La cirrosis populista

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Populismo. Si tomamos la definición de la Real Academia, el liberalismo es lo más populista del mundo. Defiende como nadie los intereses del pueblo, de todos y, en especial, de cada uno de los miembros de ese pueblo. Y persigue que cada cual obtenga lo que considere sin violencia de por medio. Sí, mediante el mercado. Allá donde no queremos balas, intercambiemos bienes. Pero eso ya no es más el populismo. Ahora, el populismo del siglo XXI es la pretendida ideología que persigue el poder sobre el pueblo para, en lugar de dejar que éste persiga sus propios intereses, conseguir que un puñado de salvapatrias no logren esos intereses, pero sí el favor popular repartiendo estratégicamente, de manera que su permanencia en el poder se alargue hasta el infinito y más allá. Se maneja con cuatro slogans sin solidez, del tipo “el rico es malo”, repetidos desde las residencias presidenciales o las poltronas de los parlamentos, por gente que se enriquece. Y cuando ya son los más ricos y se les apunta, entonces aclaran, “¡No! el otro rico es el malo…” un poco como Les Luthiers y su “pobre desgraciado”.

Leo en Facebook que Borges dijo una vez que los peronistas son gente que se hacen pasar por peronista para sacar ventaja. Esa sería la definición de populista moderno. Tal vez añadiría, con permiso del maestro, “para sacar ventaja del hígado de la clase media a base de impuestos”. Pero lo cierto es que, nos guste o no, es un mensaje que ha calado y que viene ya en el ADN de las nuevas generaciones. Incluso si sucede lo imposible y populismo retrocede, de verdad, quedarán supuestos populistas en las venas de la política, como residuos nucleares imposibles de eliminar del todo. Imaginemos el escenario. La presidenta del nuevo gobierno, pongamos, Gloria Álvarez, (con todo mi cariño, Gloria), se hace cargo del gobierno de nuestro país imaginario. Nunca le dejarían poner en marcha un paquete de medidas de política económica liberal el tiempo necesario para que funcionase (al estilo Balcerovic), por razones clarísimas: vamos a morir todos, el cielo se va a desplomar sobre nuestras cabezas, nos van a invadir los marcianos… Por el contrario, vamos a pedirle a Gloria que haga alguna cosita para abrir los mercados, algo aceptable, que quede bien, y que además, mantenga todo el sistema de corsés anti-libertad que no dejan respirar a los mercados y que explican que no nos llegue la sangre económica al cerebro político. Y a continuación, Gloria sería destituída y todo el mundo diría “¿Ves? Solamente funciona el populismo”. Porque le puedes añadir agua al vino, que sigue siendo vino. Y el populismo aguado con retoques de libre mercado es populismo. Y diría más. Las medidas liberales que se aplican de mala manera y sin cuidado para sacar ventaja también es populismo. Disfrazado de seda, pero populismo.

Y, hay que tener esto muy claro, se trata de gobernar de una manera diferente, no populista, a una sociedad que lo es y no quiere dejar de serlo. Ese es el reto. En Latinoamérica y en la Europa Mediterránea, claramente. Y cada vez más en el resto del mundo. Parece que a la gente le sigue mereciendo la pena no hacerse responsable ni de sus actos ni de su patrimonio. ¿Hasta cuando?

La esperanza de vida del populismo es variable y está directamente relacionado con el aguante del hígado de la clase media.

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Lección de Año Nuevo: la distancia no es el olvido

La persona de la que hablo merece mucho más que una entrada en un blog personal. Merece todos los artículos de prensa, todas las notas de Facebook y todos los comunicados de think tanks y universidades que se han publicado, y algunas más. Juan Carlos Cachanosky me fue presentado intelectualmente cuando elaboraba mi tesis doctoral hace ya muchos años. Mi director (y gran amigo, para suerte mía), Carlos Rodríguez Braun, me dijo: “Para el capítulo de la Escuela Austriaca y el uso de las matemáticas tienes que leer la tesis de mi amigo Juan Carlos Cachanosky”. Y me dejó en custodia los números de la revista Libertas donde Juan Carlos había publicado. “Te vas a reprografía, lo fotocopias y me lo devuelves. En media hora tienen que estar los números en la estantería”. “Pues debe ser un genio este señor”, pensé. Y así era.

