La sociedad sin secuelas

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Escena 1.- Exterior día.

Todos los españoles estamos indignados. Todos los políticos son unos ladrones, unos corruptos y unos aprovechados. Nadie se explica cómo es posible que sigan en la calle tantos mangantes, supuestos servidores públicos. Unos dedos apuntan a la trama Gürtel, otros a la de los EREs andaluces, a la operación Púnica, a los consejeros de Cajamadrid que cobraban en negro, a los sindicatos y el fraude en los planes de formación, a los Pujol, a la infanta. Nos hemos quedado sin dedos de tanto señalar a los delincuentes que siguen libres, que no se sabe ni siquiera si llegarán a pisar la prisión, y menos a devolver lo malversado o robado.

¿Cómo es posible? ¿Hasta cuándo tenemos que aguantar? ¿Qué alternativa nos queda? ¿Qué hemos hecho nosotros para merecer esto?

Escena 2.- Interior día.

Un tipo que vende libros como rosquillas, que se ha atrevido a dirigir una “presunta” obra de teatro (perdón dioses del Teatro por semejante aberración) y presenta programas de televisión de máxima audiencia comenta una tragedia sucedida a una compañera. Ella, presentadora del mismo tipo, hija de una de esas presentadoras “grandes” y abrumadoramente famosas, deja escapar una lágrima porque un par de novios pasados, cada uno por su cuenta, amenazan con enseñar fotos y vídeos comprometidos de contenido sexual de ella. Y, claro, como madre de una adolescente está preocupada por cómo lo afrontará su hija.
El presentador, arrebatado de indignación, se solidariza con su compañera y afirma, casi como declaración de principios, que la vida no es nada si uno no puede cometer locuritas sin temer que te pasen factura. Aplausos y ovación del público.

Escena 3.- Interior noche.

Una sociedad en la que los líderes de audiencia, creadores de opinión, la nueva intelectualidad de horteras, proclama que la vida no es vida si tiene consecuencias no puede luego exigir que los demás paguen por sus actos.
Una falta de prudencia no es lo mismo que un delito, es cierto, pero la actitud, la mentalidad, el mensaje que se transmite es similar.
Las adolescentes se hacen selfies subidas de tono y las suben a su Facebook y los mayores, los que aplauden cuando se defiende que pasar fotos o grabarse en vídeo en situación comprometida no debería tener consecuencias, les explican que no es que esté mal, pero que hay que ser prudente porque una nunca sabe quién ve qué cosas y que, a lo mejor, esas amigas a las que les pasas las fotos en bikini sacando la lengua “de aquella manera”, no lo son tanto, o pueden dejar de serlo y convertirse en enemigas, y a saber qué van a hacer con ese material.

Son los mismos. Los mismos que se aterrorizan ante determinadas cosas y fomentan la mentalidad que lleva a eso tan abominable.

Una sociedad sin consecuencias, sin secuelas tras un comportamiento arriesgado es una sociedad que no puede mejorar, que castra su capacidad de aprender de sus errores. No es la sociedad que puede criar a sus hijos como personas responsables de sus actos. Y si no son responsables, si no eligen a sabiendas porque no están acostumbrados a asumir el precio de esas elecciones… ¿son libres?

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