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Las mujeres y la libertad

27 marzo, 2015

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He estado en Lima cuatro días. El tema del encuentro era “La libertad en la teoría y en la práctica”.

He hablado con una mujer que se dedica a financiar proyectos para jóvenes, niños, adultos que difundan el concepto de la libertad, no solamente en la universidad (“Si ya hay muchos haciendo eso y muy bien, ¿para qué meterme? mejor voy allá donde sea más necesario”). Es, además una amiga muy querida. Me he quedado con sus calcetines para no perder el contacto y que siempre tengamos algo que nos una.

He hablado con una mujer que estudió con Buchanan hace unos sesenta años, a la que todo liberal ecuatoriano (y de muchos más lugares) debería conocer y reconocer porque es la maestra de todos ellos. Nunca verás un ápice de soberbia o de orgullo en sus ojos. Nunca muestra cansancio, aburrimiento, de manera que cada vez que sale una queja de mi boca (el jet lag, los exámenes, la burocracia…) me acuerdo de ella y pido internamente perdón.

He hablado con una mujer peruana que dedica su trabajo al derecho en la práctica y también en la parte teórica, que ha ofrecido una conferencia (y un artículo maravilloso) sobre instituciones. Era anfitriona, una tarea difícil y poco agradecida siempre. Me ha escrito de vuelta en casa para ofrecerme su apoyo incondicional y generoso, me acaba de conocer. (“Me he tenido que jubilar de la universidad porque ya no tengo tiempo para más cosas”. Su juventud combinada con estas palabras explica el asombro de quienes escuchábamos).

He hablado con una mujer venezolana que se juega la vida desde hace mucho por el sueño de una sociedad que viva en libertad. Se juega su propia libertad, como se la jugaron quienes llevan mucho tiempo en prisión injustamente, con un falso juicio, en su querida Venezuela. Nunca pierde la sonrisa y la palabra cariñosa.

He hablado con una mujer austriaca que recorre más de treinta ciudades europeas en su gira por la libertad de mercado cada año. Además es profesora, simpática y rubia. Y es capaz de hacer un hueco en su agenda para tomarse un vino conmigo cuando estoy en Viena.

He saludado a muchas mujeres argentinas, jovenes o menos jóvenes, algunas conocidas, otras a las que solamente había visto una vez y que en este tiempo han tenido hijos, pero siguen trabajando para que su país y América Latina recupere la libertad perdida.

No he llegado a conocer (regresé antes) a otras dos mujeres venezolanas cuyos maridos están en prisión y ellas van por el mundo tratando de lograr apoyo institucional.

He visto muchas mujeres que defienden la libertad en sus puestos de trabajo, en sus hogares, en su día a día. Muchas muy jóvenes. Hay cantera. Proceden de México, Guatemala, Chile, Washington, Perú, Ecuador, me dejo a alguna, estoy segura…

Y, finalmente, he tenido la suerte de reencontrarme con dos mujeres cuyo único defecto es que les encanta Enrique Iglesias. Por lo demás, viven trabajando para difundir ideas, para ponerlas en práctica, en su país y fuera de su país, siempre quedando en un segundo plano, siempre con humildad, con corazón y con cabeza, y con una sonrisa hermosa para cada cual. Cuando las miro, mientras cenamos entre risas y bromas, me parecen demasiado gamberras, jóvenes y divertidas para reconocer en ellas a las mismas que al día siguiente están en el Congreso de la República presentando a las esposas de los presos venezolanos, y que organizan un lleno total en una librería para que te luzcas y presentes tu libro. Y te ponen a ti la medalla, en vez de ponérsela ellas cuando es un éxito suyo. Las mismas que no pueden entrar en Cuba por apoyar la libertad. Las mismas que han estado en tres sitios a la vez en esta Semana de la Libertad en Lima. Y lo son, aúnan ambos aspectos juntas y por separado. Y además son dos grandes amigas. Gracias Yesenia y Patricia.

La libertad, en la teoría y en la práctica, no es solamente cosa de hombres.

De puestos y butacas laborales

23 enero, 2015

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Un amigo de Twitter me pregunta qué me parece que se pueda despedir sin más. Que un día encuentres una carta sobre tu mesa en la que se te comunica la decisión de no contar más contigo. Y me da la sensación de que el tono de mi amigo no es neutral, hay cierto olor a crítica en su frase: “Es curioso que los liberales nunca, nunca condenen los despidos arbitrarios de trabajadores… “.