Le reencontré en sus artículos y escritos mil veces, pero no tuve ocasión de saludarle hasta una universidad de verano del Instituto Juan de Mariana, en Aranjuez, hace unos diez años. Me acerqué a saludarle y le expliqué que era discipula de Carlos, que nuestras tesis eran primas hermanas (la mía, mucho menor en todos los sentidos) y, para mi sorpresa, me sonrió como si hubiera encontrado a un habitante de su mismo planeta. Y así era. 

Supe de la enorme labor en la Universidad Francisco Marroquín, todo lo que esa universidad le debe, el aprecio de sus alumnos y compañeros de allí, y de su partida. Supe de su aventura y apuesta personal en Corporate Training y CMT Group, donde seguía luchando por sus ideales y su modo de hacer las cosas. Y nos reencontramos en un seminario del Liberty Fund, dónde si no se reencuentran los liberales del mundo. Estuve 24 horas pensando que era su hermano Roberto, fantástico periodista, valiente como son los Cachanosky, con quien tuve la suerte de participar en un programa de radio online a tres bandas junto con José Benegas: uno en Miami, otro en Buenos Aires y yo en Madrid. Al enterarse de mi confusión creo que se compadeció de mí y para que me sintiera mejor me contó todas sus confusiones y torpezas. “Te gustaría dictar un curso con nosotros?”. Pensé que tenía que ser fantástico asomar la nariz en una empresa como la suya. Y así era.

Y ahí empezamos una relación laboral en la que jamás dejó en el cajón del olvido una idea, o me cortó las alas. Era impensable Juan Carlos (o Charly, como le llama todo el mundo) sin Wenceslao, y sin el equipo de CMT Group. Una tribu de mentes y corazones capaces de todo lo que se pongan por delante, generosos y trabajadores, del que me siento parte sin haber estado jamás allí. Pero Juan Carlos, además, me conectó con los profesores de CMT Group, algunos de los cuales ya conocía pero otros no, con Swiss Management Center, con Barbara Kolm, Fede y Agos, con los alumnos de sus maestrías, que con motivos le adoran y que han llenado sus muros de Facebook con condolencias para la familia. Y también conocí, al menos vitualmente, a sus tres hijos: Nicolás, Iván y Alejandra, de quien estaba tan orgulloso y que son, cuando les miro desde aquí, un trozo del padre. Pero creo que la lección más importante, la deuda más grande que siempre tendré con él es la actitud, no solamente hacia quienes quieres y te quieren, sino hacia quienes no lo hacen. Esa caballerosidad, elegancia y templanza de quien tiene visión y principios. 

Por eso, cuando el 1 de enero me enteré de su partida, y Pedro Schwartz me dijo: “Él merece que sus proyectos salgan adelante y debemos ponernos a ello”, pensé que Juan Carlos me seguía enseñando. Esta vez la lección es que la distancia no es el olvido. Y nunca lo va a ser. 

El amo del castillo (dedicado a Rafael Correa)

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“Para tener enemigos no hace falta declarar una guerra; solo basta con decir lo que se piensa”. Martin Luther King

 

Nada más bajar del avión encendí el móvil y conecté la recepción de datos. Esperaba mensajes de familiares, alguna mención en Facebook de amigos latinoamericanos con los que acababa de compartir un seminario en Cuernavaca, y poco más.

Pero resultó que el presidente de Ecuador, Rafael Correa, tuvo a bien mandarme este comentario en Twitter:  Por favor, lea bien mis declaraciones para que no haga el ridículo. Un abrazo desde la tierra de la esperanza, Latinoamérica.

E inmediatamente después una horda de correístas me dedicaban todo tipo de improperios (el que más me gustó fue sátrapa internacional) aludiendo a mi ignorancia, entre otras cosas. No es extraño, solamente es una muestra de la cantidad de lamebotas que hay también en Ecuador.

