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Los macarras de la moral

21 mayo, 2013

user_1977_macarra

Hablaba Joan Manuel Serrat en su canción Los Macarras de la Moral de los chulapos del gazapo. Denunciaba a quienes atemorizan a la gente para asegurar una supuesta virtud, que en realidad no es tal. Esa gente que manipula nuestros sueños y nuestros temores, sabedores de que el miedo nunca es inocente.

Curiosamente, esos versos, dedicados a la ranciedumbre de una moral puritana y estrecha de una época que no es la actual, encajan, hoy en día, en un ámbito completamente diferente. Ya no es que viene el coco, sino que vienen los “troikos”, o que viene Merkel. Ni una feminazi le ha echado narices y se ha atrevido a decir que es un ataque a una mujer porque es mujer. Tampoco lo hicieron con Thatcher. Al revés. Es notable el afán por masculinizar a Merkel de muchas supuestas “guerrilleras de la mujer”. Yo, feminista individualista, me río de ellas en su cara y expreso desde aquí mi más profundo desprecio. Hipócritas. Macarras de la moral de género, se os llena la boca atacando los anuncios de Dolce & Gabbana y lanzáis al aire en twitter preguntas cargadas de bilis como “¿No os habéis preguntado por qué Angela Merkel no tiene hijos?“. Pero, si se cuestiona la profesionalidad de alguna de vuestras gurús de pacotilla que viven de las subvenciones, entonces montáis en cólera y acusáis al que se ponga por delante de lo que haga falta. Falsas y cobardes. No merecéis la libertad que tenéis, por la que lucharon mujeres que no ataban sus bragas al poder político, sino que reclamaban igualdad de oportunidades.

El otro día presencié en un bar de La Latina, en Madrid, una situación que me recordó a lo que sucede en Europa. Seis de la tarde. Un grupo de exaltados futboleros mazados, medio borrachos, entran en el bar y piden cervezas. Uno se erige  en portavoz. Eran como quince: “¿Pido pinchos?” “Sí, sí, pinchos de tortilla para todos”. Los que estábamos tranquilamente tomando café aguantamos estoicamente la invasión. Sábado, fútbol, buen tiempo, fiesta.

En un momento dado, una vez bebidas las cervezas, piden la cuenta para irse. Pero les parece mucho. Ninguno de ellos contaba con los pinchos de tortilla que el portavoz había pedido en su nombre y que estaban saliendo de la cocina. Y se van sin pagar. La camarera, sale detrás de ellos. Al cabo de un rato, vuelve con tres de los quince, uno de los cuales, sereno, parece dispuesto a hacerse cargo de la factura. Aparecen cuatro más, de los más chulos, mazados y exaltados. Se le encaran. “¡Puta!”. Ella les hace una peineta. “¡Pagad lo que habéis pedido!”. “¡Ladrona! Nos quieres cobrar de más, porque yo no he pedido esos pinchos”. Y ella, sin arredrarse: “Yo vivo de mi trabajo y si no has sabido calcular es tu problema, te he puesto lo que has pedido. Paga”.

Nadie se plantearía si ese tipo, musculitos o no, alto o bajo, es del sur o del norte, si trabaja en una mina o es dependiente de El Corte Inglés. Ese, si se va sin pagar, es un jeta y un ladrón. Todos los presentes entendimos que si uno, en nombre de todos, pide algo, todos se hacen responsables, o bien, en última instancia, paga el que pide. Nadie pensó que los camareros eran unos aprovechados porque habían preguntado “¿queréis algo de picar?” o por cumplir la comanda y preparar quince pinchos de tortilla. Nadie se planteó si la camarera era cruel por exigir el pago de la factura. Nadie pensó que ella debería pensar en el grupo de quince, en vez de limitarse a servir lo demandado.

Pero la cosa cambia cuando nos ponemos en el papel de quienes consumen crédito. Alemania “se aprovechó” de los tipos bajos españoles. Eso es lo que hace un inversor ¿no? ¡No! Lo hace un especulador, que es en sí mismo un ser malvado. Y un consumidor ¿”se aprovecha de” Cortefiel, Mango o H&M cuando tienen los precios bajos?. O los franceses que cruzan la frontera para comprar tabaco en España ¿abusan?. O los españoles. No. Nosotros no nos aprovechamos de nadie, aprovechamos la oportunidad. El resto del mundo se aprovecha de nosotros. Sutil diferencia.

