Que se mueran los ricos

Todos recordamos el estribillo de la vieja canción de Los Sirex «Que se mueran los feos». Pero pocas personas se han parado a pensar cuál es la razón para desear que se mueran los feos, más allá de consideraciones estéticas. Veamos:

Que se mueran los feos/ que se mueran los feos/ que no quede ninguno, ninguno, ninguno de feos.

Pues les quitan las chicas/ que tienen mucha vista/ nadie sabe que tienen un arte especial para las conquistas.

Resuelto: los feos deben morir porque tienen éxito. Como los ricos, los feos tienen algo especial que los demás no, en este caso, se ligan a las chicas, y ojo… es que ellas tienen mucha vista, no son tontas, eligen lo mejor. Ese algo especial es un arte, no se aprende. Por más que se publiquen libros de autoayuda nadie tiene el secreto para ligar, ni para ser rico. Sin embargo, igual que le pasa a los feos en la canción, los ricos no tienen muy buena prensa en la sociedad. Bueno, algunos ricos. A los que se les nota. Los ricos sin complejos son denostados, culpabilizados de todos los males de la sociedad, en especial de la pobreza de quienes no son ricos, y son el objetivo de la frustración de quienes no tienen tanto arte o tanta suerte.

Y así tenemos al presidente del Gobierno y a más de media España reclamando un impuesto para los ricos, con el argumento de que ellos que tienen más deberían ayudar a los que tienen menos. Y algunos, como Nacho Escolar se preguntan

¿Por qué el tijeretazo social empezará en junio y la subida de impuestos para los más ricos será, según Zapatero, “en su momento”? ¿Por que los demás países europeos que se han apretado el cinturón, como Portugal, Italia, Francia o incluso Grecia, han mezclado las de cal con las de arena para que la crisis no sólo la paguen los más desfavorecidos, mientras que Zapatero, de momento, sólo ha concretado los recortes? ¿Por qué el Gobierno se ha pasado una semana lanzando mensajes contradictorios sobre los impuestos para ricos en lugar de anunciarlo todo junto en el Parlamento?

Como si Zapatero fuera a proteger a los ricos, por Dios, ¡¿cómo puede ser que se le pase por la cabeza, ?! ¡¡ni que le financiaran las campañas electorales!!

Yendo más allá, Rosa María Artal, directamente considera porqué no se puede molestar a los ricos con impuestos y cree que aunque nuestros «más favorecidos» se largaran ante un aumento de los impuestos, tampoco sería tan grave. Al fin y al cabo, nuestros ricos (Inditex, Telefónica, algún banco y algunos clubes deportivos, lo que parece un poco estrechito de miras) no despiertan pasiones fuera (dice ella, fijándose en el puesto que ocupan en una lista). Y además, qué narices, nuestros ricos lo son, sobre todo por invertir en Bolsa y eso no crea empleo. Pues, nada, que se piren… que se vayan todos los capitales de los ricos, malos, abusones, que se vayan a otro sitio a… invertir. Porque al revés de como dice Artal, resulta que además de gastar en bienes de lujo, clubs elitistas y yates (vaya paletada, oiga, se ha documentado en el ¡Qué me dices!) la gente de dinero, además de vivir como le viene en gana, mueve el dinero; y resulta que las acciones son participaciones en empresas… vamos, que a pesar de lo mal parido de nuestro sistema financiero, una parte respetable tiene un referente en la economía real. Como lo demuestra que la crisis financiera ha generado una recesión en la economía real, y que los problemas del mercado de deuda (que es papel mojado) y del interbancario, afecta a las economías reales (producción y empleo). No todo o no todo lo que debiera, de acuerdo, pero el lado financiero y el real tienen un correlato, señora.

En cualquier caso, nosotros los españoles, que vivimos del turismo, y que nos gustaría vivir MÁS del turismo de lujo, del que deja dinero, y no tanto del mochilero, nos permitimos señalar a los ricos y desear que se vayan, o que se mueran (al menos en sentido figurado), bien por ignorancia, estupidez o por puritita envidia. No por justicia o solidaridad.