El presidente, a diferencia de sus fanboys, con toda educación me instaba a leer sus declaraciones. Todo empezó porque yo había hecho un comentario acerca de una fotografía que ilustraba el siguiente titular: @MashiRafael asegura que decisión de la OPEP pretende perjudicar a #Ecuador, #Rusia y #Vzla►ow.ly/VwEnP pic.twitter.com/fhwOJ0tlhh

En vista de lo cual, decidí buscar la noticia, no fuera a ser que Rafael tuviera razón, el titular malinterpretara las declaraciones y yo estuviera en un error. Tampoco habría pasado nada: me enseñaron a disculparme desde niña. Pero no es el caso. Porque esto es lo que dicen todos los periódicos en entrecomillado, es decir, transcribiendo las declaraciones de Correa en Francia:

“Lo de la OPEP es incomprensible. Sólo se puede entender desde un punto de vista geopolítico. Perjudicar a Irán, perjudicar a Rusia, perjudicar a Venezuela, probablemente a Ecuador, y beneficiar a Estados Unidos, que está en año preelectoral”, señaló el mandatario a su vuelta de su viaje oficial a Francia.

Señor presidente, ¿me podría aclarar a qué declaraciones se refiere? No espero, desde luego, que sus esbirros, se disculpen. Pero sí creo que usted o su community manager, deberían ser más rigurosos con la verdad. Porque lo cierto es que usted ha escandalizado a la opinión internacional por su ataque contra la libertad de expresión, juega con la idea de acabar con la dolarización para poder devaluar (y seguir gastando), muy a pesar suyo ha tenido que posponer la idea de que su permanencia en el poder sea aprobado por la Constitución, y es un dictador con vestiduras democráticas, con más formación que los demás presidentes bolivarianos, pero imponiendo las mismas políticas populistas.

Le insto a que observe lo que ha pasado en Argentina y Venezuela (¿ha felicitado ya al pueblo de cada uno de esos países por la liberación?). Sobre todo, fíjese la pobreza en que han quedado fruto de unas políticas populistas como las suyas. Dé una oportunidad a la libre empresa ecuatoriana. Haga de Ecuador el país que los ecuatorianos se merece: rico, libre, abierto. ¿Por qué no?

Yo entiendo que usted llegó al poder a hombros de corruptos, y me refiero a los gobiernos corruptos anteriores al suyo que hartaron al pueblo y le encumbraron a usted como alternativa. Es curioso que sea el mismo caso que en otros países bolivarianos. ¿Por qué no ser el primer caso en el que un presidente populista decirde aplicar políticas diferentes y devolver las riendas de su vida a los ecuatorianos, y dejar que el gobierno asuma la responsabilidad subsidiaria con los más necesitados? Sería un ejemplo para todos, empezando por España. Y desde luego, Latinoamérica se configuraría, como usted sugiere, como la tierra de la esperanza, que ya empieza a ser después de la caída de Cristina y Maduro.

Yo le deseo libertad y prosperidad a su país y a toda Latinoamérica.

París y la confusión

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Que sí. Que cada mes hay un atentado en algún lugar del mundo. O cada semana. O cada día. Pero resulta que París es una ciudad vecina, donde muchos tenemos amigos viviendo, o tenemos amigos franceses en España, otros tienen familia, muchos más aún tienen un recuerdo. Es cercana. Y, lo lamento, pero el ser humano está configurado para sentir más dolor por el daño cercano que por el más alejado. Le pasa algo a alguien de tu familia y lo sientes casi en tu piel, si es de tu barrio te duele pero no tanto, si es de tu ciudad sientes que podría pasarte a ti, si sucede en un lugar remoto donde nunca has estado y donde no hay similitud en cultura o forma de vida, claro que te impresiona y te dueles por el ser humano al otro lado del planeta que sufre, pero no de la misma manera. Y si cada día hay un atentado en un lugar remoto, es terrible, pero nos acostumbramos y apenas oímos exactamente que dijo el del telediario sobre nosequé bomba nosedónde. Lo de París, además de cercano, nunca había sucedido.

Así que quienes os escandalizáis, insultáis y os horrorizáis porque la gente en facebook pone una bandera francesa y no pone cada día la bandera del país donde se ha producido un atentado, por más que éste haya sido sangriento, injustificado, brutal… conceded, por favor, a la sociedad el ser simplemente humanos, defectuosos, que sienten más lo que está más cerca. Claro que muchos lo harán para que lo vean los demás, hipócritamente. La hipocresía es la verdadera reina de Occidente y también muchos de quienes mostráis una actitud escéptica lo hacéis por lo que se suele llamar “postureo”.