Cuando una mujer sola se enfrenta a los insultos de cinco personas para reclamar lo que le corresponde es valiente. Merkel es una desalmada que no tiene hijos porque la naturaleza es sabia. O como decía José Carlos Díez en su charla en TED Retiro, es la peor desgracia que le ha pasado a Europa. Nos quiere hacer pagar lo adeudado. Un espanto.

 

Busque las siete diferencias

23 abril, 2013

Busque tres. Una. No hay. Mismo talante. Misma bocaza.

El PSOE denunciará las preferentes ante la Fiscalía, en La Voz de Galicia. Y dice Mendi: Esto es el colmo. Quién nombró a MAFO(BdE) y a Julio Segura (CNMV). Con toda la razón.

El secretario de Estado de Economía aprovechó …  para afirmar que “hemos pasado lo peor de la crisis y es preciso perseverar”. “Se está en la línea adecuada”, advirtió Jiménez-Latorre, que calificó las nuevas cuentas públicas y las cuentas exteriores como “motivos para el optimismo”, en El Mundo.

Automatic for the People (y V)

21 abril, 2013

Desde el 2007, los diferentes gobiernos de España han perdido todas las oportunidades que se les ha presentado para elaborar una estrategia, seria y a largo plazo, de políticas económicas para salir de la crisis. Nos hemos movido por clientelismo (bancario) y se ha salvado al que te compraba la deuda y a las cajas, los chiringuitos políticos. Las inyecciones monetarias vía Banco Central Europeo han servido para comprar deuda y vivimos sobre una burbuja de deuda que tiene el grosor de una pompa de jabón. El margen del gobierno para recortar lo ha empleado fatal y no ha metido la tijera en el gasto político (busquen datos de cuánto es, que no es fácil) sino que se ha metido en los jardines con más zarzas, levantando una polvareda de reclamaciones de la izquierda más radical que podía haber evitado, en cierta medida. Y nos han subido los impuestos, dando muestras de la capacidad de mentir del gobierno y empobreciéndonos aún más. Además, se ha levantado la veda del ahorrador-inversor, así que apenas quedan capitales en nuestro país y el 1 de mayo serán menos. Todo muy esperanzador.

La Unión Europea no puede asumir las deudas de todos. Alemania tampoco. No hay dinero. La noticia de hoy, que me pasa Juanma López Zafra, es que el Banco Central Europeo ha dado carta blanca a Francia para que emita moneda. Dice mucho del terror que sienten los troikos a la quiebra de la banca francesa. Personalmente lo interpreto como un “chicos, haced lo que podáis”. Va a ir a deuda, claro. Los bancos franceses van a repetir el día de la marmota.

Solamente creciendo salimos de ésta. Y eso no se consigue endeudándonos, o emitiendo para comprar deuda. Se consigue recortando gasto, para empezar. Gasto político. Decapando el Estado. Tal cual. Devolviendo la asunción de responsabilidades a las unidades organizativas menores. Me refiero a la responsabilidad de ingresos y gastos que se puedan transferir ¿Provincias?¿Diputaciones?¿Ayuntamientos?¿Comunidades Autónomas? Pues no sé. Pero sí creo que los tiros van por ahí. No por promesas irreales. Pero voy más allá. Me parece de una inmoralidad obscena hacer promesas insostenibles a quienes lo están pasando realmente mal económicamente.

