El tónico del doctor Rodríguez

Esta semana he publicado un comentario en la página del IJM sobre la crisis, pero desde una perspectiva “médica”.

En El médico a palos (Le médécin malgré lui, 1666), Molière pone en boca del matasanos las siguientes palabras

Encuentro que éste es el mejor oficio del mundo; puesto que se haga bien o se haga mal, siempre pagan de la misma forma: la cruel necesidad nunca cae sobre nuestras espaldas; y cortamos el patrón que nos place en la tela que trabajamos. (…)

Finalmente, lo bueno de esta profesión es que entre los muertos existe la honestidad y la discreción más grande del mundo: jamás se quejan del médico que les ha matado. (III,1).

Una reflexión acerca de estas palabras me llevan a una sorprendente conclusión: estamos muertos. Nuestros gobernantes, pretendidamente conocedores de la receta para la crisis, la medicina que aliviará nuestros males, la solución a la injusticia, la mejor formación para nuestros hijos, los valores que debemos defender para que haya paz y concordia, las medidas que evitarán la extinción de la especie y el deterioro de la Madre-Gea… son, como el médico de Molière, gobernantes a palos.

Y nosotros, me temo, igual que los pacientes del leñador Sganarelle, aceptamos cualquier diagnóstico y prescripción que explique, por más excéntrico que sea el argumento, el mal que padecemos. Y ahí tenemos al presidente del Gobierno y sus ayudantes, reunidos como en las series de médicos de televisión para llegar a un diagnóstico, afirmar que a las cajas de ahorro no les pasa nada, que en este mes que empieza el empleo iba a empezar a remontar y que nos relajemos y disfrutemos que si no, duele más.

Lo que me parece terrible es que no solamente los abstencionistas (que somos la tercera fuerza política a pesar de que nos ignoren), o quienes no votaron al partido en el Gobierno no salgamos a la calle, sino que los once millones de votantes que confiaron en las palabras del siempre sonriente Zapatero, sigan creyendo a pies juntillas los camelos del PSOE sin protestar. Entendería este apoyo si el paro discriminara y azotara solamente a todos los demás, si la recesión conociera la intención de voto de sus víctimas. Pero no es así: la crisis es para todos. ¿Cómo no están quienes votaron a Zapatero a las puertas de la Moncloa reclamando? En parte porque Zapatero se nutrió de los lobbies a quienes sigue jurando que les pagará lo que se debe en esta legislatura. ¿Y la otra parte?

La otra parte, junto con el resto de la población, pagamos al falso médico que nos pregunta cuál es la solución, en vez de tomar las riendas y hacerse cargo de la situación. Seguimos agradeciendo con nuestro voto al matasanos que cuando todas las voces de asesores de su partido, de otros, de organismos nacionales e internacionales, de economistas de a pie y de prestigio llegan a la conclusión de que probablemente el fallo de España es la falta de reformas estructurales, en especial del mercado de trabajo, se dedica a solucionar los problemas más inmediatos y visibles a golpe de gasto.

Las reformas estructurales sirven para reforzar la solidez de las bases, de los cimientos de nuestra economía: mercado de trabajo, sistema financiero, instituciones básicas. Y lo ideal es flexibilizar el mercado de trabajo para que si vienen las vacas flacas haya rotación, los inevitables parados encuentren cuanto antes trabajo, las empresas puedan volver a crear empleos, etc. Lo deseable es que se mejore la transparencia de las instituciones, limpiando de corrupción y despilfarro sus alfombras. Eso es lo que se hace en época de bonanza para evitar problemas cuando vienen mal dadas.

Sin embargo, lo que ha hecho el Gobierno es todo lo contrario. Ha dejado que nos coma la “osteoporosis” económica, que nuestros huesos (la estructura de la economía) se debilite y ha callado voces prometiendo gastar y gastar, es decir, nos atiborra de medicamentos (muchas veces caducados y contraproducentes) para que no sintamos el dolor. “Estas son las drogas que se utilizan en las necesidades urgentes”, decía el médico de Molière, engañando al padre de Lucinda.

¿Y ahora? Le queda el recurso a la cumbre del G-20 –como si fueran a hacerle los deberes–, la esperanza de que los demás tiren de nosotros y apuntarse el tanto, y que nos curemos solitos para convocar una rueda de prensa y afirmar: “Ya lo decía yo”.

Tal vez sea la hora de que los “enfermos” empecemos a exigir un cambio en el cuadro médico. O la demolición del hospital.

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