Una persona puso una foto de mal gusto en facebook y lo reporté. Me cayó la del pulpo. En primer lugar, ella se sintió halagada y aprovechó su momento de gloria para exhibir complejos. Era esperable. Pero lo que me sorprendió, y he tardado en saber la razón, es que quienes me afeaban haber denunciado la foto, que me pareció repugnante en ese momento de dolor tan terrible, no se dieron cuenta de que mi indignación se debía al dolor de la gente, no de los gobiernos. Yo me escandalizaba por la falta de delicadeza hacia las personas que estaban llorando a sus familiares y amigos, a las personas asesinadas. Y ellos hablaban de cuestiones que a mí, en ese momento, ni me iba ni me venía. En la foto, Hollande hablaba con Obama y le comentaba que ya se había ocupado del “auto-atentado”. Obama le respondía que muy bien, que ya podían cerrar las fronteras. Claro que no sé si realmente los gobiernos están matando adrede a sus ciudadanos, a cientos, para cerrar fronteras. Tampoco sé si existen los reptilianos. Es muy fácil difundir una teoría de la conspiración y despreciar al que no la comparte con el argumento: “Tú también estás engañado”. Yo creo que hay que mantener un punto de cordura. Pero sobre todo de respeto al dolor ajeno de la gente, de las personas. Y no me vale despreciar ese dolor blandiendo la bandera de la sangre de otros (“¿Y qué pasa con la sangre de los sirios bombardeados por Occidente y por Francia?”). No justifico bajo ninguna circunstancia un atentado terrorista.

Otro de los fenómenos que se han producido es que si lamentas el atentado eres considerado por muchos un idiota que confía en que el Estado te protege. Y esto me preocupa más. No me importa que se cuestione si defiendo o no la libertad simplemente porque exprese mi repulsa ante un atentado. En realidad no me importa que se cuestione nada acerca de mí. Me llaman de todo hace mucho. Pero me preocupa porque veo que en general se confunde al pueblo con los gobernantes. Incluso quienes tienen más claro que los políticos hace tiempo que no representan a los votantes (incluso siendo votados por ellos), porque mienten, engañan, manipulan por debajo de cuerda, etc., incluso ellos están cayendo en la trampa. Y ya hay “sus muertos y los nuestros”. Ya hay merecimiento y justificación de la violencia terrorista, por lo que hace Hollande, por lo que hizo el otro o por lo que hará el de más allá. Y a la vez, la esquizofrenia social, les lleva a diferenciar con mucho cuidado a los políticos de Siria con el pueblo sirio que huye y busca refugio. En ese caso sí se distingue pueblo/gobernante. En el caso francés, el atentado está justificado por las acciones de la OTAN.

Yo por mi parte sigo pensando que las organizaciones que dicen defendernos no lo hacen y que estamos atrapados en un sistema insano en el que la falsa representatividad y la pantomima del sistema electoral lleva a las personas a abandonar su capacidad de expresarse y casi de pensar. Por eso, gente adulta que toma decisiones relevantes con responsabilidad, que asume riesgos en su vida, de repente ya no están seguras de si hay que rezar por París, si dolerse por el atentado les hace cómplices de la OTAN o qué.

Este sinsentido se repite cada vez que hay un atentado, un ataque armado, una catástrofe. Es una situación que daña la capacidad de reacción de la sociedad civil. Alguien se preguntaba por qué nadie se había lanzado contra el tipo armado que les iba a matar. Falta de costumbre. No nos defendemos, pero lo que es peor, ni se nos pasa por la imaginación hacerlo sin permiso.

Las acusaciones, la justificación, la confusión generalizada. Me pregunto para qué todo esto. Me pregunto hacia dónde nos va a llevar esta merma social.

Sobre refugios y fronteras

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El refugio es el antónimo del desamparo. ¿Quién, sino alguien que nunca se sintió desamparado, puede negar el refugio a un ser humano? ¿Y qué persona no se ha sentido al menos una vez, siquiera en un grado mínimo, sin protección? La fragilidad, si no se sabe hacer de ella una compañera de viaje, e incluso, una fuente de fortaleza, deja un triste sabor a soledad en el corazón. Por eso es fácil reconocerse en las lágrimas del padre que, cargando con un niño de corta edad en brazos, busca refugio en alguna tierra donde poder empezar una nueva vida en la que, al menos, haya paz para su hijo.