Y digo eso, porque justo es que cada cual con lo suyo haga lo que quiera sin que coactivamente se lo quiten como si la propiedad privada fuera delito. Y solidario es que uno ayude a otros porque es un valor humano, no que coactivamente los políticos o los envidiosos, decidan cuánto he de aportar y que me lo quiten por la fuerza, como es el caso. Y no es justo ni solidario que el gobierno dilapide el dinero que nos falta ayudando a sus clientes electorales. Ni lo es tampoco que los señores y señoras diputados y diputadas tengan las dietas que tienen, incluidos los meses en que no hay actividad parlamentaria. O que muchos europarlamentarios vayan los viernes a Bruselas, recojan el cheque y regresen a seguir viviendo en su tierra. Escolar y Artal hablan como si los ricos fueran «los otros», y obviamente, no es así. Esa es la razón para que dejen tranquilas las SICAV… ¡porque es donde tienen sus patrimonios los pastores del rebaño! (entre otros).

Parece que lo suyo, para ser más progre y más guay que nadie, es desear que la gente dotada de medios (por herencia o iniciativa propia) y de «arte» (sí, me refiero a los especuladores que se arriesgan y se adelantan a lo que va a pasar en el mercado) se vaya bien lejos y solamente quedemos una clase trabajadora escasa sin capacidad para financiar nada y sin incentivos para ahorrar y mover sus ahorros, y una enorme masa de parados, sin expectativas de encontrar empleo en un país sin inversores.

¿Qué iba a ser de nuestros políticos y sus amiguitos?

Las manos y los fuegos

Dice Nassim Taleb que lo que más daña tu reputación es lo que dices para defenderla. Todos, incluso los más díscolos, pretendemos tener una reputación, controlar la opinión que se tiene de nosotros (sea buena o mala), supongo que por auto protección o por soberbia. El ejercicio opuesto, el que forja el carácter, consiste en revestirnos de imperturbabilidad y dejar que digan, que nos cuelguen sambenitos y que (con suerte) sea el tiempo el que ponga en su sitio a cada cual. O en el peor de los casos, que nunca se sepa la verdad. No es fácil. Cuando el ataque es personal, el daño no solamente se inflinge a uno, los seres queridos también lo pasan mal.

Pero estoy de acuerdo con Taleb cuando afirma que hay que ser cuidadosos con las palabras y los argumentos que empleamos para defender nuestra reputación. Es muy habitual tratar de limpiar nuestra fama enlodando a otros. En una sociedad en la que la ética y las buenas maneras fueran valores en alza, esas prácticas estarían en desuso, simplemente porque la gente rechazaría argumentos semejantes. Pero la triste realidad es otra. Vivimos en un perpetuo “y-tú-qué”. Tan perpetuo que a uno se le acostumbra el oído, se relaja el filtro y casi se cae en lo mismo.

Leer cada día la prensa es cada vez más peligroso y certifica la afirmación de Taleb. No existe el verbo “reconocer”. Nadie reconoce su error, su metedura de pata, su delito, su mala palabra. Pero casi es peor cuando alguien presenta. Si acaso, como explica Carlos Rodríguez Braun, se reconoce que la medida es adecuada pero no se ha explicado adecuadamente. Y entonces “se comunica”:

Han subrayado primero la necesidad de comunicación, reconociendo con aparente modestia que no lo han hecho bien. Este reconocimiento refleja su propensión totalitaria: jamás se les ocurre pensar que aquello que comunican pueda estar mal. Al contrario, tiene que estar bien porque lo han engendrado ellos, de los que sólo puede brotar el bien de la comunidad. Si los ciudadanos son saqueados y sometidos por el poder socialista, y alguno protesta, es porque los socialistas han fallado en la comunicación, no porque incursionen punitivamente contra sus súbditos.

Otros, como Camps y sus muchachos,  se niegan a reconocer una imputación judicial digan lo que digan los tribunales. O si no, se presenta uno impúdicamente como el representante de la lucha por la memoria de los muertos para tapar una presunta prevaricación. Y en un caso y en otro no hay sentencia aún, así que todos son inocentes, al menos de momento. Pero para salvar su reputación lo que dicen es “y ese más”. Lo cual, les coloca a todos ellos en el mismo fango. La cosa se va enredando y los apoyos nacionales y extranjeros proliferan. Como si por darle un homenaje a un presunto prevaricador, como Garzón,  se le fuera a salvar de una sentencia en su contra, si éste fuera el caso. Todos muy apesadumbrados, como si su labor pasada sirviera de justificación de las malas prácticas del presente. Y tiene tres causas, ni una ni dos. Tres.  ¿Tiene que ganar la liga el equipo que mejores resultados haya obtenido a lo largo de la historia?¿o gana el que juegue mejor ESTE AÑO?

