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El miedo

28 enero, 2016

                                                  
 
El miedo es, sin duda, el enemigo a batir.

Te lleva a creer que amas, por miedo a la soledad, o a creer que no amas,  por miedo a la sociedad. Te empuja a que cumplas tus peores predicciones, a que irrumpas en los peores escenarios e inspira tus peores actos. El miedo a saber, o a no saber, nos lleva a tapar lo que percibimos, a negar esos momentos de lucidez disruptiva, a renegar de la intuición, a quedarnos con la explicación de todo el mundo, con la guía turística de la vida que te cuenta lo que hay que ver a grandes rasgos, pero no te deja saborear de los lugares y las gentes más puros, únicos, auténticos. 

El miedo al dolor, a extrañar la mano, la mirada y la presencia, te susurra al oído “déjalo ir, no mires, no escuches, no sientas”. Palabras que en realidad significan “no vivas” o tal vez, no vivas tanto, no del todo. Como si solo lo amable fuera aceptable, como si lo feo no fuera también parte de la hermosura de la vida, como si las lágrimas derramadas fueran menos amor torrencial que la pasión y la felicidad compartida. Ese miedo que nos lleva a gritar “deja ya de manar” a la sangre que brota incesante de la herida. Para, que no puedo más. Para, que tengo miedo a dejar de sentir, anestesiada por el propio dolor.

Ese terrible enemigo del ser humano es como el veneno, que te salva la vida cuando se administra en pequeñas dosis, pero resulta letal de otra manera. En general, no estamos acostumbrados a manejarlo. Por eso nos inventamos a Thor, dios del rayo, para que explique lo que no alcanzamos a entender. Porque la incertidumbre y la ignorancia da vértigo. Y es más fácil identificar nuestra ignorancia con un dios cruel o bondadoso que aceptar que, sencillamente, no sabemos, que todo puede ser, que tal vez la tierra es como la veo, según donde me sitúe, y puede hasta ser plana. Esa sensación tan incómoda que tenemos ante lo que ignoramos, como si cualquier cosa pudiera valer y te tocara elegir tu propia respuesta, con la responsabilidad que eso implica. Esa elección que quienes tienen fe han resuelto de un plumazo (eso dicen ellos): “Mi fe me ayuda en estas ocasiones”. Y se agarran al relato religioso de la trascendencia o de cualquier otra cosa fuera como si fuera el árbol para el koala y así se eliminara la humanidad del misterio que nos impone nuestra condición limitada. 

Como la hiedra, el miedo echa raíces y, si no lo extirpas de cuajo y dejas pasar el tiempo, levanta tus cimientos y toma posesión.

Combatir el miedo es asumir las limitaciones y tener fe en algo que no está fuera sino dentro de ti. Una fe en algo que no vemos pero que asimilamos como algo cierto, incluso sin que medie una teoría científica demostrada, aceptada. Es columpiarte en el trapecio sin red y saltar al vacío esperando tu mano, la que no veo pero está.

La ausencia

9 enero, 2016

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Se me ocurre una idea para una entrada en el blog. Y en lo que lo abro… se va… ¿dónde se va? al mismo sitio que los calcetines que se traga la lavadora… al mismo sitio que los momentos perdidos… al mismo sitio que las horas no dormidas, los sueños no recordados y la cordura cuando se pierde aunque sea por un instante….

Es el lugar que algunos llaman eternidad. Porque cuando uno pierde la cordura por un instante ya no se olvida ese momento. Incluso una vez recuperada la sensatez y el equilibrio, el recuerdo de la espiral oscura en la que entra la mente, la visión tenebrosa de uno mismo al otro lado del espejo del dolor, permanece dentro de nosotros para siempre.