Siria. Pero no solamente Siria. Moisés y sus liberados buscaban refugio. En el códice mexica conocido como “Tira de la Peregrinación Azteca” se relata la búsqueda del pueblo originario de México desde Aztlán hasta encontrar el lugar donde fundarían la ciudad de Tenochtitlán. Desde entonces hasta hoy, los pueblos de uno y otro continente se han visto obligados a buscar la acogida del prójimo, más o menos lejano, por motivo de guerra, catástrofes naturales, epidemias…

¿Qué hacer con los sirios sino abrirles la puerta de casa y darles cobijo? La respuesta no es tan directa. Yo no sé qué responder cuando un padre de cuatro hijos, desempleado desde hace año y medio, me cuenta que se tiene que ir del país y dejar a la familia repartida con los abuelos y tíos, para buscar trabajo fuera, y quiere saber si el cobijo no empieza por el prójimo más cercano. ¿Es la guerra una circunstancia que confiere un derecho mayor al amparo que las consecuencias de la crisis y la recesión? Ahí lo dejo.

¿Es Siria el único lugar de la tierra donde hay guerra y donde miles de refugiados necesitan ayuda? No, pero son los que llaman a la puerta aquí y ahora. Pues, nada, compartamos.

Y entonces aparece la cara B del asunto. En primer lugar, los refugiados no llevan duchas ni WC portátiles, y por donde van, dejan el rastro de la pobreza y la miseria, como cuenta Ilana Mercer respecto a cómo está quedando la frontera austro-húngara. Los que solamente vean la parte romántica del asilo a refugiados deben conocer la realidad del asunto. En segundo lugar, se empiezan a conocer historias de refugiados que prefieren ir a Alemania que a Uruguay, porque, una vez allí, son conscientes de la dificultad de trabajar y darle un futuro a sus hijos. ¿Pueden elegir los refugiados a dónde irse? ¿Pueden los países de acogida disponer de ellos de cualquier manera y hacinarlos en campos demasiado similares a prisiones?

En tercer lugar, se descubren pasaportes sirios falsificados y gentes de otras nacionalidades que se hacen pasar por refugiados para entrar en los países europeos. Unos para trabajar. Pero otros no tanto. Ya se ha desenmascarado a un terrorista de ISIS en un refugio de Stuttgart (Alemania). Y se ha descubierto una red de traficantes de pasaportes sirios robados para falsificar.

¿Se le puede pedir a la gente que hoy, 11 de septiembre, revive la tragedia de las Torres Gemelas, abra las puertas de sus casas a alguien con pasaporte sirio sabiebndo esto? Creo que tampoco. Quienes conocen el SSPT (Síndrome de Stress Postraumático) causado por terrorismo, que afecta no solamente a víctimas supervivientes sino a quienes pasaban por allí, saben que no es posible pedirles eso. La psicología social nos dice que la alarma ante la amenaza extranjera es inconsciente.

Más allá de todo esto, leo especulaciones de todo tipo. La más sofisticada es la que explica cómo los terroristas del ISIS son enviados y financiados bajo cuerda por estados Unidos para desestabilizar Europa. No llego a tanto, me parece un poquito enrevesado. Ya bastante complejo es el tema.

Yo soy partidaria de eliminar fronteras. Soy libertaria. Pero no tonta. Y eso me lleva a pensar y repensar acerca de los conflictos de seguridad que todo este problema acarrea (ven que dejo el tema económico de lado). Reconozco que tengo miedo al comprobar los incentivos perversos que se despliegan a mi alrededor, la mala fe de quienes aprovechan todo este laberinto para sembrar odio, sea por resentimiento personal o por intereses de grupo (político, normalmente).  Y me quedo con la propuesta de José María, mi “pobrólogo”, que me decía: “Primero que los gobiernos que proponen acoger refugiados dejen de vender armas y municiones a los pueblos en conflicto. Luego hablamos”.

(En la foto refugiados de Corea del Norte).

La economía política del riesgo moral en Grecia

 

 

Dice Jorg Guido Hülsmann en un artículo publicado en el año 2009 en la página del Mises Institute que el riesgo moral se define básicamente como el incentivo de una persona A, a usar más recursos de los que hubiera utilizado en otro caso, porque cree saber o sabe, que otra persona B proveerá algunos o todos esos recursos, sin su consentimiento.

