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Democracia: de humanos y hormigas

31 julio, 2015

hormigas

Esta semana he tenido ocasión de comprobar una de las asimetrías que padecemos los liberales y que no logramos sacudirnos de encima. Todo empieza cuando Juan Ramón Rallo publica en Libertad Digital una crítica a la democracia participativa de Podemos. La historia sigue cuando ese artículo me inspira y escribo una réplica en Voz Pópuli. Entonces Almudena Negro, Luis I. Gómez, Santiago Navajas, Daniel Lacalle, Percival Manglano y un puñado de blogueros y periodistas más responden a Rallo, o a mí, o a ambos, o escriben sobre la democracia, sus límites, sus bondades y todo lo demás.

Hasta ahí nada nuevo: el estímulo intelectual es sano.

Pero entonces leo en redes sociales gente que habla de división, enfrentamiento, puñaladas y cosas así. De manera que si los liberales estamos de acuerdo somos monolíticos y si compartimos dudas, ideas, y debatimos estamos divididos y nos lanzamos puñales. ¿No es un poco injusto?

Pero los humanos somos así, y por eso, porque somos como somos, es por lo que la organización colectiva es uno de los agujeros negros y de los temas más apasionantes y polémicos de tantas disciplinas: la economía, la política, la sociología, la psicología social, la psicología evolucionista la neurociencia…

En la base de todo, en mi humilde opinión, está la confianza. Desde la solución que aporta la economía, que es el mercado, hasta la dictadura, o las sociedades comunistas más básicas, todo gira alrededor de la confianza. Si no aprendemos a desconfiar selectivamente, los abusones (que los hay donde hay humanidad) se hacen con nuestros recursos, si no aprendemos a confiar selectivamente no podremos relacionarnos con los demás. Y a partir de ahí, aparece el mercado, el dinero, la propiedad privada, la religión, la empresa, el gobierno, el ejército… y nuestras sofisticadas sociedades.

El problema de la organización política, a diferencia de lo que pasa en economía, es el tamaño de la unidad de gestión. Así que los defectos que Rallo percibe en la democracia, y coincido con él, son propias de cualquier forma de organización que pretenda regir los destinos de 50 millones de personas, como en España. Este problema, y creo que Almudena Negro, que no ha entendido a Rallo, no lo tiene en cuenta, afecta a la economía en la medida en que los políticos gestionan los dineros de los ciudadanos y éstos tienen que decidir quién es el que mejor lo hace, mediante ese terrible sistema de votación. No se trata de que la democracia de determinados países islámicos, que es lo que criticaba en el artículo que Rallo me echa en cara, sea lo mismo que la democracia estadounidense. Sigo pensando lo mismo que en ese artículo. No mitifiquemos, no nos durmamos en los laureles solo porque “vivimos en democracia”. De hecho, refuerza mi idea de que aquí y ahora, lo mejor que podemos hacer es replantearnos qué incentivos perversos hay que eliminar, denunciar el acoso estatal, el engaño de los políticos, la confiscación legal de los recursos de cada cual, la perversión de algo tan maravilloso como la generosidad, y, como apunta Rallo, la deshonestidad intelectual (y no solo intelectual) de quienes defienden A y hacen B.

