Fin de curso

Días complicados. Sucesos inesperados. Muertes en masa. Un pueblo entero y parte del extranjero con pico de ansiedad señalando con el dedo, explicando lo que ignoran y enseñando. Sobre todo enseñando el horror.
En estos momentos todos nos sentimos como invadidos por una ola cálida de amor fraternal, llamamos a padres y hermanos, le decimos al de al lado que le queremos. Podría haber sido yo. Podría haber sido él. Mis hijos, mi gente. No quiero ni pensarlo. Y entonces tuiteamos centros de donación de sangre, mensajes de la policía para facilitar la tarea de rescate de heridos. A las cuarenta y ocho horas ya estamos vanagloriándonos de nuestra extraordinaria muestra de humanidad. Sí. Sin duda, las colas de personas esperando para dar su sangre es admirable. Me pilló en una radio y fui testigo de cómo se colapsaban los centros de donación en Santiago en una o dos horas.
Qué más se puede pedir. Silencio. La ayuda silenciosa del samu zen. Ya. Es otra tradición. Pero tal vez podríamos aprender algo más de Oriente que a comer sushi con palillos.
El accidente de Santiago me traslada y me encuentro observando mi año. La poca actividad de mi blog contrasta y queda excusada por la enorme actividad en todo lo demás. Para nada. Porque el mundo no cambia. Los mismos problemas. Las mismas declaraciones. Las mismas actitudes. Eso sí, con una prima de riesgo mucho más baja. Y eso es todo lo que voy a hablar de economía hoy.
Me pregunto a dónde voy tan corriendo, como si no me alcanzase la vida para todo lo que se me ocurre. A ningún sitio. O a todos. Porque esa pregunta no es la pregunta. Lo que de verdad debo llevar en mi mente cuando oigo el pistoletazo diario que abre cada día como quien abre un regalo es ¿puedo intentarlo? Pues a por ello con todo el ahínco y con el firme propósito de quien actúa movido por ideales.
Este año, el camino me ha regalado nuevos compañeros de viaje (algunos no son tan “nuevos” pero sí han sido reencuentros). Nuevas metas se acercan a medida que avanzo. Nuevos proyectos que parecen resistirse a salir, que miden tu templanza y te curten, te dan la oportunidad de aprender, en especial, de los demás. Cuánto me queda por mejorar.
La semana que viene, el mes que viene, al regresar a las clases, cuando ya no tenga el corazón encogido por una catástrofe que te recuerda lo efímero de nuestras preocupaciones y deseos, seguiré con ese deseo de aprender y seguiré empeñándome en demostrar que quiero a la gente que quiero. No porque me puedo morir. Sino porque estoy viva. Y eso es vivir.

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