Domingo de la mujer trabajadora

Por poco que escriba (ya expliqué la sobrecarga laboral) no podía dejar pasar la ocasión. Hoy es EL DÍA DE LA MUJER TRABAJADORA. Y a mí, al mirar a mi alrededor, casi me dan ganas de pedir perdón.
Estos “días de”, en general, me dan una vergüenza ajena enorme. Ya sé, debe ser una tara mía. Pero yo soy de esas personas que no se emociona el día de los enamorados, ni con la llegada de la primavera al Corte Inglés. Las celebraciones “todos-a-una” no me apasionan. Prefiero las juergas improvisadas que salen como de la nada y acaban en algo inconfesable.

Entiendo los días de la banderita, contra el cáncer, y cosas así, en los que todo está claro. El mensaje es “deme dinero para ayudar a quienes no pueden pagar su tratamiento”. Y si te fías lo das, y si no, pues no. Pero no hay más.

En el caso de otros “días de” la cosa se agrava. No es una fiesta. Es un acto oficial. Las autoridades fruncen el ceño, se ponen serios y se dan palmaditas en el hombro por los logros obtenidos en esta legislatura (la mía). Además se recopilan tremendas estadísticas que justifican la denuncia que se reivindica con el día en cuestión. Y no es que menosprecie el dolor de los niños, o de las mujeres, o de los ancianos. No hay que olvidar que fui niña y que soy mujer. Así que me resulta bastante fácil el ejercicio de empatía en esos casos.

Pero reconozco que hoy, en concreto, me siento fatal. La sociedad vive una especie de disonancia cognitiva. Esta idea de Leon Festinger explica que cuando las personas actuamos en contra de lo que verdaderamente creemos necesitamos justificarnos. Es aplicable a todos los ámbitos. Y en este caso, creo que la celebración del día de la mujer trabajadora es una manera de justificar muchas cosas.

La señora De la Vega se va a Liberia a celebrarlo, el presidente Zapatero se declara feminista (no sabe lo que es) en apoyo a la ministra Aído (que tampoco sabe lo que es), y a todos se les llena la boca clamando contra la violencia hacia la mujer, los problemas de las mujeres que trabajan, la conciliación familiar, el derecho o no al aborto y mil cosas más. Hay un maratón a ver quién apoya más a la mujer trabajadora y liberada. Y otro, por parte de las mujeres, a ver quién da más el perfil de mujer del siglo XXI.

Este gobierno, que será recordado por destruir la igualdad ante la ley de ambos sexos (dos, no cuatro), por implantar una asignatura en la que enseñan que el sexo es algo cultural, que se propone que las niñas de 16 años tengan prohibido beber alcohol (no les vaya a dar un coma) pero puedan abortar sin consentimiento paterno… celebra el día de la mujer trabajadora, el día de la igualdad INEXISTENTE de la mujer y el hombre.

Las abuelas de la guerra y de la posguerra eran discriminadas ante la ley. Trabajaban como mulas de carga, aguantaban que sus maridos e hijos fueran a la guerra y no volvieran, sacaban hijos adelante haciendo lo que fuera, y no tenían un día especial de nada. De todas las mujeres que vivieron la guerra o la posguerra que he conocido, ni una se me quejó. “Es lo que tocaba”. Alguna abortó de mala manera, alguna trabajaba en el extraperlo, alguna se divorció (antes de la guerra), alguna era cornuda sabiéndolo y se aguantaba, alguna tejía y vendía jerseys a escondidas del marido para comprar leche para los pequeños, alguna no pudo hacer una carrera universitaria porque su padre decidió que tenía que casarse. Es lo que les tocó. Y no era justo.

Cuando hablaba con ellas de la igualdad de la mujer, de la mujer en la política, de la mujer moderna, con esa rebeldía miope típica de jovenzuelos, me miraban y sonreían. Menos mi abuela que directamente soltaba la carcajada: “Ahora no sabéis hacer la o con un canuto, no sabéis sobrevivir, tu no sabes lo que es una mujer”. Ella reconocía que no era justo lo que muchas de ellas vivieron, enrojecía de rabia hablando de eso, pero el planteamiento del feminismo de despacho y la cursilería le superaban, y de eso hace ya algunos años.

Una vez conseguida la igualdad ante la ley, la lucha del feminismo debería ser defender que cada mujer se haga responsable de sus actos, y de sus omisiones. Crear grupos de presión privados, voluntarios (como en las pequeñas comunidades de vecinos), que ayuden a la que no sabe cómo salir de la casa del maltratador, ayudar a buscar apoyo legal, denunciar cuando la ley no se cumpla. No hay mucho más. ¿Y si no me aceptan en una empresa privada por ser mujer? Creemos empresas para mujeres. Busquemos otros trabajos. Seamos mucho más eficientes que los hombres para que el empresario vea claro que está perdiendo. Pero esos silencios, esa dejadez esperando la nueva ey que subvencione, que coarte la libertad del empresario, de manera que se me den por ley lo que no tengo valor para reclamar, es fomentar la irresponsabilidad de las mujeres y, lo que es peor, hacerlas dependientes para siempre del Estado proveedor de leyes, remedios y dineros.

La situación actual es bochornosa para la mujer. La que elige por principios, o porque le da la gana, quedarse en casa, cuidar de los hijos, y si tiene dinero para contratar ayuda, peor aún, es mirada con una mezcla de asombro y desprecio por muchas otras digno de estudio. ¿Qué mujer puede erigirse en juez de las demás? ¿Soy yo mejor mujer por trabajar que la que no lo hace? Pues no. Ni al revés.
El maltrato es aún más delicado. En el siglo XXI, en un país tan super-vanguardista como España de las Multiculturas, el hombre es culpable por razón de su sexo. Es inferior ante la ley. Cualquier amenaza de una pareja de un ex es delito si proviene de un hombre y falta si se trata de una mujer. ¿No es como para avergonzarse de un día como hoy?
Los hombres maltratados psicológicamente, humillados, manipulados, expoliados por abogados de ex-esposas con más cara que espalda, apenas pueden ver a sus hijos, como si la misión del padre fuera irrelevante.

Se sobrevive sin padre… y sin madre. Pero no por ello hay que elevarlo a categoría familiar. Monoparentales, extendidas, el número de tipos de familias en los manuales de Educación para la Miseria de Nuestros Niños es creciente, a ver quién da más. Se sobrevive casi de cualquier manera, se dan casos excepcionales, pero ¿hay que generalizarlos? El otro día pensaba en esto y me acordé de Mowgli: un niño criado primero por una manada de lobos y después por una pantera y un oso. Sobrevivió y le fue bien. ¿Habría que legalizar la adopción de niños por lobos, panteras y osos?

En un día como hoy, reivindico más que nunca la igualdad de hombres y mujeres ante la ley.

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