Es verdad que, como las hormigas y el resto de los animales, nos guiamos por estímulos químicos: oxitocina, adrenalina, serotonina, feromonas. Y es verdad que el entorno afecta a la descarga de esas sustancias. No saben hasta qué punto vivo este hecho en mi propia carne. Un entorno puede generar alarma o confianza. Tratemos de crear un entorno económico, político, social que nos lleve a una vida mejor, a un bienestar REAL mayor para todos, y en especial, para CADA UNO de nosotros. ¿Y eso cómo se hace? Dejemos de meterle miedo a la gente respecto a su capacidad de gestionar su vida. Defender la competencia en el mercado no es defender un mundo de depredadores, sino un mundo de personas con ganas de mejorar. Defender la libertad individual no es defender el egoísmo sino la responsabilidad, el fortalecimiento de los valores que nos guían y de la transmisión de los mismos. Entiendo que la propuesta de Rallo significa algo parecido y de hecho, creo que coincide con los últimos párrafos de mi artículo. Defendamos con el ejemplo nuestros valores, dejemos que el entorno acepte nuestras ideas o las rechace, mejoremos para lograr nuestro fin. En eso consiste la honestidad de la que hablaba antes. Su ausencia, por desgracia, se manifiesta también allá donde hay humanidad, tanto en entornos socialistas como liberales. La tolerancia a la proximidad del poder político, como la tolerancia al dolor, varía de unos a otros, y ahí se crea la ocasión.

Recuerdo la película Ants donde una hormiga obrera se rebela y pretende salirse del rol que la organización natural del hormiguero le ha asignado. Se casa con la hormiga guapa, rica y poderosa. (Entre nosotros, muy parecido a algunas monarquías actuales). La diferencia entre los hombres y las hormigas es que nosotros podemos “hacer cosas” para universalizar la libertad de elegir de la que hablaba Friedman, dentro de lo posible. La consciencia de los defectos y limitaciones de nuestro mundo es el primer paso. Difundir los valores que promueven la libertad también. Más allá de esos dos pasos, la cuestión es: ¿la evolución hacia un sistema mejor viene de abajo a arriba o se planifica? Hay que pensar bien esa respuesta porque las consecuencias son importantes. Mi opción, para que no digan que no “me mojo”: yo voto a Hayek.

La economía política del riesgo moral en Grecia

3 julio, 2015

 

 

Dice Jorg Guido Hülsmann en un artículo publicado en el año 2009 en la página del Mises Institute que el riesgo moral se define básicamente como el incentivo de una persona A, a usar más recursos de los que hubiera utilizado en otro caso, porque cree saber o sabe, que otra persona B proveerá algunos o todos esos recursos, sin su consentimiento.

Las claves del riesgo moral son, entre otras, la asimetría de la información, por un lado, y la separación entre propiedad y control, por otro. Es decir, quienes financian recursos extraordinarios contra su voluntad, desconocen parte de los datos necesarios, no saben que con su dinero se está financiando esa actividad sin su aprobación. Tal vez, de haberlo sabido, habrían elegido no destinar ese dinero o esos recursos a esa actividad, o tal vez sí. Esto lleva al segundo punto: la separación de la propiedad y el control. Los propietarios de los medios de financiación, o de los recursos no son quienes lo gestionan, ni quienes los controlan. Y ahí está la clave del tema. Es el gestor el que puede verse tentado a usar más recursos de lo necesario sin la aprobación del propietario.

Se trata de un problema que se da en la empresa privada, en el sector público, en la vida cotidiana. Pero en la empresa privada el incentivo se reduce porque el mal gestor, cuando es descubierto, pone en riesgo su puesto de trabajo. Además, los propietarios vigilan la gestión, las contabilidad, con mucho más prurito que en el sector público, son más conscientes de su propiedad y más responsables de ella. En el caso del sector publico, la confusión es enorme. Primero, en lo que se refiere al coste. Existe la leyenda de que los bienes y servicios provistos por el Estado son gratuítos. Es un error. Curiosamente, lo normal es que este error no se dé cuando se trata de un ayuntamiento, y menos si se trata de una comunidad de vecinos. Es decir, el número de personas propietarias importa. Cuando se trata del presupuesto nacional, la gente olvida que esos servicios, las subvenciones, los bienes públicos, los paga con sus impuestos. El Estado no es altruista, los son las personas que financian las acciones altruistas del Estado. Es nuestra responsabilidad controlar la gestión de nuestro dinero.

