El aire que respiro

Un amigo cubano me decía que no nos damos cuenta lo sometidos y controlados que estamos en España. Yo no entendía, el oprimido era él, que venía de Cuba. El asunto es la eficiencia del ingeniero social. Allí, de alguna manera, es más fácil esquivar las intromisiones. Todo está prohibido como punto de partida, epro uno puede buscar recovecos de libertad. El mercado negro funciona para las cosas más cotidianas. Paradójico. Se graban las conversaciones telefónicas, pero a la administración le resulta imposible controlar todo lo que dicen todos los cubanos. Si te significas es otra cosa, pero la gente de a pie sabe que no hay infraestructura suficiente para que esos registros sean nada más que almacenados en un sótano.

En cambio, en España, la intromisión es mucho más efectiva. Licencias, permisos, impuestos, multas… son escrupulosamente gestionados por la administración. Y tenemos al Estado hasta en la sopa. Hoy he leído en la principal fuente de información de la ciudadanía, el terrible 20 Minutos, que un tercio de los españoles respira aire contaminado por encima del límite legal. No he podido evitar pensar cómo van a rentabilizar la infracción y me he sorprendido a mi misma planteándome si nos van a penalizar por ello, o si nos van a obligar a no respirar, o a llevar máscaras o escafandras.

Los trajes de Camps, los Sanfermines, el entierro de Jackson, los abandonos de UPyD, la polémica del carnaval del Gay Pride, los desmanes de la arbitrariedad de nuestros gobernantes y todas las demás “pequeñas cosas” nos mantienen adormecidos, inactivos, mientras la “comunidad internacional” selecciona qué es importante, qué muertos son más valiosos, qué países merecen sanción, aplauso o indiferencia. Y aquí la etnia musulmana Uyghur de Xingjiang en China tienen las de perder. Una tierra con mil fronteras: limita con Rusia, Mongolia, Kazajstán, Kiurguistán, Tayikistán, Pakistán, Afganistán y Tibet. Ahí queda eso. Un equilibrio de fuerzas imposible.
Y, claro… China, a la que algunos (un decano, oiga) consideran un ejemplo de capitalismo salvaje emergente, es un dragón con el que no hay que meterese, no vaya a ser que se enfaden y den un salto todos a la vez. Pero el lío tiene todo lo necesario para que se le preste atención: palos, muertos, censura en internet, periodistas occidentales a los que se les intenta apalear… basta un rastreo liviano en Twitter para comprobarlo.

Sin embargo, la comunidad internacional ha preferido dirigir su mirada a Honduras donde lo que está sucediendo parece un guión de cine más que la realidad. Un golpe militar que pone en el gobierno al vicepresidente, del mismo partido que el presidente depuesto, cumpliendo el mandato constitucional. Por otro lado, las formas no parecen las mejores: a punta de pistola en mitad de la noche sacan al presidente que viola la Constitución y le llevan a otro país. Toque de queda y libertades restringidas de tal a tal hora. Y además, ahora, no le dejan que aterrice, ni siquiera para juzgarle y encarcelarlo si fuera menester.
Eso sí, la mitad de Honduras está con Zelaya y la otra con Michelleti.
Lo más sorprendente es que la comunidad internacional, representada por el tirano Chávez, el tirano Correa y la perdedora Cristina K., a quienes se suma la OEA, está de parte del infractor. Tampoco es de extrañar visto el respeto al estado de derecho y el desprecio por su pueblo de semejantes personajes. Pero lo que no tiene pase es lo de Estados Unidos y Europa. Mientras en Irán se masacra a la gente todos miramos al techo, o simplemente comentamos lo horrible que están las cosas en Irán y el calor que hace.
Y más patética aún es la reacción frente al tema chino, con 156 muertos (frente a uno en Honduras).

¿Y por qué debería la comunidad internacional decir algo? Obviamente, aunque parezca egoista, está en la naturaleza humana que te afecten más los problemas más cercanos. No podríamos llevar una vida normal si nos importara con la misma intensidad una inundación en China (esta vez en el sur, esta gente no da para más) que los problemas cotidianos. Tal vez lo mejor es dejar que ellos resuelvan sus problemas y sean dueños de su destino. Pero en todos los casos.
Lo que no tiene pase es la hipocresía con la que se evalúan daños y atentados contra los derechos humanos, contra la democracia, la paz mundial, el equilibrio planetario y la perpetuación de la especie por esa ficción que se ha dado a llamar la “comunidad internacional”. Yo, desde luego, no pertenezco a ella. Y no conozco a nadie que se sienta identificado con ella. Eso sí, su opinión cuenta, y es un argumento válido. “Oye, la comunidad internacional ha dicho que lo de Honduras es una barbaridad”. Y el día que la comunidad internacional nos diga que nos rociemos con gasolina y nos prendamos fuego nos vamos a convertir en antorchas humanas…

La eficiencia del control por las administraciones no solamente es material, es psicológica también y es tanto más efectiva cuanto más indefinida y global es la instancia que manipula. En las distancias cortas, los españoles seguimos sin emprender ninguna acción más allá de las establecidas, aceptadas, permitidas, con el sello de la autoridad y el beso en la frente de la convención. Más allá de eso: la locura. Y las etiquetas: exaltada, radical, exagerada, antidemócrata, ilusa, utópica… y facha, claro. Somos unos acomplejados.

La conclusión más inmediata es lo poco que nos gusta decidir por nosotros mismos, lo acostumbrados que estamos a tener un “pastor que guíe”, entre otras cosas para descargarnos del peso de la responsabilidad individual. Es mejor no hacer nada y tener a quién echarle la culpa. Además, hay dos factores que se complementan: la extraña enfermedad obsesiva de la izquierda que ve fachas en todo el que discrepa, y la hipocresía del tibio centro (centro-derecha o centro-izquierda, me da lo mismo, son taimados ambos), que para no verse cuestionado por quienes tienen las cosas claras, te señala con el dedo y te etiqueta de manera que tu opinión ya no sea escuchada.


Pero, al fin y a la postre, queda una esperanza. Tal vez la eficiencia del control sea la clave. Tan buen hacer terminará engordando tanto la maquinaria que acabará viniéndose abajo. Entonces, los huérfanos del intervencionismo XXL, no tendrán más remedio que asumir la responsabilidad de la elección individual.

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