Automatic for the People (I)

En los últimos tiempos, como sucediera en los años 30, los economistas hemos visto cómo los focos se giraban hacia nosotros, primero con asombro por no haber previsto la debacle, y luego, con la ansiedad del náufrago que busca un salvavidas. Y creo que nos hemos perdido en nuestro propia mezcla de buenas intenciones y prepotencia intelectual.

Yo viví el primer movimiento colaborando en medios de comunicación. Y la cadena de preguntas era la siguiente. La primera: “Pero ¿cómo es que los economistas no visteis la que se venía encima?”. Entonces, con honestidad, respondías que alguno sí lo vio y no se le hizo caso, pero que, en cualquier caso, calcular la intensidad del desastre y las consecuencias, de 1ª y 2ª generación, que ese batacazo podía tener no es posible. Y ahí venía la siguiente pregunta, que adoptaba una u otra forma dependiendo de varios factores. En el mejor de los casos te preguntaban para qué sirve la economía. En el peor te decían: “Entonces la economía no es una ciencia, ¿no?”

¿Y cuándo, desde que Léon Walras le prometiera a su padre dejar la literatura y hacer de la economía una disciplina tan seria como la Física, se ha visto que un economista ponga en cuestión la cientificidad de la economía? Y menos aún desde 1871, cuando precisamente el francés Walras y el inglés Jevons matrimoniaron para siempre economía y matemática. Un sinsentido. Por supuesto la respuesta “Claro que la economía es una ciencia” salía de los economistas tertulianos, si acaso acompañado de una explicación del tipo: “La economía, como ciencia social, estudia fenómenos complejos difíciles de predecir.  Difíciles, no imposibles”.

Cuando, asentada en un escepticismo sistemático, se me ocurría afirmar que es imposible predecir el futuro, que solamente se pueden describir tendencias posibles, y con cierto grado de probabilidad, siempre había alguien (normalmente otro economista, y normalmente dedicado a la asesoría política) que me preguntaba si entonces no creo que la economía es una ciencia y cuestionaban mi profesionalidad. Como si me importara la etiqueta de aquello a lo que me dedico. Como si esa etiqueta fuera a restar pasión a mi dedicación, o relevancia y respetabilidad a los análisis económicos. Pinchaban en hueso conmigo. Pero no con la audiencia, con los alumnos, o con el grueso de economistas, preocupados por defender la economía como ciencia a toda costa.

Lo sucedido en las últimas semanas con el artículo de Rogoff y Reinhart ha removido las entrañas de la metodología económica. Pero lo que ha pasado al escaparate de la actualidad ha sido la hojarasca más que el tronco de la cuestión. Los hechos son simples. Un par de economistas (uno de ellos un doctorando) han descubierto que un famoso artículo de Rogoff y Reinhart en el que defendían que un alto volumen de deuda pública mina el crecimiento económico, y establecían el umbral de deuda a partir del cual se derrumba el crecimiento de la economía en un 90%, está repleto de fallos. El tratamiento de los datos ha sido pésima, en especial porque lo han realizado utilizando el programa Excel, en lugar de manejar programas más serios, los que usan todos los profesionales de la econometría.

La relevancia de este fiasco se explica por la relación de causalidad que en varias ocasiones Rogoff y Reinhart expusieron al explicar sus conclusiones, y por el hecho de que la Comisión Europea empleó, entre otros, el artículo de dichos economistas para sustentar sus recomendaciones de política económica. Como explicaba en Expansión Miquel Roig, por más que ahora la Comisión Europea trata de justificarse, no hay como revisar los propios documentos de la Comisión para comprobar que, efectivamente, el artículo de Rogoff y Reinhart tenía su peso en sus decisiones.

Todo este lío tiene que ver con el segundo movimiento: qué tenemos que decir los economistas para salir de esta situación tan dramática y asfixiante.

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