Entre el ruido y el silencio

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Decía Henry David Thoreau que hay muchas cosas hermosas que no podemos decir si tenemos que gritar. Explicaba, en su obra Walden, que el pensamiento necesita su espacio antes de salir de la mente, como la bala lo necesita para encontrar el rumbo a la diana. Y ese espacio es silencioso, personal e íntimo.

Cualquier cosa menos lo que vivimos en nuestra sociedad. La protesta es sin argumentos, a gritos, ofensiva, mal encarada. No solamente se trata de las falacias lógicas que entorpecen la comprensión del argumento, es que a veces solo existen falacias entorno a la nada, porque no hay razones o ideas que aportar. Es una lucha en el barro, grito a grito, sofisma a sofisma, y en España, autobús a autobús. Gastar el dinero de tus patrocinadores en fletar un autobús con un slogan que dice lo que tienen o no unos y otros entre las piernas es patético. Si esa es “la lucha” merecemos exactamente lo que tenemos.

Como si el tema de la identidad fuera tan simple. Como si todos esos que se sienten tan graciosos porque su campaña de marketing ha funcionado, en un sentido o en otrom, tuvieran la más remota idea de qué te hace ser quien eres y no otro. Tras las funciones que desempeñamos, los roles, las sonrisas de plástico (o de verdad), muchos de nosotros, a veces, nos hemos sentido perdidos y hemos pensado ¿quién soy yo? ¿quién es esa persona que se levanta automáticamente al oir el despertador y cumple su tarea diaria como un robot sin alma?. (Yo además pienso ¿qué hago aquí? Pero esa pregunta solamente la entienden personas como Gabriel Zanotti, que esperan conmigo la llegada de la nave).

Ya no hay “deja que te explique”. De lo que se trata es de ser virales. Absurdos, pero virales. Insustanciales, pero virales. Ofensivos gratuitamente, pero virales. Sin preocuparnos lo más mínimo por toda la filosofía y los valores que arrastran nuestras palabras, los conceptos que usamos y tiramos, pisoteando siglos de civilización.

Pero, además del grito en twitter o facebook, está la sociedad del silencio pasmado, que lee y calla. Gente que asiente sin convicción, que se traga lo que dice la tele, retuitea sin pensar, y que asiste, sin poder creerlo, al desmoronamiento de la realidad, ahora que unos y otros se acusan de mentirosos. La manipulación mediática via intravenosa tiene este problema. De repente, la serie de unos y ceros se descompone y todo desaparece como en Matrix. Era verdad lo de basar tu vida en principios sólidos y no en informativos, tuits y programas basura. Era verdad que el periodismo de todo a cien tiene consecuencias más graves de lo previsto, porque tu mente, capaz de la mayor de las genialidades, se amolda a la más simple de las mediocridades, y se atocina.

En las universidades, centros de conocimiento y excelencia, los alumnos impiden que profesores invitados den su charla y agreden a los profesores del centro que intentan frenarles*. ¿En qué país? ¿De qué bando? En el país de la libertad y del bando que se erige en autoridad moral. Resistencia, dicen. Se resisten ante la victoria electoral del otro. No resisten frente a una invasión enemiga. No se trata de un ejército de aliens que viene a devorarnos vivos.

Es la frustración ante un fracaso inesperado. Obviamente, no es un tema geográfico. Podría pasar en cualquier país. Y los del otro bando también se erigen en autoridad moral y practican otro tipo de violencia, no física (afortunadamente), pero sí la agresión de la sordera pertinaz de quien no dialoga, la de quienes atosigan, mienten, juzgan y condenan sin más, al aluvión.

Entre el grito y el silencio pasmado queda el diálogo, la reflexión silenciosa, la escucha, el asistir como espectadores a lo que el otro tiene que contar, y como actores ofrecer lo que nosotros pensamos. Claro que es un esfuerzo. La conversación es un arte. Porque no se trata de mostrar al mundo lo que sabes, ni de torturar al otro con tu vida, ni de tomar cada charla como un ring de boxeo en el que hay que salir victorioso a cualquier precio. Es un arte en peligro de extinción que require considerar a la persona que tienes enfrente, saber escuchar, saber expresarte sin herir. Vamos, convivir. Y eso, a día de hoy, es lo menos importante. Lo importante son los autobuses.

