Verdades incómodas

Hay una serie de personajes sueltos por el mundo, escasos, aislados, que se dedican a decir la verdad a bocajarro, con nocturnidad o a plena luz, sentados o de pié, con finura o groseramente… pero siempre de manera brutal e incómoda. Porque hay verdades que aunque trates de endulzarlas son brutales e incómodas. Son estas cosas que todos sabemos pero no miramos, o no todo el tiempo, porque nos bloquearía, o no sabríamos qué hacer con ellas. Tal vez porque necesitamos vivir en un micromundo de problemas cotidianos abordables y así hacernos la ilusión de que podemos hacer algo,que no somos tan impotentes.

Estas personas terminan atrincherándose en la incomodidad que saben que producen y acaban en el apartado de “raros” o “insociables”. A aquellos que osan enfrentarse se les denigra. Es fácil, estamos dispuestos a creer lo que sea del diferente, y más si lo es porque dice cosas que nos incomodan, que nos fuerzan a tomar posiciones (con lo mal visto que está eso en el océano de relatividad en el que flota nuestra patera).

No es que siempre tengan razón, sus opiniones son eso, opiniones, refutables. Pero su punto de vista lleva a que la mayoría de la gente simplemente les dedique insultos, o les tache de exagerados, de radicales, o de impresentables, en vez de pararse a pensar qué se puede aprender de ellos. En muchos casos, se copian las ideas de la persona “impresentable”, se presentan como propias y se lleva uno las flores.

A esta gente tan poco común (ellos solitos se identificarán) les dedico esta tira cómica de Dilbert:

Traducción libre:

– ÉL: ¡Voy a ir a un seminario en el que me van a enseñar cómo conseguir un millón de dólares!

– ELLA: Es un timo.

– ÉL: ¿Cómo puedes saberlo?
– ÉL: Ni siquiera te he dicho el nombre del seminario.
– ÉL: No puedes estar segura de que es un timo si no sabes ningún detalle del seminario .
– ÉL: Tu sólo quieres aplastar mis esperanzas para que sea como tú.
– ÉL: ¡Pero no va a funcionar porque tengo sueños! No me voy a convertir en un cínico amargado y fracasado como vosotros dos.
– ÉL: Yo seré quien ría el último cuando pague la matrícula y aprenda “cómo convertir 100 dólares en un millón”.

– CONFERENCIANTE: Invierta 100 dólares a un interés del 5% y espere 190 años. Gracias por venir.

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