Estoy de acuerdo con Rosa Montero cuando afirma en El País:

Tengo la sensación de que nos hemos metido en un profundo pantano; y de que, en el fondo, no es una pelea por el franquismo sino por otras cosas: por el poder real aquí y ahora, por la manipulación de la judicatura, por los hilos subterráneos de la política. Y se diría que Garzón (con quien, por otra parte, tenemos una deuda de gratitud impagable por actuaciones tan esenciales para la democracia como el esclarecimiento del GAL) ha chapoteado también en esos lodos.

Pues nada, unos y otros ponen la mano en el fuego por Camps (¡Esperanza que te quemas!) y por Garzón, como si fueran algo más que trepadores de la red de poder, políticos disfrazados de servidores públicos (Garzón con toga) que negarán hasta el final cualquier cosa, y para proteger su maltrecha reputación harán lo que sea.

No olvidemos que es así como se definen, por sus actos, por sus excusas y su falta de nobleza. Igual somo nosotros quienes deberíamos exigirles más.

El concepto de perro no ladra

El domingo pasado publiqué este artículo en el suplemento Mercados de El Mundo:

Con esta frase, el filósofo Baruch Spinoza trataba de explicar lo problemático de centrarnos en lo conceptual para, a continuación, esperar que la realidad se comporte idealmente. Ésa es una de las lecciones que el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero debería aprender de la debacle bursátil de esta semana. Por más que el índice de confianza de los consumidores suba en un mes, eso no quiere decir que exista confianza real en su gestión.

Y lo cierto es que dicho índice, elaborado por el ICO, remontó 5,5 puntos de marzo a abril, lo que junto con el buen dato del paro, podría hacer pensar que se ve una lucecita al final del túnel. Pero si rascamos un poco y observamos cómo se construye el índice de confianza del consumidor podremos hacernos una idea de qué mide y para qué sirve. Se trata de una encuesta con preguntas del tipo «¿considera usted que le va mejor que hace seis meses?» o «¿considera usted que la economía española va a mejorar?», que se realiza a 1.000 personas de diferentes edades, provincias y ocupaciones. La conclusión que cualquier español sensato sacaría de ese repunte es que, o bien las cosas van mejor con toda claridad, o bien la gente está cansada de que vaya mal y necesita vivir con la esperanza de que saldremos adelante. Y teniendo en cuenta que el paro sigue en torno al 20% (por más que la estacionalidad nos haya regalado un dato favorable el pasado mes), no parece que estemos remontando.

Según el ICO, han mejorado sobre todo las expectativas sobre la situación económica, seguida de las del empleo y la economía familiar, mientras que la valoración de la situación actual mejora, sobre todo, en el empleo y el conjunto de la economía. ¿Son incompatibles estos datos con la peor calificación de la deuda soberana española y con la caída bursátil? No lo creo.

Los consumidores financiamos las políticas del Gobierno con nuestros impuestos presentes y con los impuestos futuros, a través de la deuda pública. En España, la proporción de gastos financiados con deuda es mayor que lo que se recauda mediante impuestos, de manera que el consumidor no tiene una percepción real de lo que el Gobierno gasta de más. Por otro lado, la variedad de impuestos, la manera de anunciar las subidas y la periodicidad explican que el consumidor recibe la bofetada pero por partes. Por ejemplo, la subida del IVA supondrá, a partir de julio, una reducción en el poder adquisitivo del ciudadano de la Comunidad de Madrid de 350 euros. Pero será peor: no hay que pasar por alto la caída del PIB y los empleos que se perderán fruto de la subida del IVA. Y la eliminación de la devolución de los 400 euros supondrá otra reducción en su poder adquisitivo extra. Si suben los impuestos especiales, o retocan otros tributos de aquí a septiembre, el efecto será mayor y el ciudadano no se enterará del todo.

La mala percepción del ciudadano de a pie es mucho más grave cuando se trata de los efectos de la deuda del Estado. No solamente porque no se suele dar el dato agregado de la deuda estatal, autonómica, municipal y de las empresas públicas. También porque la deuda de los estados la pagan nuestros descendientes, no nosotros. Pero afortunadamente, la deuda se compra y se vende en el mercado financiero. Eso permite tener más claro lo solvente que el mercado internacional cree que es nuestra economía. Cuando uno apuesta su propio dinero, mira con lupa dónde lo mete. Y eso es lo que le pasa a los inversores internacionales. Ellos saben que quien ladra es el perro, no el concepto de perro. Se dan cuenta de la diferencia entre la presentación que el dúo Salgado y Campa se llevaron de tournée para convencer a Europa de que somos una buena inversión y la realidad económica de nuestro país. Con un paro del 20%, un sistema bancario lastrado por las cajas de ahorro, cuyo rescate representaría un 15% del PIB, con destrucción del tejido empresarial, unos sindicatos que no están dispuestos a llegar a un pacto en el mercado laboral que facilite el arranque y un contribuyente anémico es necesario un Gobierno con autoridad y solvencia que tome las medidas necesarias, sean o no populares. Y ese no es el Gobierno español.