Es una pregunta que agradezco porque me hace pensar. ¿Por qué habríamos de condenar un despido arbitrario por una empresa privada? La respuesta inmediata, que no es la de mi amigo, pero sí la de otros muchos, varía de la maldición trapera (“Ojalá te pase a ti y te mueras de hambre”) a la acusación (“Eres insolidaria, egoísta, no tienes corazón…”). Pero más allá de lo obvio, es decir, del hecho de que me puede pasar mañana, y de que si soy egoísta o no no será por aprobar que una empresa pueda despedir arbitrariamente, pocas personas se plantean qué sustenta el derecho de una empresa a despedir arbitrariamente, de contratar arbitrariamente y, por darle un hervor más al guiso neuronal, en qué se basa la reclamación del trabajador ante un despido arbitrario.

Y eso que no se ve y que está en el fondo del razonamiento es el síndrome de las butacas numeradas. Uno va a la cafetería de siempre y se dirige a “su” mesa sin mirar apenas. Cuando alguien la ha ocupado, casi se siente con derecho a mirar mal al camarero de toda la vida que simplemente se encoge de hombros y te dice solícito “La de allí es mejor porque tiene más luz”. Y te vas a sentar pensando si el ser cliente habitual no te da derecho a conservar tu sitio. Es más fácil en los cines. Allí uno paga una butaca numerada y sabe que tiene derecho a ver la película y a hacerlo en ese sitio concreto, en la décima fila, butaca seis. En algunos cines, por un poco más, puedes disfrutar de asientos más amplios, sitio para estirar las piernas, y una vista de la pantalla mejor.

Cuando nos contratan en una empresa no nos hacemos con una butaca de cine. Al igual que en la cafetería, puedes o no,  ocupar ese sitio, y lo que establece las condiciones está reflejado en el contrato. Por eso es tan importante leerlo. La idea de que hay muchos más trabajadores como tú en la fila del paro, con mejor formación, y una oferta más favorable para la empresa debería hacernos pensar en flexibilizar nuestra idea de “puesto de trabajo”. Repetirnos a nosotros mismos “después de todo lo que le he dado a la empresa”, “cómo pueden hacerme esto a mí” y cosas así, que seguro que son cosas que pensaríamos todos, no contribuyen más que a expresar la sorpresa y la poca previsión. Si no está establecido en el contrato que han de avisarte con un tiempo determinado, no puedes hacer nada. Excepto exigirlo en el contrato al principio o bien tenerlo presente siempre. No digo que todos necesariamente seamos lo suficientemente versátiles como para que esas sorpresas no nos afecten o nos afecten menos. Claro que no. Hay jornadas laborales que te dejan sepultada en un cansancio mental y físico que solamente superas para hacer la cena a los niños y caer redonda en la cama. Pero tampoco me parece centrado asumir que una vez que te contratan tienes derecho a permanecer. Ni siquiera si llevas muchos años. La antigüedad suele estar contemplada en los contratos y se paga en dinero.

Tampoco ayuda compararte con lo que gana el accionista o el C.E.O. Tú no tienes implicado patrimonio, tuyo o de tu familia, no tomas decisiones que afectan a tanta gente, no tienes la misma responsabilidad. Eres trabajador. Si crees que el sistema de empresa es injusto, monta una cooperativa. Y al cabo de unos años, cuando veas que no funciona excepto en ámbitos determinados, entenderás porqué la estructura organizativa que funciona es la que hay, y que un grupo de colegas no es una empresa, es un grupo de colegas. Intenta sacar adelante un proyecto en el que inviertes lo que te ha venido dado, y también tu propia energía, y piensa si alguien tiene derecho a imponer qué decisiones tomas.

Imagina que el panadero al que compras el pan te impone comprar allí porque toda tu vida lo has hecho. Incluso si han abierto una tienda donde el pan es mejor, más barato. O incluso si estás a dieta, si ya no comes pan. O si no puedes permitirte comprarlo, y entonces el panadero te exige que no comas otras cosas para comprar su pan, después de todo lo que ha hecho por ti, la de bocadillos que te has comido de niño con el pan elaborado allí.

Tu butaca numerada en la vida te la da tu comportamiento, tu valía como persona. Nada más.