En Grecia se ha dado la tormenta perfecta: falta de datos, falseamiento de las cuentas, poco control sobre la propiedad, mala gestión del dinero ajeno, falsa creencia por el pueblo griego de que Europa regala cosas. Y, sobre todo, eso que diferencia a la empresa privada de la pública: no ha habido rendición de cuentas de los malos gestores. Y ahora resulta que, cuando los contribuyentes de los países europeos nos hemos dado cuenta de lo que se hacía con nuestro dinero, y queremos que se nos devuelva lo prestado, estamos aplastando al pobre pueblo griego.

Mi duda es si los ciudadanos somos inocentes por ignorantes. ¿No sabíamos de verdad nada? El escollo es, de nuevo, de nçumero. El tamaño de la población, la abundancia de datos que hay que tener en cuenta (qué hacen en la Comisión con mis euros), el número de países involucrados… todo eso no es fácil de controlar para el ciudadano medio europeo. Para eso estás nuestros representantes. Estamos pagando un sueldo a los eurodiputados para que se ocupen de estas cuestiones. Tenemos reresentantes en las diferentes Comisiones, en el BCE, en el FMI. ¿Dónde estaban mirando mientras se empleaban nuestros recursos de manera irresponsable en Grecia? ¡Ah! ¡que el gasto público de los estados miembros es un tema soberano!

Incumplir los objetivos europeos de deuda y déficit año sí y año también solamente implica una llamada de atención, los malos gestores nacionales no se ven afectados en sus países y no pasa nada. Nadie defiende a los propietarios reales de esos recursos despilfarrados. Nadie defiende a los posibles beneficiados por la aplicación de esos recursos si no hubieran sido despilfarrados. Y ahora, todos pensamos en el pueblo griego, y acusamos a los políticos que sí miran por su pagadores de impuestos. Por supuesto que creo que hay que dejarles crecer para que puedan devolver lo prestado por sus conciudadanos europeos. Pero, sobre todo creo que este sistema era la crónica de una muerte anunciada, un error con preaviso. Se votó que sí. Pues a disfrutar de lo votado.

Incitar al odio, el caso de Barbijaputa

24 junio, 2015

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“¡Qué tipo tan detestable! (NO INCITA AL ODIO). Tiene una manera de hablar tan altiva que dan ganas de matarle (SÍ INCITA AL ODIO)”.

Si opino de alguien no incito al odio, si sugiero una agresión contra él, sí. A la bloguera más odiada por unos y más seguida por otros, le parece que en Paracuellos hay poca gente. Todos supusimos que se refería a que tenían que haber matado más gente, no parecía querer decir nada de la demografía del pueblo de Belén Esteban. Lo que dijo es una barbaridad. Y la gente que tenga muertos en Paracuellos no estará muy contenta con esa frase.

También es anti-sionista. Yo no soy judía, ni pro, ni contra, ni me defino en función de los países a los que apoyo. Adorar a Estados Unidos o a Mozambique me parece una estupidez. Puedo estar de acuerdo con lo que hacen las personas, los presidentes de esos países, puedo estudiar la eficiencia de las leyes que se aprueban, parecerme bien o mal el resultado de una elecciones aunque no sean mis elecciones… pero Estados Unidos no tiene alma. La tienen los estadounidenses. Ser anti sionista implica no estar de acuerdo con la aparición del Estado de Israel. Hasta ahí no veo nada reprobable (tanto si discrepo como si no). Desear que el Holocausto hubiera sido aún más masivo o dudar de su existencia es ofensivo para las víctimas, sus familiares, para los simpatizantes, amigos y demás. A mí me repugna. Pero no sé si merece la cárcel alguien por un delito consistente en pensar, en tener una opinión. Yo puedo desear la muerte de alguien, expresarlo en alto y no hacerlo jamás, ni tener intención REAL de hacerlo. No creo que hayan aumentado los crímenes contra judíos sionistas por sus tuits, ni ningún comunista ha pensado abrir otra fosa para llenarla con gente de ideología diferente. No creo que se hayan formado comandos por su culpa.

