Mirando al techo: Olímpico Desprecio

Con retraso, desde una conexión y un portátil prestados, quiero invitar a todo el mundo a visitar el blog Olímpico Desprecio (un blog contra las Olimpiadas de la vergüenza).

Cuando Carmelo Jordá propuso esta idea no pude evitar pensar ¿para qué? ¿a quién llega?¿qué vamos a evitar? No puedo negarme a determinadas cosas, y en concreto a Carmelo, por su calidad como persona y como profesional, resulta especialment difícil. A pesar de apuntarme, junto con estupendos bloggers (Santiago Navajas, Antonio José Chinchetru, José Carlos Rodríguez, Nicholas van Orton, Caco Reguera, Elentir, Humberto Vadillo, Luis I. Gómez, Juan Morillo, Dodgson Lluís, Alberto Illán, Luis Coase, Manu Llamas y el propio Carmelo), esas preguntas y otras parecidas seguían revoloteando entre olivos, piscina, familia, pipirana y gazpacho.

La respuesta está relacionada con el título. Era de esperar que los presidentes cedieran ante la amenaza china de cancelar contratos de mucho dinero, poderoso caballero… Era de esperar que los políticos se hicieran los tontos, más o menos, y que los ministros y los príncipes hicieran como si no pasara nada. Era de esperar que la prensa, a pesar de sí dar cuenta de las protestas (más morbo, más sustancia, más sabor), no renunciaran a emitir los Juegos de la Vergüenza. Todo lo que está pasando era de esperar. No es nuevo. Hitler nos enseñó hasta qué punto podemos o no cruzarnos de brazos y seguir mirando al techo… o al euro.

En mi caso, Olímpico Desprecio es lo único que está a mi humilde alcance, y no puedo mirar al techo y criticar a quienes lo hacen. Quede mi reflexión, sin ánimo de pontificar ni de sentar cátedra, como testigo de mi alarma (inocente, lo más probable, pero ya dice Horacio que la inocencia es el principio de la virtud y soy una aprendiz) y de mi indignación.

China es un país donde el Partido Comunista lesiona las libertades civiles y económicas de sus habitantes, el mismo Partido que ordenó la masacre de Tiannamen y ante el que nos hemos escandalizado cuando no había tanto dinero por medio. Ninguno de los que lo tenían en su mano le ha puesto el cascabel al gato. ¡Qué oportunidad perdida! (otra más…).

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