En esa eternidad, ese plano en el que no existe tiempo ni espacio, compuesto por algo que ignoramos, que intuimos, pero que no conocemos, algo en lo que solo se puede tener fe, religiosa o no, no encontramos un sitio, no nos sentimos a gusto. Casi nos aterra. Nos agarramos a los calcetines que se quedaron, al recuerdo de los momentos vividos y al equilibrio ficticio que nos rodea. Y lo sancionamos con totems que muestren a los demás que fue real. Guardamos cartas, fotografías, contratos, anillos… nos apresuramos a seguir las pautas que hacen de nosotros gente normal… escribimos los sueños para que no caigan en el olvido. ¿Pero qué pasa con lo que no es registrable?

La ausencia que duele tanto deja paso al olvido suavemente. Se desdibujan los rostros, se pierden las palabras, se modifican los recuerdos, y un día, sin darte cuenta, ya no lo recuerdas más. Solamente a veces, cuando un pequeño detalle, un olor, una canción, te sacuden la memoria, aparece de nuevo el recuerdo, deslucido, en medio de la bruma del tiempo, inoportuno, para decirte que has olvidado aquello que en un instante de tu vida era el presente.

 

Lección de Año Nuevo: la distancia no es el olvido

4 enero, 2016

La persona de la que hablo merece mucho más que una entrada en un blog personal. Merece todos los artículos de prensa, todas las notas de Facebook y todos los comunicados de think tanks y universidades que se han publicado, y algunas más. Juan Carlos Cachanosky me fue presentado intelectualmente cuando elaboraba mi tesis doctoral hace ya muchos años. Mi director (y gran amigo, para suerte mía), Carlos Rodríguez Braun, me dijo: “Para el capítulo de la Escuela Austriaca y el uso de las matemáticas tienes que leer la tesis de mi amigo Juan Carlos Cachanosky”. Y me dejó en custodia los números de la revista Libertas donde Juan Carlos había publicado. “Te vas a reprografía, lo fotocopias y me lo devuelves. En media hora tienen que estar los números en la estantería”. “Pues debe ser un genio este señor”, pensé. Y así era.

Le reencontré en sus artículos y escritos mil veces, pero no tuve ocasión de saludarle hasta una universidad de verano del Instituto Juan de Mariana, en Aranjuez, hace unos diez años. Me acerqué a saludarle y le expliqué que era discipula de Carlos, que nuestras tesis eran primas hermanas (la mía, mucho menor en todos los sentidos) y, para mi sorpresa, me sonrió como si hubiera encontrado a un habitante de su mismo planeta. Y así era. 

Supe de la enorme labor en la Universidad Francisco Marroquín, todo lo que esa universidad le debe, el aprecio de sus alumnos y compañeros de allí, y de su partida. Supe de su aventura y apuesta personal en Corporate Training y CMT Group, donde seguía luchando por sus ideales y su modo de hacer las cosas. Y nos reencontramos en un seminario del Liberty Fund, dónde si no se reencuentran los liberales del mundo. Estuve 24 horas pensando que era su hermano Roberto, fantástico periodista, valiente como son los Cachanosky, con quien tuve la suerte de participar en un programa de radio online a tres bandas junto con José Benegas: uno en Miami, otro en Buenos Aires y yo en Madrid. Al enterarse de mi confusión creo que se compadeció de mí y para que me sintiera mejor me contó todas sus confusiones y torpezas. “Te gustaría dictar un curso con nosotros?”. Pensé que tenía que ser fantástico asomar la nariz en una empresa como la suya. Y así era.