Las claves del riesgo moral son, entre otras, la asimetría de la información, por un lado, y la separación entre propiedad y control, por otro. Es decir, quienes financian recursos extraordinarios contra su voluntad, desconocen parte de los datos necesarios, no saben que con su dinero se está financiando esa actividad sin su aprobación. Tal vez, de haberlo sabido, habrían elegido no destinar ese dinero o esos recursos a esa actividad, o tal vez sí. Esto lleva al segundo punto: la separación de la propiedad y el control. Los propietarios de los medios de financiación, o de los recursos no son quienes lo gestionan, ni quienes los controlan. Y ahí está la clave del tema. Es el gestor el que puede verse tentado a usar más recursos de lo necesario sin la aprobación del propietario.

Se trata de un problema que se da en la empresa privada, en el sector público, en la vida cotidiana. Pero en la empresa privada el incentivo se reduce porque el mal gestor, cuando es descubierto, pone en riesgo su puesto de trabajo. Además, los propietarios vigilan la gestión, las contabilidad, con mucho más prurito que en el sector público, son más conscientes de su propiedad y más responsables de ella. En el caso del sector publico, la confusión es enorme. Primero, en lo que se refiere al coste. Existe la leyenda de que los bienes y servicios provistos por el Estado son gratuítos. Es un error. Curiosamente, lo normal es que este error no se dé cuando se trata de un ayuntamiento, y menos si se trata de una comunidad de vecinos. Es decir, el número de personas propietarias importa. Cuando se trata del presupuesto nacional, la gente olvida que esos servicios, las subvenciones, los bienes públicos, los paga con sus impuestos. El Estado no es altruista, los son las personas que financian las acciones altruistas del Estado. Es nuestra responsabilidad controlar la gestión de nuestro dinero.

En Grecia se ha dado la tormenta perfecta: falta de datos, falseamiento de las cuentas, poco control sobre la propiedad, mala gestión del dinero ajeno, falsa creencia por el pueblo griego de que Europa regala cosas. Y, sobre todo, eso que diferencia a la empresa privada de la pública: no ha habido rendición de cuentas de los malos gestores. Y ahora resulta que, cuando los contribuyentes de los países europeos nos hemos dado cuenta de lo que se hacía con nuestro dinero, y queremos que se nos devuelva lo prestado, estamos aplastando al pobre pueblo griego.

Mi duda es si los ciudadanos somos inocentes por ignorantes. ¿No sabíamos de verdad nada? El escollo es, de nuevo, de nçumero. El tamaño de la población, la abundancia de datos que hay que tener en cuenta (qué hacen en la Comisión con mis euros), el número de países involucrados… todo eso no es fácil de controlar para el ciudadano medio europeo. Para eso estás nuestros representantes. Estamos pagando un sueldo a los eurodiputados para que se ocupen de estas cuestiones. Tenemos reresentantes en las diferentes Comisiones, en el BCE, en el FMI. ¿Dónde estaban mirando mientras se empleaban nuestros recursos de manera irresponsable en Grecia? ¡Ah! ¡que el gasto público de los estados miembros es un tema soberano!

Incumplir los objetivos europeos de deuda y déficit año sí y año también solamente implica una llamada de atención, los malos gestores nacionales no se ven afectados en sus países y no pasa nada. Nadie defiende a los propietarios reales de esos recursos despilfarrados. Nadie defiende a los posibles beneficiados por la aplicación de esos recursos si no hubieran sido despilfarrados. Y ahora, todos pensamos en el pueblo griego, y acusamos a los políticos que sí miran por su pagadores de impuestos. Por supuesto que creo que hay que dejarles crecer para que puedan devolver lo prestado por sus conciudadanos europeos. Pero, sobre todo creo que este sistema era la crónica de una muerte anunciada, un error con preaviso. Se votó que sí. Pues a disfrutar de lo votado.

De puestos y butacas laborales

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Un amigo de Twitter me pregunta qué me parece que se pueda despedir sin más. Que un día encuentres una carta sobre tu mesa en la que se te comunica la decisión de no contar más contigo. Y me da la sensación de que el tono de mi amigo no es neutral, hay cierto olor a crítica en su frase: “Es curioso que los liberales nunca, nunca condenen los despidos arbitrarios de trabajadores… “.

