Automatic for the People (III)

El problema no es exclusivo de Rogoff y Reinhart. En realidad, como explicaba en el año 2008 Nassim Taleb, en una entrevista en la televisión estadounidense, se trata del uso prudente o imprudente que los economistas hacen de las matemáticas, en general, y la econometría, en particular.

Me pregunto hasta qué punto ese uso no se ve pervertido por las expectativas que los propios economistas tienen respecto a su publicación. En este sentido, y a pesar de lo impopular que es lo que voy a decir, la econometría puede, virtualmente, demostrar todo. Aún recuerdo la sesión del seminario del Departamento de Historia e Instituciones I de la Universidad Complutense, que dirigía Pedro Schwartz, cuando era una doctoranda, en el que Pedro Fraile expuso dos modelos econométricos, perfectamente fundamentados, con datos reales e impecables, demostrando dos hipótesis que a priori pueden parecer absurdas. La primera era que los niños vienen de París. La segunda que la importación del tango argentino por los músicos parisinos fue la causa del aumento de la prostitución. Fue una gran lección. Una de tantas que aprendí en aquellos años.

La pericia en el manejo de las cifras, el buen conocimiento de la herramienta y el olor a publicidad, sea académica, sea institucional, son los ingredientes principales de la perversión de la econometría que se pone al servicio de los intereses del partido en el poder, o de los banqueros centrales, o de la Comisión Europea. También adolecen de este problemas muchos modelos matemáticos de teoría económica. Ya David Ricardo elaboró un modelito bastante rudimentario, con un objetivo político. Demostró que la restricción al comercio de grano francés no solamente perjudicaba a los consumidores ingleses sino también a los productores agrícolas, ya que eliminaba la renta de la tierra. Es decir, el objetivo final era la derogación de las Leyes del Cereal. Como he dicho, se trataba de un objetivo político. Porque las políticas económicas, también son políticas, y la elección entre una medida u otra es una decisión que, no por técnica, es menos política. Y eso quiere decir que, al final, todo depende de la honestidad del político o de su sumisión a los intereses del partido.

Pero el economista que mejor supo entender esta relación economía/política fue, sin duda John Maynard Keynes. Él supo proporcionar a los políticos de razones para intervenir. Lo mejor de la carambola keynesiana es que fue el modelo neoclásico de toda la vida el que le puso en bandeja la ocasión. El modelo neoclásico, que provenía, en última instancia de los modelos de equilibrio de Jevons y Walras, presentaba una economía que se ajustaba automáticamente, como un mecanismo perfecto. Keynes solamente tuvo que demostrar (lo que no era muy difícil) que todo mecanismo necesita de un “relojero” que corrija las imperfecciones… esos fallos del mercado. Y quién mejor que el Estado. Esta idea ha calado tan hondo entre especialistas y profanos que hablar en público de comportamiento económico imprevisible, o de incluir los errores en la acción humana en el mercado, es considerado como algo casi obsceno. Por supuesto, son dos de las premisas de la Escuela Austriaca de Economía, esos herejes heterodoxos que rechazan las matemáticas y los modelos.

El daño keynesiano tiene varias vertientes. La primera se relaciona con los fallos teóricos que han sido perfectamente expuestas en el libro de Juan Ramón Rallo, Los errores de la vieja economía. No voy a repetirlos. La segunda vertiente tiene que ver con la idea de que el mercado y el Estado son entes diferentes de las personas. En este sentido, tanto la Escuela Austriaca como la Escuela de Public Choice nos han enseñado que ambas instituciones, Estado y mercado, están formadas por personas que toman decisiones en función de las expectativas y los incentivos. Y de ahí se derivan varias conclusiones: en la medida que esas personas son falibles, se equivocan, es decir, nada hace pensar que las decisiones que se tomen desde el Estado serán mejores que las que tomen los participantes en el mercado. Más bien al contrario, ya Hayek demostró que el conocimiento del mercado es más completo porque incorpora esa parte derivado del orden espontáneo inaprensible por el planificador.

Pero la peor herencia keynesiana es esa idea que todos parecen haber comprado, de que hay que hacer algo, siempre. Y como el futuro es arriesgado, pensemos a corto plazo. Hagamos algo ya, sea lo que sea lo que pase en el futuro. Sí, pienso en la deuda.  Y esta herencia la han hecho suya tanto los keynesianos como los antikeynesianos.

Así tenemos a quienes defienden la emisión de deuda y a quienes defienden la limitación de la deuda utilizando el mismo caballo cojo.

2 thoughts on “Automatic for the People (III)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s