La ley del deseo es la ley de diciembre

27 diciembre, 2014

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Desde el puente que une la fiesta de la Constitución y la Inmaculada, pasando este año por el novedoso “Black Friday” transformado en un fin de semana de rebajas, hasta los próximos días de enero, la ley que se impone es la ley del deseo. El deseo bienintencionado hacia vecinos, amigos, propios y extraños. Toneladas de deseos de paz y amor, de que se solucione lo tuyo, de que nos quedemos como estamos, se mezclan como cada diciembre, de manera aplastadoramente previsible, con la nostalgia de los que ya no están y la tristeza de quien padece los reencuentros forzados, el exceso de comida, de fiestas, de parientes y de tantísima alegría.

Y el deseo, el DESEO, ese anhelo, ese impulso que en otros ámbitos nos empuja a actuar, en esta sociedad decadente de principios de siglo, tarda muy poco en transformarse en DESIDIA colectiva que repite una tras otra las mismas palabras, las tradiciones con o sin sentido, y todo el ritual. Así también hacen los políticos. El pavo de la Casa Blanca, el discurso del rey (sea éste quien sea), las declaraciones del presidente (sea este quien sea), las luces del árbol del Rockefeller Center, vienen cada año a dejarnos catatónicos, a ratificar que no hemos cambiado ni nosotros ni lo que nos rodea. Y no pasa nada.

“Es tiempo de descansar, de estar con la familia, luego ya si eso…”. Falso. Luego, nada. Y así, un año y otro, engordamos a corruptos, saludamos a delincuentes, criticamos como si no hubiera mañana, discutimos de conspiraciones que calman nuestra obligación moral de impedir que nos asalten. Ese infame “¿y qué podemos hacer?”. Porque lleva el veneno de la respuesta “Nada” desde el primer signo de interrogación. No podemos hacer nada. Todos son iguales. Qué más me da que me robe uno u otro. Para qué moverme. Disfrutemos de las Navidades y agotemos estos fuegos artificiales que se vana a extender hasta las elecciones de mayo.

En Navidades no hay ni ley, ni deseo. Solamente hay vacaciones. Para mí, el mejor momento para trabajar en lo que me gusta.

La sociedad sin secuelas

13 noviembre, 2014

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Escena 1.- Exterior día.

Todos los españoles estamos indignados. Todos los políticos son unos ladrones, unos corruptos y unos aprovechados. Nadie se explica cómo es posible que sigan en la calle tantos mangantes, supuestos servidores públicos. Unos dedos apuntan a la trama Gürtel, otros a la de los EREs andaluces, a la operación Púnica, a los consejeros de Cajamadrid que cobraban en negro, a los sindicatos y el fraude en los planes de formación, a los Pujol, a la infanta. Nos hemos quedado sin dedos de tanto señalar a los delincuentes que siguen libres, que no se sabe ni siquiera si llegarán a pisar la prisión, y menos a devolver lo malversado o robado.

¿Cómo es posible? ¿Hasta cuándo tenemos que aguantar? ¿Qué alternativa nos queda? ¿Qué hemos hecho nosotros para merecer esto?

Escena 2.- Interior día.

Un tipo que vende libros como rosquillas, que se ha atrevido a dirigir una “presunta” obra de teatro (perdón dioses del Teatro por semejante aberración) y presenta programas de televisión de máxima audiencia comenta una tragedia sucedida a una compañera. Ella, presentadora del mismo tipo, hija de una de esas presentadoras “grandes” y abrumadoramente famosas, deja escapar una lágrima porque un par de novios pasados, cada uno por su cuenta, amenazan con enseñar fotos y vídeos comprometidos de contenido sexual de ella. Y, claro, como madre de una adolescente está preocupada por cómo lo afrontará su hija.
El presentador, arrebatado de indignación, se solidariza con su compañera y afirma, casi como declaración de principios, que la vida no es nada si uno no puede cometer locuritas sin temer que te pasen factura. Aplausos y ovación del público.

Escena 3.- Interior noche.

