La libertad individual de la secta de Saint-Simon

Esta semana, mi artículo de la sección Ciencia Humana que publico en loff.it (el canal de estilo de abc.es), está dedicado a Claude Henri de Rouvroy, conde de Saint-Simon, el padre del socialismo premarxista, que Marx, con esa prepotencia que le caracterizaba, llamaba “socialismo utópico”.

Tras describir la vida de Saint-Simon, el surgimiento del saintsimonismo y su desarrollo, acabo con el siguiente texto:

A pesar de luchar contra el individualismo ideológico, su búsqueda individual les permitió encumbrarse en puestos de relevancia y fomentar las grandes infraestructuras públicas internacionales, financiadas por una potente banca y alimentadas por el mercado libre, como el Canal de Suez, o el sueño de Michel Chevalier: el ferrocarril transeuropeo. Fue, probablemente, el origen del socialismo mercantilista que domina la Europa actual, inviable sin iniciativa individual, como la que llevó a sus fundadores a establecerse en Ménilmontant o a ayudar a una periodista económica a estudiar bachillerato.

El artículo completo está aquí http://loffit.abc.es/2012/10/13/la-secta-socialista-de-saint-simon/ . (Impagable la foto de Enfantin con el uniforme).

El punto relevante es la libertad individual. El saintsimonismo es un movimiento muy atractivo. El industrialismo, la idea de progreso del hombre, de mejora, el criterio del mérito como el que permite ascender en la escala económica y social, el libre mercado como condición necesaria para la creación de riqueza, son muy potentes. Pero paradójicamente, ellos, que salieron adelante como movimiento, como secta, de manera completamente privada, gracias a una determinación personal y a su propia iniciativa individual, creen que el Estado debe gestionar las infraestructuras, controlar ese gran mercado libre, la industria fuerte, imponer el igualitarismo, etc.

Ningún poder público diseñó nada. El salto, común a otros socialistas bien intencionados, consiste en creer que si sus líderes (Enfantin y Bazard) podían dirigir la comunidad incentivando a los miembros, con honestidad y templanza, el poder político también lo haría de la misma manera. Lo cierto es que la historia ha demostrado que no es posible sin que surjan todo tipo de riesgos morales que, finalmente, degenera en corrupción.

El presupuesto socialista saintsimoniano no cuenta con la diversidad humana: no todos saben dirigir con la misma honestidad, no todos son susceptibles de ser motivados y no todos de la misma manera. Y, para coordinar las diferentes idiosincrasias individuales, la libre asociación, la libre cooperación y la fijación de unas mínimas reglas de convivencia (respeto a la propiedad privada, al cumplimiento de los contratos y el libre mercado) parece una solución más “natural”, más cercana a lo que somos. Pues eso.

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