El alivio de la condena

Últimamente, las cosas que pasan a mi alrededor me parecen una sucesión de «dejà vu» ininterrumpida. Vuelven las miserias del ser humano, como el pantalón campana o el Porompompero de Manolo Escobar, con la ranciedumbre de los males que nacen de la represión, de la mala digestión de pensamientos ajenos leídos en las contraportadas para fardar de intelectual, y de la españolísima envidia. Y me angustio terriblemente.

Esto es crónico. Me pasa cada cierto tiempo. A veces consigo calmar la angustia retornando a los clásicos. A mi nivel. Una da para lo que da, y no para más. Las comedias, los mitos y las leyendas… Esos héroes trágicos, las historias de dioses tan humanos que enamorisquean a las doncellas, las engañan, se vengan. Y por encima de todo, me gusta releer las condenas ineludibles de Sísifo y Prometeo.

El viernes me invitaron a presentar Liberacción, la feria de libros liberales del Instituto Juan de Mariana (primer año que no lo organizo). Tuve el honor de presentar a Carlos Alberto Montaner y a Zoé Valdés (entre otros). Luego de vuelta a casa, oyendo las noticias, pensaba en lo cómodo que resulta tener una condena, subir una piedra a la cima en vez de elegir qué camino tomar, qué hacer ante una afrenta, cómo proteger tu libertad y la de los tuyos. Es más fácil seguir discutiendo sobre el sexo de los ángeles y no decir la verdad cruda. Es más fácil que nos sigan comiendo el hígado de día para que se regenere por la noche que tener un cuerpo más o menos saludable que cuidar y fortalecer. Y aquí estamos, con los falangistas, los rojos y los del medio como en los años 30; con la justicia en pelotas, violentada, ultrajada y usada de cualquier manera por quienes no saben qué es pero buscan  un punto porcentual en las encuestas desesperadamente; con los números rojos encadenados a nuestro cuello y al de nuestros hijos y nietos. Aquí estamos, dirimiendo naderías, negándonos a soltar el lastre no sea que tengamos que serrar barrotes como Montaner, a los 17 años, para tomar decisiones de verdad. Para decidir por dónde va a ir la senda en lugar de caminar como cabestros por donde nos marcan.

El discurso de Montaner al recibir el Premio Juan de Mariana a toda una vida en defensa de la libertad que se le entregó esa noche en el Casino de Madrid está aquí, y destaco un párrafo nada más:

Cuando sacrificamos nuestra honradez, cuando renunciamos a nuestra coherencia interna para evitar un daño o para conseguir un privilegio, nos sentimos “sucios” e internamente avergonzados. Ser hipócrita es una conducta que hiere al que la práctica y repugna al que la sufre.

Nada más que decir. De momento se pueden ver los vídeos que ha colgado Zoé Valdés en su blog. Seguiremos informando.