Y ahí empezamos una relación laboral en la que jamás dejó en el cajón del olvido una idea, o me cortó las alas. Era impensable Juan Carlos (o Charly, como le llama todo el mundo) sin Wenceslao, y sin el equipo de CMT Group. Una tribu de mentes y corazones capaces de todo lo que se pongan por delante, generosos y trabajadores, del que me siento parte sin haber estado jamás allí. Pero Juan Carlos, además, me conectó con los profesores de CMT Group, algunos de los cuales ya conocía pero otros no, con Swiss Management Center, con Barbara Kolm, Fede y Agos, con los alumnos de sus maestrías, que con motivos le adoran y que han llenado sus muros de Facebook con condolencias para la familia. Y también conocí, al menos vitualmente, a sus tres hijos: Nicolás, Iván y Alejandra, de quien estaba tan orgulloso y que son, cuando les miro desde aquí, un trozo del padre. Pero creo que la lección más importante, la deuda más grande que siempre tendré con él es la actitud, no solamente hacia quienes quieres y te quieren, sino hacia quienes no lo hacen. Esa caballerosidad, elegancia y templanza de quien tiene visión y principios. 

Por eso, cuando el 1 de enero me enteré de su partida, y Pedro Schwartz me dijo: “Él merece que sus proyectos salgan adelante y debemos ponernos a ello”, pensé que Juan Carlos me seguía enseñando. Esta vez la lección es que la distancia no es el olvido. Y nunca lo va a ser. 

El amo del castillo (dedicado a Rafael Correa)

8 diciembre, 2015

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“Para tener enemigos no hace falta declarar una guerra; solo basta con decir lo que se piensa”. Martin Luther King

 

Nada más bajar del avión encendí el móvil y conecté la recepción de datos. Esperaba mensajes de familiares, alguna mención en Facebook de amigos latinoamericanos con los que acababa de compartir un seminario en Cuernavaca, y poco más.

Pero resultó que el presidente de Ecuador, Rafael Correa, tuvo a bien mandarme este comentario en Twitter:  Por favor, lea bien mis declaraciones para que no haga el ridículo. Un abrazo desde la tierra de la esperanza, Latinoamérica.

E inmediatamente después una horda de correístas me dedicaban todo tipo de improperios (el que más me gustó fue sátrapa internacional) aludiendo a mi ignorancia, entre otras cosas. No es extraño, solamente es una muestra de la cantidad de lamebotas que hay también en Ecuador.

El presidente, a diferencia de sus fanboys, con toda educación me instaba a leer sus declaraciones. Todo empezó porque yo había hecho un comentario acerca de una fotografía que ilustraba el siguiente titular: @MashiRafael asegura que decisión de la OPEP pretende perjudicar a #Ecuador, #Rusia y #Vzla►ow.ly/VwEnP pic.twitter.com/fhwOJ0tlhh

En vista de lo cual, decidí buscar la noticia, no fuera a ser que Rafael tuviera razón, el titular malinterpretara las declaraciones y yo estuviera en un error. Tampoco habría pasado nada: me enseñaron a disculparme desde niña. Pero no es el caso. Porque esto es lo que dicen todos los periódicos en entrecomillado, es decir, transcribiendo las declaraciones de Correa en Francia:

“Lo de la OPEP es incomprensible. Sólo se puede entender desde un punto de vista geopolítico. Perjudicar a Irán, perjudicar a Rusia, perjudicar a Venezuela, probablemente a Ecuador, y beneficiar a Estados Unidos, que está en año preelectoral”, señaló el mandatario a su vuelta de su viaje oficial a Francia.

Señor presidente, ¿me podría aclarar a qué declaraciones se refiere? No espero, desde luego, que sus esbirros, se disculpen. Pero sí creo que usted o su community manager, deberían ser más rigurosos con la verdad. Porque lo cierto es que usted ha escandalizado a la opinión internacional por su ataque contra la libertad de expresión, juega con la idea de acabar con la dolarización para poder devaluar (y seguir gastando), muy a pesar suyo ha tenido que posponer la idea de que su permanencia en el poder sea aprobado por la Constitución, y es un dictador con vestiduras democráticas, con más formación que los demás presidentes bolivarianos, pero imponiendo las mismas políticas populistas.

