Lección de Año Nuevo: la distancia no es el olvido

La persona de la que hablo merece mucho más que una entrada en un blog personal. Merece todos los artículos de prensa, todas las notas de Facebook y todos los comunicados de think tanks y universidades que se han publicado, y algunas más. Juan Carlos Cachanosky me fue presentado intelectualmente cuando elaboraba mi tesis doctoral hace ya muchos años. Mi director (y gran amigo, para suerte mía), Carlos Rodríguez Braun, me dijo: “Para el capítulo de la Escuela Austriaca y el uso de las matemáticas tienes que leer la tesis de mi amigo Juan Carlos Cachanosky”. Y me dejó en custodia los números de la revista Libertas donde Juan Carlos había publicado. “Te vas a reprografía, lo fotocopias y me lo devuelves. En media hora tienen que estar los números en la estantería”. “Pues debe ser un genio este señor”, pensé. Y así era.

Le reencontré en sus artículos y escritos mil veces, pero no tuve ocasión de saludarle hasta una universidad de verano del Instituto Juan de Mariana, en Aranjuez, hace unos diez años. Me acerqué a saludarle y le expliqué que era discipula de Carlos, que nuestras tesis eran primas hermanas (la mía, mucho menor en todos los sentidos) y, para mi sorpresa, me sonrió como si hubiera encontrado a un habitante de su mismo planeta. Y así era. 

Supe de la enorme labor en la Universidad Francisco Marroquín, todo lo que esa universidad le debe, el aprecio de sus alumnos y compañeros de allí, y de su partida. Supe de su aventura y apuesta personal en Corporate Training y CMT Group, donde seguía luchando por sus ideales y su modo de hacer las cosas. Y nos reencontramos en un seminario del Liberty Fund, dónde si no se reencuentran los liberales del mundo. Estuve 24 horas pensando que era su hermano Roberto, fantástico periodista, valiente como son los Cachanosky, con quien tuve la suerte de participar en un programa de radio online a tres bandas junto con José Benegas: uno en Miami, otro en Buenos Aires y yo en Madrid. Al enterarse de mi confusión creo que se compadeció de mí y para que me sintiera mejor me contó todas sus confusiones y torpezas. “Te gustaría dictar un curso con nosotros?”. Pensé que tenía que ser fantástico asomar la nariz en una empresa como la suya. Y así era.

Y ahí empezamos una relación laboral en la que jamás dejó en el cajón del olvido una idea, o me cortó las alas. Era impensable Juan Carlos (o Charly, como le llama todo el mundo) sin Wenceslao, y sin el equipo de CMT Group. Una tribu de mentes y corazones capaces de todo lo que se pongan por delante, generosos y trabajadores, del que me siento parte sin haber estado jamás allí. Pero Juan Carlos, además, me conectó con los profesores de CMT Group, algunos de los cuales ya conocía pero otros no, con Swiss Management Center, con Barbara Kolm, Fede y Agos, con los alumnos de sus maestrías, que con motivos le adoran y que han llenado sus muros de Facebook con condolencias para la familia. Y también conocí, al menos vitualmente, a sus tres hijos: Nicolás, Iván y Alejandra, de quien estaba tan orgulloso y que son, cuando les miro desde aquí, un trozo del padre. Pero creo que la lección más importante, la deuda más grande que siempre tendré con él es la actitud, no solamente hacia quienes quieres y te quieren, sino hacia quienes no lo hacen. Esa caballerosidad, elegancia y templanza de quien tiene visión y principios. 

Por eso, cuando el 1 de enero me enteré de su partida, y Pedro Schwartz me dijo: “Él merece que sus proyectos salgan adelante y debemos ponernos a ello”, pensé que Juan Carlos me seguía enseñando. Esta vez la lección es que la distancia no es el olvido. Y nunca lo va a ser. 

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