Para crecer hay que ahorrar e invertir. Y para ahorrar “alguien”, alguna persona en el territorio, ha de tener qué ahorrar, un excedente… ¡riqueza! Sí, eso le convierte en un rico, es decir un ser reprobable por lo que tiene, condenable sin importar quién es, su calidad humana, el malo de la película. Porque, le pese a quien le pese, los ricos son necesarios en la sociedad. Los trabajadores que vivimos al día no vamos a invertir, a dar puestos de trabajo, ni a activar la economía. Las empresas desaparecen, despiden, reducen su inversión, y además, son culpables por querer lucrarse. Yo estoy deseando que haya ricos inversores en mi país. Tal vez porque me enganché a la idea de Bernard de Mandeville cuando se preguntaba qué importa que las camas de los hospitales o los pupitres de los colegios sean fruto del deseo de los millonarios por figurar, siempre que alberguen enfermos y niños sin recursos. La codicia no es una virtud, no la propugno como algo bueno, pero si tiene consecuencias económicas positivas, no seré yo quien lo censure. La conciencia y la moral es individual, no es algo que competa a nadie más que al individuo. Lo más que puedes hacer es no comprar el producto, no reclamar que el Estado vigile la moral, como en Irán. Y eso no sucede porque, aunque se nos va la fuerza por la boca, compramos Zara, Nike, Apple, Levi’s.

Los otros candidatos a liderar el crecimiento son los políticos. Increíblemente. Rodeamos el Congreso para decir: “Ustedes no nos representan… Nacionalicemos la banca, nacionalicemos la energía, manejen ustedes”. Un tanto contradictorio, el pueblo español, que espera el auxilio del señor, como en la Edad Media. No se me ocurre qué tendría que pasar para que un español deje de confiar en la bondad infinita de una institución dirigida por personas que, año tras año, elección tras elección, han demostrado su ineficiencia, su falta de miras, y su racionalidad electoralista, que sustituye esa mentira tan preciosa, el interés general, tan falsa como otras igualmente bellas: “la reina de la casa”, “el príncipe azul”… ¿Cuál es el interés GENERAL? ¿El de todos? ¿El de la mayoría? Espinoso tema.

Pero necesitamos mucho más: mercado laboral flexible, reformas estructurales (ese ex-presidente del ICO que en una universidad de verano soltó con prepotencia y socarronería que los malos economistas proponen siempre reformas estructurales), un sector bancario sano, rendición de cuentas de los gestores políticos, de los representantes sindicales… esas cosas que muchos llevamos reclamando y que cuando aparecieron negro sobre blanco en el MoU muchos se echaron as manos a la cabeza.

En conclusión, Rogoff y Reinhart han puesto a los pies de los caballos el trabajo de muchos investigadores, y las propuestas de muchos que seguimos creyendo que endeudarse probablemente no lleva a mayor crecimiento sino a menos, como tendencia. Y, en el caso concreto de la economía española hoy, menos. Pero, no hay nada automático en la economía. No compren ninguna política que lleve esa etiqueta. Es populista. Y mentira.

 

El artículo de la polémica: http://www.nber.org/papers/w15639.pdf

La respuesta de R&R en el blogde Tyler Cohen Marginal Revolution (los comentarios merecen la pena. Muestran cómo son muchos en la profesión los que consideran a Krugman como un impresentable) http://marginalrevolution.com/marginalrevolution/2013/04/reinhart-and-rogoff-respond.html

Nassim Taleb (2008)http://www.youtube.com/watch?v=ABXPICWjFIo (estoy con Daniel Lacalle, no sé la razón por la que han cortado las respuestas de Rogoff).

John Müller en El Mundo http://rsocial.elmundo.orbyt.es/epaper/xml_epaper/El%20Mundo/18_04_2013/pla_11014_Madrid/xml_arts/art_14404896.xml?SHARE=6C23C0F29C6C4F158F7CA6264B4863056871E8EFD19980B17336CDA31F77E42FB557D06170CBC91A3360FEE03AA6DE93D4F2B9328462EE99CE293D216E19565A137D414D629472A349A83E1729EBD48CFBC989170059DFC67F10508875A202DF

Miquel Roig en Expansión http://www.expansion.com/blogs/roig/2013/04/17/bruselas-reniega-de-reinhart-y-rogoff.html#comentarios_lectores_login_formulario

A Juanma López Zafra le debo los dos cafés y la conversación del viernes y a Jaime Bravo su aportación bibliográfica en Twitter.

