La vergüenza de ser profesor.

Dicen que el movimiento se demuestra andando, y el presunto liberalismo, también. No por mucho fardar de haber leído a Hayek, o incluso, no por mucho leer a Hayek se es más liberal que nadie. Puede usted devorar tomos y tomos de los maestros del liberalismo y encerrar un dictador. Estoy convencida de que, en cuanto vea una oportunidad, saldrá a la luz. El amor por la libertad individual es algo con lo que se nace y que se le sale a uno por los poros (a unos más, a otros menos) incluso si está uno atrapado en el sistema laboral-urbanita actual.

Esperanza Aguirre es el ejemplo. Primero suelta la perla sobre la regulación de la prostitución. “Es lo que ellas demandan”, le decía yo misma el viernes a un amigo. “Es que una vez estás en el sistema es muy fácil perder la perspectiva y justificar el estatismo”. Tienes razón, Jesús. Las prostitutas probablemente quieren trabajar en paz, y tener acceso a las mismas prestaciones que los demás, pagando sus impuestos, desde luego. No se plantean si es más eficiente contratar privadamente esos servicios. Pero la administración pública no se va a a quedar allí y terminará planteando la acreditación de prostituta, con su sello del servicio de salud, sexenios y encuestas de evaluación… como nos exigen a los profesores. Y si no nos insertan un código de barras en la frente, es porque no saben. Nos tratan como animales, pero en vez de mostrar la dentadura, enseñamos un certificado.

Para terminar la semana, no se le ha ocurrido otra cosa mejor que otorgar a la autoridad del profesor de un carácter oficial, que lo que hace es denigrarlo. Se darán las clases desde un estrado, así el mal profesor, rebuznará desde lo alto, como muchos políticos, catedráticos y demás. Estarán “blindados contra agresiones físicas o verbales”. ¿Cómo? ¿Antes no? ¿Hay ciudadanos más protegidos por la ley que otros? Porque hasta ahora, dudo mucho que el buen profesor de instituto, como Rafa de Barcelona, a quien saludo, aunque creo que no me lee, no pudiera denunciar las agresiones de los alumnos y de los padres. El problema, me parece a mí, tiene su origen en la soledad del profesor respecto a las autoridades del propio colegio. Si un chavalín de 2º de Bachillerato, con sus 17 añazos y su 1,80 de estatura agrede a Rafa, verbal o físicamente, y el director del colegio, el jefe de estudios, el coordinador de bachillerato y el resto del claustro le apoyan, y se expulsa al alumno para siempre del colegio, Rafa se ve respaldado. Otra cosa es si no pasa nada a pesar de sus protestas y le hacen creer que no valen las denuncias y que nadie le apoya. Rafa acaba desesperado, por supuesto. Cúmplase la ley como punto de partida.

Lo Esperanza es de cuarta. Resulta que si la administración pública le otorga a Rafa un estatus de autoridad “oficial” se acabaron los problemas. ¿Desde cuando al maestro, al de toda la vida, le ha hecho falta que nadie le conceda graciosamente autoridad? Se entiende mejor si distinguimos entre autoritas y potestas. La primera es la autoridad a la que yo me refiero, y la segunda es de la que habla la presidenta de la Comunidad de Madrid. Y esa diferencia en el criterio muestra vergonzosamente la idea que los políticos tienen del liderazgo, que creen que se ejerce porque tienes un título, o te han nombrado algo. La titulitis y la carguitis de toda la vida llevadas a sus extremos más dañinos.

El ejemplo a los alumnos de colegios e institutos es garrafal. Y no cuenta, doña Espe, con la ley de las consecuencias no queridas. Tal vez los estudiantes rechacen aún más esa autoridad, incluso si tienen que obedecer por la mayor coacción que prescribe la ley, y terminarán siguiendo al primer líder que venga, con el peligro que eso tiene, de forma que el maestro dejará de ser un guía y un ejemplo para siempre. Y no quiero ni mencionar qué pasará con los casos de pederastia en las aulas. A pesar de ser una minoría, esos profesores también tendrán la misma autoridad que un juez, y la posibilidad de que los niños sean amenazados para que no delaten al profesor será peor.

¿Qué tal una revisión del cumplimiento de las leyes que ya están vigentes, una mayor libertad educativa, y un mayor apoyo real al profesor, de manera que el buen profesor brille y el otro no? Las medidas liberticidas son liberticidas por más que uno proclame las verdades de Hayek por doquier. Y como dicen… el movimiento se demuestra andando.

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