Lucha en barro

La política, esa actividad defendida tan denodadamente por quienes creen en su mística y, en especial, por los políticos, no es otra cosa que una pelea en el barro.

Me da igual si en el siglo XVIII o en el siglo XIX las cosas eran diferentes y los políticos eran mejores. Me da igual si hay un político de cada cien que es coherente y honesto. También habría que definir coherencia y honestidad. Porque cuando te llevas a uno a un rincón y te tomas un café con él, enseguida pone encima de la mesa argumentos que incluyen términos como “dentro de unos límites” o “precio político”. Y uno no es honesto dentro de unos límites. Lo es. De manera integral. O no lo es.

Una pelea en el barro es un espectáculo en el que dos personas exhiben su cuerpo y hacen como que se pelean. Pero no se pelean. Y el público jalea a las señoritas (o a los mozalbetes) como si se estuvieran peleando. Pero en realidad se trata de euforia sexual debida a un espectáculo pornográfico. Todos lo saben. Nada que añadir.

Aún hay personas en nuestra sociedad, en especial aquellos que se exhiben en el barro, que les definen como “luchadores”, y hay quien pica, por increíble que parezca, y les defienden como tales.

Hoy nos encontramos en ese momento absurdo en que alguien desde la barrera dice: “¡Esa está operada y se ha puesto botox!” y todos se asombran porque una sexy luchadora en el barro, que se gana la vida luciendo el físico, se haya aumentado el pecho. Vamos, que el resto son virgencitas. ¡Qué esperabas! Todo es falso.

Pero, al fin y al cabo, los luchadores en barro, del gobierno o de la posición, recién llegados o de toda la vida, se ganan la vida así. Usted es quien ha pagado la entrada y debe decidir si pagó por ver ballet clásico, boxeo, monólogo teatral… o lucha en el barro.

No vale quejarse del barro, de lo obsceno, de la silicona o de lo ordinario del ambiente. No vale emitir juicios morales sobre lo degradante para las luchadoras o luchadores. Degradante es comprar una entrada para ver Hamlet y tragarte un espectáculo como ese y no hacer nada. Y eso sin entrar en el detalle de que esos que te timan con la entrada gestionan el dinero de todos, son los encargados de crear el marco adecuado para que los ciudadanos creemos riqueza, seamos generosos, gastemos en chorradas o hagamos lo que queramos con el resultado de nuestro esfuerzo.

¿La única diferencia? Uno puede no ir al espectáculo en el barro pero no puede zafarse de entregar su dinero a quienes nos están timando. Así que ya que hay que entrar, ¿por qué no exigir algo mejor?

3 thoughts on “Lucha en barro

  1. “La política, esa actividad defendida tan denodadamente por quienes creen en su mística y, en especial, por los políticos, no es otra cosa que una pelea en el barro.”

    En absoluto esto es así. Comparto tu asco por lo que estamos viendo. Pero la respuesta no puede ser una arcada. Hay que forzarse a mirar, y tomar partido. No hacerlo es estar paralizado, rendirse. Ya está, nos han ganado.

    La política trata de todo lo que nos afecta a tí y a mi como miembros de una especie que con-vive y tiene que regular su convivencia, respondiendo constantemente preguntas viejas: ¿Somos todos iguales? ¿Qué implica ser persona? ¿Como protegemos la libertad y la dignidad de las personas? ¿Quién y de qué manera manda? ¿Como limitamos su poder? ¿con qué medios? ¿Como organizamos la asistencia y protección a los más débiles? ¿cuál es el bien común? ¿Como organizamos la defensa de los derechos de las personas que no reconocen este derecho? ¿Como protetemos las leyes que dictamos a tal fin? ¿Como articulamos la convivencia entre ciudades, territorios, regiones, países? ¿en qué idioma hablamos? ¿Como pagamos?¿Quien guarda nuestras propiedades? ¿Quién vigila al que vigila?