Automatic for the People (IV)

21 abril, 2013

En el artículo original del 2010, “Growth in the time of debt”, Rogoff y Reinhart explican que sus resultados se basan en datos de 44 países en un período que abarca alrededor de 200 años; en suma, los datos incorporan unas 3.700 observaciones anuales y cubren un amplio rango de sistemas políticos, instituciones, tipos de cambio, acuerdos monetarios y circunstancias históricas. Impresionante, ¿no?

Y resulta que está plagado de errores, que metodológicamente es cuestionable y que se han columpiado sugiriendo correlación en sus conclusiones y en sus explicaciones. Para colmo, detectado el problema, la reacción de los autores no ha sido exactamente ejemplar, sino que han tratado de escaquearse y su respuesta no ha satisfecho ni a sus más devotos fieles. El problema de convertirse en gurú es que pierdes humildad científica, base de la buena ciencia.

Las reacciones no se han hecho esperar. Los gurús del otro lado de la orilla han cargado sus plumas y atacado lo menos punible: la tendencia que establecen Rogoff y Reinhart entre crecimiento de la deuda y crecimiento económico. Una tendencia que no impide que, como apuntaba John Müller en su comentario en El Mundo, en Chile, en un momento de la historia reciente, concreto y determinado, el crecimiento de la economía era considerable y la deuda estaba mucho más alta del umbral del 90%. No sé seguro si ese crecimiento permitió devolver lo adeudado. Pero supongamos que es así.

Ni los problemas de los datos al fijar el umbral ni el ejemplo de Chile desmienten la tendencia. Porque una tendencia no marca una pauta fija sino un comportamiento probable. La economía, efectivamente, es una ciencia social que estudia fenómenos complejos. Existen leyes económicas y existen soluciones de esquina. Cuando uno estudia economía, te encuentras con cosas como la función de demanda, la función de utilidad total y marginal, y las curvas de indiferencia. Cuando te explican qué son las curvas de indiferencia, funciones continuas y decrecientes, el profesor, si es riguroso, te cuenta también, que hay casos en los que puede dejar de consumirse uno de los dos bienes y se produce lo que se llama solución de esquina. También Alfred Marshall explicó que las curvas de oferta a largo plazo pueden tener una pendiente diferente a la “normal”, y otros economistas han descrito en qué situaciones la curva de oferta de trabajo se curva hacia atrás a medida que aumenta el salario, para niveles salariales muy altos. Es decir, hay que ser flexible para no perder de vista el significado económico del modelo. Se trata de explicar el comportamiento humano, dinámico e impredecible.

Sin entrar en el empleo de las matemáticas en los modelos de teoría económica, que daría para muchísimo, sí quiero centrarme en cómo ese “caballo cojo” en el que caminan los gurús de la política económica, se nos ha puesto de manos y nos ha pisado la cabeza.

No se debería aprovechar, como ha hecho Krugman, gurú de gurúes, para hacer sangre y cuestionar el resultado, no de este artículo, o de otros de estos economistas, sino el trabajo de otros muchos autores que han demostrado lo peligroso que es para el crecimiento económico recurrir a la deuda pública. Pero en eso nos hemos quedado. En el dedo, no en la luna. Y leo, uno tras otro, artículos poniendo en cuestión las perversas intenciones de la Comisión Europea que al parecer se agarra a cualquier cosa para imponer su criterio.

Lo verdaderamente llamativo es que Rogoff y Reinhardt, curtidos, con experiencia en el tema, se hayan despistado tanto. Parte de la profesión se ha llegado a plantear si no habrá sido adrede. Las razones se me escapan. Mi malicia no da para tanto. Otra parte se ha levantado blandiendo otros artículos de diferentes autores que sostienen la mayor: que no podemos crecer apoyándonos en el endeudamiento sistemático.

Mi opinión al respecto, sin ser muy economista, dado que mi tesis fue sobre metodología, enseño Historia del Pensamiento Económico y Políticas Públicas, y que me dedico a investigar sobre Neuroeconomía y sobre economía y literatura, lo que hace de mí la anti-candidata a gurú, es muy pobre, como era de esperar.

