La verdad de las mentiras.

Éste es el título de una de las obras de Mario Vargas Llosa (se puede leer online). Para quienes padecemos la procrastinación casi como patología o más bien como forma de vida es muy fácil engancharse en la lectura de los textos de Vargas Llosa (padre). Y para una persona como yo a quien no le gusta la novela en términos generales, este libro es especialmente atractivo. Se trata de un ensayo en el que el novelista habla de la novela, examina algunas novelas que a él le han gustado y te lleva a darte cuenta de lo maravilloso que es el mundo de la literatura.
Casi al comienzo, el autor reflexiona de la mano de Karl Popper y su “sociedad abierta” acerca de la frontera entre la verdad histórica y la verdad literaria. Para Vargas Llosa esta diferencia es prerrogativa precisamente de las sociedades abiertas:
“… autónomas y diferentes, la ficción y la historia coexisten, sin invadir ni usurpar la una los dominios y funciones de la otra.”
En cambio, nos hace notar cómo en las sociedades cerradas el poder se arroga el privilegio de controlar hasta la memoria de los ciudadanos, y desde la autoridad política se manipula el pasado, en uno u otro sentido, para justificar el presente. Así nace la historia oficial, la organización de la memoria colectiva:
“… protagonistas que aparecen o desaparecen sin dejar rastro, según sean redimidos o purgados por el poder, y acciones de los héroes y villanos del pasado que cambian, de edición en edición, de signo, de valencia y de sustancia, al compás de los acomodos y reacomodos de las camarillas gobernantes del presente”.
Qué lamentable y dolorosamente cercanas me resultan las palabras de Mario. Ya no hay neutralidad. Te tienen que caer bien determinados personajes o de lo contrario te señalan con el dedo y te etiquetan de roja, facha, progre, retrógrada, inmoral o ignorante. Una ya no tiene la posibilidad de enamorarse de los personajes o de deplorarlos de forma subjetiva y seguramente injusta. A mí Isabel la Católica siempre me cayó fatal y creo que tuvo algo que ver en la enfermedad mental de su hija Juana. Me caía bien Aníbal, mal Colón, bien Viriato, mal los Borbones en general, y así, desde pequeña me he creado un universo paralelo y maniqueo de personajes históricos, supongo que como la mayoría de los colegiales.
Pues ahora ya no vale. Hay no una, sino dos historias contrapuestas que no admiten duda ni interrogación. Si analizas críticamente la historia de Lincoln, si recuerdas los muertos de Paracuellos, o si , por otro lado, recuerdas que Franco no fue un angelito y que las mujeres no podíamos abrir cuentas corrientes sin la firma de un hombre, te miran con los ojos desencajados y te marcan.  Sacan sus toneladas de datos manipulados, de escritores de cuarta a sueldo, de historias escritas por doctores en historia que consiguieron su título bajándose los pantalones o, con suerte, en una tómbola de feria, y te argumentan que no, que no fue  así, estás terriblemente contaminada por el enemigo.
Pero lo peor de lo peor es cuando la ficción se instala en el presente. Entonces es cuando, además de cerrada, nuestra sociedad está gravemente enferma.Y eso, desde luego, es obra de nuestro sin par presidente (sin par, por fortuna; agradezco desde aquí a quien rompiera el molde).

No solamente no hay crisis, nuestro sistema financiero va como un cohete, las cajas de ahorro no tienen apenas problemas, estamos saliendo ya mismito de la recesión (“en cualquier momento”, palabras textuales), hay una conspiración para machacar en general a la zona euro y en concreto a los países mediterráneos, vamos a enseñar a los americanos de míster Marshall a fabricar “en verde”, y a los europeos lo que es el coche eléctrico (los coches de choque de las ferias, imagino) y a crear puestos de trabajo. Además de todo eso, resulta que Roldán, perfectamente redimido y reinsertado se va a pirar a las Antillas francesas en unos meses a vivir de su fortuna y sin pagar ni un 9% de lo que le corresponde. Y eso es justicia democrática. Los actores fotografiados apoyando al gobierno reciben dinero que el gobierno recauda coactivamente de todos los españoles, y cuando hay protestas en la entrega de los premios de cine, se dicen a sí mismos (y en la tele del gobierno) que están atacando a la cultura (es decir… ellos son la cultura). El mismo gobierno que negó la crisis durante meses para ganar las elecciones, que no tomó las medidas enérgicas que necesitábamos una vez ganadas, para no soliviantar a su amo (los sindicatos), y tras la caída en picado de nuestra situación, exige un pacto para que todos los demás ayuden a resolver su papeleta y, sobre todo, para que no critiquen. El Jefe del Estado, que jamás se mete en nada, excepto para hacer callar al gorila rojo haciendo alarde de su falta de diplomacia, le cuenta a la prensa que lleva ya un tiempo moviendo hilos por debajo de cuerda para propiciar un pacto de Estado, y el gobierno niega la mayor y dice que no, que el Rey no está mediando. El Estado rompe el supuesto pacto social con los ciudadanos y sigue defendiendo que todo lo que te quita, lo que te manda, la responsabilidad arrebatada… es por tu bien. Una niña de 15 años no puede fumar, comprar vino, votar a sus representantes, conducir un coche, o entrar a una discoteca, pero puede ir a abortar solita porque es mayor, es su cuerpo y su responsabilidad.

Y para remate: todo sin complejos. En los medios. A la vista. Y todos mirando cómo nos engañan y haciendo “como si” a sabiendas en lo más íntimo de nuestro ser que eso no es así. Todos mirando el abismo que se nos viene.
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