La sociedad-simulacro

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Reconozco que, tras el atentado de Barcelona, que me pilló fuera de España, me habría encantado escribir algo como lo que publiqué en noviembre del 2015 a raíz del atentado en París (aquí), donde afirmaba:

Este sinsentido se repite cada vez que hay un atentado, un ataque armado, una catástrofe. Es una situación que daña la capacidad de reacción de la sociedad civil. Alguien se preguntaba por qué nadie se había lanzado contra el tipo armado que les iba a matar. Falta de costumbre. No nos defendemos, pero lo que es peor, ni se nos pasa por la imaginación hacerlo sin permiso.

Las acusaciones, la justificación, la confusión generalizada. Me pregunto para qué todo esto. Me pregunto hacia dónde nos va a llevar esta merma social.

Desde entonces, esa merma social de la que hablaba ha crecido exponencialmente y ya es viral. Ahora se presenta a los terroristas como buenos chicos, que saludan a sus vecinos en la escalera. ¡Cuántos psicópatas no habrán cumplido con el sacrosanto ritual de saludar a los vecinos y parecer “buena gente”! ¿De verdad creen que los terroristas en la sombra iban a manifestarse como seres abyectos y desagradables ante sus vecinos? ¡Claro que no! ¡Es de 1º de terrorismo!

Ahora, las cosas se han deteriorado tanto que la gente de la calle no puede decir “terrorismo islamista” porque te llaman islamófobo, y cuando hay un atentado terrorista islamista se emplean gestos, códigos extraños, eufemismos. O se dice “islamista” seguido de una larga retahíla de disculpas, como si uno fuera culpable de algo pero, en realidad, no, que no es que te arrepientas de decir islamista, porque está reivindicado por islamistas pero no odias a toda la población adscrita de palabra, obra o pensamiento al Islam hoy, en el pasado o en el futuro (que es cada vez más turbio e improbable), sino que solo estás describiendo qué tipo de terrorismo es, dado que ha sido reivindicado por unos tipos (buenísimos vecinos y grandes personas, por otro lado) que pertenecen al Daesh y gritaban “Alá es grande” mientras mataban gente. Y oye, casi que mejor no decir nada, no vaya yo a ser una asquerosa islamófoba occidental capitalista.

Pues soy occidental y capitalista. Pero no islamófoba. Y el atentado de Barcelona, le pese a quien le pese, fue islamista. Si hubiera un grupo terrorista que matara en nombre, no ya de Dios, o de un país, sino de mi familia, de mi apellido, yo me sentiría fatal, me dolería en el alma, pero tendría que seguir llamando las cosas por su nombre. No somos lo que decimos, somos lo que hacemos. Y aunque no todos los musulmanes son terroristas , los terroristas que matan en nombre de Alá son musulmanes, pertenecientes a un grupo radical, muy radical, mega radical, pero musulmanes.

Se definen por sus actos quieres rompen carteles que piden paz porque lo piden en una lengua que no es la tuya. Y los que insultan. Los que acosan. Los que ridiculizan o se burlan. Los que emplean el humor para mostrar que no tienen miedo, y los que lo utilizan para esconder su miedo.

Pero no se habla mucho de las acciones que no se hacen o las palabras que no se dicen. El silencio cómplice, la pasividad agresiva. Esa es la estrategia social aprendida. No hablamos cuando hay que hacerlo, no actuamos cuando hay que hacerlo, y cuando finalmente pasa alguna desgracia, simulamos reaccionar. Demasiado tarde y de manera tan falsa que resulta obsceno.

Lo que hemos vivido tras el atentado terrorista islámico de Barcelona es la manifestación de una concatenación de simulacros: simulación de una independencia que no me molesta, excepto porque está machacando a una mayoría de catalanes silentes, ante los ojos de gobernantes que han dejado pasar el tren constitucional hace tiempo; simulación de indignación y dolor ante un atentado sin que apareciera una sola pancarta haciendo referencia a él, y donde las grandes ausentes eran las víctimas, inocentes, internacionales, turistas, paseantes, cuyas familias y amigos sufren de verdad. Y también el incendio simulado en redes sociales que se queda en las redes, donde se juzga, insulta, condena, tras un nickname o a cara descubierta, pero donde uno no se juega la piel porque siempre puede cerrar Facebook, o Twitter, incluso borrarlos, y donde la memoria es de pez.