 

  • Se trata del incidente sufrido por el profesor Charles Murray en el Middleton College (Vermont).

Elogio de lo privado

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Una de las señales más claras de la degradación de los valores de la libertad es el recelo ante lo privado“.

Con esa frase me despierta la newsletter de Carlos Rodríguez Braun este lunes por la mañana.

El recelo no es una condena. No es una espada clavada en el corazón a plena luz del día. Es mucho más sutil. Es una jeringa rellena de veneno que no deja rastro, es la sospecha de que algo no está bien. Hablamos de conjeturas fundadas en  meras apariencias. Es esa sensación de que, no sé, pero fíjate que me parece que esta gente no es de fiar. No llega a prejuicio, no hemos afirmado nada, es un aroma que no reconocemos pero que, por si las moscas, condenamos. Mejor no confiar. Y que venga lo que sea.

En este caso, si apartamos lo privado, contra todo pronóstico, no nos sobreviene lo público, que suena a pueblo, con esos aires silvestres, frescos, sociales y bondadosos, como el mito del buen salvaje. Nos sobreviene lo estatal, pautado por iluminados, impuesto por salvapatrias, con o sin formación. Nos llega un campo abonado para que florezca el riesgo moral en todas sus modalidades. La corrupción no es solamente lo que falta cuando alguien roba, no se ciñe simplemente al servicio no prestado o al bien no provisto por desviación de los fondos destinados a la prestación de uno y la provisión del otro. La corrupción es la lepra de la conducta. Una vez la acaricias te impregna y ya todo vale, porque total, qué más da, todos lo hacen. ¿Quién no ha mentido alguna vez? ¿quién no ha copiado en un examen? ¿quién no ha omitido? Y se equipara la naturaleza imperfecta con una manera de actuar podrida, que se generaliza, que se esconde detrás de las pantallas más fantásticas e irresistibles: lo sagrado, la patria, el bien común, la salud, los débiles, los menos favorecidos. De manera que el corrupto usa la compasión ajena, se disfraza y se mezcla con la inocencia del “buenista”, el tonto útil, que solo quiere que haya paz en el mundo, como las jóvenes candidatas a Miss Universo.

El recelo, la mirada impregnada de sospecha hacia lo privado, como dice Carlos Rodríguez Braun, es una de las señales más claras, no la única pero sí de las más claras, de que estamos asistiendo a una grave transgresión de los valores de la libertad.

Recuperar la dignidad de lo privado implica, para quienes creemos en ello, una reflexión que necesariamente ha de hacerse desde la más profunda humildad. Y la reflexión es la siguiente. ¿A qué atribuimos la pérdida de esa dignidad? ¿Solo las palabras son capaces de arruinar la evidente bondad de lo privado? ¿o acaso no hemos sido ejemplares o no hemos señalado a quienes no lo han sido? Porque si la libertad implica responsabilidad, el abuso, las malas artes, el engaño bajo la mesa, deberían tener consecuencias, y deberíamos ser nosotros quienes lo señalaran. Usted roba. Usted compadrea con el gobierno. Usted acepta prebendas. Usted tiene privilegios. Usted estafa al mercado. Usted hace mal uso del término “privado”, proque “privado” no es sinónimo de trapicheo, de mercadillo, de casino con ruletas trucadas.

En el ámbito privado, el repudio es una acción honorable, y repudiar lo inmoral a cara descubierta debería estar a la orden del día, aunque sea políticamente muy incorrecto. Sin embargo, a menudo nos preocupa que vayan a decir que, siendo liberales bloqueamos o silenciamos en twitter, o que siendo liberales no debatimos con neonazis, o que siendo liberales no admitimos a todo el mundo. Y, lo cierto, es que no lo hacemos porque somos libertarios y valoramos el ámbito de lo privado. Otra cosa es que el debate intelectual tienda a ser amplio, limpio, total. Pero sin olvidar que hay límites. Y que lo privado es el foso que salvaguarda el castillo de los valores de la libertad. Si se deteriora lo privado, si la mirada hacia lo privado se tiñe de temor, será muy difícil restaurar esos valores.