Por eso, a pesar del maquillaje de datos, de la estacionalidad del empleo, de los buenos deseos proyectados en el índice de confianza del consumidor, la deuda española es más cara y los inversores en Bolsa han dejado claro que no se fían.

El salario del miedo

Publicado en El Semanario Atlático hoy domingo (merece la pena suscribirse):

Parece que Occidente se enfrenta a esta segunda década del siglo XXI acompañado de nuevos enemigos que se suman a los conocidos. Tenemos entre nosotros al gran oso ruso, sin bota soviética (de momento) pero que sigue metiendo el dedo en el ojo cada vez que mira alrededor con intención de aliarse con los peores macarras del patio. Sigue entre nosotros la amenaza de los radicales islámicos que se comen gran parte del presupuesto de los Estados Unidos en defensa, lucha anti-terrorista y demás sistemas preventivos. No solamente no han desaparecido sino que se reproducen como cucarachas las dictaduras latinoamericanas hijas del castrismo. El comunismo chino aparece con nuevos ropajes, los del comercio internacional abierto, que le dan un aspecto más aseado: mismo perro con distinto collar.

Pero ahora hay que contar con nuevos enemigos: los especuladores. Sea en versión patria o como primos cercanos europeos, son la amenaza real más novedosa y dañina de Occidente. Antonio Miguel Carmona, economista y miembro activo de la Federación Socialista Madrileña y tertuliano ubicuo donde los haya se atreve a asegurar que conoce personalmente a esos tres o cuatro especuladores malintencionados que el pasado martes 4 de mayo provocaron una caída de la Bolsa española del 5%. Y afirma que esos elementos deberían estar en la cárcel. Tal vez también sepa quiénes están detrás de los altibajos que padeció el Dow Jones el jueves siguiente. Y probablemente, quién es el responsable del asesinato de Kennedy y dónde está Wally.

Lo cierto es que es un recurso facilón el de Carmona: culpar a los demás jugadores incluso si siguen las reglas aceptadas por todos. Eso es acudir a lo más esencial de la naturaleza humana Cuando hay una situación de emergencia extrema todos necesitamos señalar con el dedo a alguien o algo como responsables de nuestro miedo, y lo más fácil es apuntar a alguien lejano e inaccesible: los dioses, los ricos, los extranjeros… Pero la estrategia de Carmona es mucho más peligrosa, casi mesiánica: “En verdad os digo que uno de vosotros es el traidor, y no solamente lo conozco sino que sabía de la traición desde el día de ayer”. Sólo le falta caminar sobre las aguas. Y todo para ocultar el análisis básico que cualquier economista debería tener en mente.

El mercado de deuda existe, en primer lugar y por más que parezca una boutade, porque los gobiernos se endeudan más de lo que deberían. Y eso no es nuevo. Ya desde el siglo XVI la Hacienda Real se veía obligada a hacer virguerías para cerrar cada ejercicio económico. No en vano Felipe II decretó suspensión de pagos en cuatro ocasiones entre 1557 y 1596 y se desencadenó una emisión intermitente pero imparable de juros, la primera versión de la deuda pública. También entonces los soberanos (y la sufrida nación) estaban en manos de banqueros internacionales.

Pero las cosas han cambiado. El patrimonio del monarca y el público están claramente diferenciados, la gestión del dinero de los ciudadanos corre a cargo de quienes el pueblo ha elegido libremente. Los electores tenemos a nuestra disposición los programas electorales y aquí no ha habido engaño: Zapatero se ha auto coronado como el rey del gasto, social o no, pero gasto. Así que, como es lógico, ha crecido la deuda pública y, para poder devolverla, se ha colocado en el mercado internacional.

Pero cuando uno decide jugar en este mercado y vender en él su deuda soberana está diciendo al menos dos cosas al respetable. Primero, que lo hace porque necesita financiarse, nadie le obliga. Segundo, que está dispuesto a aceptar las reglas del juego y sabe que el mercado es impersonal: alguien compra tu deuda, pero no sabes si es amigo o enemigo.