La realidad: ante los atentados, no ha pasado nada. Nada va a pasar. No hay una sociedad civil que respalde esa indignación. Es un simulacro.

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The N worLd (no this N, the other N)

VENEZUELA-PRESIDENCIA

 

Es sabido que en Estados Unidos, mencionan las palabras tabúes por su inicial, como the C word por cáncer, the F word por fuck, etc. Si hay un tabú en lo que se refiere a la situación venezolana es the N word, por NARCO. (Hay otra N word, pero no me refiero a esa).

La dictadura de Maduro no es una dictadura opresora, asesina, ilegítima, y todas las cosas que se nos ocurra, solamente. Es ante todo una narco-dictadura. No se dice muy abiertamente en redes, no se habla en las noticias del narco-gobierno, se insiste en que financian a este partido o al otro, a veces, cuando hay alguna detención se pronuncia la palabra “sospecha”, como un manto que lo cubre todo, y el silencio, el cómplice más cobarde, se vuelve viral, se contagia, no sea que digas algo que luego se vuelva contra ti, contra tu cadena o tu medio y acabemos atravesando el desierto de la defenestración, camino del exilio del olvido.

Quienes saben de verdad lo que pasa en Venezuela y tienen coraje, te explican que es como si un cartel internacional hubiera ocupado las instituciones estatales, empezando por el propio gobierno, pasando por el ejército. Un horror. Porque entre el petróleo y el dinero de la droga (que es un negocio nutrido por la prohibición, recordémoslo), estos delincuentes con mando en plaza tienen cuerda para rato. Y los mensajes que llegan a Europa de la oposición no hablan de eso, hablan de la violación de los derechos humanos, del hambre y de Maduro, pero no dicen en el Consejo Europeo que los venezolanos están secuestrados por una banda internacional de narcotráfico. Pero esa situación, con todo lo terrible que es, no es el peor escenario. Porque en Colombia, los narcotraficantes de la guerrilla, en muy poco van a ocupar también las instituciones, ya están avanzando en el blanqueo de imagen, y lo están haciendo muy bien. En España sabemos con qué facilidad los terroristas lavan su cara y ganan ayuntamientos en una interpretación pervertida de la democracia. Y en México también hay problemas en las relaciones “sospechosas” entre las instituciones y los narcos.

Por eso, más que the N word, hay que hablar de the N world, el mundo del narco, y cómo va a cambiar la realidad latinoamericana, cómo va a afectar a los demás socios internacionales, la Unión Europea, el bloque de influencia ruso, los Estados Unidos, etc.

El silencio, en este caso, además de cómplice, es fruto del negacionismo, no queremos ver, es mucho mejor no saber lo que está pasando para no tener que hacer nada, sobre todo porque ¿qué se podría hacer? ¿quién va a ser el primero que le ponga el cascabel al gato? No hay más que considerar todo el tiempo que ha pasado, el número de muertos, el hambre, la escasez de lo más básico en Venezuela que ha soportado Occidente antes de emitir taimados comunicados y proponer alguna sanción. Y eso partiendo de que se trata solamente de una dictadura donde reina la barbarie. Si añadimos el narco-tráfico, nos vamos a ver obligados a hacer algo más, ¿recuerdan a Noriega? Pues, fíjense, tal vez esa sería una solución para sacar a Maduro y sus chicos del poder.

El deterioro de nuestras instituciones crece, se agrava, se consolida. Nos permite ocultarnos tras nuestra legitimidad de cartón piedra, ser cobardes disfrazados de corrección y diplomacia, indignarnos en la televisión, en las redes sociales, mirando por un agujerito a través de nuestra comodidad y abundancia lo que viven en Venezuela, como si no nos afectara, como si fuera una realidad paralela. Y esa disociación de la realidad es lo que nos está matando por dentro.

Mientras tanto, agradezco a Diego sus explicaciones, su sinceridad y la gentileza con la que acostumbra a abrir los ojos a los demás. Ya los comensales de ayer por la charla en la que aprendí mucho, pero se me encogió el corazón como cuando te caes del guindo de la ingenuidad. Me pasa a menudo. Me lo tengo que hacer mirar.