Es una pregunta que agradezco porque me hace pensar. ¿Por qué habríamos de condenar un despido arbitrario por una empresa privada? La respuesta inmediata, que no es la de mi amigo, pero sí la de otros muchos, varía de la maldición trapera (“Ojalá te pase a ti y te mueras de hambre”) a la acusación (“Eres insolidaria, egoísta, no tienes corazón…”). Pero más allá de lo obvio, es decir, del hecho de que me puede pasar mañana, y de que si soy egoísta o no no será por aprobar que una empresa pueda despedir arbitrariamente, pocas personas se plantean qué sustenta el derecho de una empresa a despedir arbitrariamente, de contratar arbitrariamente y, por darle un hervor más al guiso neuronal, en qué se basa la reclamación del trabajador ante un despido arbitrario.

Y eso que no se ve y que está en el fondo del razonamiento es el síndrome de las butacas numeradas. Uno va a la cafetería de siempre y se dirige a “su” mesa sin mirar apenas. Cuando alguien la ha ocupado, casi se siente con derecho a mirar mal al camarero de toda la vida que simplemente se encoge de hombros y te dice solícito “La de allí es mejor porque tiene más luz”. Y te vas a sentar pensando si el ser cliente habitual no te da derecho a conservar tu sitio. Es más fácil en los cines. Allí uno paga una butaca numerada y sabe que tiene derecho a ver la película y a hacerlo en ese sitio concreto, en la décima fila, butaca seis. En algunos cines, por un poco más, puedes disfrutar de asientos más amplios, sitio para estirar las piernas, y una vista de la pantalla mejor.

Cuando nos contratan en una empresa no nos hacemos con una butaca de cine. Al igual que en la cafetería, puedes o no,  ocupar ese sitio, y lo que establece las condiciones está reflejado en el contrato. Por eso es tan importante leerlo. La idea de que hay muchos más trabajadores como tú en la fila del paro, con mejor formación, y una oferta más favorable para la empresa debería hacernos pensar en flexibilizar nuestra idea de “puesto de trabajo”. Repetirnos a nosotros mismos “después de todo lo que le he dado a la empresa”, “cómo pueden hacerme esto a mí” y cosas así, que seguro que son cosas que pensaríamos todos, no contribuyen más que a expresar la sorpresa y la poca previsión. Si no está establecido en el contrato que han de avisarte con un tiempo determinado, no puedes hacer nada. Excepto exigirlo en el contrato al principio o bien tenerlo presente siempre. No digo que todos necesariamente seamos lo suficientemente versátiles como para que esas sorpresas no nos afecten o nos afecten menos. Claro que no. Hay jornadas laborales que te dejan sepultada en un cansancio mental y físico que solamente superas para hacer la cena a los niños y caer redonda en la cama. Pero tampoco me parece centrado asumir que una vez que te contratan tienes derecho a permanecer. Ni siquiera si llevas muchos años. La antigüedad suele estar contemplada en los contratos y se paga en dinero.

Tampoco ayuda compararte con lo que gana el accionista o el C.E.O. Tú no tienes implicado patrimonio, tuyo o de tu familia, no tomas decisiones que afectan a tanta gente, no tienes la misma responsabilidad. Eres trabajador. Si crees que el sistema de empresa es injusto, monta una cooperativa. Y al cabo de unos años, cuando veas que no funciona excepto en ámbitos determinados, entenderás porqué la estructura organizativa que funciona es la que hay, y que un grupo de colegas no es una empresa, es un grupo de colegas. Intenta sacar adelante un proyecto en el que inviertes lo que te ha venido dado, y también tu propia energía, y piensa si alguien tiene derecho a imponer qué decisiones tomas.

Imagina que el panadero al que compras el pan te impone comprar allí porque toda tu vida lo has hecho. Incluso si han abierto una tienda donde el pan es mejor, más barato. O incluso si estás a dieta, si ya no comes pan. O si no puedes permitirte comprarlo, y entonces el panadero te exige que no comas otras cosas para comprar su pan, después de todo lo que ha hecho por ti, la de bocadillos que te has comido de niño con el pan elaborado allí.

Tu butaca numerada en la vida te la da tu comportamiento, tu valía como persona. Nada más.