Mujercitas… más allá.

Decía al final de mi anterior entrada que me decantaría por el tema que más me afectara actualmente para escribir mi comentario del Instituto Juan de Mariana. Mujercitas habla del feminismo totalitario. Eso es lo que más me preocupa. Por el calado que tiene. Hay cosas que se me quedaron en el tintero y que me gustaría matizar.

¿Por qué Camille Paglia y Wendy McElroy siendo mujeres pueden darse cuenta de la barbaridad que supone ese feminismo totalitario para la socieedad y las mujeres españolas no?

Cierto que para decir las cosas tan claras como Camille Paglia hay que ser honesta como ella: bisexual que defiende al hombre masculino frente a la versión metrosexual tan de moda; feminista contra la acción afirmativa; atea que respeta la religión; piensa que el jihadismo es un peligro real e inminente para Occidente y, a pesar de ser demócrata, no le gusta su partido.

Para McElroy, estas medidas hacen más mal que bien. En primer lugar, porque limitan la libertad al obligar al empresario a contratar a mujeres, arrebatándoles la capacidad de decidir sobre su propiedad. La libertad tiene riesgos. Toda elección entraña discriminación, eliminas una opción para quedarte con otra. Y cuando la elección del empresario no cuadra con los objetivos de los políticos, algo hay que hacer, aunque para ello haya que pisotear la libertad del empresario.
Tampoco el argumento de la justicia compensatoria es válido. No se trata de que aquel que inflija un daño lo repare, sino que las feministas totalitarias defienden que son los hombres descendientes de quienes siglos atrás no trataron a las mujeres de entonces como iguales ante la ley, quienes cargan con la responsabilidad de resarcir a las mujeres de hoy, incluso si ya existe la tan ansiada igualdad.

¿Por qué Thomas Sowell, economista negro, es mirado con perplejidad cuando denuncia el daño de las políticas afirmativas y de la discriminación positiva, que pretenden acabar con la discriminación y son tan dañinas para todos y los analistas españoles andan con la misma monserga todavía?

El economista Thomas Sowell, en el artículo The Grand Fallacy: Equating Male-Female Differences in Salary with Discrimination, publicado en el Capitalism Magazine apunta que las capacidades potenciales de diferentes grupos no tienen por qué ser iguales, y que incluso si lo fueran, cada uno de ellos podrían no tener interés en desarrollarlos completamente, o de la misma manera que otros. También explica Sowell que la discriminación positiva, tal y como sucedió con la discriminación racial, solamente va a servir para que se vea cuestionado el trabajo de cualquier mujer y para que, al exigirles menos para poder cumplir la cuota, se convierta en una profecía autocumplidora.

Las políticas del Instituto de la Mujer denigran al hombre porque le discriminan. Pero también denigran a la mujer. La atan a la cadena de la subvención, la hacen dependiente de Institutos y Observatorios de la Mujer, fondos europeos, nacionales, autonómicos, locales (solamente el Instituto de la Juventud concedió 82.500 euros a la Federación de Mujeres Jóvenes en el año 2007). Y lo que es peor, la hacen responsable de atentados contra la libertad de empresarios (hombres y mujeres), pretenden adoctrinarla en esa Nueva Mujer Ideal, asexuada, alejada de la maternidad responsable, que no está orgullosa de ser lo que es, una mujer, diferente de un hombre, de un cyborg, que no necesita un comité de sacerdotisas al servicio de los políticos que le digan qué hacer, cómo, con quién, a quién votar, qué anuncio ver, qué comer, cómo vestir o qué fantasía sexual es adecuada…

No son los hombres tienen que salvarnos de esta barbaridad, de esta manipulación y este atropello. Somos nosotras las que tenemos que parar los pies a quienes nos humillan de esta manera, haciéndonos sentir mujeres de segunda solamente porque no participamos de su mente totalitaria y soviética. No en vano recordaba en mi comentario las palabras de Marx y Engels en el Manifiesto Comunista cuando afirmaban:

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