Democracia: de humanos y hormigas

hormigas

Esta semana he tenido ocasión de comprobar una de las asimetrías que padecemos los liberales y que no logramos sacudirnos de encima. Todo empieza cuando Juan Ramón Rallo publica en Libertad Digital una crítica a la democracia participativa de Podemos. La historia sigue cuando ese artículo me inspira y escribo una réplica en Voz Pópuli. Entonces Almudena Negro, Luis I. Gómez, Santiago Navajas, Daniel Lacalle, Percival Manglano y un puñado de blogueros y periodistas más responden a Rallo, o a mí, o a ambos, o escriben sobre la democracia, sus límites, sus bondades y todo lo demás.

Hasta ahí nada nuevo: el estímulo intelectual es sano.

Pero entonces leo en redes sociales gente que habla de división, enfrentamiento, puñaladas y cosas así. De manera que si los liberales estamos de acuerdo somos monolíticos y si compartimos dudas, ideas, y debatimos estamos divididos y nos lanzamos puñales. ¿No es un poco injusto?

Pero los humanos somos así, y por eso, porque somos como somos, es por lo que la organización colectiva es uno de los agujeros negros y de los temas más apasionantes y polémicos de tantas disciplinas: la economía, la política, la sociología, la psicología social, la psicología evolucionista la neurociencia…

En la base de todo, en mi humilde opinión, está la confianza. Desde la solución que aporta la economía, que es el mercado, hasta la dictadura, o las sociedades comunistas más básicas, todo gira alrededor de la confianza. Si no aprendemos a desconfiar selectivamente, los abusones (que los hay donde hay humanidad) se hacen con nuestros recursos, si no aprendemos a confiar selectivamente no podremos relacionarnos con los demás. Y a partir de ahí, aparece el mercado, el dinero, la propiedad privada, la religión, la empresa, el gobierno, el ejército… y nuestras sofisticadas sociedades.

El problema de la organización política, a diferencia de lo que pasa en economía, es el tamaño de la unidad de gestión. Así que los defectos que Rallo percibe en la democracia, y coincido con él, son propias de cualquier forma de organización que pretenda regir los destinos de 50 millones de personas, como en España. Este problema, y creo que Almudena Negro, que no ha entendido a Rallo, no lo tiene en cuenta, afecta a la economía en la medida en que los políticos gestionan los dineros de los ciudadanos y éstos tienen que decidir quién es el que mejor lo hace, mediante ese terrible sistema de votación. No se trata de que la democracia de determinados países islámicos, que es lo que criticaba en el artículo que Rallo me echa en cara, sea lo mismo que la democracia estadounidense. Sigo pensando lo mismo que en ese artículo. No mitifiquemos, no nos durmamos en los laureles solo porque “vivimos en democracia”. De hecho, refuerza mi idea de que aquí y ahora, lo mejor que podemos hacer es replantearnos qué incentivos perversos hay que eliminar, denunciar el acoso estatal, el engaño de los políticos, la confiscación legal de los recursos de cada cual, la perversión de algo tan maravilloso como la generosidad, y, como apunta Rallo, la deshonestidad intelectual (y no solo intelectual) de quienes defienden A y hacen B.

Es verdad que, como las hormigas y el resto de los animales, nos guiamos por estímulos químicos: oxitocina, adrenalina, serotonina, feromonas. Y es verdad que el entorno afecta a la descarga de esas sustancias. No saben hasta qué punto vivo este hecho en mi propia carne. Un entorno puede generar alarma o confianza. Tratemos de crear un entorno económico, político, social que nos lleve a una vida mejor, a un bienestar REAL mayor para todos, y en especial, para CADA UNO de nosotros. ¿Y eso cómo se hace? Dejemos de meterle miedo a la gente respecto a su capacidad de gestionar su vida. Defender la competencia en el mercado no es defender un mundo de depredadores, sino un mundo de personas con ganas de mejorar. Defender la libertad individual no es defender el egoísmo sino la responsabilidad, el fortalecimiento de los valores que nos guían y de la transmisión de los mismos. Entiendo que la propuesta de Rallo significa algo parecido y de hecho, creo que coincide con los últimos párrafos de mi artículo. Defendamos con el ejemplo nuestros valores, dejemos que el entorno acepte nuestras ideas o las rechace, mejoremos para lograr nuestro fin. En eso consiste la honestidad de la que hablaba antes. Su ausencia, por desgracia, se manifiesta también allá donde hay humanidad, tanto en entornos socialistas como liberales. La tolerancia a la proximidad del poder político, como la tolerancia al dolor, varía de unos a otros, y ahí se crea la ocasión.

Recuerdo la película Ants donde una hormiga obrera se rebela y pretende salirse del rol que la organización natural del hormiguero le ha asignado. Se casa con la hormiga guapa, rica y poderosa. (Entre nosotros, muy parecido a algunas monarquías actuales). La diferencia entre los hombres y las hormigas es que nosotros podemos “hacer cosas” para universalizar la libertad de elegir de la que hablaba Friedman, dentro de lo posible. La consciencia de los defectos y limitaciones de nuestro mundo es el primer paso. Difundir los valores que promueven la libertad también. Más allá de esos dos pasos, la cuestión es: ¿la evolución hacia un sistema mejor viene de abajo a arriba o se planifica? Hay que pensar bien esa respuesta porque las consecuencias son importantes. Mi opción, para que no digan que no “me mojo”: yo voto a Hayek.

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