Tranquilos, no voy a publicar otro libro sobre la crisis. Va a ser más breve y menos lucrativo. Y ese es un punto a tener en cuenta. Cuánto árbol sacrificado en aras de explicar la crisis financiera, la recesión y las soluciones. En plural. Porque las hay de todos los colores. Y pregunten en la calle: no está más claro todo, sino menos.

 

Automatic for the People (III)

21 abril, 2013

El problema no es exclusivo de Rogoff y Reinhart. En realidad, como explicaba en el año 2008 Nassim Taleb, en una entrevista en la televisión estadounidense, se trata del uso prudente o imprudente que los economistas hacen de las matemáticas, en general, y la econometría, en particular.

Me pregunto hasta qué punto ese uso no se ve pervertido por las expectativas que los propios economistas tienen respecto a su publicación. En este sentido, y a pesar de lo impopular que es lo que voy a decir, la econometría puede, virtualmente, demostrar todo. Aún recuerdo la sesión del seminario del Departamento de Historia e Instituciones I de la Universidad Complutense, que dirigía Pedro Schwartz, cuando era una doctoranda, en el que Pedro Fraile expuso dos modelos econométricos, perfectamente fundamentados, con datos reales e impecables, demostrando dos hipótesis que a priori pueden parecer absurdas. La primera era que los niños vienen de París. La segunda que la importación del tango argentino por los músicos parisinos fue la causa del aumento de la prostitución. Fue una gran lección. Una de tantas que aprendí en aquellos años.

La pericia en el manejo de las cifras, el buen conocimiento de la herramienta y el olor a publicidad, sea académica, sea institucional, son los ingredientes principales de la perversión de la econometría que se pone al servicio de los intereses del partido en el poder, o de los banqueros centrales, o de la Comisión Europea. También adolecen de este problemas muchos modelos matemáticos de teoría económica. Ya David Ricardo elaboró un modelito bastante rudimentario, con un objetivo político. Demostró que la restricción al comercio de grano francés no solamente perjudicaba a los consumidores ingleses sino también a los productores agrícolas, ya que eliminaba la renta de la tierra. Es decir, el objetivo final era la derogación de las Leyes del Cereal. Como he dicho, se trataba de un objetivo político. Porque las políticas económicas, también son políticas, y la elección entre una medida u otra es una decisión que, no por técnica, es menos política. Y eso quiere decir que, al final, todo depende de la honestidad del político o de su sumisión a los intereses del partido.

Pero el economista que mejor supo entender esta relación economía/política fue, sin duda John Maynard Keynes. Él supo proporcionar a los políticos de razones para intervenir. Lo mejor de la carambola keynesiana es que fue el modelo neoclásico de toda la vida el que le puso en bandeja la ocasión. El modelo neoclásico, que provenía, en última instancia de los modelos de equilibrio de Jevons y Walras, presentaba una economía que se ajustaba automáticamente, como un mecanismo perfecto. Keynes solamente tuvo que demostrar (lo que no era muy difícil) que todo mecanismo necesita de un “relojero” que corrija las imperfecciones… esos fallos del mercado. Y quién mejor que el Estado. Esta idea ha calado tan hondo entre especialistas y profanos que hablar en público de comportamiento económico imprevisible, o de incluir los errores en la acción humana en el mercado, es considerado como algo casi obsceno. Por supuesto, son dos de las premisas de la Escuela Austriaca de Economía, esos herejes heterodoxos que rechazan las matemáticas y los modelos.

El daño keynesiano tiene varias vertientes. La primera se relaciona con los fallos teóricos que han sido perfectamente expuestas en el libro de Juan Ramón Rallo, Los errores de la vieja economía. No voy a repetirlos. La segunda vertiente tiene que ver con la idea de que el mercado y el Estado son entes diferentes de las personas. En este sentido, tanto la Escuela Austriaca como la Escuela de Public Choice nos han enseñado que ambas instituciones, Estado y mercado, están formadas por personas que toman decisiones en función de las expectativas y los incentivos. Y de ahí se derivan varias conclusiones: en la medida que esas personas son falibles, se equivocan, es decir, nada hace pensar que las decisiones que se tomen desde el Estado serán mejores que las que tomen los participantes en el mercado. Más bien al contrario, ya Hayek demostró que el conocimiento del mercado es más completo porque incorpora esa parte derivado del orden espontáneo inaprensible por el planificador.

