De la expulsión de los tabaquitas de la Tierra Prometida

 

La Ley Anti-Tabaco se estrenó ayer. Después de haber obligado a miles de empresarios a reformar sus locales para acomodarse a las necesidades de los no fumadores sin expulsar a los fumadores, ahora resulta que no vale. Y todo el dinero invertido se va por el desagüe a costa del empresario. ¿Habrá indemnización? Supongo que no para todos, tal vez para tapar bocas, posiblemente dependa de las medidas legales que tomen los afectados (me consta que alguno ya está en ello).

El caso es que muchas de las reclamaciones de los partidarios de la ley no dejan de ser ciertas. Yo no fumo. Fumé durante mucho tiempo. Nunca fui empedernida fumadora de un paquete, más de 8 cigarros me horadan el estómago. Así que entre eso, el daño a mi garganta, que en mi despacho hay no fumadores y que el olor del tabaco molestaba a mis hijos, terminé por dejarlo de manera natural. Y actualmente me da bastante asco. Odio salir de copas y volver oliendo a cenicero. Odio que la gente fume en los coches (dos de mis mejores amigos lo hacen sin parar). Odio que la gente fume mientras como (notable tradición en mi familia). Pero odio más aún que para evitar un mal deterioren la libertad individual en especial cuando hay más alternativas.

Claro que es un factor de riesgo del cáncer de varios órganos, claro que los fumadores pasivos estamos exponiéndonos a ese riesgo en los sitios en los que se fuma, claro que es una de las enfermedades que más cuesta a la seguridad social, claro que el tabaco es una droga. Pero ¿no puede haber un bar para fumadores?

El argumento de lo público y lo privado es el tema que me irrita. Los autobuses de ALSA son privados, los de la EMT son públicos. Los bares son locales de ocio privados, el Museo del Prado es público. Mi casa es privada, la Moncloa es pública. Lo que determina qué es público o privado no es si va mucha o poca gente, es quién lo financia: si es un individuo o grupo de individuos es privado, si se trata de financiación a cargo de los Presupuestos del Estado o de las Administraciones Territoriales (es decir, con el dinero de todos), entonces estamos hablando de lo público. Así que prohibir el tabaco en un bar es un atentado contra la libertad del empreario. Por otro lado, los empresarios ya habían tomado medidas para solucionarlo.

Y ahora pensemos si hay una alternativa a esa ley anti tabaco. ¿Puedo negarme a subir en el coche de mis amigos fumadores?¿puedo pedirles que no fumen cuando voy en el coche? ¿puedo levantarme de la mesa o pedir que esperen a que acabemos de comer? ¿puedo abrir un local para no fumadores? ¿puedo prohibir fumar en mi local? ¿puedo estar en la parte de fumadores, o en la parte de no fumadores dentro del mismo restaurante? ¿puedo negarme a ir de copas a un sitio en el que me van a ahumar como a un salmón?¿puedo negarme a ser afectada por el tabaco ajeno?

Sí, hoy por hoy, puedo.

¿Cuál es la necesidad de que el gobierno lo haga por mi? ¿La salud pública? ¿Por eso se permite de  nuevo vender tabaco en las gasolineras? Pues tengan pelotas y prohíbanlo del todo como ya prohiben muchas otras drogas que no generan cáncer a terceros, ni ahuman, ni huelen mal, y que muchos parlamentarios, hombres de negocios, gente del espectáculo se meten a escondidas, con esa doble moral que caracteriza esta sociedad. Pero no saquen el tema del civismo…

El civismo es una actitud que muchos ignoran aunque la utilicen para pisotear al resto. No es civismo despreciar al anciano, descuidar la higiene, comer con las manos, y faltar al respeto a los demás. Y negarle la posibilidad a un fumador de tener un sitio donde fumar en un local privado no es que sea falta de civismo, de respeto, es que es liberticida.

¿Los no fumadores no sabemos defender nuestra salud? El día menos pensado ponen medidores de decibelios implantados bajo la piel para castigar al que grite, porque crea ansiedad y eso sí que genera gasto en seguridad social.

¿Somos conscientes de la puerta que se está franqueando?

De todos los comentarios el peor es el más cierto: en unos meses nos habremos acostumbrado. Como otros pueblos con súbditos ejemplares se han acostumbrado a que el Estado (o el Partido) les diga qué tienen que comer, cuántos hijos hay que tener, y todo lo demás.

Estoy expectante esperando qué se le ocurrirá al ingenio humano para salirse con la suya. Yo ya tengo un par de ideas en la cabeza.

* (El título es de un sketch de José Mota)