    ¿Quien amenaza todo eso? La Naturaleza desde su cara de poder absoluto, sin reglas morales ni jurídicas que restrinjan su voluntad. El león mata cuando y a quien conviene. Incluso a sus cachorros, si el instinto le manda copular. En la naturaleza, el fuerte manda, y no hay derecho, ni dignidad, ni libertad. Estas ultimas tres cosas son producto de una fatigosa y maravillosa construcción cultural de la humanidad. No hay una divinidad que nos conceda la dignidad, ni menos aún que la garantice. La dignidad es una idea que vamos construyendo progresivamente, y como la coleta del barón de Muchaunsen, nos sirve para “tirar hacia arriba” y elevarnos de nuestra condición animal, que es el barro primigenio, del que partimos todos.

    Lo que escribes, que repito comprendo, incurre en un error que consiste en suponer que todo eso lo das por hecho. Que es algo externo a ti, ajeno a tus preocupaciones, que nos ha sido dado, (de toda la vida) y sobre lo que no tienes poder para influir. Pero ni la libertad, ni la dignidad, ni la igualdad, ni por tanto los derechos que las consagran y las leyes e instituciones que las protegen se pueden dar por hechas, porque NO lo están, sino en amenaza permanente, como solo de vez en cuando nos atrevemos a ver. Ese glorioso momento es ahora. Es el momento de ver que el traje nuevo del emperador es… nada. El rey está desnudo, a la vista de todos.

    Es duro de mirar. Hay que atreverse a mirar… Porque si el rey está en pelota, ¿qué pasará con los demás? ¿Qué será de mi? ¿Dónde se sustenta el orden de nuestro universo, que parecía firmemente establecido? La gente siente pavor, porque vislumbramos que todo aquello que damos por hecho y sentado, eso que llamamos “la civilización” se sustenta sobre algo tan frágil como un acuerdo de voluntades. Queremos vivir en sociedad y en libertad reconociéndonos mutuamente dignidad y derechos y queremos confiar que alguien: Dios, un poder benéfico y providente… nos garantiza la vida.

    Por eso el acuerdo es esencial. Y aunque es anterior a ella, lo llamamos “constitución”.

    Hemos de tener claro que aprobar una constitución tampoco garantiza que los términos del acuerdo no se degraden (como ha ocurrido en España) y que algunos ocupen poco a poco parcelas de poder que les permiten “ser más” que los demás (eso es una casta), y tratar incumplir lo que las leyes obligan a los demás, articulando un mecanismo por el cual alternan ese poder en beneficio de otra o más “elites” que se benefician, en suma de una condición más beneficiosa, que retienen generación tras (eso es una oligarquía).

    El espectáculo que nos brinda esa oligarquía pugnando por ser quien se alce con el poder es lo que te repugna, con razón. Y te encoge el ánimo. Y te induce a pensar que no hay nada que hacer, a paralizarte y a mirar desde fuera. Eso en psicologia se llama “indefensión aprendida”. Es una herramienta de dominio que se emplea constantemente contra nosotros, como la de intranquilizarnos (noticias terribles en prensa ante las que no podemos hacer nada) distraernos (futbol en dosis masivas), dividirnos.

    De modo que la humanidad, nacida del barro, pero sin alfarero, está condenada a pelear en el barro. Eso no es lo deshonroso si el objetivo de cada generación es (debe ser, o al menos, es el mío) es la defensa de la libertad, la igualdad y la dignidad que nos permite ser hombres.

  2. Dice María Blanco….:

    “¿La única diferencia? Uno puede no ir al espectáculo en el barro pero no puede zafarse de entregar su dinero a quienes nos están timando. Así que ya que hay que entrar, ¿por qué no exigir algo mejor?”

    Es decir, es una versión subporno de aquella frase que en algún momento se ha dicho de que puedes pasar de la política pero la política no pasará de ti. La conclusión a la una o a la otra es la misma, o somos conscientes de que la política es algo muy importante y por tanto participamos activamente en ella, algo que he reclamado en más de una ocasión, permítanme decirlo, o aquellos que sí lo hacen nos arrollarán.

    Aznar acaba de decir, y no lo recuerdo por que se sea especialmente atractivo el personaje, que los liberales deberíamos perder el miedo a proclamar nuestras ideas…. Y yo digo, no sólo eso, sino que deberíamos no ya perder el miedo, sino en luchar por ellas donde se debe…. en la política.

    ¿Este articulo viene a decir que nos vamos dando cuenta de ello?

    Negarse es dejar el campo libre a aquellos que quieren eliminar la libertad.

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