Pero la peor herencia keynesiana es esa idea que todos parecen haber comprado, de que hay que hacer algo, siempre. Y como el futuro es arriesgado, pensemos a corto plazo. Hagamos algo ya, sea lo que sea lo que pase en el futuro. Sí, pienso en la deuda.  Y esta herencia la han hecho suya tanto los keynesianos como los antikeynesianos.

Así tenemos a quienes defienden la emisión de deuda y a quienes defienden la limitación de la deuda utilizando el mismo caballo cojo.

Automatic for the People (II)

21 abril, 2013

Cuando estalla la crisis financiera en Estados Unidos nadie era capaz de predecir la intensidad del tsunami que se nos avecinaba. Nadie. Los economistas podían proponer hipótesis más pesimistas o más optimistas, eso sí, predecir, ninguno. Pero a medida que caían bancos, gobiernos y países, los ciudadanos reclamaban una respuesta, una solución, una esperanza.

Y los analistas de economía política tenían dos opciones. Tirar de datos y modelos econométricos y sugerir recetas, o decir obviedades, que no por evidentes eran menos valiosas, como reconocer la crisis, que en nuestro país fue casi un parto, debido al calendario electoral. O como dejar que los bancos que tomaron malas decisiones asuman sus pérdidas. Y esta idea, que ahora es reclamada por los más indignados, era suficiente para que te acusaran de comer niños, porque si un banco quebraba, no saldría el sol al día siguiente. Por solidaridad, había que rescatar a la banca, lo que en España empezó a poner en marcha el PSOE y ha continuado el PP. Lógicamente, los políticos, necesitados de datos, modelos… “ciencia”… en la que apoyar sus decisiones, se pusieron en manos de los económetras y analistas más renombrados. Los gurús de la economía adquirieron una relevancia que hacía tiempo que no tenían. Porque cuando las cifras son favorables nadie se pregunta en qué se sustentan, y quienes hablaban de burbuja inmobiliaria en plena orgía de aparente riqueza, eran tachados de cenizos y agoreros. Y sé de lo que hablo, porque en España eran mis compañeros del Instituto Juan de Mariana, principalmente.

Los esfuerzos de Gabriel Calzada, Juan Ramón Rallo, Raquel Merino, Manu Llamas, Ángel Martín Oro y otros muchos por analizar escrupulosamente qué estaba pasando y ofrecer soluciones sensatas, eran denostadas por muchos por el simple hecho de que su perspectiva, que era realista, se situaba en el entorno de la Escuela Austriaca de Economía, herejes heterodoxos machacados sistemáticamente por la todopoderosa ortodoxia desde sus inicios. Y la razón, precisamente, es el corazón del problema del escándalo Rogoff y Reinhart: los escrúpulos metodológicos.

Cuando una economista decide hacer una tesis doctoral sobre metodología, aunque tenga al mejor director de tesis del mundo, como es mi caso, asume que va a bailar con la más fea para siempre. Eres menos economista. Nadie va a interesarse en publicar tu trabajo, es demasiado técnico. Y no es nada sexy: nunca vas a ser un gurú de la economía. Y si encima has dedicado esos siete años a analizar las razones que llevaron a los economistas a rechazar las matemáticas como herramienta de análisis en economía hasta el siglo XX, estás perdida. El siglo XX es el siglo de la explosión de la economía matemática, es el siglo en el que aparece la econometría, es el siglo en el que la ciencia económica es más “ciencia” que nunca. ¿Por qué quedarse en el umbral que marcaron los marginalistas? No es una pregunta cualquiera, uno de los miembros de mi tribunal de tesis me la planteó en la defensa. Pues precisamente por eso, porque me interesaban los argumentos esgrimidos a favor y en contra en origen, cuando los prejuicios contra las matemáticas llevaba a que sus defensores desplegaran todo su potencial para justificarlas. Cuando el debate era más puro.

Desde mi punto de vista, lo de menos es el programa Excel, o el fallo en el tratamiento de los datos. Lo de más es lo que revela tanto la postura de Rogoff y Reinhart como las reacciones que ha generado en sus detractores. Es una pelea en el barro de gurús que distrae la atención sobre lo que es más relevante.