Así que culpar ahora del descalabro del IBEX a los malditos especuladores es esconder el excesivo endeudamiento español y las causas que han llevado a nuestro gobierno a ello. Y solamente hay una razón: el clientelismo electoral.

Zapatero gasta de más por culpa del pacto no firmado en el mercado laboral, por la inexistente reforma de las administraciones territoriales y la consiguiente duplicación de gastos en los presupuestos nacional, autonómicos y locales, gasta de más en las subvenciones a diestro y siniestro, a organizaciones de amigos nacionales y extranjeros, como por ejemplo dos millones de euros para la construcción y el equipamiento de almacenes y talleres de reparación de material eléctrico de la policía palestina, o las decenas de millones de euros para el fortalecimiento de la igualdad de género en países como Camboya y Timor Oriental. Y en casa, casi cinco millones de personas en paro y una deuda de 1,1 trillones de dólares según el New York Times.

Cuando me planteo cómo salir de la situación tan delicada en la que se encuentra la economía española me acuerdo de la película que titula el artículo, El Salario del Miedo, basada en el libro de Georges Arnaud y protagonizada por Yves Montand en 1953. En ella se narra la historia de cuatro europeos contratados por una multinacional petrolera norteamericana, con pozos de extracción en Sudamérica, que tienen que llevar un camión de nitroglicerina urgentemente para apagar uno de los pozos que está en llamas. Ni que decir tiene que los caminos son los peores del mundo y las situaciones que se dan bastante rocambolescas. Cada pequeño bache puede hacer que todo salte por los aires.

En esos momentos lo que no facilita las cosas es azuzar el pánico instintivo al rico, al extranjero o al diferente, lo que hace falta es un conductor con nervios templados que sepa, al menos, qué pedal es el acelerador, cuál es el freno y cuál el embrague. Y da la sensación que lo último que condujo el presidente español fue la bici con ruedines por las calles de su infancia.

El dinero verde

Durante los años que llevo como miembro del Instituto Juan de Mariana hay dos bromas recurrentes respecto a la financiación del Instituto. Una, que nos financia la CIA. Incluso encontré un foro en el que un alma cándida (e ignorante) aseguraba que brindábamos con champán que se derramaba sobre la costosa moqueta financiada por la CIA. ¡Qué buenos momentos nos ha hecho pasar ese comentario a quienes conocemos la sede del IJM!

La otra broma era que nos financiaba Exxon. Y dejó de serlo cuando algún panfleto gubernamental la utilizó en serio para desprestigiar al IJM y restar credibilidad al estudio sobre los empleos verdes que dio tanto de que hablar el año pasado.

El viernes pasado, en el breve discurso que pronunció durante la Cena de la Libertad, Gabriel Calzada, presidente del Instituto, volvió a recordar cómo un periodista de Público fue a la sede de Exxon (en Texas) para comprobar si el Instituto Juan de Mariana estaba financiado por dicha empresa. Pues no. Se tuvo que volver con las manos vacías. No obstante, el que Exxon financiara algunas instituciones estadounidenses simpatizantes del IJM ha servido para que la campaña contra nosotros siguiera adelante. Hasta hoy.

Pero si utilizamos la lógica de estos acreditados periodistas que tanta inquina nos tienen nos encontramos con resultados sorprendentes. El blog Desde el Exilio ha publicado una entrada desvelando quiénes financian a la organización ecologista más importante del mundo: Greenpeace.  Esta institución a la que pertenecen personajes como Ban Ki Moon, U2, Daryl Hannah,  Emma Watson. Esta organización que proclama su independencia financiera respecto a empresas, partidos y gobiernos, y que se permite financiar la compra de terrenos adyacentes a Heathrow, con la ayuda de ilustres preocupados por la Tierra y el clima, como Emma Thompson, para evitar su ampliación; que dispone de una flotilla de barcos, con el Rainbow Warrior a la cabeza… estos luchadores verdes están financiados por ¡Exxon!

Sí, entre otros. Tal y como Hurssel (quien firma la entrada en Desde el Exilio) resalta, además de la Fundación Rockefeller (alma de la Standard Oil y Exxon), está la General Motors, el magnate de la comunicación Ted Turner y la fundación de los Getty (fundador de Getty Oil, hoy en manos de Luckoil).