Le insto a que observe lo que ha pasado en Argentina y Venezuela (¿ha felicitado ya al pueblo de cada uno de esos países por la liberación?). Sobre todo, fíjese la pobreza en que han quedado fruto de unas políticas populistas como las suyas. Dé una oportunidad a la libre empresa ecuatoriana. Haga de Ecuador el país que los ecuatorianos se merece: rico, libre, abierto. ¿Por qué no?

Yo entiendo que usted llegó al poder a hombros de corruptos, y me refiero a los gobiernos corruptos anteriores al suyo que hartaron al pueblo y le encumbraron a usted como alternativa. Es curioso que sea el mismo caso que en otros países bolivarianos. ¿Por qué no ser el primer caso en el que un presidente populista decirde aplicar políticas diferentes y devolver las riendas de su vida a los ecuatorianos, y dejar que el gobierno asuma la responsabilidad subsidiaria con los más necesitados? Sería un ejemplo para todos, empezando por España. Y desde luego, Latinoamérica se configuraría, como usted sugiere, como la tierra de la esperanza, que ya empieza a ser después de la caída de Cristina y Maduro.

Yo le deseo libertad y prosperidad a su país y a toda Latinoamérica.

París y la confusión

15 noviembre, 2015

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Que sí. Que cada mes hay un atentado en algún lugar del mundo. O cada semana. O cada día. Pero resulta que París es una ciudad vecina, donde muchos tenemos amigos viviendo, o tenemos amigos franceses en España, otros tienen familia, muchos más aún tienen un recuerdo. Es cercana. Y, lo lamento, pero el ser humano está configurado para sentir más dolor por el daño cercano que por el más alejado. Le pasa algo a alguien de tu familia y lo sientes casi en tu piel, si es de tu barrio te duele pero no tanto, si es de tu ciudad sientes que podría pasarte a ti, si sucede en un lugar remoto donde nunca has estado y donde no hay similitud en cultura o forma de vida, claro que te impresiona y te dueles por el ser humano al otro lado del planeta que sufre, pero no de la misma manera. Y si cada día hay un atentado en un lugar remoto, es terrible, pero nos acostumbramos y apenas oímos exactamente que dijo el del telediario sobre nosequé bomba nosedónde. Lo de París, además de cercano, nunca había sucedido.

Así que quienes os escandalizáis, insultáis y os horrorizáis porque la gente en facebook pone una bandera francesa y no pone cada día la bandera del país donde se ha producido un atentado, por más que éste haya sido sangriento, injustificado, brutal… conceded, por favor, a la sociedad el ser simplemente humanos, defectuosos, que sienten más lo que está más cerca. Claro que muchos lo harán para que lo vean los demás, hipócritamente. La hipocresía es la verdadera reina de Occidente y también muchos de quienes mostráis una actitud escéptica lo hacéis por lo que se suele llamar “postureo”.

Una persona puso una foto de mal gusto en facebook y lo reporté. Me cayó la del pulpo. En primer lugar, ella se sintió halagada y aprovechó su momento de gloria para exhibir complejos. Era esperable. Pero lo que me sorprendió, y he tardado en saber la razón, es que quienes me afeaban haber denunciado la foto, que me pareció repugnante en ese momento de dolor tan terrible, no se dieron cuenta de que mi indignación se debía al dolor de la gente, no de los gobiernos. Yo me escandalizaba por la falta de delicadeza hacia las personas que estaban llorando a sus familiares y amigos, a las personas asesinadas. Y ellos hablaban de cuestiones que a mí, en ese momento, ni me iba ni me venía. En la foto, Hollande hablaba con Obama y le comentaba que ya se había ocupado del “auto-atentado”. Obama le respondía que muy bien, que ya podían cerrar las fronteras. Claro que no sé si realmente los gobiernos están matando adrede a sus ciudadanos, a cientos, para cerrar fronteras. Tampoco sé si existen los reptilianos. Es muy fácil difundir una teoría de la conspiración y despreciar al que no la comparte con el argumento: “Tú también estás engañado”. Yo creo que hay que mantener un punto de cordura. Pero sobre todo de respeto al dolor ajeno de la gente, de las personas. Y no me vale despreciar ese dolor blandiendo la bandera de la sangre de otros (“¿Y qué pasa con la sangre de los sirios bombardeados por Occidente y por Francia?”). No justifico bajo ninguna circunstancia un atentado terrorista.