En concreto ¿se puede establecer un umbral “universal” de deuda a partir del cual el crecimiento económico se va a desplomar?

Automatic for the People (I)

21 abril, 2013

En los últimos tiempos, como sucediera en los años 30, los economistas hemos visto cómo los focos se giraban hacia nosotros, primero con asombro por no haber previsto la debacle, y luego, con la ansiedad del náufrago que busca un salvavidas. Y creo que nos hemos perdido en nuestro propia mezcla de buenas intenciones y prepotencia intelectual.

Yo viví el primer movimiento colaborando en medios de comunicación. Y la cadena de preguntas era la siguiente. La primera: “Pero ¿cómo es que los economistas no visteis la que se venía encima?”. Entonces, con honestidad, respondías que alguno sí lo vio y no se le hizo caso, pero que, en cualquier caso, calcular la intensidad del desastre y las consecuencias, de 1ª y 2ª generación, que ese batacazo podía tener no es posible. Y ahí venía la siguiente pregunta, que adoptaba una u otra forma dependiendo de varios factores. En el mejor de los casos te preguntaban para qué sirve la economía. En el peor te decían: “Entonces la economía no es una ciencia, ¿no?”

¿Y cuándo, desde que Léon Walras le prometiera a su padre dejar la literatura y hacer de la economía una disciplina tan seria como la Física, se ha visto que un economista ponga en cuestión la cientificidad de la economía? Y menos aún desde 1871, cuando precisamente el francés Walras y el inglés Jevons matrimoniaron para siempre economía y matemática. Un sinsentido. Por supuesto la respuesta “Claro que la economía es una ciencia” salía de los economistas tertulianos, si acaso acompañado de una explicación del tipo: ”La economía, como ciencia social, estudia fenómenos complejos difíciles de predecir.  Difíciles, no imposibles”.

Cuando, asentada en un escepticismo sistemático, se me ocurría afirmar que es imposible predecir el futuro, que solamente se pueden describir tendencias posibles, y con cierto grado de probabilidad, siempre había alguien (normalmente otro economista, y normalmente dedicado a la asesoría política) que me preguntaba si entonces no creo que la economía es una ciencia y cuestionaban mi profesionalidad. Como si me importara la etiqueta de aquello a lo que me dedico. Como si esa etiqueta fuera a restar pasión a mi dedicación, o relevancia y respetabilidad a los análisis económicos. Pinchaban en hueso conmigo. Pero no con la audiencia, con los alumnos, o con el grueso de economistas, preocupados por defender la economía como ciencia a toda costa.

Lo sucedido en las últimas semanas con el artículo de Rogoff y Reinhart ha removido las entrañas de la metodología económica. Pero lo que ha pasado al escaparate de la actualidad ha sido la hojarasca más que el tronco de la cuestión. Los hechos son simples. Un par de economistas (uno de ellos un doctorando) han descubierto que un famoso artículo de Rogoff y Reinhart en el que defendían que un alto volumen de deuda pública mina el crecimiento económico, y establecían el umbral de deuda a partir del cual se derrumba el crecimiento de la economía en un 90%, está repleto de fallos. El tratamiento de los datos ha sido pésima, en especial porque lo han realizado utilizando el programa Excel, en lugar de manejar programas más serios, los que usan todos los profesionales de la econometría.

La relevancia de este fiasco se explica por la relación de causalidad que en varias ocasiones Rogoff y Reinhart expusieron al explicar sus conclusiones, y por el hecho de que la Comisión Europea empleó, entre otros, el artículo de dichos economistas para sustentar sus recomendaciones de política económica. Como explicaba en Expansión Miquel Roig, por más que ahora la Comisión Europea trata de justificarse, no hay como revisar los propios documentos de la Comisión para comprobar que, efectivamente, el artículo de Rogoff y Reinhart tenía su peso en sus decisiones.

Todo este lío tiene que ver con el segundo movimiento: qué tenemos que decir los economistas para salir de esta situación tan dramática y asfixiante.

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