  • NOTA: Yo tampoco debato con neonazis ni con personas que defienden las bases del pensamiento neonazi, es decir, la supremacía basada en la raza. Como éste:

No desayune huevos con bacon

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¿Usted desayuna huevos con bacon? ¿Merienda bocadillo de chistorra? ¿Le hinca el diente a un buen asado? Es usted cómplice de una catástrofe natural que nos va a sobrevenir. Y usted llorará cuando los medios le muestren la destrucción del planeta.

¿Usted le ha regalado a su hija una muñeca y a su hijo un coche de juguete? Es usted cómplice del heteropatriarcado y, no lo sabe, pero esa actitud le va a costar mucho a las mujeres, porque vamos a permanecer oprimidas por los siglos de los siglos. Y no me diga si su hijo plancha o no, lo de los juguetes es el principio del fin y su varoncito, por su apatía cómplice va a reproducir los esquemas de siempre y usted llorará cuando los medios le muestren el dolor que usted ha producido con su complicidad.

¿Usted cree que el machismo es una actitud despreciable, que existe, en unos sitios menos y más en otros, pero que es palpable, y que es un atraso considerar a alguien superior por su raza, sexo, coeficiente intelectual, y todas esas cosas que no nos hacen mejores ni peores, que no nos ganamos a pulso, que vienen “de fábrica”? ¿Cree usted que hay campo para mostrar una manera distinta de mirarse los hombres y las mujeres, sin negar lo que existe, pero sin abanderar el odio? ¿Cree que no hay que exagerar datos o aturdir a la gente con palabras demasiado grandilocuentes que no reflejan la realidad, pero sin embargo, que no hay que negar el maltrato, la terrible situación de muchas mujeres, tal vez no tan lejos, y está dispuesta a ponerse a ello?  Es usted cómplice de las feminazis excluyentes. Forma usted parte del marxismo intelectual y será vapuleada, menospreciada (por detrás, por delante aún no han osado), y usted llorará cuando vengan los malos a ponerle un burka.

¿Usted tiene un sentido del humor inadecuado, macarra, incorrecto, como el de Gurruchaga y la Orquesta Mondragón cuando cantaba “soy el hombre sin brazos del circo” o como el de Gabinete Caligari cuando cantaban al amor masoquista? Bueno, entonces su complicidad es máxima y merece usted el escarnio en redes sociales. Y usted llorará porque está permitido insultarle, llamarle terrorista, pedir el cese de sus actividades, la censura, y quién sabe si no llegaremos a mentar la celda de castigo.

¿Le espanta a usted ver niños que viven situaciones de guerra, sin mirar qué guerra, o de dónde son los niños, y se atreve a decirlo y a pedir que cesen las guerras, el uso de los niños como mercancía de la pena, el bombardeo de hospitales, etc? Es usted cómplice de los medios que difunden noticias falsas, es usted cómplice de la desaparición de países, es usted cómplice de la invasión por terroristas, y llorará cuando vea por televisión tal catástrofe.

¿Está usted mirando? También es cómplice. Cómplice y culpable. Llore, pida perdón, baje la cabeza y cállese.

(Como siempre hay alguien que no lo percibe,  noten que hay cierto sarcasmo en todo esto, pero también bastante realidad. Es un post dedicado a Carlota. Y para ella añado el video de Gabinete y el de la edificante balada de Siniestro Total “Ayatollah no me toques la pirola”, con Germán Coppini, que me ha parecido aún más incorrecto)

Wendy, la guerrera y la cultura de la violación

 

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Wendy McElroy no tiene pelos en la lengua. Cuando quiere decir histeria, dice histeria. Cuando quiere apretar la herida para sacar la pus, la aprieta. Y el lector puede entender el mensaje o escandalizarse y permanecer en su nube de algodón.