Otro de los fenómenos que se han producido es que si lamentas el atentado eres considerado por muchos un idiota que confía en que el Estado te protege. Y esto me preocupa más. No me importa que se cuestione si defiendo o no la libertad simplemente porque exprese mi repulsa ante un atentado. En realidad no me importa que se cuestione nada acerca de mí. Me llaman de todo hace mucho. Pero me preocupa porque veo que en general se confunde al pueblo con los gobernantes. Incluso quienes tienen más claro que los políticos hace tiempo que no representan a los votantes (incluso siendo votados por ellos), porque mienten, engañan, manipulan por debajo de cuerda, etc., incluso ellos están cayendo en la trampa. Y ya hay “sus muertos y los nuestros”. Ya hay merecimiento y justificación de la violencia terrorista, por lo que hace Hollande, por lo que hizo el otro o por lo que hará el de más allá. Y a la vez, la esquizofrenia social, les lleva a diferenciar con mucho cuidado a los políticos de Siria con el pueblo sirio que huye y busca refugio. En ese caso sí se distingue pueblo/gobernante. En el caso francés, el atentado está justificado por las acciones de la OTAN.

Yo por mi parte sigo pensando que las organizaciones que dicen defendernos no lo hacen y que estamos atrapados en un sistema insano en el que la falsa representatividad y la pantomima del sistema electoral lleva a las personas a abandonar su capacidad de expresarse y casi de pensar. Por eso, gente adulta que toma decisiones relevantes con responsabilidad, que asume riesgos en su vida, de repente ya no están seguras de si hay que rezar por París, si dolerse por el atentado les hace cómplices de la OTAN o qué.

Este sinsentido se repite cada vez que hay un atentado, un ataque armado, una catástrofe. Es una situación que daña la capacidad de reacción de la sociedad civil. Alguien se preguntaba por qué nadie se había lanzado contra el tipo armado que les iba a matar. Falta de costumbre. No nos defendemos, pero lo que es peor, ni se nos pasa por la imaginación hacerlo sin permiso.

Las acusaciones, la justificación, la confusión generalizada. Me pregunto para qué todo esto. Me pregunto hacia dónde nos va a llevar esta merma social.

Sobre refugios y fronteras

11 septiembre, 2015

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El refugio es el antónimo del desamparo. ¿Quién, sino alguien que nunca se sintió desamparado, puede negar el refugio a un ser humano? ¿Y qué persona no se ha sentido al menos una vez, siquiera en un grado mínimo, sin protección? La fragilidad, si no se sabe hacer de ella una compañera de viaje, e incluso, una fuente de fortaleza, deja un triste sabor a soledad en el corazón. Por eso es fácil reconocerse en las lágrimas del padre que, cargando con un niño de corta edad en brazos, busca refugio en alguna tierra donde poder empezar una nueva vida en la que, al menos, haya paz para su hijo.

Siria. Pero no solamente Siria. Moisés y sus liberados buscaban refugio. En el códice mexica conocido como “Tira de la Peregrinación Azteca” se relata la búsqueda del pueblo originario de México desde Aztlán hasta encontrar el lugar donde fundarían la ciudad de Tenochtitlán. Desde entonces hasta hoy, los pueblos de uno y otro continente se han visto obligados a buscar la acogida del prójimo, más o menos lejano, por motivo de guerra, catástrofes naturales, epidemias…

¿Qué hacer con los sirios sino abrirles la puerta de casa y darles cobijo? La respuesta no es tan directa. Yo no sé qué responder cuando un padre de cuatro hijos, desempleado desde hace año y medio, me cuenta que se tiene que ir del país y dejar a la familia repartida con los abuelos y tíos, para buscar trabajo fuera, y quiere saber si el cobijo no empieza por el prójimo más cercano. ¿Es la guerra una circunstancia que confiere un derecho mayor al amparo que las consecuencias de la crisis y la recesión? Ahí lo dejo.