Finalmente, hay que contar con el efecto “soy la que más epato y mis casi 180 mil seguidores están encantados siendo escandalizados o viendo cómo los demás se sienten escandalizados”. Se llama provocación. Y como dice Gabriela Bustelo, la derecha siempre ha sido experta en crear sus Frankensteins, sin querer, además.Ya hay que ser torpe.

No tiene cargo público, tiene perfil anónimo y su nombre y lema dejan claro qué se va a encontrar uno si la sigues.

Pues no la sigas.

Madrid: el mayor espectáculo del mundo

18 junio, 2015

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Yo no voto. Tengo mil razones. Las he expuesto muchas veces así que ha dejado de preocuparme que me insulten por ser abstencionista. No siento la necesidad de justificar las decisiones que tomo.

Observo a los votantes antes, durante y después de la campaña. Y eso me da una perspectiva lo suficientemente distante como para plantearme en qué tipo de comunidad vivo. Madrid. Por diversas circunstancias tenemos alcaldesa podemita en Madrid. La marca de identidad es la negación: no es podemita, es de Ahora Madrid. Sí, claro, fue propuesta, convencida, aupada por Pablo y Juan Carlos, sus concejales son podemitas, pero no es, no es del todo, no realmente, no lo lleva tatuado. Y nos dejamos tratar como memos. Me pregunto si esa negación verbal de la realidad se aplica también a ese talante dialogante que muestra. Me pregunto qué hay detrás de su sonrisa, si esconde sorpresas, como su marido escondía su patrimonio para no pagar a sus trabajadores.

Quienes estaban tan enfadados con todos los políticos, con razón, desde luego, se están comiendo que en la vida política municipal, se haya pasado de la ternura del cuidado del barrio a la declaración de principios en contra de la propiedad privada en las camisetas de los ediles podemitas, a la revisión de las hazañas de nuestros gestores municipales que (sin juzgar) no representan a la mayoría de madrileños, y a la constatación de que a lo mejor esta gente tan campechana no va a ser la mejor alternativa.

(Por otro lado, ¿cuál es la mejor alternativa cuando aquí está pringado todo el mundo?).

La alcaldesa, Manuela, que llama de tú porque eso nos iguala, se hace la foto en el Metro y a continuación pilla un taxi. Y aquí como memos, nos acercamos para decirle lo que la queremos, que la hemos votado, que qué bien que esté ahí… como se lo decimos a Letizia, o se lo decíamos a Juan Carlos, el rey campechano que le gustaba hasta a Fidel, con esa exhibición de servilismo frente al poder tan española. Con esa inseguridad que nos lleva a buscar salvapatrias, a delegar no solo la educación de los hijos o la generosidad, sino también la virtud o las cosas más trascendentales de nuestra vida. Así que miramos a Carmena y su equipazo y preferimos pensar que es la “abuelita Paz” de los dibujos animados, a reconocer que en el calentón del enfado con la corrupción, se nos fue la mano. ¿Y qué le vamos a hacer? ¿Qué podemos hacer frente al deterioro de las instituciones, la corrupción, la alianza políticos-banqueros, los privilegios como forma de vida y todo lo demás?

Bueno, tal vez había que haberlo mirado antes, habernos bajado del voto miedica y haber castigado a tus políticos mucho antes. Ahora tenemos lo que merecemos en Madrid. Y esto no ha hecho más que empezar. ¿Va a sobrevenir el fin del mundo? No, eso nunca. Estamos en España. No va a pasar nada de nada. Van a gobernar cuatro años, nos van a arruinar y en las siguientes elecciones ganarán los de siempre, con una deuda multiplicada por diez, eso sí.

Bienvenidos a la villa de Madrid, reino de unicornios, soluciones de fantasía, y capital de la ineptitud.