Ella no suele hablar lanzando flores, ni consignas, ni su intención es ser presidente, o presidenta, ni ser la primera mujer en la historia que hace esto o lo otro. Tiene esa extraña necesidad de expresar sus ideas, partiendo de sus estudios, pero también de sus vivencias. Y es entonces cuando su mensaje descarnado es tanto más necesario. A mí me hablaron de ella hace muchos años dos hombres a los que les estaré siempre agradecida: Manuel Lora y Juan Fernando Carpio. Desde entonces la leo y la sigo. Y finalmente por la aproximación tan parecida que tenemos de temas muy importantes para nosotras, es una persona mucho más cercana a mí de lo que podría pensarse. Me ha escrito para contarme que tiene un nuevo libro. Esta vez sobre la histeria que existe en Estados Unidos acerca de la cultura de la violación. Nada fácil.

Denuncia que, de alguna manera, la ficción de una supuesta “cultura de la violación” se ha instalado en la realidad, por obra y gracia de quienes están utilizando el drama de los abusos sexuales para sacar votos. No es nuevo: politizaron la pobreza, la enfermedad, la educación… ¿por qué no seguir con este tema tan delicado? Wendy no pasa por alto rebatir los fundamentos teóricos de este nuevo mal, causado por políticos y Estado. Y en concreto desenmascara los tres mitos en los que se sostiene la “cultura de la violación”: la violación es un hecho cotidiano en el día a día, está facilitada por el entorno social y el hombre ha creado una psicología de masas de la violación. A partir de ahí explica cómo los “convencidos” (true believers) crean noticias de violaciones en grupo en universidades, manipulan, mienten en los datos, y explica en qué consiste la dinámica de esta nueva histeria.

No solamente es un libro de denuncia. Wendy también estudia el daño psicológico individual a las víctimas de violación, que les impide sobreponerse a un drama tan duro, porque ser víctima no es victimizarse; a los hombres, etiquetados como violadores potenciales; y a la sociedad, en especial a los niños que son nuestro futuro. Y aporta soluciones y esperanza a quienes miramos desde afuera y somos afectados pasivamente por esta locura. Se trata de tratar la violación como un delito criminal, por un lado, y demandar cordura social, por el otro.

Hay que resaltar dos cosas. La primera que el libro trata de una realidad concreta: la de Estados Unidos. Y segundo: además de su formación y su honestidad impecable a lo largo de muchos años, a Wendy McElroy le avala el hecho de ser una superviviente a una violación. Por eso sabe de lo que habla cuando señala la importancia de superar y sobrevivir al trauma en lugar de enquistarse en la autovictimización y la victimización social, y menos aún por razones políticas.

Y acabo con una frase suya: Defiéndete a ti misma y sus hijos contra los fanáticos de la cultura violación. Demanda cordura”.

Es muy interesante escucharla explicar el argumento en este video de 12 minutos:

El libro se puede adquirir en papel o digital aquí:

Print:
https://www.amazon.com/Rape-Culture-Hysteria-Fixing-Damage/dp/1533629404/

E-book:
http://www.amazon.com/Rape-Culture-Hysteria-Fixing-Damage-ebook/dp/B01EENF4HW

Y ésta es su biografía en su página web.

 

Lecciones matemáticas para liberales

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LECCIÓN 1: NO TENGAMOS PRISA A LA HORA DE DEMOSTRAR LO IMPORTANTE

(Dedicado a Claudio)

Es desesperante. Tras años de tanto escrito, hablado, explicado, mostrado en medios de comunicación, en foros académicos, en cafés, en las calles, dentro del país y fuera del país, da la sensación de que estamos en un bucle perverso.

ARGENTINA: País condenado a padecer al PERONISMO por los siglos de los siglos. En el 2045 ya se cumple el primero (siglo) de muchísimos más que vendrán: 100 años de peronismo. Mirá como está el país. EN CUATRO AÑOS SE VA MACRI Y VUELVEN…….SIN DUDA ALGUNA. VUELVEN. Y SON MAYORÍA… ESE EL EL VERDADERO PROBLEMA DE LA EXREPÚBLICA ARGENTINA. EL PERONISMO. Nuestra historia es sencillisima y de puede resumir de la siguiente manera: ¿Que tipo de país teníamos antes de 1945? Simple, eramos el quinto país del mundo EN TODO. ¿Que país tenemos hoy?: NINGUNO.