Una sociedad en la que los líderes de audiencia, creadores de opinión, la nueva intelectualidad de horteras, proclama que la vida no es vida si tiene consecuencias no puede luego exigir que los demás paguen por sus actos.
Una falta de prudencia no es lo mismo que un delito, es cierto, pero la actitud, la mentalidad, el mensaje que se transmite es similar.
Las adolescentes se hacen selfies subidas de tono y las suben a su Facebook y los mayores, los que aplauden cuando se defiende que pasar fotos o grabarse en vídeo en situación comprometida no debería tener consecuencias, les explican que no es que esté mal, pero que hay que ser prudente porque una nunca sabe quién ve qué cosas y que, a lo mejor, esas amigas a las que les pasas las fotos en bikini sacando la lengua “de aquella manera”, no lo son tanto, o pueden dejar de serlo y convertirse en enemigas, y a saber qué van a hacer con ese material.

Son los mismos. Los mismos que se aterrorizan ante determinadas cosas y fomentan la mentalidad que lleva a eso tan abominable.

Una sociedad sin consecuencias, sin secuelas tras un comportamiento arriesgado es una sociedad que no puede mejorar, que castra su capacidad de aprender de sus errores. No es la sociedad que puede criar a sus hijos como personas responsables de sus actos. Y si no son responsables, si no eligen a sabiendas porque no están acostumbrados a asumir el precio de esas elecciones… ¿son libres?

La mujer barbuda

6 octubre, 2014

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Una de las características de nuestros tiempos, y probablemente de los pasados también, porque lo más seguro es que vaya con el ser humano, es la negación de lo evidente. Como en la escena de la lapidación de la película La Vida de Brian, negamos lo que está pasando cuando creemos que nos va a dejar en mal lugar. Nadie ve Sálvame, líder de audiencia. Ese es el ejemplo paradigmático. Yo lo veo cuando puedo. Es terrible. Unas veces me duerme, otras me satura y otras me aliena. Pero lo veo a veces. Y cuando lo digo, la mirada torva del otro me muestra la desaprobación social. Social de esa sociedad que encarama desde hace tantos años al programa Sálvame en todas sus versiones a ser indiscutible número uno.

Con la misma tranquilidad que digo que veo a veces Sálvame y me pongo el mundo por montera, digo que el tema de la incorporación de la mujer al trabajo no está resuelto. Y no lo soluciona ni que salga Mónica Oriol a denunciarlo, ni que lo denuncie fatal, ni que tomen sus palabras de la manera más sesgada, ni que se monte la mundial en Twitter… Vaya, que podemos quemar a Mónica Oriol en una pira y seguiría existiendo un problema de fondo que no acertamos a resolver.

¿Es quién una empresaria del linaje Oriol/Ybarra/Urquijo/Icaza para decir lo que dijo como lo dijo? Igual no. ¿Por qué?¿Es peor persona por ser de familia con apellidos conocidos? No, no es peor persona, pero en un país donde el privilegio empresarial es la norma, es decir, empresarios de verdad, poquitos, poquitos; en un país donde históricamente las grandes familias se han asociado con el poder del rey, del dictador, de quien hiciera falta y han sido representativos exponentes del mercantilismo, y seguramente cumpliendo la ley. En un país así, tal vez, Mónica Oriol, mi profesora de Política Monetaria, debería cuidar cómo dice qué. Es que puede conseguir el efecto contrario. Ya se sabe, la ley de las consecuencias no deseadas.

Lo lógico es que al oirla, mucha gente diga “Eso es porque a ti te han cuidado a los niños“, “Claro, y tú qué vas a decir“, “Conciliando sin la protección familiar te quería ver yo a ti“… y cosas así. Yo he leído los peores insultos y deseos dirigidos a Mónica. Lo de sacar de contexto lo que dice ya es mala fe. Y aunque me tienta pasarlo por alto, es relevante porque sí crea en la gente una animadversión hacia Mónica que ya, aunque te enteres de que lleva una vida pobre y miserable y que se deja una fortuna en cooperación y que es terriblemente bondadosa, te da igual, te cae mal.

Pero, igual que “nadie” ve Sálvame, “nadie” ha pensado alguna vez cuando ha tenido trabajadoras a su cargo eso que es tan incorrecto.

Si yo entiendo que tiene hijos, pero como vuelva a poner la excusa de que su nene está dentando es que la mato“.

Si a mí me parece muy bien todo, pero no puede estar al teléfono con la tutora de la niña porque tiene una adolescencia dificililla“.

Vaya! Lo que nos faltaba! Cuando se le acaba la baja maternal va la tía y pide reducción de jornada! Y es su cuarto hijo, hombre… que parece que los tiene aposta! Y mientras tanto sus compañeros de departamento haciéndose cargo de sus clases!” (Ésta última es real, la oí con estos oídos que se comerán los gusanos).

