Suciedad anónima

El cuarto mundo está poblado por los pobres de la riqueza. Como isótopos radioactivos, deambulan por las calles, por los parques, por los metros, sin parar, a paso lento, contaminando las ciudades luminosas y modernas sólo con su presencia permanente.

Miseria de nadie y, por eso, de todos. La libertad y la responsabilidad, sentadas una al lado de la otra, son la misma para ti y para mi. Mis duelos y quebrantos son tan míos como tuyo tu recorrido desde el centro del sistema, pasando por esa terrible zona fronteriza, hasta llegar más allá, hasta carecer de casi todo, excepto de tu capacidad de asumir quien eres y quien no y tu mirada de frente. Y me digo a mi misma si no es finalmente lo único real que nos queda a todos.

Por encima de la envidia, la maledicencia y la hipocresía, reina la indiferencia en las miradas de la gente. Te miro a ti, compatriota mayor de edad con derecho a voto. Te miro las manos tan sucias que se dirían hechas de cartón en lugar de piel. Miro tu pinta de guarro, tus ojos negros ausentes que me acusan inconscientemente. Eres el inframundo de mi mundo. No me siento culpable pero me incomoda sentarme a tu lado en el Metro. Me pillo a mí misma pensando cosas terribles. ¿Cómo has llegado a esto?¿Me puede pasar a mí o estoy a salvo de la quema? ¿Serás honrado o robas para comer?

No hueles a alcohol, aunque tienes la mirada perdida bajo los párpados entornados. Hueles a suciedad de largo alcance, de por vida y anónima.

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