Por amor al comercio (extended version)

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La pasada semana el presidente del gobierno, Mariano Rajoy, compareció en rueda de prensa desde Los Cabos, México. Eran las doce de la noche en España, a pesar de lo cual, muchos estábamos ansiosos esperando una palabra que confirmara o desmintiera el rumor de la inminente intervención y que diera explicación al comportamiento de la prima de riesgo que denotaba la desconfianza del mercado en la capacidad del gobierno para devolver la deuda. Porque, tal y como nos habían explicado, las elecciones griegas aflojarían tensiones y la situación mejoraría.

Pero el presidente Rajoy se limitó a repetir los mantras habituales: no gastar más de lo que recaudamos, fomentar el crecimiento, recuperar la confianza… y alguna novedad. Como el anuncio de que los países europeos y Estados Unidos han acordado lanzar conversaciones para redactar un Tratado de Libre Comercio entre ambos. Entonces recordé la canción del grupo español Esclarecidos:

“Por amor al comercio / voy a cruzar ese puente, / por amor al comercio / voy a cuidar ese dolor”.

En su mensaje, Rajoy parecía querer cruzar ese puente que nos separa de las Américas por amor al comercio. Sin embargo, como nos enseñó Frédéric Bastiat, el economista liberal del siglo XIX, el economista debe mirar más allá de lo evidente.

Por ejemplo, resulta que las dos zonas señaladas como cuna del capitalismo salvaje dominada por los mercados necesitan firmar un acuerdo de libre comercio. Y no debe ser muy fácil, porque simplemente se ha anunciado que se van a lanzar conversaciones para plantear el tema. Además cabe reflexionar acerca de la verdadera utilidad de este tipo de iniciativas, que no son nuevas. Uno de los fiascos más flagrantes de nuestros tiempos es precisamente el GATT (Acuerdo General de Aranceles Aduaneros y Comercio). Este acuerdo mundial surgió tras la II Guerra Mundial con el objetivo de evitar que el proteccionismo condenara a la pobreza a muchos países. Basándose en el principio de reciprocidad y estudiando producto a producto, funcionó mientras que no interfería con los intereses de los países desarrollados. El problema ha surgido cuando se ha planteado que los países ricos deben eliminar los subsidios a la agricultura para que el libre comercio saque de la pobreza a los países menos favorecidos. A partir de entonces las “rondas” de negociación han sido estériles. Por su parte, y señalando con el dedo, los países de la Unión Europea, sin rubor, explican lo importante que es evitar el proteccionismo mientras mantienen la nefasta y vergonzante Política Agrícola Comunitaria (PAC).

Por eso, que ahora el G-20 anuncie su pretensión de impulsar el comercio mundial como factor de crecimiento, suena hueco.

El libre comercio, desde sus orígenes, ha sido la mejor alternativa a la conquista, ya que se basa en acuerdos voluntarios y elimina la coacción y la violencia en las relaciones entre personas, comunidades y países. Como explicaba el profesor Antonio Escohotado en la lección magistral pronunciada el martes pasado en el Congreso de Economía de la Escuela Austriaca del Instituto Juan de Mariana, los enemigos del comercio son los enemigos del cambio, son los enemigos de la paz.

Y paradójicamente el establecimiento de “zonas” de libre comercio han resultado ser veneno para la libertad. La explicación es que en el momento en que se establece un límite, una frontera, excluyes a alguien. Libre comercio es una expresión que se refiere a la libertad que deberían tener los agentes económicos para comprar y vender con otros agentes económicos fuera de su país. En ese contexto, la tarea del Estado debe limitarse a favorecer ese libre intercambio asegurándose de que hay “juego limpio”. Pero como en tantos otros ámbitos el exceso en la atribución de funciones de los estados, nos ha llevado a que primen los intereses políticos por encima del respeto a la libertad y de la eficiencia económica.

Durante mucho tiempo, cuando los economistas del XIX hablaban de libre comercio no distinguían entre el comercio interior y el exterior, se referían a la libertad de las empresas para importar y exportar. Pero nuestra política económica del siglo XXI ha retrocedido al nefasto mercantilismo del XVI-XVII y ha despertado el nacionalismo mercantil.

Por eso, cuando leo en el informe del G-20 que “los copresidentes del Grupo de Trabajo de Alto Nivel creen que un comercio transatlántico global y un acuerdo de inversión, si se alcanza, es una opción que tiene el gran potencial de apoyar el empleo y promover el crecimiento y la competitividad a través del Atlántico”, no puedo evitar pensar en los países excluidos.

Sin duda, es una buena noticia que nuestras empresas no tengan que pasar dobles controles (europeos y estadounidenses) para exportar sus productos, y que nuestros consumidores puedan acceder a bienes americanos a precios más asequibles. Pero aún más lo sería que, además de “cruzar ese puente” las empresas pudieran cruzar sin penalizaciones los puentes que quisieran.

(Una versión reducida apareció el domingo pasado en el suplemento Mercados de El Mundo)

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