PD.: Yo defiendo la propiedad privada como avance de la civilización, la generalización de la propiedad privada como medio para que los menos favorecidos mejoren su condición de vida. Creo que el cumplimiento de los contratos es la base de la economía y que no es sano cambiar las reglas de juego a mitad del partido. Defiendo el progreso económico de la sociedad occidental  basado en el libre mercado y en la propiedad privada unido a la rendición de cuentas, la igualdad ante la ley y la limitación real del poder político por parte de los ciudadanos. Y creo que limpiar la sociedad de privilegios pasa por la libre competencia y porque el Estado (nacional, regional y local) saque sus zarpas del fruto del trabajo de la gente, y nos deje (POR FIN) en paz. Y eso no lo defiende con el ejemplo ningún partido político. Con el ejemplo, digo. 

Las mujeres y la libertad

27 marzo, 2015

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He estado en Lima cuatro días. El tema del encuentro era “La libertad en la teoría y en la práctica”.

He hablado con una mujer que se dedica a financiar proyectos para jóvenes, niños, adultos que difundan el concepto de la libertad, no solamente en la universidad (“Si ya hay muchos haciendo eso y muy bien, ¿para qué meterme? mejor voy allá donde sea más necesario”). Es, además una amiga muy querida. Me he quedado con sus calcetines para no perder el contacto y que siempre tengamos algo que nos una.

He hablado con una mujer que estudió con Buchanan hace unos sesenta años, a la que todo liberal ecuatoriano (y de muchos más lugares) debería conocer y reconocer porque es la maestra de todos ellos. Nunca verás un ápice de soberbia o de orgullo en sus ojos. Nunca muestra cansancio, aburrimiento, de manera que cada vez que sale una queja de mi boca (el jet lag, los exámenes, la burocracia…) me acuerdo de ella y pido internamente perdón.

He hablado con una mujer peruana que dedica su trabajo al derecho en la práctica y también en la parte teórica, que ha ofrecido una conferencia (y un artículo maravilloso) sobre instituciones. Era anfitriona, una tarea difícil y poco agradecida siempre. Me ha escrito de vuelta en casa para ofrecerme su apoyo incondicional y generoso, me acaba de conocer. (“Me he tenido que jubilar de la universidad porque ya no tengo tiempo para más cosas”. Su juventud combinada con estas palabras explica el asombro de quienes escuchábamos).

He hablado con una mujer venezolana que se juega la vida desde hace mucho por el sueño de una sociedad que viva en libertad. Se juega su propia libertad, como se la jugaron quienes llevan mucho tiempo en prisión injustamente, con un falso juicio, en su querida Venezuela. Nunca pierde la sonrisa y la palabra cariñosa.

He hablado con una mujer austriaca que recorre más de treinta ciudades europeas en su gira por la libertad de mercado cada año. Además es profesora, simpática y rubia. Y es capaz de hacer un hueco en su agenda para tomarse un vino conmigo cuando estoy en Viena.

He saludado a muchas mujeres argentinas, jovenes o menos jóvenes, algunas conocidas, otras a las que solamente había visto una vez y que en este tiempo han tenido hijos, pero siguen trabajando para que su país y América Latina recupere la libertad perdida.

No he llegado a conocer (regresé antes) a otras dos mujeres venezolanas cuyos maridos están en prisión y ellas van por el mundo tratando de lograr apoyo institucional.