Me escuece hasta a mí, que no soy argentina, leer esta breve crónica de la situación a día de hoy, cuando Cristina ha aparecido para declarar con aire de víctima triunfal. Refleja un problema que no es exclusivo de ese país. El bucle perverso que comienza con un gobierno que engorda los estómagos agradecidos, da de patadas a la Constitución, arruina el país, destruye el sistema de justicia y esclaviza a la gente, perpetuándose con fraude electoral y con el apoyo de esos estómagos agradecidos que se ocupa de cebar con poder y privilegios, no es exclusivo de Argentina. Existe en mayor o menor grado en otros países. En Cuba, Venezuela y Bolivia por supuesto. En Europa también, en menor grado. Pero la muerte lenta también es muerte y no es menos desesperante ver cómo te precipitas al vacío aunque lo hagas muy despacio, aunque te frene una institución tan cuestionable como la UE.

Es imposible descomponer un cubo en dos cubos, un bicuadrado en dos bicuadrados, y en general, una potencia cualquiera, aparte del cuadrado, en dos potencias del mismo exponente. He encontrado una demostración realmente admirable, pero el margen del libro es muy pequeño para ponerla.

Con estas palabras Pierre Fermat, abogado, exponía su teorema en el margen de su ejemplar de la Aritmética de Diofanto. Corría el año 1637. Fue demostrado por Andrew Wiles en 1995.

Trescientos cincuenta y ocho años. Euler, Sophie Germain, Dirichlet y Legendre, Lamé, Kummer y muchos otras mentes se dedicaron a avanzar en el camino a lo largo de este tiempo. Pero se logró demostrar. Para siempre.

Hay más casos de grandes matemáticos que se dedicaron a demostrar las aportaciones de otros durante siglos, a veces con zancadillas en medio, pero de manera que una vez logrado, el resultado, aplicable por todos y siempre, se ha convertido en un bien público por el que (hasta que el Estado no lo regule) no hay que pagar.

Un siglo de peronismo crean vicios de comportamiento en la sociedad difíciles de eliminar. Pero no es imposible. Tal vez se trata de darle la vuelta al problema, como los matemáticos hacen, y buscar el error en el razonamiento, o en el método. En el nuestro, que no logramos deshacer ese bucle perverso populista.

(Pablo Ares es el matemático entusiasta que me habla con pasión de lo suyo para mi disfrute).

 

La sociedad sin secuelas

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Escena 1.- Exterior día.

Todos los españoles estamos indignados. Todos los políticos son unos ladrones, unos corruptos y unos aprovechados. Nadie se explica cómo es posible que sigan en la calle tantos mangantes, supuestos servidores públicos. Unos dedos apuntan a la trama Gürtel, otros a la de los EREs andaluces, a la operación Púnica, a los consejeros de Cajamadrid que cobraban en negro, a los sindicatos y el fraude en los planes de formación, a los Pujol, a la infanta. Nos hemos quedado sin dedos de tanto señalar a los delincuentes que siguen libres, que no se sabe ni siquiera si llegarán a pisar la prisión, y menos a devolver lo malversado o robado.

¿Cómo es posible? ¿Hasta cuándo tenemos que aguantar? ¿Qué alternativa nos queda? ¿Qué hemos hecho nosotros para merecer esto?

Escena 2.- Interior día.

Un tipo que vende libros como rosquillas, que se ha atrevido a dirigir una “presunta” obra de teatro (perdón dioses del Teatro por semejante aberración) y presenta programas de televisión de máxima audiencia comenta una tragedia sucedida a una compañera. Ella, presentadora del mismo tipo, hija de una de esas presentadoras “grandes” y abrumadoramente famosas, deja escapar una lágrima porque un par de novios pasados, cada uno por su cuenta, amenazan con enseñar fotos y vídeos comprometidos de contenido sexual de ella. Y, claro, como madre de una adolescente está preocupada por cómo lo afrontará su hija.
El presentador, arrebatado de indignación, se solidariza con su compañera y afirma, casi como declaración de principios, que la vida no es nada si uno no puede cometer locuritas sin temer que te pasen factura. Aplausos y ovación del público.