Desde marzo del 2009, cuando se publicó el informe sobre empleos verdes, Greenpeace se ha empleado a fondo tratando por todos los medios de desprestigiar el estudio, al Instituto, a su presidente… a pesar de que cada vez, una tras otra, Gabriel Calzada ha respondido a las embestidas de los que llama ecolojetas. La última a finales de abril, cuando López Uralde “y sus mariachis” (como dice Gabriel) convocaron una rueda de prensa para vilipendiarnos de nuevo. No tengo nada que añadir a lo que ya escribió Calzada en Libertad Digital.

Sí me parece relevante traer a colación que quienes están financiados por petroleras son ellos, Greenpeace, y por tanto, todas sus acciones, embustes, contrainformes, y condenas están contaminados por los intereses creados de grandes multinacionales que harían lo que fuera por evitar la competencia y sacarle las entrañas al bolsillo del ciudadano (a través del Estado o de alguno de sus tentáculos). No es raro, con esta información en mente, que hasta hace poco en la página de Greenpeace internacional se instara a los incautos buenistas verdes a que compraran en BP. Es coherente con sus intereses reales pero ocultos.

Tampoco extraña que un miembro del gobierno de Zapatero, la Directora General de Cambio Climático, Teresa Ribera, escribiera una carta (una de las esgrimidas por Greenpeace como arma arrojadiza) denostando el famoso “informe Calzada”. Pero siendo que esa señora y esa Dirección General están financiadas por todos los españoles, dada la necesidad de reducir el gasto público de la economía española y dado el escándalo “climático” y la financiación sesgada de la organización Greenpeace, no estaría mal que esta señora dimitiera, que se suprimiera esta Dirección General o ambas cosas a un tiempo. Salimos todos ganando.

Se ha publicado hoy en la página del Instituto Juan de Mariana.

Libertad Digital se hace eco de la noticia.

El alivio de la condena

Últimamente, las cosas que pasan a mi alrededor me parecen una sucesión de «dejà vu» ininterrumpida. Vuelven las miserias del ser humano, como el pantalón campana o el Porompompero de Manolo Escobar, con la ranciedumbre de los males que nacen de la represión, de la mala digestión de pensamientos ajenos leídos en las contraportadas para fardar de intelectual, y de la españolísima envidia. Y me angustio terriblemente.

Esto es crónico. Me pasa cada cierto tiempo. A veces consigo calmar la angustia retornando a los clásicos. A mi nivel. Una da para lo que da, y no para más. Las comedias, los mitos y las leyendas… Esos héroes trágicos, las historias de dioses tan humanos que enamorisquean a las doncellas, las engañan, se vengan. Y por encima de todo, me gusta releer las condenas ineludibles de Sísifo y Prometeo.

El viernes me invitaron a presentar Liberacción, la feria de libros liberales del Instituto Juan de Mariana (primer año que no lo organizo). Tuve el honor de presentar a Carlos Alberto Montaner y a Zoé Valdés (entre otros). Luego de vuelta a casa, oyendo las noticias, pensaba en lo cómodo que resulta tener una condena, subir una piedra a la cima en vez de elegir qué camino tomar, qué hacer ante una afrenta, cómo proteger tu libertad y la de los tuyos. Es más fácil seguir discutiendo sobre el sexo de los ángeles y no decir la verdad cruda. Es más fácil que nos sigan comiendo el hígado de día para que se regenere por la noche que tener un cuerpo más o menos saludable que cuidar y fortalecer. Y aquí estamos, con los falangistas, los rojos y los del medio como en los años 30; con la justicia en pelotas, violentada, ultrajada y usada de cualquier manera por quienes no saben qué es pero buscan  un punto porcentual en las encuestas desesperadamente; con los números rojos encadenados a nuestro cuello y al de nuestros hijos y nietos. Aquí estamos, dirimiendo naderías, negándonos a soltar el lastre no sea que tengamos que serrar barrotes como Montaner, a los 17 años, para tomar decisiones de verdad. Para decidir por dónde va a ir la senda en lugar de caminar como cabestros por donde nos marcan.

El discurso de Montaner al recibir el Premio Juan de Mariana a toda una vida en defensa de la libertad que se le entregó esa noche en el Casino de Madrid está aquí, y destaco un párrafo nada más:

Cuando sacrificamos nuestra honradez, cuando renunciamos a nuestra coherencia interna para evitar un daño o para conseguir un privilegio, nos sentimos “sucios” e internamente avergonzados. Ser hipócrita es una conducta que hiere al que la práctica y repugna al que la sufre.

Nada más que decir. De momento se pueden ver los vídeos que ha colgado Zoé Valdés en su blog. Seguiremos informando.