El peso de la fama

Que los Aznar no se separan. Más aún. Que van a iniciar acciones legales contra quienes hayan difundido semejante calumnia. Por Dios, don José Mari, que no es para tanto. Si su pareja es tan feliz ¿qué más le da que digan misa de ocho días? ¿no hay nada mejor a que dedicar su tiempo y energía con la que está cayendo? Son cosas de la fama. Léase el artículo de Gabriel Zaid El Secreto de la Fama en Letras Libres y seguro que lo entiende mejor.
Empieza Zaid por esbozar el origen del fenómeno, que no siempre apunta a héroes, sino que a veces es buscada por imbéciles que se hacen con ella a base de prender fuego a los templos (como el de Artemís en Éfeso) o, en nuestros días albergar el mayor volumen de silicona en el cuerpo de una, y cosas así.

Cuenta también cómo Marx, después de haber denunciado ser víctima de una conspiración (si alguien creía que los conspiranoicos son una tribu moderna que sepa que no es así), planifica él mismo una para darle más bombo a su infumable y errada obra El Capital:

“Del celo y la habilidad de mis amigos de partido en Alemania depende, pues, el que el segundo tomo aparezca pronto o se retrase […] no depende de las verdaderas críticas, sino, para decirlo lisa y llanamente, de que se sepa agitar la cosa, armar mucho ruido”

(en cartas a Kugelmann del 28 de diciembre de 1862 y del 11 de octubre de 1867, traducción de Wenceslao Roces).

Ya sabemos de dónde salió la feliz idea del “Pásalo”. ¡Vaya tela!

Pero como dice Gabriel Zaid, el deseo de fama nace ante la imagen ilusoria de una plenitud inmortal. Y cuando uno se mete en política, encabeza un partido, se promociona como presidente, gana y ejerce durante dos legislaturas, sabe de sobra que tiene la fama como inevitable compañera. A qué ahora tanto aspaviento. Seguro que sabía don José Mari que hoy en día apenas existe la gloria, y que ésta no se busca… se presenta:

Un día espectacular en su belleza diáfana es glorioso, no famoso, porque su gloria es inmediata, pasajera, inherente a su propia manifestación. No es la gloria evocada en un poema, un cuadro, una película, por muy análoga y evocadora que sea. Menos aún la fama del nombre que se repite ciegamente para referirse a glorias que se dan por supuestas, pero no están a la vista. La gloria inmediata es una forma de revelación, como la belleza, la verdad, la autenticidad, la heroicidad.

No nos hagamos los dolientes por unos dimes o diretes de nada… más se dijo de Elena y Jaime, de Letizia, de Diana… ese rasgón de las vestiduras pueden malinterpretarse, son una mueca exagerada. Al fin y al cabo, son gajes del oficio.

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