Y la mujer recién parida se siente un asco: está recién parida, se siente mala madre por dejar al bebé, mala trabajadora porque la preocupación la distrae, se cansa el doble… Y la frase “Pues no haberlo tenido” resuena por los pasillos. Eso sí, España tiene un enorme problema demográfico que nos tiene a todos sin dormir.

¿Y entonces? ¿Ayudamos con el dinero de todos a las nuevas madres?¿a las que quieren serlo? Mi instinto me dice que no. Pero, además, devuelvo la pregunta… con todos los avances tecnológicos que hay ¿eso es todo lo que se nos ocurre? ¿no hay más? ¿esa es toda nuestra inventiva? ¿o es que no nos hemos puesto en serio? Porque no hay que masculinizarse para trabajar. No es necesario esterilizarte para que la jefa, la empresaria, la capitalista… no te eche o decida contratarte. Hace falta buena voluntad, imaginación y una tribu. No hace falta ser la mujer barbuda.

Nuevos proyectos, nuevo curso

25 agosto, 2014

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Decir que agosto se acaba un 25 de agosto como hoy es tan obvio como asegurar que en Madrid en verano hace calor y en invierno hace frío. Pero ahí estamos, a una semana de volver a la universidad y dos de empezar las clases en la Universidad CEU-San Pablo.

Después de un año difícil por motivos de salud, de exceso de trabajo, de aprender a frenar sin abandonar ni un proyecto, este curso empieza cumpliendo un sueño. El 14 de octubre se publica mi primer libro Las Tribus Liberales. Una reconstrucción de la mitología liberal. No es perfecto. Pero es mío. Y es el primero. Y me siento como si fuera a mi fiesta de puesta de largo. El rey mago se llama Roger Domingo, el mejor editor de la galaxia, de cuyo brazo bajaré las escaleras del salón de baile y me presentaré en sociedad.

Pero habrá más. Un curso online en el Master in Political Economy del Swiss Management Center University. Mi asignatura también es nueva para mí: International Economics. El osado que ha apostado por mí es Juan Carlos Cachanosky, un maestro.

Vuelvo a loff.it con #CienciaHumana y #ArteHumano que tanto echaba de menos. Y con novedades ilusionantes que me tienen con los dedos cruzados. Proyectos que saldrán porque los comparto con Ricardo Basurto &friends, los surferos de la ilusión.

Todo eso y mis artículos en Voz Pópuli (los martes), la tertulia con Luis Herrero (los viernes) no me dejan escribir aquí todo lo que me gustaría. Pero espero enmendarme y recuperar buenas costumbres.

La lengua muerta

6 junio, 2014

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El pasado miércoles, la revista cómico-satírica El Jueves, cambiaba su portada. De un dibujo en el que el aún rey Juan Carlos entregaba una pestilente corona al aún príncipe Felipe, a otro en el que el protagonista es el nuevo showman de la política, Pablo Iglesias.

Por activa y por pasiva la editorial RBA ha levantado la mano, sacado pecho y repetido “¡He sido yo! ¡He sido yo!”. La cúpula de la revista ha dimitido, lo cual dice mucho a su favor. Y al parecer, todo el mundo, se ha creído que ni Felipe, ni Zarzuela han tenido nada que ver. Como me decían en Twitter: “Felipe no ha movido un dedo”. Yo matizaría.

Felipe no ha tenido que mover un dedo. No le ha hecho falta. Ya censuraron otra portada en la que los protagonistas eran él y Letizia. Ya se han censurado suficientes fotos, noticias, asuntos turbios de la monarquía como para necesitar ni siquiera levantar una ceja. Ha sido la editorial. ¿En serio? La editorial ha respondido como el perro de Pavlov, salivando al oir la campanita. Y los españoles crédulos como lo que son… súbditos dispuestos a creer cualquier mentira y a escandalizarse ante cualquier Corinna, hipócritamente.

Y no importa el mal gusto de la revista. No importa si uno es monárquico o republicano. No importa si el argumento de fondo está equivocado. La libertad de prensa es incuestionable. Y si no estás de acuerdo, rebátelo. Si hay un delito, denúncialo. Pero esta censura silenciosa, esta lengua muerta y este mirar al techo, hiede.

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