¿Es Siria el único lugar de la tierra donde hay guerra y donde miles de refugiados necesitan ayuda? No, pero son los que llaman a la puerta aquí y ahora. Pues, nada, compartamos.

Y entonces aparece la cara B del asunto. En primer lugar, los refugiados no llevan duchas ni WC portátiles, y por donde van, dejan el rastro de la pobreza y la miseria, como cuenta Ilana Mercer respecto a cómo está quedando la frontera austro-húngara. Los que solamente vean la parte romántica del asilo a refugiados deben conocer la realidad del asunto. En segundo lugar, se empiezan a conocer historias de refugiados que prefieren ir a Alemania que a Uruguay, porque, una vez allí, son conscientes de la dificultad de trabajar y darle un futuro a sus hijos. ¿Pueden elegir los refugiados a dónde irse? ¿Pueden los países de acogida disponer de ellos de cualquier manera y hacinarlos en campos demasiado similares a prisiones?

En tercer lugar, se descubren pasaportes sirios falsificados y gentes de otras nacionalidades que se hacen pasar por refugiados para entrar en los países europeos. Unos para trabajar. Pero otros no tanto. Ya se ha desenmascarado a un terrorista de ISIS en un refugio de Stuttgart (Alemania). Y se ha descubierto una red de traficantes de pasaportes sirios robados para falsificar.

¿Se le puede pedir a la gente que hoy, 11 de septiembre, revive la tragedia de las Torres Gemelas, abra las puertas de sus casas a alguien con pasaporte sirio sabiebndo esto? Creo que tampoco. Quienes conocen el SSPT (Síndrome de Stress Postraumático) causado por terrorismo, que afecta no solamente a víctimas supervivientes sino a quienes pasaban por allí, saben que no es posible pedirles eso. La psicología social nos dice que la alarma ante la amenaza extranjera es inconsciente.

Más allá de todo esto, leo especulaciones de todo tipo. La más sofisticada es la que explica cómo los terroristas del ISIS son enviados y financiados bajo cuerda por estados Unidos para desestabilizar Europa. No llego a tanto, me parece un poquito enrevesado. Ya bastante complejo es el tema.

Yo soy partidaria de eliminar fronteras. Soy libertaria. Pero no tonta. Y eso me lleva a pensar y repensar acerca de los conflictos de seguridad que todo este problema acarrea (ven que dejo el tema económico de lado). Reconozco que tengo miedo al comprobar los incentivos perversos que se despliegan a mi alrededor, la mala fe de quienes aprovechan todo este laberinto para sembrar odio, sea por resentimiento personal o por intereses de grupo (político, normalmente).  Y me quedo con la propuesta de José María, mi “pobrólogo”, que me decía: “Primero que los gobiernos que proponen acoger refugiados dejen de vender armas y municiones a los pueblos en conflicto. Luego hablamos”.

(En la foto refugiados de Corea del Norte).

Dora de Ampuero: femenino y singular

3 septiembre, 2015

Es difícil decir algo de Dora que no se haya dicho ya. Dorita, como la llamamos quienes la queremos, no es, sin embargo, conocida en España como debiera serlo. El alcance de su enseñanza y la tenacidad de su lucha por la libertad en una nación donde verdaderamente uno se la juega, lo merecen. Pero a quienes vivimos en un país europeo donde la desidia nos corre por las venas nos da flojera mirar hacia afuera, excepto si se trata de un super héroe o un super villano a quien podamos mitificar o demonizar. 
Dora no es ni una cosa ni otra. Es un David encarnado en una mujer chiquita, sonriente, de voz suave y mirada limpia. Eso sí, todo un huracán cuando se trata de remover a titanes del peor socialismo populista como Rafael Correa, presidente de su país. 

