La moral del mercado de trabajo

Dice Benjamin Rogge en su libro Can Capitalism Survive?, que el argumento más importante de la defensa de la libertad económica es su compatibilidad con ciertos principios morales fundamentales de la vida misma. Estos principios morales se centran en que la libertad no lleva a la expropiación sino a la creación de riqueza. Ahí reside la virtud especial que permite al capitalismo aventajar a otros sistemas económicos. Nos enseña a no vivir a costa de los demás.

Esta semana, el ministro de Trabajo, Valeriano Gómez nos ha sorprendido con unas declaraciones muy positivas, a primera vista. El titular decía que mayo va “extraordinariamente bien” en cuanto a empleo y que en el segundo y el tercer trimestre los datos del paro van a ser favorables. Pero la letra pequeña explicaba que en opinión del ministro, después de alcanzar el pico en el primer trimestre, los dos siguientes van a ir bien gracias al impulso para el turismo de las revueltas en el Norte de África. Y que el cuatro trimestre volverán a empeorar las cifras de empleo. Tampoco es para tirar cohetes. Por otra parte, algunos periódicos consideraban optimista a Valeriano Gómez basándose en la siguiente frase: “Si el paro se recupera -aunque todavía está en una fase muy incipiente de recuperación del empleo- y no crece demasiado la población activa, no se tiene por qué llegar a los cinco millones de desempleados”. Es decir, que si el paro mejora no aumentará la cifra de desempleados. Bastante obvio. No entraré a discutir si realmente las cifras “sin cocinar” nos sitúan en algo más de cinco millones de parados en nuestro haber.

Como ministro tiene que hacer lo posible por no empeorar las cosas, pero tal vez eso se consiga más con la acción que con la palabra. Y si analizamos las acciones que los ministros de Trabajo han puesto en marcha en España al menos durante los tres últimos años nos daremos cuenta de que se trata de no empeorar las cosas con otras acciones. Desde el 2009, muchos analistas se quejan de las políticas laborales consistentes en dificultar los EREs, incrementar el salario mínimo y continuar con las ayudas al desempleo, que no por populistas eran más acertadas, como los hechos han demostrado. Hoy en día, seguimos en las mismas, y se puede engrosar la lista con la negociación colectiva y la rigidez del mercado de trabajo.

Analicemos las medidas. Empezando por la más complicada, la flexibilización del mercado de trabajo. Sin complejos: se trata de facilitar la contratación y el despido de trabajadores por los empresarios. La razón es que, en un país con un sistema productivo forjado en la pequeña y mediana empresa, si un empresario no puede despedir a diez trabajadores cuando tiene pérdidas, al cabo de un tiempo se descapitalizará, cerrará la empresa y despedirá a trescientos. Pensar que si se flexibiliza el despido los empresarios de este país van a sacar el látigo y vamos a volver a los tiempos de Dickens con niños bajando a las minas es una exageración, pero es lo que alguno intenta transmitir.

La prestación por desempleo es inmoral no por dar dinero a quien lo necesita y no lo tiene, que se llama solidaridad o caridad, sino porque es coactiva y porque se drenan recursos que podrían utilizarse para fomentar la creación de empresas que contratasen parados. Y tampoco entro a analizar el ineficiente INEM y sus trapicheos.

El salario mínimo es inmoral porque impide que quienes están dispuestos a cobrar menos de lo estipulados por las razones que sea, trabajen. Y eso afecta especialmente a inmigrantes, jóvenes y mujeres.

La negociación colectiva es inmoral porque en nombre de un “bien común” que se supone que un grupo de privilegiados conocen por iluminación, se frena el desarrollo de relaciones más flexibles entre empleadores y empleados, un ajuste de las necesidades de unos y otros, y se permite que los sindicatos, que noson representativos, se erijan en poder-bisagra y chantajeen al gobierno a cambio de subvenciones que no revierten en los trabajadores sino en los sindicatos mismos.

Si analizamos cada una de las quejas que desde hace años expresamos quienes defendemos la libertad/responsabilidad individual como fin (y no como medio) veremos que, además, se trata de políticas que se sustentan en la inmoralidad básica del sistema socialista: vivir de los demás.

 

(Publicado en el suplemento Mercados del periódico El Mundo el 22 de mayo de 2011)

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6 thoughts on “La moral del mercado de trabajo

  1. Hola, María.

    Un par de notas para no extenderme: “Flexibilización” del mercado de trabajo: estoy de acuerdo en lo que se refiere a la pequeña empresa. De hecho, la cosa funciona más o menos como tú dices que debería funcionar, como sabe toda la gente que ha sido despedida en los últimos años “por causas objetivas” (no pongo las comillas porque las causas no lo sean, sino porque es como se llama).

    El problema surge cuando empresas transnacionales, que, no sólo tienen miles de millones de beneficios, sino que reparten dividendos y bonus a sus ejecutivos, despiden o prejubilan miles de trabajadores para … ¿para qué? Sinceramente, no lo sé.

    La prestación por desempleo es inmoral porque drena recursos que podrían dedicarse a otras cosas. Bien, ¿cómo calificamos al saqueo generalizado y sistemático de los presupuestos de las Administraciones Públicas por parte de los partidos a base de adjudicar obras o contratos públicos a cinco o diez veces su coste real para luego repartirse en B el sobreprecio con el contratista? Gürtel o los ERES andaluces son una broma en comparación con lo que hay en realidad. España es un estado, no corrupto, sino completamente putrefacto.

    Para comprobar que lo que digo es cierto, sólo hay que juntar:

    a) Un amigo aparejador (o Arquitecto, o constructor, o albañil, si me apuras)

    b) Una selección de carteles del plan E.

    Te dirá, en un santiamén, cuánto dinero nos han robado en cada obra.

    Con una pequeña parte de ese saqueo, se cubría el déficit público, pero a lo mejor nustros políticos tenían que buscarse un trabajo de verdad. Saludos

  2. Es cierto que el salario mínimo es una inmoralidad al dejar el nivel adquisitivo del productor muy por debajo de sus necesidades básicas.

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