Escena 3.- Interior noche.

Una sociedad en la que los líderes de audiencia, creadores de opinión, la nueva intelectualidad de horteras, proclama que la vida no es vida si tiene consecuencias no puede luego exigir que los demás paguen por sus actos.
Una falta de prudencia no es lo mismo que un delito, es cierto, pero la actitud, la mentalidad, el mensaje que se transmite es similar.
Las adolescentes se hacen selfies subidas de tono y las suben a su Facebook y los mayores, los que aplauden cuando se defiende que pasar fotos o grabarse en vídeo en situación comprometida no debería tener consecuencias, les explican que no es que esté mal, pero que hay que ser prudente porque una nunca sabe quién ve qué cosas y que, a lo mejor, esas amigas a las que les pasas las fotos en bikini sacando la lengua “de aquella manera”, no lo son tanto, o pueden dejar de serlo y convertirse en enemigas, y a saber qué van a hacer con ese material.

Son los mismos. Los mismos que se aterrorizan ante determinadas cosas y fomentan la mentalidad que lleva a eso tan abominable.

Una sociedad sin consecuencias, sin secuelas tras un comportamiento arriesgado es una sociedad que no puede mejorar, que castra su capacidad de aprender de sus errores. No es la sociedad que puede criar a sus hijos como personas responsables de sus actos. Y si no son responsables, si no eligen a sabiendas porque no están acostumbrados a asumir el precio de esas elecciones… ¿son libres?

¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?

El pasado domingo publiqué en Voz Pópuli un artículo sobre el 15-O, “La moral de la indignación: en el nombre del padre“. En él sustentaba mis argumentos en algunas de las ideas de Ayn Rand:

A mitades del siglo pasado la filósofa y escritora Ayn Rand explicaba que lo que hace del capitalismo el único sistema económico moral en contraposición con el socialismo es que el capitalismo es un sistema social basado en el reconocimiento de los derechos de los individuos, incluyendo derechos de propiedad; es el sistema en el que la única función del gobierno es proteger los derechos individuales, es decir, proteger a los hombres de aquellos que intenten iniciar el uso de la fuerza física contra ellos. Por el contrario, el socialismo de izquierdas y de derechas incentiva a los hombres a vivir a costa del esfuerzo de los demás.

(…/…)

La raíz de esta estafa no es evidente sino que ha consistido en la promesa del “bien de la mayoría”. Como explicaba Ayn Rand, ese concepto es una ilusión, un espejismo porque significa la entrega de la mayoría desprotegida al poder de una banda que se auto proclaman “la voz de la sociedad”, y que procede a gobernar empleando la fuerza física, hasta que es depuesta por otra banda que emplea los mismos medios.

La última frase del artículo es una cita de Barry Goldwater:

Un gobierno suficientemente grande para darte todo lo que necesitas es lo suficientemente grande para quitarte todo lo que tienes.

Una amiga de Facebook me recrimina el anacronismo de basarme en autores tan antiguos:

“T’as mu fuera de onda tú: Aynd Rand y ahora Barry Goldwater… Aynd Rand nació en 1906 en Rusia aunque pronto emigró a los Estaods Unidos y escribió su novela autobiográfica (“Los que vivimos”) en el año 36, es decir, 19 años después de la implantación del régimen soviético. Hace 25 años que murió. Barry Goldwater, uno de los políticos republicanos más derechistas, es contemporáneo de la anterior, ya que nació en 1909 y se le conoce, sobre todo, porque como candidato del Partido Republicano perdió de manera estrepitosa las elecciones presidenciales estadounidenses frente a Lyndon B. Johnson creo que en el 64. Anda, adelanta tu calendario hasta aquí y ahora”.

¿Hay que basar los argumentos de uno en autores recientes necesariamente? ¿No hay pensamiento atemporal? ¿Las grandes obras filosóficas, aunque sean marginales o menos conocidas, ya no valen de nada?

Bienvenidos a la era de Belén Esteban.