Hoy jueves 3 de septiembre es su cumpleaños y un grupo de amigos nos hemos reunido en Guayaquil, su ciudad natal, para rendirle un merecido homenaje. Ella ha organizado, para celebrar la vida, un coloquio que analiza el papel de la mujer en la defensa de la libertad. Ya podría, la propia Dorita, subirse al estrado y simplemente contarnos su experiencia, pero ha decidido, como siempre, ponerse en segundo plano y dejarnos el protagonismo a quien no lo merecemos como ella. 

Podría, por ejemplo, hablarnos de la conciliación laboral, y relatarnos cómo, siendo madre de tres hijos, amante esposa de Enrique, y dedicarse a lo que siempre se llamó “sus labores”, estudió una carrera, una maestría en Sociología (en Cornell), otra en Economía (en la George Mason University) y un doctorado (en ESEADE). Podría hablarnos de la honestidad intelectual de quien se matricula del primer curso de matemáticas mientras estudia una maestría para no quedarse atrás. Podría explicar cómo se decide uno a crear un think tank en plena década de los 90, en una ciudad como Guayaquil, en un país como Ecuador, para promover las ideas de la libertad, cediendo su propia casa, tiempo, dinero, energía, horas de sueño, para que aquello floreciera (como ha hecho, sin duda). Podía haber seguido estudiando con su maestro Don Lavoie y con Larry White, quienes le enseñaron tanto. ¿Quién, a sus 56 años, con hijos mayores, sueños cumplidos, y la vida resuelta, hace una cosa así? Dorita de Ampuero, una fuerza de la naturaleza encerrada en un cuerpo de mujer.

Jóvenes ecuatorianos de varias generaciones, cuando les preguntas cómo es que hay tanto alumno ecuatoriano en las aulas del profesor Huerta, o en las de CMT-Suisse Management Center, o por todos lados, te responden: “Todo empezó con Dorita”. Es su inspiradora y la de muchos liberales que hemos convivido con ella en coloquios, eventos y en el camino de la vida.

Yo no soy de sus amigas más veteranas. Quienes sí lo son me dicen que toda la dulzura se transforma cuando alguna injusticia la subleva. No querrías tenerla como enemiga. Rafael Correa ya se ha enfrentado a sus alumnos y discípulos, que luchan desde las aulas, desde las asociaciones civiles, por reconducir su país hacia un sendero de libertad que acabe con la miseria y la desigualdad. Y así es: la desigualdad se combate en la trinchera de la libertad. Ese es, probablemente, el mensaje que las acciones y el ejemplo de Dorita de Ampuero nos muestran. Hay que defender la libertad en sí misma, y también porque la defensa de los menos favorecidos pasa por la erradicación del intervencionismo arbitrario. 

Me habría encantado conocerla antes, conocer a Enrique Ampuero, ingeniero agrónomo, investigador, amante de la libertad, estudioso infatigable, que en sus últimos años era “el fotógrafo” del Instituto Ecuatoriano de Economía Política (IEEP). Me abría encantado acudir a sus clases, ponerme a su disposición, aprender observándola. 

Los jóvenes y no tan jóvenes ecuatorianos tienen una deuda con Dorita. Esa llama que ellos ahora portan fue creada, con sudor y esfuerzo, como quien hace fuego de la nada, por esa mujer chiquita. Y esa llama no puede desaparecer.

Nada me gustaría más que mis compatriotas españoles liberales conocieran a Dora de Ampuero y le reconocieran su labor vital, su dedicación a la defensa de la libertad otorgándole el Premio Juan de Mariana 2015. Yo, humildemente, propongo su candidatura para que este año el Premio Juan de Mariana sea marcadamente femenino y singular.

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