Automatic for the People (II)

Cuando estalla la crisis financiera en Estados Unidos nadie era capaz de predecir la intensidad del tsunami que se nos avecinaba. Nadie. Los economistas podían proponer hipótesis más pesimistas o más optimistas, eso sí, predecir, ninguno. Pero a medida que caían bancos, gobiernos y países, los ciudadanos reclamaban una respuesta, una solución, una esperanza.

Y los analistas de economía política tenían dos opciones. Tirar de datos y modelos econométricos y sugerir recetas, o decir obviedades, que no por evidentes eran menos valiosas, como reconocer la crisis, que en nuestro país fue casi un parto, debido al calendario electoral. O como dejar que los bancos que tomaron malas decisiones asuman sus pérdidas. Y esta idea, que ahora es reclamada por los más indignados, era suficiente para que te acusaran de comer niños, porque si un banco quebraba, no saldría el sol al día siguiente. Por solidaridad, había que rescatar a la banca, lo que en España empezó a poner en marcha el PSOE y ha continuado el PP. Lógicamente, los políticos, necesitados de datos, modelos… “ciencia”… en la que apoyar sus decisiones, se pusieron en manos de los económetras y analistas más renombrados. Los gurús de la economía adquirieron una relevancia que hacía tiempo que no tenían. Porque cuando las cifras son favorables nadie se pregunta en qué se sustentan, y quienes hablaban de burbuja inmobiliaria en plena orgía de aparente riqueza, eran tachados de cenizos y agoreros. Y sé de lo que hablo, porque en España eran mis compañeros del Instituto Juan de Mariana, principalmente.

Los esfuerzos de Gabriel Calzada, Juan Ramón Rallo, Raquel Merino, Manu Llamas, Ángel Martín Oro y otros muchos por analizar escrupulosamente qué estaba pasando y ofrecer soluciones sensatas, eran denostadas por muchos por el simple hecho de que su perspectiva, que era realista, se situaba en el entorno de la Escuela Austriaca de Economía, herejes heterodoxos machacados sistemáticamente por la todopoderosa ortodoxia desde sus inicios. Y la razón, precisamente, es el corazón del problema del escándalo Rogoff y Reinhart: los escrúpulos metodológicos.

Cuando una economista decide hacer una tesis doctoral sobre metodología, aunque tenga al mejor director de tesis del mundo, como es mi caso, asume que va a bailar con la más fea para siempre. Eres menos economista. Nadie va a interesarse en publicar tu trabajo, es demasiado técnico. Y no es nada sexy: nunca vas a ser un gurú de la economía. Y si encima has dedicado esos siete años a analizar las razones que llevaron a los economistas a rechazar las matemáticas como herramienta de análisis en economía hasta el siglo XX, estás perdida. El siglo XX es el siglo de la explosión de la economía matemática, es el siglo en el que aparece la econometría, es el siglo en el que la ciencia económica es más “ciencia” que nunca. ¿Por qué quedarse en el umbral que marcaron los marginalistas? No es una pregunta cualquiera, uno de los miembros de mi tribunal de tesis me la planteó en la defensa. Pues precisamente por eso, porque me interesaban los argumentos esgrimidos a favor y en contra en origen, cuando los prejuicios contra las matemáticas llevaba a que sus defensores desplegaran todo su potencial para justificarlas. Cuando el debate era más puro.

Desde mi punto de vista, lo de menos es el programa Excel, o el fallo en el tratamiento de los datos. Lo de más es lo que revela tanto la postura de Rogoff y Reinhart como las reacciones que ha generado en sus detractores. Es una pelea en el barro de gurús que distrae la atención sobre lo que es más relevante.

En concreto ¿se puede establecer un umbral “universal” de deuda a partir del cual el crecimiento económico se va a desplomar?

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