He visto muchas mujeres que defienden la libertad en sus puestos de trabajo, en sus hogares, en su día a día. Muchas muy jóvenes. Hay cantera. Proceden de México, Guatemala, Chile, Washington, Perú, Ecuador, me dejo a alguna, estoy segura…

Y, finalmente, he tenido la suerte de reencontrarme con dos mujeres cuyo único defecto es que les encanta Enrique Iglesias. Por lo demás, viven trabajando para difundir ideas, para ponerlas en práctica, en su país y fuera de su país, siempre quedando en un segundo plano, siempre con humildad, con corazón y con cabeza, y con una sonrisa hermosa para cada cual. Cuando las miro, mientras cenamos entre risas y bromas, me parecen demasiado gamberras, jóvenes y divertidas para reconocer en ellas a las mismas que al día siguiente están en el Congreso de la República presentando a las esposas de los presos venezolanos, y que organizan un lleno total en una librería para que te luzcas y presentes tu libro. Y te ponen a ti la medalla, en vez de ponérsela ellas cuando es un éxito suyo. Las mismas que no pueden entrar en Cuba por apoyar la libertad. Las mismas que han estado en tres sitios a la vez en esta Semana de la Libertad en Lima. Y lo son, aúnan ambos aspectos juntas y por separado. Y además son dos grandes amigas. Gracias Yesenia y Patricia.

La libertad, en la teoría y en la práctica, no es solamente cosa de hombres.

De puestos y butacas laborales

23 enero, 2015

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Un amigo de Twitter me pregunta qué me parece que se pueda despedir sin más. Que un día encuentres una carta sobre tu mesa en la que se te comunica la decisión de no contar más contigo. Y me da la sensación de que el tono de mi amigo no es neutral, hay cierto olor a crítica en su frase: “Es curioso que los liberales nunca, nunca condenen los despidos arbitrarios de trabajadores… “.

Es una pregunta que agradezco porque me hace pensar. ¿Por qué habríamos de condenar un despido arbitrario por una empresa privada? La respuesta inmediata, que no es la de mi amigo, pero sí la de otros muchos, varía de la maldición trapera (“Ojalá te pase a ti y te mueras de hambre”) a la acusación (“Eres insolidaria, egoísta, no tienes corazón…”). Pero más allá de lo obvio, es decir, del hecho de que me puede pasar mañana, y de que si soy egoísta o no no será por aprobar que una empresa pueda despedir arbitrariamente, pocas personas se plantean qué sustenta el derecho de una empresa a despedir arbitrariamente, de contratar arbitrariamente y, por darle un hervor más al guiso neuronal, en qué se basa la reclamación del trabajador ante un despido arbitrario.

Y eso que no se ve y que está en el fondo del razonamiento es el síndrome de las butacas numeradas. Uno va a la cafetería de siempre y se dirige a “su” mesa sin mirar apenas. Cuando alguien la ha ocupado, casi se siente con derecho a mirar mal al camarero de toda la vida que simplemente se encoge de hombros y te dice solícito “La de allí es mejor porque tiene más luz”. Y te vas a sentar pensando si el ser cliente habitual no te da derecho a conservar tu sitio. Es más fácil en los cines. Allí uno paga una butaca numerada y sabe que tiene derecho a ver la película y a hacerlo en ese sitio concreto, en la décima fila, butaca seis. En algunos cines, por un poco más, puedes disfrutar de asientos más amplios, sitio para estirar las piernas, y una vista de la pantalla mejor.

Cuando nos contratan en una empresa no nos hacemos con una butaca de cine. Al igual que en la cafetería, puedes o no,  ocupar ese sitio, y lo que establece las condiciones está reflejado en el contrato. Por eso es tan importante leerlo. La idea de que hay muchos más trabajadores como tú en la fila del paro, con mejor formación, y una oferta más favorable para la empresa debería hacernos pensar en flexibilizar nuestra idea de “puesto de trabajo”. Repetirnos a nosotros mismos “después de todo lo que le he dado a la empresa”, “cómo pueden hacerme esto a mí” y cosas así, que seguro que son cosas que pensaríamos todos, no contribuyen más que a expresar la sorpresa y la poca previsión. Si no está establecido en el contrato que han de avisarte con un tiempo determinado, no puedes hacer nada. Excepto exigirlo en el contrato al principio o bien tenerlo presente siempre. No digo que todos necesariamente seamos lo suficientemente versátiles como para que esas sorpresas no nos afecten o nos afecten menos. Claro que no. Hay jornadas laborales que te dejan sepultada en un cansancio mental y físico que solamente superas para hacer la cena a los niños y caer redonda en la cama. Pero tampoco me parece centrado asumir que una vez que te contratan tienes derecho a permanecer. Ni siquiera si llevas muchos años. La antigüedad suele estar contemplada en los contratos y se paga en dinero.