La madre de todas las liberalizaciones

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No es la madre de todas las liberalizaciones…” dice Alberto Mingardi, director del Istituto Bruno Leoni (y amigo), congratulándose por el éxito de Carlo Stagnaro tras la aprobación del proyecto de ley sobre competencia, que ya es una ley en Italia.

La madre de todas las liberalizaciones es la misma madre de la próxima revolución, y se trata de la liberalización/revolución de la conciencia, que creo que, por desgracia, tardará bastante. Porque cuanto más observo y estudio, ahora que estoy de vacaciones y puedo permitirme ese lujo (más silencio y más estudio libre), más me doy cuenta de los enormes sesgos que tenemos al percibir la realidad.

La competencia es mala, el mercado es culpable, el Estado es un ángel (o un demonio), y Venezuela falsea las elecciones y a la vez muere de hambre y de falta de medicinas. Como el gato de Schrödinger, cuya existencia es indeterminada porque hay un 50% de probabilidades de que exista y 50% de que no exista, nuestra realidad es incierta porque es permanentemente sometida por nuestra percepción a la tortura de los sesgos, tantos como sean necesarios, para poder seguir instalados en nuestra poltrona, la de la “verdad-verdadera”.

Decidimos descontando el arrepentimiento potencial de una posible equivocación, decidimos dependiendo de cómo se nos presenten las alternativas, dependiendo de si lo hacemos en público o en privado, distorsionando el coste y los beneficios de las elecciones. Eso en el día a día. Así somos los individuos, impredecibles. Uno de esos recursos para reducir el pensamiento a su mínima expresión es generalizar creando entes abstractos a quienes culpar de nuestros errores. Venezuela no comete fraude electoral, son personas determinadas, que siguen órdenes de otras personas. Hay responsables con nombres y apellidos. Pedimos tomar medidas, sanciones que no van a afectar a los responsables, y lo sabemos, pero eso calma nuestra impotencia, al sentirnos maniatados observando cómo asesinan a jóvenes con nombres y apellidos, cómo viven desnutridos y sin medicinas millones de personas particulares e inocentes, sin que la diplomacia internacional haya previsto nada al respecto.

El mercado y la competencia frente al Estado y la intervención son también dos polos opuestos que se prestan a estos sesgos. El truco número uno es definir arbitrariamente la competencia como la lucha asimétrica de la que hay que defenderse porque puede aparecer alguien mejor que tú, en vez de considerarla como un instrumento no coactivo que elimina privilegios. El segundo truco es asumir que el mercado es inmoral, o que las personas (todas) que participan en él lo son antes o después, porque es un caldo de cultivo para que se desarrolle la ambición insana, el egoísmo salvaje y que saca lo peor del ser humano. Mientras que la intervención estatal siempre es llevada a cabo por seres que se esfuerzan por el bien común, el cual conocen, anticipan y a cuyo servicio están. Que, oye, hay corrupción, pero no vamos a juzgar a todos los políticos por unas cuantas manzanas malas, que hay mucha gente trabajadora y honrada dándolo todo por el bien del pueblo. Y, mientras defienden estas consideraciones aseguran que los ricos son el mal y los banqueros lo peor. Por culpa del mercado, sin duda, y la competencia.

El ejemplo, por supuesto, es la crisis del 2008. ¡Mira que ha tenido que venir el Estado a solucionar los errores del mercado y aún andamos defendiendo sus bondades y el famoso orden espontáneo! No es que tales gobernantes no han hecho cumplir tal legislación, o que tales banqueros han mentido, con el consentimiento de los supervisores estatales, etc. No, eso no. Nos ha salvado la regulación, los reguladores, el Estado. Pero si algo no cuadra con esa explicación, no pasa nada, siempre va a venir un economista de reconocido prestigio a contarnos la milonga que haga falta, y mejor, más artículos estériles publicados.

Y lo mejor es que esas quejas serían ciertas si el libre mercado implicara que la economía funciona automáticamente, como un mecanismo, sin sesgos en la toma de decisiones, con previsión perfecta, sin esa pertinaz capacidad de meter la pata y equivocarnos de los humanos. La cosa es que el libre mercado es otra cosa, y el orden espontáneo también.

Pero no me hagan caso. No estoy en el ranking.