La trampa de la libertad

Desde hace un tiempo me persiguen palabras. Son palabras torturadas que aparecen en mis sueños y me piden ser liberadas. La dejadez o la maldad hacen que se pervierta el lenguaje y los mismos términos tengan varios significados, o que diferentes palabras que no lo tienen se empleen para designar el mismo fenómeno generando confusión.

Cortoplacista… Es una palabra horrible que no expresa por completo lo que quiere decir porque es demasiado técnica. Debería utilizarse corto de miras. A uno le dicen “es usted un cortoplacista” y no pasa nada, pero si a uno le acusan de tener un punto de vista miope, o ser corto de miras, parece que le están llamando tonto. No es que vivamos en un mundo en el que la política económica de estos neokeynesianos sea cortoplacista y eso nos esté llevando al traste económico (que también). No se trata solamente de eso. Es que no se valora la perspectiva temporal, no hay futuro. Y no estoy señalando a los políticos, en general. Nosotros también estamos contagiados por ese virus. No miramos más allá de nuestras narices. De momento, voy por este camino y ya me plantearé las cosas más adelante. Después de 5 o 6 mudanzas sé que dejar algo “de manera transitoria” encima de una repisa quiere decir que ese va a ser el lugar elegido para ese objeto por siempre jamás, o hasta la siguiente mudanza. Improvisamos. Nos casamos sin saber qué plan de vida tiene el elegido, llevamos al altar al que creemos que va a durar, al que tiene una familia/aficiones/educación similares, pero no sabemos qué queremos hacer en el largo plazo… y menos a qué aspira él, y no hablo de cuestiones profesionales, sino de dos vidas. Votamos por motivos muy menores sin valorar lo que este partido o el otro es capaz de traernos a medio o largo plazo. Y después nos quejamos de que no hay valores en nuestra sociedad… después de hacer entrega de ellos en una urna.

Cuando te pones a charlar, con la tranquilidad con la que se habla sentaditos en la nube teórica de sociedades pluscuamperfectas en las que los tipos que ocupan la estructura del Estado se comportan racionalmente, con la ética por delante… o los que no lo hacen porque no hay Estado, se comportan igualmente bien, se te olvida la gente de a pié.
La gente que va en mi vagón del Metro, o espera en la fila del pescado, tiene preferencias respecto a qué quiere en la vida, y si no se lo plantea por sí sola, ya surgirá alguien que le pregunte.
De las preguntas más tramposas que me he encontrado es la que da a elegir entre libertad o protección. ¿Quiere usted asumir su responsabilidad sin botella de oxígeno ni red o prefiere la protección del Estado? Y entonces el pobre incauto se mira al espejo y ve a un tipo más o menos mediocre, con entradas marcadas y camisa de cuadros y cuando vuelve la cabeza hacia el Estado ve un slogan en una valla sonriente: “Somos el cambio”, “Yes, we can”, “No podemos conducir por tí”… hay un ramillete para elegir.
Mi obsesión es porqué razón la gente no quiere ser libre. Obviamente, tal y como está formulada la elección es porque prefiere estar protegida. Pero lo cierto es que esa NO es la formulación correcta, lo opuesto de libertad no es protección. Es IMPOSICIÓN.

La pregunta debería ser: ¿quiere usted elegirlo o que se lo impongan? Incluso si, ante una serie de circunstancias concretas, el mejor camino es el que te pretenden imponer, yo creo que la gente que va agarrada a la barra del autobús, prefiere elegir el paquete de galletas de oferta por sí mismos a que se la repartan por narices. La confusión de las palabras es el mejor remedio: disminuye la tensión que se le crea a un individuo cuando se da cuenta de que está eligiendo no ser libre, sino que le impongan lo que tiene que hacer.

Reconozco que está muy bien diseñado… ¿quién puede elegir no estar protegido? ¡y menos en una sociedad que “nos dicen” que es competitiva, global, impersonal…! En esas circunstancias viene un tipo que te sonríe desde un cartel y te dice “Yo te protejo, cuido de que seas virtuoso, y que los demás lo sean contigo”, y el hombre normal más o menos mediocre responde: “¡Qué bien!”.

Y ya no escucha la segunda parte de la frase “… dame tu dinero…“, ni la tercera “… y tu capacidad para defenderte…“, ni la cuarta “dame tus valores para que yo decida cuáles son los mejores para todos”… Y está bien, a corto plazo estás contento… epro cuando te vas a dar cuenta, te pillas a ti mismo en el bar comentando al tipo de al lado: “Es que ya no hay valores“. Eso es ser corto de miras. Eso es exactamente alguien con miopía mental.

Es la trampa de la libertad, la trampa en la que hemos dejado que caiga.

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