del hidalgo español por aparentar? El sueño de la clase media setentera era dejar un pisito a los hijos. Siempre se puede alquilar y tener una renta ya para siempre. Y no tienes que pensar mucho en qué meter tu dinero. El mercado de venta inmobiliaria es un lugar seguro. Y no lo es siempre. Hoy no.
Voy más allá de eso… ¿a nadie se le ha ocurrido protestar? ¿ningún partido político?¿plataforma de consumidores?¿grupo de Facebook? ¿nadie? Es ahora cuando los desahucios se cuentan a cientos diarios, cuando el tema es una catástrofe y nos damos cuenta de que la ley es pleistocénica y que las reformas no la han mejorado en lo fundamental. Así que ahora nos encontramos con una debacle. Si el Gobierno obliga a los bancos intervenidos a aceptar la dación en pago, habrá ciudadanos claramente discriminados porque su banco no está intervenido. Si cambia la ley, mantiene el problema de qué hacer con los que se rigen con la anterior ley. Si la diseña con efecto retroactivo, entonces se está cargando la seguridad jurídica en España porque está cambiando las reglas de juego en medio del partido.
Y cada día que pasa cientos de desahuciados se van a la calle.
¿Dónde queda la responsabilidad individual? ¿Es cierto que cada uno de los ciudadanos de este país no somos responsables de las decisiones de nuestros políticos? ¿o sí lo somos? ¿ Son responsables quienes no modificaron ese tema en la Ley Hipotecaria?¿La firma de un contrato asimétrico pero voluntario es impugnable según las circunstancias?
Como plantea Ricardo ¿la ley está para protegernos a nosotros?¿también de nosotros mismos?