Tampoco ayuda compararte con lo que gana el accionista o el C.E.O. Tú no tienes implicado patrimonio, tuyo o de tu familia, no tomas decisiones que afectan a tanta gente, no tienes la misma responsabilidad. Eres trabajador. Si crees que el sistema de empresa es injusto, monta una cooperativa. Y al cabo de unos años, cuando veas que no funciona excepto en ámbitos determinados, entenderás porqué la estructura organizativa que funciona es la que hay, y que un grupo de colegas no es una empresa, es un grupo de colegas. Intenta sacar adelante un proyecto en el que inviertes lo que te ha venido dado, y también tu propia energía, y piensa si alguien tiene derecho a imponer qué decisiones tomas.

Imagina que el panadero al que compras el pan te impone comprar allí porque toda tu vida lo has hecho. Incluso si han abierto una tienda donde el pan es mejor, más barato. O incluso si estás a dieta, si ya no comes pan. O si no puedes permitirte comprarlo, y entonces el panadero te exige que no comas otras cosas para comprar su pan, después de todo lo que ha hecho por ti, la de bocadillos que te has comido de niño con el pan elaborado allí.

Tu butaca numerada en la vida te la da tu comportamiento, tu valía como persona. Nada más.

La ley del deseo es la ley de diciembre

27 diciembre, 2014

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Desde el puente que une la fiesta de la Constitución y la Inmaculada, pasando este año por el novedoso “Black Friday” transformado en un fin de semana de rebajas, hasta los próximos días de enero, la ley que se impone es la ley del deseo. El deseo bienintencionado hacia vecinos, amigos, propios y extraños. Toneladas de deseos de paz y amor, de que se solucione lo tuyo, de que nos quedemos como estamos, se mezclan como cada diciembre, de manera aplastadoramente previsible, con la nostalgia de los que ya no están y la tristeza de quien padece los reencuentros forzados, el exceso de comida, de fiestas, de parientes y de tantísima alegría.

Y el deseo, el DESEO, ese anhelo, ese impulso que en otros ámbitos nos empuja a actuar, en esta sociedad decadente de principios de siglo, tarda muy poco en transformarse en DESIDIA colectiva que repite una tras otra las mismas palabras, las tradiciones con o sin sentido, y todo el ritual. Así también hacen los políticos. El pavo de la Casa Blanca, el discurso del rey (sea éste quien sea), las declaraciones del presidente (sea este quien sea), las luces del árbol del Rockefeller Center, vienen cada año a dejarnos catatónicos, a ratificar que no hemos cambiado ni nosotros ni lo que nos rodea. Y no pasa nada.

“Es tiempo de descansar, de estar con la familia, luego ya si eso…”. Falso. Luego, nada. Y así, un año y otro, engordamos a corruptos, saludamos a delincuentes, criticamos como si no hubiera mañana, discutimos de conspiraciones que calman nuestra obligación moral de impedir que nos asalten. Ese infame “¿y qué podemos hacer?”. Porque lleva el veneno de la respuesta “Nada” desde el primer signo de interrogación. No podemos hacer nada. Todos son iguales. Qué más me da que me robe uno u otro. Para qué moverme. Disfrutemos de las Navidades y agotemos estos fuegos artificiales que se vana a extender hasta las elecciones de mayo.

En Navidades no hay ni ley, ni deseo. Solamente hay vacaciones. Para mí, el mejor momento para trabajar en lo que me gusta.

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